Chiautla y Tlanichiautla: origen y construcción espiritual. Capítulo 12
- Gildardo Cilia López

- 26 mar
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Actualizado: 28 mar
Gildardo Cilia López
(Con mi agradecimiento al Doctor Francisco Enríquez Vergara, por su valiosa aportación documental)

Derecho canónico versus causa justa
Conforme a las diferentes narrativas históricas José María Morelos y Pavón estuvo los últimos ocho días del mes de noviembre de 1811 en Tlapa, que pertenecía, en ese entonces, a la intendencia de Puebla. En el “Corazón de la Montaña” recibió una carta y un manifiesto del obispo de Puebla, Manuel Ignacio González de Campillo.
La correspondencia contaba con la anuencia de virrey Francisco Xavier Venegas y ofrecía un indulto, argumentando además lo injusto de la causa insurgente, así como la imposibilidad de su triunfo. El contenido de la extensa misiva planteaba en su parte sustantiva una interrogante: ¿Qué tanto le es dable a un ministro del Señor levantarse en armas y alentar una insurrección?:
“Entre V. (vuestra merced o usted) por un momento dentro de sí mismo, y reflexione, que siendo un ministro de paz por su sagrado ministerio, ha encendido en el Sur la guerra más desastrosa, que debiendo ser por su carácter el reconciliador de los hombres con Dios y consigo mismo, los ha puesto en discordia entre sí, y para con el supremo Señor; y debiendo ser el dispensador de los sacramentos para conducir á los cristianos al cielo, haciendo en la tierra fructuosa la redención de Jesucristo, la inutiliza V. con su ejemplo, y exhortaciones contrarias al Evangelio, y con su conducta, que no es ciertamente (la) de un sacerdote del nuevo testamento: V. no conduce las almas al cielo, sino que á millares las envía al infierno”. (1)
Morelos rechazó el indulto, pero no se precipitó, sabía que tenía que justificar su causa con los mejores razonamientos posibles. Conforme a Francisco López Bárcenas (2), Morelos contestó la misiva una vez que llegó a Chiautla de la Sal, es decir, entre el 4 y 5 de diciembre. Carlos María de Bustamente - la fuente original - lo refiere de la siguiente forma:
“Desde Chautla (Chiautla) comenzó Morelos a llevar contestaciones con el obispo de Puebla, Campillo, sobre la justicia de la insurrección” … (3)
De la respuesta de Morelos, vale la pena exponer tres fragmentos sustantivos:
“Ilustrísimo señor: la justicia de nuestra causa es per se… y era necesario suponer a los americanos no sólo sordos a las mudas pero elocuentes voces de la naturaleza y de la religión, sino también (a) sus almas sin potencias para que ni se acordaran, pensaran ni amaran sus derechos.
…vuestra excelencia ilustrísima nos ha hecho poco favor en sus manifiestos, porque en ellos no ha hecho más que denigrar nuestra conducta, ocultar nuestros derechos y elogiar a los europeos, lo cual es gran deshonor a la nación y a sus armas…
Vuestra excelencia ilustrísima con los teólogos me enseña que es lícito matar en tres casos, y por lo que a mí toca, me será más fácil ocurrir por dispensa a Roma después de la guerra, … que sobrevivir a la guillotina… Cuanto indebidamente se predica de nosotros, tanto y mucho más se debe predicar de los europeos. No nos cansemos, la España se perdió y las Américas se perderían sin remedio en manos de europeos, si no hubiéramos tomado las armas, porque han sido y son el objeto de la ambición y codicia de las naciones extranjeras. De los males el menor”. (4)
Carlos Herrejón Peredo señala que entre las lecturas asimiladas por Morelos se encontraba el “Itinerario de curas párrocos” del obispo Alonso de la Peña Montenegro; en donde se justificaba que un sacerdote podía tomar las armas y segar la vida de prójimos si defendía los valores de la religión. Es casi seguro que este texto se encontrara entre los 59 títulos que Morelos ordenó se cargaran en lomos de mulas en plena lucha independentista.
