Balance, Estado, Economía y Legado Histórico

Actualizado: sep 5

Gildardo Cilia, Guillermo Saldaña y Eduardo Esquivel

Leviatán

El balance que hace un gobierno sobre su gestión es del todo necesario. “Mandar obedeciendo” es una máxima que parece sencilla; no lo es, se articula a una relación dinámica entre quien gobierna y la sociedad; quien es la que elige a sus gobernantes. Nada más grave que no informar sobre las acciones de gobierno; quien gobierna y concibe que el rendir cuentas sólo es un requisito o un mal necesario que debe de cumplir, no es un verdadero demócrata; o, lo es, veladamente, por estar más cerca de la autocracia.


La sociedad debe participar activamente y pedir cuentas, no hay nada más efectiva que la contraloría social para templar el poder de quienes llevan a cabo el ejercicio del gobierno. Los gobernantes nos tienen que decir cómo y en qué han ejercido los fondos públicos, que se constituyen a partir del esfuerzo social y que por lo tanto, son de todos. A mayor participación en la vida pública, menor posibilidad que se tomen decisiones en función de intereses personales o que se desvíen o se apropien recursos públicos; se evita, así, que se reproduzcan actos inmorales: corrupción, fraudes, sobornos, entre otras prácticas.


Hay quien concibe la política como el simple ejercicio del poder público. De modo que lo que interesa es conquistar, conservar y utilizar el poder, sin que medie el interés social, o sí, pero como dadivas en vistas a la conservación. Desaparece, así, la única virtud válida en todo proceso político: el de servir a los demás.


El frágil hilo del laberinto político oscila entre dos posibilidades: 1) la ambición por el poder, sólo con el fin de apropiación de la riqueza social, lo que hace a esos gobernantes intrascendentes o los convierte en villanos históricos; o, 2) la honradez con la sociedad, que generalmente implica contar con una visión de futuro; es decir, se busca trascender para formar parte ejemplar de la historia. Este dilema no es falso, revisen la historia del mundo y aun la de México y encontrarán grandes ejemplos.


La política y por lo tanto, los políticos requieren de tener virtudes inapreciables, si lo que desean es la posteridad. Platón, hace 2,500 años, pensando en las virtudes, decía que los filósofos deberían hacerse cargo de los puestos públicos; de no ser, así, se requería que los políticos se convirtieran en filósofos. La democracia nunca ha garantizado que lleguen al poder los hombres con las máximas virtudes; pero es inobjetable que sí garantiza la remoción de los gobernantes, necesaria para depurar y regenerar el poder público.


Podríamos revisar nuestra historia y concluir que no es así, pero durante casi todo el siglo XX nuestra democracia era simulada y aparente. En los últimos 20 años de este siglo hemos votado por propuestas que nos han parecido atractivas, aun cuando se hayan incumplido: “transición democrática”, “reformas estructurales” y el de la “cuarta transformación” histórica, que consiste básicamente en retomar una moralidad que parecía extraviada. Políticamente, esta moralidad significa no sólo recuperar valores inmanentes a nuestra condición humana, sino romper con conceptos que identifican al proceso de desarrollo humano con la evolución biológica de la teoría darwiniana: la sobrevivencia o el encumbramiento del más fuerte.


En política romper con el darwinismo significa alejar al servicio público de las leyes que explican la eficiencia del proceso económico, que implican tomar para sí mismo el mayor beneficio posible con los menores recursos al alcance. Esa ley es irrenunciable en la vida económica, pero no en la vida política, en donde el cauce tiene que ser el adoptar medidas que socialmente resultan ser las más útiles; es decir, el crear valores que lleven a ampliar las capacidades de los individuos, en aras de avanzar objetivamente hacia el principio de igualdad de oportunidades. Se puede alegar de que en forma natural existen disparidades, pero ampliarlas no nos lleva a una mejor convivencia social. El gran sentido de la política es disminuir los tramos de las diferencias, a efecto de garantizar la armonía social, aun con capacidades distintas.


