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Chiautla y Tlanichiautla: origen y construcción espiritual. Capítulo 14

Gildardo Cilia López


Junta de los ríos Atoyac y Mixteco, San Juan de los Ríos, Chiautla de Tapia, Puebla, marzo de 2026 (Archivo fotográfico de G.C.L.)
Junta de los ríos Atoyac y Mixteco, San Juan de los Ríos, Chiautla de Tapia, Puebla, marzo de 2026 (Archivo fotográfico de G.C.L.)

Chiautla insurgente


Existen enigmas que requieren descubrirse para entender el devenir histórico de los pueblos. Con frecuencia se escucha decir que el “hubiera no existe”; sin entender que “sin el hubiera” se pierde la capacidad de reflexión que da paso a la historia crítica. El corolario de que es necesario conocer la historia para “no repetir los mismos errores” sería vano si no se pudieran establecer diferentes acciones hipotéticas que hacen concebir otras opciones, es decir, diferentes alternativas.


Cuando se habla del “Sitio de Cuautla”, en su caso, se debería de hablar de una hazaña de sobrevivencia que rompió con un cerco, lo que transformó el resultado de la batalla en una derrota digna. En los hechos, la heroica resistencia significó bajas masivas del ejército de Morelos y la pérdida de armamento, sobre todo, de cañones que se les había incautado a las tropas realistas en combates anteriores o que se habían adquirido con gran esfuerzo. En términos estratégicos no sólo se perdió la plaza de Cuautla, sino que se detuvo el avance insurgente hacia el Centro del país. Militarmente, fue la primera gran derrota en una gran planicie: Cuautla está ubicada en un valle, orografía que contrasta con la serranía ubicada en el Norte de lo que hoy es el Estado de Morelos.


En forma inexplicable las fuerzas realistas no persiguieron a Morelos en su huida hacia Chiautla, donde estuvo un mes - durante mayo de 1812 - convaleciendo y reorganizando a su ejército. Se puede suponer que las tropas del rey también estaban fatigadas; o tal vez, que sus estrategas no quisieron adentrarse a terrenos poco propicios para el combate abierto, en donde sus huestes iban a estar expuestas a frecuentes ataques y emboscadas.  El camino serrano también era penoso para mover armamento pesado (cañones), por lo que más bien se requería de un ejercito ligero, capaz de sortear con gran movilidad todas las barreras orográficas.


En Chiautla, Morelos desistió de llevar el curso de la revolución hacia el altiplano central y optó por avanzar hacia el Sur. La tercera campaña se orientó hacia las zonas montañosas de Puebla y sobre todo, hacia la “Alta Mixteca”, siguiendo el curso hacia Tehuacán y hacia la Ciudad de Oaxaca. Esta etapa militar resultó ser la más exitosa de todas: en los relieves serranos, entre desfiladeros y profundas barrancas y controlando los vados de los ríos, el ejército insurgente se convirtió prácticamente en una fuerza infranqueable.


En la medida que avanzaba Morelos hacia Oaxaca, pese a las previsiones por mantener posiciones estratégicas, Chiautla se fue desguarneciendo. Nada más importante para las fuerzas realistas que ocupar esa cabecera para evitar futuras incursiones hacia el Centro del país o para impedir el transito logístico de tropas insurgentes y armamento hacia la Alta Mixteca, Tehuacán y Oaxaca. Aun así, el foco de la insurgencia prosiguió en la región.


El oficial realista José Gabriel de Armijo emitió una proclama el 23 de noviembre de 1812 para hacer volver al orden y a la razón a los habitantes de Chiautla de la Sal (Chiautla de Tapia), pueblos, haciendas y ranchos adyacentes, reprochándoles:


“…< seguir las máximas verdaderamente toscas, groseras y desconcertantes de vuestros alucinadores (se está refiriendo a Morelos y a los lideres insurgentes) y apartarse de sus obligaciones con Dios, con el rey y con la patria>. Les dijo no dejarse engañar de quienes aseguraban que él era un hombre impío y temerario, (que) ahí estaba el ejemplo de Cheta (Chietla) a quienes trató con <amor fraternal y benignidad> por haber recibido con prudencia, hospitalidad y derecho de gentes a las tropas del rey. Los llamó a regresar a sus casas y a sus obligaciones ya que, si arribaba nuevamente el ejército y no encontraba a sus habitantes, el poblado sería arrasado” (1).