Poca significancia hubiera tenido la rebeldía de los curas insurgentes si sólo hubieran defendido a la verdadera religión ante la presencia de una Francia napoleónica impía que sometía a España. Cierto que esto reforzó la idea de consolidar una América católica, tal como lo propuso Morelos; pero esa percepción se movió hacia un derrotero impensable, tal como se expresa en el “Reglamento Eclesiástico Mexicano”, salido a la luz en la imprenta de Jaujilla, a orillas del lago de Pátzcuaro, en 1817:
“…la guerra actual es justa y santa: ella es el esfuerzo del oprimido, para salir de bajo la pesada mano del opresor: ella es el valeroso brío con que un esclavo procura romper los grillos y las cadenas: ella es el universal reclamo de los derechos del hombre: la sonora voz de millones de americanos que aspiran a su felicidad: y la convulsión de muchos reinos que solicitan su independencia, que detestan el despotismo y tiranía española, que quieren colocarse en el rango de las naciones cultas, dejan de ser pupilos y colonos y presentares a la faz de todo el mundo con esplendor: grandeza y libertad que son dignas de las Américas”. (5)
Antes del “Reglamento” diversas cuestiones eclesiástica había sido tocadas en los periódicos insurgentes, sobresaliendo las del prolífico periodista y brillante teólogo José María Cos y Pérez, quien se adhirió a la causa insurgente desde el levantamiento de Hidalgo y aun cuando tuvo serias discrepancias con Morelos, fue uno de los firmantes y de las plumas creadoras del Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, en 1814”. Cos fundó los periódicos “El ilustrador Nacional” y el “Ilustrador Americano” y en diversas publicaciones sostuvo las tesis de que la insurrección armada era una causa teológica legítima de la grey nativa, bajo el argumento de que el amor a la patria era compatible con el amor a Dios, siendo la libertad, esencialmente, un derecho divino.
Morelos recibió las misivas del obispo de Puebla en el último mes de 1811, esto es, seis años antes de la formulación más avanzada contenida en el “Reglamento Eclesiástico Mexicano”. Se vislumbran, en su respuesta, tres aspectos sustantivos - adicionales a la defensa de la religión - que justificaban su participación y liderazgo en el movimiento armado. Concebía que la insurgencia era:
Justa, dado que la libertad y la justicia se constituían como objetivos máximos, además de que se estaba luchando contra la tiranía y la explotación de clases privilegiadas.
Legal, esto es, sin la existencia de un monarca legítimo, la soberanía tenía que radicar en el pueblo y este tenía el derecho de elegir su forma de gobierno, o, en su caso, de sublevarse.
Necesaria, se trataba de una vez por todas de liberarse del yugo europeo, más aún a sabiendas de que el reino se encontraba desestructurado ante la abdicación de Fernando VII y la asunción de José Napoleón como rey de España.
Morelos mantuvo serias desavenencias con la Suprema Junta Nacional Americana (la Junta de Zitácuaro), constituida el 19 de agosto de 1811. Dicha Junta, presidida por Ignacio López Rayón, se erigió como la figura institucional de un soberanía propia frente al gobierno virreinal; aunque desde una perspectiva moderada, ya que gobernaba en nombre del depuesto Fernando VII. Entre 1811 y 1812, Morelos radicalizó su posición al concluir que era indispensable una independencia absoluta, lo que significaba configurar una nación soberana y sin ningún tipo de ataduras políticas con España. Tiene trascendencia histórica la carta remitida a López Rayón el 2 de noviembre de 2012, en la que sugiere, de una vez por todas, quitarse la máscara; es decir, manifiesta su desacuerdo de mantener la figura del rey Fernando VII, apelando a que la soberanía debería radicar plena y enteramente en los americanos.
Existía también un motivo de índole afectivo, a Morelos le dolía la muerte de Hidalgo, a quien admiraba profundamente. Se había incorporado a la causa insurgente, entre otros motivos, por él y coincidía en que a los “gachupines” y a las autoridades eclesiásticas sólo les interesaba el dinero: “Su único Dios era el Dinero”. En su "proclama al pueblo mexicano, realizada el 8 de febrero de 1812, en Cuautla", sobresalen los siguientes párrafos:
"No recordéis...las crecidas cantidades de plata y oro que, desde la conquista de Cortés hasta hará año y medio se han llevado los gachupines a su reino para habilitar a los extranjeros a costa de la ruina e infelicidad de los habitantes de este suelo; y sólo echad una mirada sobre los tributos y pensiones que de que estaba cargado cada uno de vosotros, sirviéndo(se) aquellos tiranos de vuestro trabajo...para aumentar sus caudales con perjuicio vuestro...
Americanos. Los gachupines están poseídos de la oligarquía y del egoísmo, profesan la mentira y son idólatras de los metales valiosos, preciosísimos..."(6)
En estricto sentido era más radical que Hidalgo, quien en sus proclamas exaltaba a Fernando VII, aunque tal vez era una mascarada del “zorro” (ese era el sobrenombre de Hidalgo) para alcanzar un propósito mayor. En el penúltimo párrafo de la proclama de Cuautla, Morelos advierte:
"Si los gachupines no rinden sus armas ni se sujetan al gobierno de la Soberana y Suprema Junta Nacional de esta América, acabémoslos, destruyámoslos, exterminémoslos, sin envainar nuestras espadas hasta no vernos libres de sus manos injustas y sangrientas". (7)
Durante la travesía de Tlapa a Chiautla, de cuatro o seis días, Morelos caviló mucho: tenía que plasmar los mejores argumentos para defender su causa y responderle al obispo de Puebla, Manuel Ignacio González de Campillo; así como para definir la mejor estrategia para tomar Chiautla.