Favorecer a unos, sin importar los otros, más cuando se mantiene postrada a la masa social, profana la vocación de servicio de los que gobiernan; transformando al Estado en un leviatán. Esta transformación monstruosa no queda al interior del propio Estado, se trasmina a la sociedad, a los individuos, quienes entienden que la falta de humanismo es más natural que la solidaridad. “El hombre, es un lobo para el hombre”, decía Hobbes: lucha contra el prójimo para sobrevivir, sin que pudiera existir nada que lo contenga.


El monstruo conduce al precipicio social, de eso no hay duda. El caos no se contiene, porque la debilidad moral del Estado lo hace incontenible. Eso lamentablemente estaba sucediendo en México. Por fortuna, el cauce democrático nos permite cada seis años cambiar el curso de nuestra historia; lo que significa la posibilidad de reordenar la vida pública sin una violencia traumática generalizada. La ruptura violenta no se ha dado, nuestro sistema democrático-electoral lo impidió; de romperse el tejido social, toda posibilidad de convivencia racional se pierde e hilvanar de nuevo ese tejido lleva muchos años. Las décadas pérdidas significan siempre atraso y pobreza. Miseria.


Existían signos inevitables de una gran descomposición, porque los propios hombres de Estado participaban confabuladamente en actos delictivos que propiciaban la ganancia fácil. Ejemplos hay muchos, sólo mencionaremos uno por ser lamentablemente ilustrativo: el huachicol. En el robo de combustible participaban los tres niveles de gobierno, mafias e innumerables pobladores de comunidades severamente empobrecidas, que incluía, generalmente, a la totalidad de los miembros de una familia. La práctica estaba a tal grado envilecida, que los niños cumplían la función de “halconcitos”, es decir, la de observar y advertir sobre el único cuerpo que podía impedir el robo de combustible: el ejército; incluso, un número importante de menores de edad abandonaban la escuela, porque el huachicol les permitía tener más ingresos que sus miseros padres. De esta forma se complementaba el ingreso familiar.


Los delitos no se han desterrado del todo, como es natural; pero existe una clara intención de corrección. Era necesario volver a los ordenamientos que hacen posible la convivencia humana: los que dictan las leyes y nuestra constitución y crecer sobre las bases que ofrecen la moralidad y el civismo. ¿Se está logrando? Quien lo puede decir con toda certeza; pero hay algo que es irrefutable, más de 30 millones de mexicanos (53% del padrón electoral) votaron en 2018 por el presidente Andrés Manuel López Obrador, en busca de un cambio de rumbo: para darle un contenido sustantivo a las instituciones de gobierno, garantizar la armonía social y redimir al estado de derecho.


El ingreso y la libertad

Los resultados en materia económica no siempre se mueven en la dirección que uno supone. El deseo de fracaso de un gobierno, políticamente, no es más que un deseo insano; no se está pensando en lo que la gente sufriría por la ruina o el desplome económico y en la dificultad que entraña el recuperar lo que se pierde en materia de ingresos, empleos, productividad, crecimiento y desarrollo.


Francamente y en nuestros tiempos, resulta difícil entender la historia sustentada en conceptos trasnochados provenientes de la época de la guerra fría. El ascenso del proletariado a través de la lucha de clases - con revoluciones violentas - lleva años caducado; por la simple razón de que la caída del muro de Berlín significó la extinción del bloque comunista; lo que le dio un nuevo giro a la historia de la humanidad.


La libertad impera en el mundo, pero queda como escollo, el de ejercerla plenamente. Esta es una discusión interminable. En economía alguien ha pensado que el ejercicio de la libertad significa contar con mínimos de bienestar; bajo el concepto proporcional de que quien desea actuar en torno a sus deseos (adquirir bienes y servicios, movilizarse de un lugar a otro, disfrutar del ocio, retirarse absolutamente de la actividad laboral, entre otras cosas) requiere de ingresos y entre más ingresos mejor. Este debate en torno a la libertad y al ingreso se dio en el espacio de los propios países capitalistas, sus mejores representantes son Keneth Arrow de Estados Unidos y Amartya Sen de la India, ambos Premio Nobel.