José Magaña Morales, en su tesis “Armijo en el Sur de la Nueva España, 1814-1821”, hace otra importante anotación: “Armijo atribuye la rebeldía de la población, no a problemas de índole económico, político o social, sino únicamente era resultado de la seducción que hacían de una población ignorante, timorata y muy fácil de influenciar, un grupo de perversos rebeldes que solamente buscan su beneficio personal, a quienes llamaba <la canalla>” (2). Prevalecían concepciones retrógradas tanto de las autoridades virreinales como de los jefes realistas que otorgaban indultos, pero que parecían ignorar que se trataba de pueblos nativos hastiados por la miseria y que luchaban por su sobrevivencia, después de haber sido sometidos durante tres siglos a trabajos forzados.


El ámbito retrógrado se hace más evidente si se piensa que en la España, más adelantada, desde septiembre de 1811, se contaba con un decreto específico que ponía fin al sistema servil del repartimiento forzoso de la mano de obra en las minas y en otras actividades productivas. El 9 de noviembre de 1812, ocho meses después de la promulgación de la Constitución de Cádiz, las Cortes ratificaron la abolición de la mita (o coatequitl) y otros servicios personales, otorgándoles la libertad laboral a los nativos de las colonias, suprimiendo el sistema de castas y equiparando los derechos de los habitantes de América con los de la península ibérica.  Frente a los avances legislativos y constitucionales en España, lo que prevaleció en México fueron posturas anacrónicas que hicieron mucho daño: se prolongó la guerra de independencia, más con el retorno del rey Fernando VII en 1814, quien abolió la Constitución de Cádiz; en tanto que la prevalencia de ideas monárquicas alentaron una independencia hibrida y desdibujada, sin un proyecto histórico y político de avanzada.


Miguel Bravo


Se suele repetir el siguiente texto del poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht:


“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.


En México habría que añadir a los héroes mártires, que son los que con su sacrificio han querido forjar un destino digno para la patria. Este tipo de hombres no han surgido necesariamente del pueblo: se trata la mayoría de las veces de personas que estando en una condición económica privilegiada han emprendido luchas sociales a favor de grandes causas nacionales o de las clases humildes.


Las teorías sociales tratan de encontrar las causas que explican la rebeldía de estos prohombres sin que exista una explicación única. Debe hacerse a un lado de que son las necesidades materiales personales las que explican su oposición a un régimen; por encima de ello hay una visión de justicia social e imperativos éticos que los hacen comprometerse con intereses ajenos a los de su propia clase social. La visión de estos hombres radica más en su conciencia: casi siempre existe una convicción en pro de la dignidad humana que los impulsa a defender la causa de los oprimidos para alcanzar una sociedad más justa o para poner fin a estructuras de poder que sólo propician el anquilosamiento histórico.


Con la excepción de Nicolás Bravo, poco se sabe que su familia tuvo una participación activa en la lucha por la independencia de México. Pudo haber existido cierta inconformidad de los Bravo contra el sistema de privilegios virreinal; sin embargo, la evidencia más bien indica que no se unieron para compensar agravios. Esto si se toma en cuenta lo que señala Norberto Nava Bonilla en su artículo “Una familia de hacendados que dio su vida por la independencia” (3). Veamos:


  • Eran propietarios de la hacienda de Chichihualco, ubicada a 35 kilómetros de Chilpancingo.  Al finalizar el siglo XVIII los hermanos Bravo: Leonardo, Miguel, Víctor, Máximo y Casimiro eran los propietarios de esa hacienda, herencia de sus padres españoles.