La batalla de Chiautla
Todos los biógrafos de la independencia y de Morelos: Carlos María de Bustamante, Lucas Alamán, José María Luis Mora, Vicente Riva Palacio, Manuel Orozco y Berra (sin dejar de mencionar a Antonio Carrión y a Emilio del Castillo Negrete), entre otros, hacen referencia a la batalla de Chiautla suscitada el 4 de diciembre de 1811 (aun cuando Carlos Herrejón Peredo señala que Morelos arribó a Chiautla el 3 de diciembre) y de la cual Morelos informó sucintamente a la Junta de Zitácuaro sobre su resultado:
“Señor:
Hoy han sido citados los pueblos de esta provincia para el Juramento…
Los vecinos están muy adictos y se colgaban del último baluarte para pasarse a nosotros. Todos los oficiales han caído en nuestro poder, como también el comandante Mateo Musitu que era de la confianza del virrey…Se les han tomado cuatro cañones y uno de ellos tienen esta inscripción: <San Andrés Mata Morelos>. Hemos decapitado a seis europeos por ser muy malos.
Cuartel general en Chautla (Chiautla), diciembre 4 de 1811 ("Morelos a la Junta” (8)
Con base en diferentes citas históricas, a continuación se tratará de hacer una remembranza de la batalla de Chiautla. No sin antes señalar de que se reprodujeron textualmente dichas citas; por lo cual en las que hacen Morelos, Bustamante, Mora y Alamán el nombre de Chiautla, aparecerá como Chautla.
Previo al avance a Chiautla, habría que decir que Morelos había llegado a Tlapa, desde Chilapa, con una fuerza respetable. De acuerdo con José María Luis Mora, el ejército de Morelos a fines de 1811 estaba compuesto de la siguiente forma:
“La infantería que era su principal y mejor fuerza ascendía a poco más de seis mil hombres, …la gente de que se componía estos cuerpos era valiente, robusta, sufrida en las privaciones, …todas las armas de fuego habían sido tomadas a los españoles en las victorias obtenidas sobre ellos, pero no sucedía lo mismo con las (armas) cortantes, pues…la gente de Morelos acostumbrada al machete lo prefería a la espada española y sacaba de él ventaja como diestra en manejarlo. La caballería de Morelos era poco numerosa, pues apenas ascendía a dos mil ochocientos hombres” (9).
Ante el inminente ataque, no hubo resistencia en Tlapa: la guarnición de realistas mandada por el Subdelegado de esa provincia huyó hacía Oaxaca; tomando Morelos esa población el 22 de noviembre de 1811.
En Tlapa se le presentó el cura Mariano Antonio Tapia, quien era vicario de esa población y a quien hizo coronel, ordenándole conformar un cuerpo de infantería. En la “Historia de la Ciudad de Puebla de los Ángeles”, el Coronel Antonio Carrión abunda más en detalles: “Ocho días permaneció tranquilamente…el caudillo, ocupándose en equipar las fuerzas que se le habían reunido proveyéndolas de huaraches, machetes, camisas y calzones de manta. El Sr. Morelos se alojó en la casa parroquial que habitaba el Padre Tapia, Vicario del lugar a quien dio el despacho de Coronel y facultades para levantar un regimiento de infantería” (10).
¿Por qué tomó Morelos el camino hacia Chiautla y no optó por otras rutas? Él era un hombre que columbraba y su decisión pudo obedecer a diferentes razones.
Primero, su intuición de caminante, de arriero, lo hacían concebir que su avance por Chiautla le abría la posibilidad de optar por diferentes rutas para arribar al Centro de México, ya sea por Puebla o por los valles de Jonacatepec, Cuautla y Cuernavaca; además de que con ello consolidaba la posición de su retaguardia y le permitía lanzar nuevas campañas hacia otros puntos estratégicos como Oaxaca y Taxco.
Segundo, sabía de antemano de las fuerzas que lo querían contener en Chiautla, así como de la simpatía que sentía la población por la causa insurgente; lo que le iba a permitir reclutar más fuerzas y apropiarse de más armamento.
Tercero, tal vez, sopesó la idea de que podía desarticular la explotación de los reales mineros de Huautla y Taxco, cortando la dotación de mano de obra y de sal, vital para la explotación de la plata. Antes de llegar a Chiautla tomó la decisión de que se avanzara hacia esos centros mineros, lo que obraba en perjuicio de los intereses de la economía colonial, además de que la causa insurgente podía allegarse de un importante caudal de recursos. De hecho, las fuerzas insurgentes con el mando de Hermenegildo Galeana tomaron Huautla y Taxco hacia finales de 1811; la fecha precisa para Taxco es la del 25 de diciembre de 1811.