Aun sin ser economista, uno debe entender que la pobreza existente en el mundo lleva inevitablemente al tema de cómo hacerle para que el ingreso contribuya plenamente al ejercicio de la libertad. Ello lleva a concluir que es necesario hacer un uso adecuado de los medios que están al alcance: los intrínsecos al desarrollo humano (educación, capacitación, cultura y ciencia, entre otros); así como los que ofrece el mercado (intercambio comercial, transferencia tecnológica, ventajas comparativas, entre otros).


Quien toma causa a favor del ingreso, no actúa en contra de la libertad y menos debe vérsele como un agitador que quiere cambiar radicalmente el orden de las cosas. En dado caso, lo que existe es oposición hacia el capitalismo salvaje: aquel en donde los recursos, como un gotero, drenan de arriba hacia abajo.


Los economistas nos hemos enfrentado vehemente en teorías que involucran como principal motor del crecimiento económico al Estado o al mercado. Hemos discutido mucho y hay quien cree que no existe mejor opción que el “Estado mínimo”; aun cuando continuamente nos salimos de esa órbita durante los periodos recesivos, cuando queremos que el Estado proteja al empleo, a la planta productiva, amplíe la demanda efectiva, atienda a los pobres y muchas cosas más.


Las discusiones en torno al Estado son inacabables, uno de ellos que llama la atención es la del populismo; asociada a la idea del gasto excesivo. Se vincula a la “izquierda” con la vehemencia por el gasto público y la intervención del Estado en la economía; ésta es una verdad a medias, también han existido - y existen - gobiernos populistas de derecha. En los hechos gastar menos o gastar más debe significar un acto coherente de gobernanza y tendría que ver con la capacidad de ingresos de los Estados.


Las cuentas

Desde siempre nos ha confundido la idea de asociar al populismo con la izquierda y en el plano económico, sí, nos debe preocupar que el gobierno gaste más allá de sus ingresos, porque ello lleva a variaciones indeseables en parámetros básicos: más deuda interna y externa, mayores tasas de interés, devaluaciones e incrementos en tasas de inflación; todo en círculos perversos que tienden a retroalimentarse y que cuando inician parecen no acabar nunca. Siendo el presidente López Obrador un hombre ubicado en la geometría de la izquierda, muchos pensaron que iba a dar inicio esa cadena dinámica de males; más aún que todo ello iba a redundar en una caída estrepitosa de nuestra moneda y de los mercados de capital (la bolsa de valores) y que los capitales como “las golondrinas” iban a emigrar.


No ha sido así, gobernar significa ante todo la responsabilidad de mantener finanzas públicas sanas; de no ir más allá de lo que soporta el equilibrio; esto es, de la necesidad de que todo esté sustentado en el equilibrio fiscal, incluso los apoyos que se otorgan a la población vulnerable. Eso que ha sorprendido, ha alejado al actual gobierno de México del populismo, nada que ver con Chávez o Maduro o si queremos pensar en México, con Echeverría o López Portillo. La conducción actual puede tener como base una buena asesoría económica, pero notoriamente responde a años de aprendizaje. No hay improvisación, López Obrador, antes había sido un servidor público y sabe de la importancia de administrar recursos escasos; además, conoce la historia económica de México, sólo hay que recordar sus referencias a los modelos del desarrollo estabilizador y del desarrollo compartido.


La prioridad en el equilibrio fiscal la ha sostenido el gobierno del presidente López Obrador, incluso en los momentos álgidos de la crisis pandémica, cuando economistas críticos exigían ampliar el gasto público, soportándolo con los préstamos disponibles del Fondo Monetario Internacional (FMI) e incluso recurriendo al déficit primario o al improcedente financiamiento directo del Banco Central.


Nada que atentara contra el equilibrio fiscal se hizo, por el contrario, se ampliaron los recursos mediante una estrategia jamás implementada en México: se evitó la elusión y la evasión fiscal; se cobraron adeudos anteriores; se procedió a prohibir las condonaciones fiscales que se les hacían a los grandes consorcios y se consolidó el proceso de administración electrónica.