 

  • En la zona donde se ubicaba la hacienda pasaba el camino real México-Acapulco, lo que les permitía beneficiarse de los eventos comerciales de la Nao de China.

 

  • Además, los hermanos Bravo se dedicaban a la producción de ganado, caña de azúcar y algodón y comerciaban en la región varios productos que adquirían en la Ciudad de México.

 

  • Eran dueños de varias tierras que se encontraban entre los poblados de Chilpancingo y Tixtla.

 

  • Sus negocios que iban desde Chilpancingo hasta la Ciudad de México, les permitía mantener vínculos con las autoridades virreinales, con políticos, comerciantes, arrieros, terratenientes y religiosos. De hecho, fue Hermenegildo Galeana, otro propietario de tierras, comerciante y poderoso arriero, quien acercó a los Bravo con Morelos.


Casona Bravo, antigua hacienda de la familia Bravo, Chichihualco, Guerrero, 1920, INAH. (Fotografía tomada de Norberto Nava Bonilla. "Una familia de hacendados que dio su vida por la Independencia". Revista BiCentenario, núm, 26.
Casona Bravo, antigua hacienda de la familia Bravo, Chichihualco, Guerrero, 1920, INAH. (Fotografía tomada de Norberto Nava Bonilla. "Una familia de hacendados que dio su vida por la Independencia". Revista BiCentenario, núm, 26.

Su condición altamente privilegiada propició que los hermanos Bravo, con excepción de Máximo, se enlistaran en 1781 en el Regimiento Provincial de la Costa Sur, que los comprometía a defender a la Corona en tiempos de guerra; ello, asimismo, les permitió contar con fuero militar y con todo tipo de consideraciones por parte del gobierno virreinal: se les censaba como españoles a pesar de haber nacido en la Nueva España, es decir, disfrutaban de las mismas canonjías que los peninsulares.


Al tomar las armas y unirse a Morelos en 1811, en apariencia no había nada que coartara sus negocios por parte de las autoridades virreinales; tampoco lo hicieron para aprovecharse visceralmente de los beneficios que les podía dejar un movimiento convulso y el previsible nuevo orden de las cosas. De haber sido así, el costo sería muy alto: en la lucha armada sufrieron por las muertes de Leonardo - el jefe de los hermanos Bravo - mediante el suplicio del garrote vil; y de Miguel - el segundo de los hermanos – quien fue fusilado y decapitado en la ciudad de Puebla.


De Miguel Bravo se sabe que impresionó gratamente a Morelos, sea porque descubrió en él aptitudes militares o porque lo vio como una persona formal con el hábito de mandar; lo cierto es que de inmediato le dio el mando de una fuerza que atacó Chilpancingo y participó en las ocupaciones de Tixtla y de Chilapa. Tiempo después en la provincia de Chiautla recibió el mando de cuatrocientos hombres para tomar Oaxaca. No cumplió con su cometido: fue derrotado en Ometepec (Estado de Guerrero) por el jefe realista Francisco Paris, pero fiel a la causa regresó a Izúcar y con una división convenientemente reforzada participó en la batalla de Cuautla del 8 de febrero de 1812; ciudad de la que salió junto con el cura Mariano Antonio Tapia antes de que quedará circunvalada.


Sobre la lealtad de Miguel Bravo a Morelos y al movimiento de independencia no debe quedar duda: durante los tres meses del Sitio de Cuautla intentó introducir víveres, distrajo con sus acciones al ejército realista, acometió furiosamente contra Calleja y Armijo; sufría grandes pérdidas, pero se volvía a reponer y continuaba con sus acciones armadas. Esto es, expuso con gran valor su vida.