José María Luis Mora, al delinear la estrategia de Morelos habla de la separación del ejército de Morelos en cuatro divisiones, cada una con fines específico. Cito textualmente:
“Una debía de quedar en las inmediaciones de Acapulco para sostener el campo del Veladero y el sitio de la fortaleza, y esta se puso a las órdenes de D. Ignacio Ayala: otra, cuyo mando se confió a D. Hermenegildo Galeana, debía descender hasta Toluca, por Tepecoacuilco, Tasco, Tecualoya y Tanancingo, con el objeto de contener las fuerzas de Porlier destinadas a Zitácuaro: la tercera, mandada por D. M. (Miguel) Bravo, fue destinada a contener las fuerzas españolas que podían amenazar por el lado de Oaxaca y a su comandante Paris: la cuarta, por último, que debía ser mandada por el mismo Morelos, tomó un camino medio entre los de Puebla y Méjico, para amenazar a la vez estas dos ciudades y sacar el partido que diesen las circunstancias” (11).
Las mayores discrepancias entre los historiadores surge en torno a la disposición de las fuerzas realistas que querían contener a Morelos en Chiautla. Lucas Alamán señala que el padre Tapia, “oriundo de aquel lugar, le dio a Morelos (la noticia) de estar aquella tropa favorablemente dispuesta hacia él, lo que le hizo marchar a aquel punto a principios de diciembre, con la confianza cierta del buen éxito”; por su parte, Mora señala que las tropas de Musitu estaban integradas por los trabajadores de sus fincas y que estos lo amaban y eran sus soldados. Una tercera vertiente, que parece razonable, la ofrece el Coronel Antonio Carrión:
“El Padre Vicario de Tlapa, Tapia, era natural de Chiautla, allí tenía parientes y amigos, a quienes avisó su resolución de abrazar la causa de la independencia, en contestación le dieron noticias exactas del número de fuerza que tenía D. Mateo Musitu” (12)
En su texto el coronel Carrión narra vívidamente el curso que siguió Morelos de Tlapa a Chiautla: (Enterado en Jolalpan sobre las fuerzas de Musitu) "el Sr. Morelos…se dirigió rápidamente para Chiautla por Xicotlán, pasó el río en Ayahualco, casi a nado; atravesó la sierra de Choquitla, y cayó sobre Chiautla el 4 de diciembre” (13). Coincidiendo con Orozco y Berra, este autor hace notar que fue en Jolalpan y no en Chiautla, en donde Morelos dividió su ejército en tres grupos: uno a las órdenes de Don Miguel Bravo, a quien ordenó marchar sobre Oaxaca; otro a las de Galeana, con la instrucción de atacar Taxco y él se quedó con la compañía de su escolta y con ochocientos indios flecheros, con la que atacó a las fuerzas realistas en Chiautla. Parece poco el contingente insurgente, pero recuérdese que conforme a nuestra inferencia estadística la población existente en Chiautla apenas si rebasaba los dos mil habitantes en esa época.
La ruta planteada por el Coronel Carrión es similar a la descrita por las partes militares realistas, que incluían a los pueblos de Tlapa, Xochihuehuetlán, Xicotlán, Chila y Chiautla de la Sal. Sin embargo, las crónicas indican que antes de llegar a Chiautla estuvo en Jolalpan, considero que tomar la ruta hacia Xicotlán por el rumbo de Ixcamilpa hubiera significado dar de nueva cuenta un gran rodeo; más bien creo que el camino que recorrió Morelos de Jolalpan a Chiautla fue el mismo que tomó Zapata cien años después y que toca casi en línea recta los siguientes puntos: Jolalpan, Tepoxmatla y Chiautla de Tapia. Habría que recorrer ese camino real que ahora no se transita para conocer y trazar bien la ruta.

Quien estaba a cargo de la defensa de Chiautla, era Don Mateo Vicente Musitu y Zalvide-Goitia, persona muy acaudalada en Izúcar; que formaba parte de un clan familiar que contaba con los ingenios más grandes en los valles azucareros de la región, además de tener simultáneamente fábricas de aguardiente y empresas ganaderas de Cuautla a Jonacatepec.
Vale la pena señalar también que Don Mateo Musitu fue dueño de la Hacienda de San Juan Raboso, ubicada en la localidad de San Isidro Labrador, en Izúcar, que se destacó por ser una de las principales productoras de caña de azúcar y aguardiente de la zona. En esta ex Hacienda todavía se pueda apreciar en estado de abandono la “Capilla del Diablo”, construida en el siglo XVIII; de donde se dice que Musitu hizo un pacto infernal, adquiriendo el don de la bilocación; pudiendo estar, a la vez, en un lugar de esparcimiento y vigilando a sus peones.

Musitu había reunido, organizado y armado a sus expensas un cuerpo numeroso dotándolo de doscientas armas de fuego y cuatro piezas de artillería. Aun cuando Mora sólo hace referencia a un cañón: “El Mata-Morelos”, la misiva remitida de Morelos a la Junta de Zitácuaro no deja lugar a dudas de que las piezas de artillería eran cuatro. Bustamante hace la siguiente anotación:
“El odio (de Musitu) era tal, que había fundido un cañón de artillería, al que puso por nombre El Mata-Morelos” (14)
Para enfrentar a los atacantes Musitu situó su fuerza en el convento de San Agustín: “Edificio que como todos los construidos en aquella época, presentaba el aspecto de una verdadera fortaleza, tanto por su sólida construcción, como por lo ventajosamente que los situaban y que fueron sin duda construido con el objeto de templos y de punto de defensa de los conquistadores”(15)
Musitu decidió defenderse y sostenerse en el convento. Morelos sabía que las fuerzas realistas iban a presentar resistencia. Pese a la posición incuestionablemente ventajosa del jefe realista y la vigorosa defensa de su tropa, el comandante Musitu, a quien el virrey le había dado el grado de Coronel, no sólo fue derrotado, sino también hecho prisionero y fusilado.
Resulta interesante la narrativa que hace Carrión de este episodio histórico:
“Musitu estaba listo y se puso en estado de defensa, ocupando el convento de Agustinos, los insurgentes divididos en dos grupos atacaron con bríos simultáneamente por dos puntos opuestos el edificio. Musitu resistió vigorosamente pero el empuje de los atacantes fue tan sostenido y eficaz que tomaron el punto a viva fuerza. Cayeron prisioneros el mismo Musitu, sus oficiales y doscientos hombres, quedaron en poder del Sr. Morelos las cuatro piezas de artillería, doscientas armas de fuego y veinticinco cajas de parque”(16)
Esta narrativa coincide con la exposición de Lucas Alamán: (Musitu) ocupó el convento que fue de los agustinos, el que como todos los edificios de esta clase construidos en tiempo de la conquista, es una especie de fortaleza, susceptible de una regular defensa… y a pesar de la vigorosa resistencia de Musitu, se hizo dueño del edificio, cayendo prisionero el mismo Musitu, con unos doscientos hombres que estaban a sus órdenes; también cayeron en su poder unas doscientas armas de fuego, cuatro cañones y veinticinco cajas de municiones” (17).
La narrativa de Francisco López Bárcenas sobre la batalla de Chiautla aporta interesante información, ya que hace referencia a una doblez de Musitu, quien a través del cura Mariano Antonio Tapia trató de engañar a Morelos, ofreciéndole que se iba a pasar al bando insurgente:
“El padre Mariano Tapia, que andaba con los insurgentes y era oriundo de ese lugar, había tenido pláticas con el hacendado, quien falsamente le aseguró que estaba dispuesto a unirse al ejército insurgente. Sin conocer su pasado ni sus intenciones, el cura le creyó y aceptó llevar su mensaje a José María Morelos y Pavón, arriesgándolo a caer en una trampa. Más astuto que su subordinado, el general insurgente lo escuchó pero no le creyó. Entró a Chiautla con todas las previsiones de quien anda en guerra y descubrió que la capitulación pacífica del realista no era más que un ardid: todo el pueblo estaba sitiado por su gente, dispuesta para entrar en combate. Descubierta la treta, José María Morelos y Pavón dio la orden de tomar el pueblo a sangre y fuego. Mateo Musitu y su gente se hicieron fuertes en el convento de los agustinos, armados de un potente cañón al que habían bautizado como Mata-Morelos, mostrando sus intenciones antes de lograrlo.
Apenas el ejército insurgente se asomó al pueblo, el Mata-Morelos rugió. (Era) la señal para que las tropas realistas se lanzaran al ataque con la idea de sorprenderlos, con muy mala suerte porque los insurgentes de la vanguardia, al mando del capitán Perfecto García … los destrozaron”. (18)
La mayor parte de los prisioneros, le pidieron a Morelos sumarse a su causa; con Musitu fue implacable: no obstante de que le ofrecieron cincuenta mil pesos por su vida, no accedió y fue fusilado “en una esquina del convento de San Agustín”. Su supuesto pacto con el diablo – del cual se sigue hablando en Izúcar – de poco sirvió. La narración de López Bárcenas coincide con lo que afirmaba Lucas Alamán: “la de estar aquella tropa favorablemente dispuesta hacia Morelos”, aunque no permite entrever que era una trampa maquinada por Musitu.
Distinta suerte corrió el Dr. José Manuel de Herrera, quien fungía como Capellán de la tropa realista y procuró salvarse, “ocultándose detrás del altar mayor de la iglesia (Lucas Alamán habla de un colateral al templo de San Agustín), pero descubierto allí, (Morelos le salvó la vida) porque quiso aprovechar sus servicios en favor de la causa de la insurrección” (19). No sólo Herrera, sino también muchos de los realistas intentaron salvar su vida en los claustros del convento de San Agustín o en sus cuevas o catacumbas, tal como lo narra el historiador chiauteco Gonzalo Carrillo Vivas:
“Apenas se presentó Morelos comenzó el ataque contra el edificio ocupado por los realistas, estos hicieron una salida, pero pronto se vieron forzados á refugiarse tras los muros del viejo convento. Hasta allí los siguió el jefe independiente trabándose terrible y encarnizado combate en el interior de la improvisada fortaleza. Derrotados los defensores (los realistas de Musitu) en el patio y corredores bajos, tomaron posición en las escaleras y desde allí sostuvieron un mortífero fuego que diezmaba (a) las masas de los asaltantes; al fin, haciendo éstos un furioso empuje, forzaron los atrincheramientos formados en la parte superior y entraron triunfantes persiguiendo a los realistas, que huían despavoridos por los oscuros claustros del convento” (20).

Tiempo después Herrera firmó la Constitución de Apatzingán, expedida el 22 de octubre de 1814; fue nombrado en 1815 Plenipotenciario en Estados Unidos para efectuar la compra de armas y hacer gestiones diplomáticas a favor de la causa insurgente; imploró el indulto ante el Gobierno realista, “poseído de cierta desmoralización o desaliento, por el desfavorable curso de la revolución”; se adhirió al Plan de Independencia de Iturbide y triunfante la revolución, fue nombrado Ministro de Relaciones el 5 de Octubre de 1821. Un hombre de su época y de nuestra época, más plegado a sus intereses personales y por ende, mutante en sus convicciones políticas. Sobre Herrera, Carlos María de Bustamante opinaba lo siguiente:
“Éste es mismo ministro de Relaciones de D. Agustín de Iturbide, hombre de todos partidos y muy comparable con un caballo que obra contra el moro si lo monta el cristiano, y al revés”. (21)
En febrero, en Cuautla, Morelos hace alusión a la batalla librada en el convento de “San Agustín Obispo” en Chiautla, ponderando su triunfo, la bondad de su causa, la disciplina de sus tropas y el respeto al templo:
"Mas, dejando esto aparte, que hablen a favor nuestro los pueblos por donde hemos transitado y que han sido el teatro de los más famosos ataques, y ellos publicarán cuál es nuestro modo de pensar y cuál la religiosidad tan decantada de los gachupines tiranos.
Las venerables iglesias de Chautla, Jalmolonga y Tenancingo, adonde vosotros mismos visteis las majadas de los caballos, los inmundos restos de puros y los fragmentos de la bebida, adonde comían y se embriagaban con sus concubinas, convirtiendo en lupanares aquellos santos habitáculos, hablando allí las torpezas propias de la gente marina; estos sagrados lugares, repito, serán fieles testigos de nuestro decoro y de los atentados de aquellos sacrílegos, al paso que las gentes de las jurisdicciones conquistadas, no dejarán jamás de asegurar que allí no se han visto violencias, raptos y los otros (trastornos) morales” (22)
Importancia de la batalla de Chiautla
El éxito de una estrategia se mide por el logro de los propósitos por la que fue concebida. Así la toma de Chiautla significó para Morelos, un éxito por diferentes motivos:
Posibilitó el avance de la fuerza insurgente hacia el centro de México, aun cuando fue contenido en Cuautla, a 80 kilómetros de la Ciudad de México. Al respecto Bustamante señala: “La toma de Chautla y la muerte de Musitu se oyó con horror en Puebla”. Mora en el mismo tenor afirma: “Luego que en Puebla se supo la toma de Chautla, las autoridades españolas de la ciudad entraron en gran cuidado” (23) y conformaron tropas para contenerlo. Y Lucas Alamán refiere: “La derrota de Musitu en Chautla y la marcha de Morelos sobre Izúcar, llenaron de inquietud a las autoridades de Puebla. Ciriaco del Llano, que ejercía el mando militar, dispuso que la división que operaba en los llanos de Apan, dejando por entonces abandonados estos, se dirigiese prontamente al punto amenazado” (24)
El ataque a Chiautla no sólo posibilitó apropiarse de armas, sino el de contar con un contingente que tuvo un papel destacado en el sitio de Cuautla, además de que la población quiso proveer de alimentos a los sitiados. Una de estas acciones no fue del todo afortunada: “El 25 de marzo de 1812, los soldados de Chiautla, bajo las órdenes del coronel don Mariano Antonio Tapia (200 hombres de caballería) sostuvieron un encuentro con los realistas del sargento mayor José Enríquez (800 hombres) en “el cerro del Lizote”, en Cuautla; los insurgentes se retiraron dejando cuantiosos víveres que iban destinados a los sitiados” (Cita tomada de diferentes fuentes).
Las tropas independentistas encontraron un resguardo seguro; esto, después del agobiante sitio que duró “setenta y tres días, contados desde el 19 de febrero en que fue rechazado Calleja en el ataque primero de la plaza, hasta el 2 de mayo en que Morelos la evacuó” (25). La fuerza insurgente había perdido su armamento y Morelos, de retirada, llegó a Chiautla el 4 de mayo con traumatismos por haberse caído de su caballo cuando rompió el sitio. Allí reorganizó sus fuerzas y emprendió la tercera campaña.

Sobre la reacción realista después de perder Chiautla, resulta conveniente volver al relato histórico de López Bárcenas:
“Cuando las autoridades de la Nueva España se enteraron de la derrota de sus tropas en Chiautla, enviaron un regimiento de 300 hombres al mando de un capitán de apellido Saavedra, con la intención de recuperar el pueblo. La medida resultó bastante inútil porque los insurgentes eran mucho más que ellos y sus posibilidades de someterlos nulas… (26)
El obispo de Puebla – el mismo que había remitido la misiva de indulto a Morelos – bendijo al regimiento realista, pero poco sirvió: “Saavedra ni siquiera se presentó en el pueblo, se limitó a acercarse un poco, enterarse de la situación y regresar por donde había llegado”. La narración de Bustamante es vívida:
“Luego (de) que en aquella ciudad se supo de esa derrota, salió el coronel Saavedra, de nombre obscuro en la milicia, con trescientos hombres, el cual retrocedió con ellos sin osar a mirar ni aun de lejos al ejército americano. El bajo pueblo creyó que obraría maravillas, porque antes de salir, el obispo Campillo los bendijo, dio un peso a cada soldado, y los exhortó como si fuesen a una cruzada de moros. ¡Lástima de rentas eclesiásticas empleadas en tan ruin empresa!” (27)
Las noticias que llegaban desde diferentes puntos de Puebla generaban zozobra a las autoridades virreinales y a los jefes realistas. “Las partes militares” de los realistas del 30 de noviembre y del 7 de diciembre de 1811 daban cuenta de la ocupación insurgente en toda la provincia de Chiautla y del gran avance de Morelos hacia el Valle de Izúcar que amenazaba a la Ciudad de Puebla.
México 30 de noviembre de 1811:
“La división de Musitu se mantiene en Ch[i]autla y la de Saavedra en Ch[i]la. Esto es todo lo que se sabe de aquél lado, fuera de lo que dice la Gaceta” (28)
México, 7 de diciembre, 1811:
“Se ha desvanecido la esperanza de que por ahora salga la conducta de platas para Veracruz, pues la tropa que debía escoltarla salió antes de ayer en diligencia a reunirse al señor Llano, en Puebla, para resistir la invasión de los insurgentes por el rumbo de Izúcar.
Se asegura que son dos las divisiones de Morelos que han atacado, compuestas ambas de igual fuerza, esto es de cuatro mil hombres armados y dos mil flecheros. Que la una, al mando de un tal Bravo de Chilpancingo se dirigió a Ch[i]autla por el camino de Xochihuehuetlán; y que, con efecto, fue rendido aquél pueblo, pero no se especifican las circunstancias de este suceso ni lo que hicieron Musitu y sus tropas, infiriéndose de la falta de noticias de este comandante que puede no haber sido feliz su suerte. (No fue don Miguel Bravo, sino el propio Morelos el que tomó Chiautla, tal como se ha descrito a lo largo de toda esta entrega).
Que la otra división se dirigía por Xolalpa al mando de Vicente Guerrero, con cuyo motivo se retiró Saavedra a Izúcar con sus 200 granaderos, abandonando el puesto de Ch[ia]utla”. (29)
Como se verá en los siguientes capítulos, Chiautla continúo preservando en su seno la llama de la insurrección, a tal punto que el comandante realista Juan Francisco Paris Parra, en agosto de 1812, solicitó un mayor cúmulo de fuerzas realistas en la región de la siguiente forma:
“El excelentísimo señor teniente general don Antonio González me encargó repetidamente solicite conducto por donde lleguen a vuestra señoría estas noticias para que provea de remedio, pues toda la provincia se halla inundada de las gavillas gruesas del pérfido Morelos, y exige imperiosamente que vengan a dobles marchas tropas del rey por Chilapa en donde no hay insurgentes de fuerza y que desde este punto, puesto su comandante en comunicación conmigo se pase a Tlapa para cortarles por este rumbo la retirada; y al mismo tiempo que puedan entrar otros por Tehuacán”.
Se hace preciso, venga el mayor trozo de tropa del rey por el infiel Chautla, cuyo nombre debe borrarse de la memoria, y dirigirse a Huajuapan (30). (Misiva de Francisco Paris al Virrey Venegas, 13 de agosto de 1812.)
Este deseo de infortunio de quien actuaba en contra de la razón histórica honra más a la ancestral y heroica Chiautla, cuyo suplicio, durante los tres siglos de dominio colonial, la hicieron devota de causas nobles y justas.
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"De un bravo cura insurgente
honras el recuerdo, Chiautla;
y dando a su nombre gloria,
te nombras Chiautla de Tapia"
Esa era la primera estrofa de un poema que declamaba elocuentemente el profesor Sabino Cilia Flores, mi padre. Pocos conocen ahora el poema, durante la segunda y tercera década del siglo XX lo declamaban los estudiantes, niños y jóvenes, en las festividades cívicas de Chiautla, cuando se conmemoraba la independencia de México.
Quedarse únicamente con la memoria resulta riesgoso, suele perderse. Sobre la batalla de Chiautla lo único que se aprecia en el pueblo para rememorarla es una placa en la Parroquia de San Agustín Obispo. Asombra ver que en la placa conmemorativa, ni siquiera esté impresa la fecha de esta gesta histórica: 4 de diciembre de 1811.

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(1) Carlos Herrejón Peredo. “Morelos: revelaciones y enigmas”. Editorial Debate. 2019 (texto en internet).
(2) Francisco López Bárcenas. “El Fuego y las cenizas. Los pueblos mixtecos en la guerra de independencia”. Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, p. 77. Fue José María Morelos y Pavón quien respondió directamente la carta del Obispo de Puebla y don Carlos María de Bustamante fue el que se encargó de rescatar, analizar y reproducir la correspondencia de Morelos en su obra “Cuadro histórico de la revolución mexicana, 1810”.
(3) Carlos María de Bustamante. “Morelos”. Colección Biografías Conmemorativas. Gobierno del Estado de Hidalgo, 2008. p. 25. Con este título apareció una colección sobre el liberalismo de Martín Luis Guzmán en los años cincuenta del siglo XX. En realidad este texto recopila el segundo tomo del “Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana, 1810”, de Carlos María de Bustamante.
(4) Francisco López Bárcenas. Op. Cit., p. 78.
(5) Ana Carolina Ibarra. “El clero de la Nueva España durante el proceso de independencia, 1808-1821. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 2010, p. 46.
(6) Ernesto Lemoine Villicaña. “Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época". UNAM. Primera edición. México, 1965. pp. 190-193.
(7) Ibidem. pp. 190-193.
(8) Carlos Herrejón Peredo. “Morelos: documentos inéditos de vida revolucionaria”. El Colegio de Michoacán, p. 183.
(9)José María Luis Mora. “Méjico y sus Revoluciones”, (Documento en Internet) p.306
(10) Antonio Carrión. “Historia de la Ciudad de Puebla de los Ángeles (Puebla de Zaragoza)”. Colección Digital. UANL, pp. 111 y 112
(11) José María Luis Mora. Op. Cit., p. 511.
(12) Antonio Carrión. Op. Cit., p 114.
(13) Ibidem., pp. 114 y 115.
(14) Carlos María de Bustamante. Op. Cit. p. 24
(15) Emilio del Castillo Negrete. “México en el siglo XIX, ó sea su historia desde 1800 hasta la época presente”. Colección Digital UANL, p 350.
(16) Coronel Antonio Carrión. Op. Cit., p 115.
(17) Lucas Alamán. “Estado de la revolución después de la prisión de Hidalgo y sus compañeros. (Documento en Internet).
(18) Francisco López Bárcenas. Op. Cit. p. 87
(19) Alejandro Villaseñor y V. “Biografías de los héroes y caudillos de la Independencia”. Editorial del Valle de México, p.488.
(20) Gonzalo Carrillo Vivas. “Chiautla en la independencia” p.11.
(21) Carlos María de Bustamante. Op. Cit. p. 25
(22) Revolucionaria proclama expedida por José María Morelos en la que justifica ante el pueblo mexicano la necesidad de alcanzar la independencia política, Cuautla 8 de febrero de 1812, en 500 años de la historia de México en documentos.
(23) José María Luis Mora. Op Cit., p 513.
(24) Lucas Alamán. Op Cit.
(25) José María Luis Mora. Op. Cit., p. 562
(26) Francisco López Bárcenas. Op. Cit., p. 88.
(27) Carlos María de Bustamante. Op. Cit. p. 25.
(28) Las Cartas de Morelos en la Biblioteca José María Lafragua, BUAP Estudio introductorio Alicia Tecuanhuey Sandoval. p 252
(29) Ibidem p. 252.
(30) Noticias de la acción en Huajuapan. Francisco Parias al Virrey Venegas., en 500 años de la historia de México en documentos.

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