Artífice de la revolución de independencia, Miguel Bravo ocupó la plaza de Ocuituco para esperar a las tropas dispersas de Cuautla. “Allí llegó Morelos que se encontró con una pequeña fuerza que fue el nuevo núcleo del ejército (insurgente)” (4). Desde ahí, resguardó al jefe independentista hasta su llegada a Chiautla. Era, pues, Don Miguel un convencido de la causa emancipadora.


Resulta de sumo interés reproducir algunos aspectos de la correspondencia que sostuvo Miguel Bravo con el obispo de la diócesis poblana Manuel Ignacio González del Campillo, quien, además, entabló diálogos epistolares con algunos jefes insurgentes – entre ellos, Morelos y el cura Tapia – para disuadirlos de continuar con su lucha armada. En este caso, fue Don Miguel quien remitió una misiva al obispo, con fecha 10 de octubre de 1811, para solicitarle enviase curas al sur de su diócesis a efecto de que le otorgaran los sacramentos a los habitantes de los pueblos ahora controlados por los insurgentes. La respuesta de Campillo, conforme a la narrativa de Cristina Gómez Álvarez (“El alto clero poblano y la revolución de independencia, 1811-1821") fue contundente:


(Que la petición no era posible), “pues los sacerdotes tenían que predicar el Evangelio y éste condenaba su lucha” … En su concepción, atacar a la dominación colonial era lo mismo que atacar a la religión…


Campillo aprovechó la ocasión para pedirle a Bravo que abandonase la causa insurgente y se acogiese al indulto, en virtud de que pertenecía a una familia ilustre y acomodada, y también por esa misma razón le solicitaba que hiciese extensiva esa invitación a sus hermanos Leonardo y Víctor. Los Bravo – según el obispo – habían sido engañados por < el hipócrita de Morelos>, pues no existía otra razón que explicara por qué luchaban por la Independencia, ya que esta solamente tenía a su favor <a unos cuantos malos sacerdotes y otros sujetos de mala reputación>. El hecho de que los Bravo abrazaran la insurrección – decía Campillo - <me aturde y me causa mayor pesadumbre>” (5).


Bravo rechazó el indulto y puso en claro que los gobiernos españoles y los virreyes de la Nueva España eran ilegítimos desde 1808, cuando Fernando VII cayó en poder de los franceses. Como en el caso de casi todos los insurgentes, no se conoce más sobre el ideario político y social de Miguel Bravo; sin embargo, resulta indudable que se mantuvo fiel a Morelos y que cumplía con cada una de sus instrucciones. No fue un militar del todo exitoso, pero su espíritu de lucha era inquebrantable. Tampoco debe dudarse de que su pensamiento en torno a la independencia con España haya evolucionado, al igual que el de Morelos, hasta concebir la emancipación política absoluta de México con respecto al reino de España.


En septiembre de 1813, mientras el grueso de las fuerzas insurgentes se dirigía a Valladolid (hoy Morelia) para enfrentarse casi en forma definitiva al ejército realista, se le encargó a Miguel Bravo la seguridad del Congreso de Chilpancingo. Para tal efecto se situó en Totolcintla; sin embargo, ante los terribles reveses sufridos por Morelos en la batallas de las Lomas de Santa María y de Puruarán, se trasladó hacia Tlapa y hacia la provincia de Chiautla tratando de proteger los caminos y vados que ofrecían un paso más seguro hacia Tehuacán y Oaxaca. Todo fue inútil, después del descalabro insurgente los realistas “invadieron” la Montaña de Guerrero y la Baja Mixteca, apropiándose de los vados del río Mezcala (Balsas) y de su afluente, el río Mixteco.


 

Vado del rio Mezcala o Balsas, San Juan de los Ríos, Chiautla de Tapia, enero de 2024 (Archivo fotográfico de G.C.L.)
Vado del rio Mezcala o Balsas, San Juan de los Ríos, Chiautla de Tapia, enero de 2024 (Archivo fotográfico de G.C.L.)

Debacle


Vale la pena reproducir este párrafo de Coronel Antonio Carrión:


En ese rumbo, sur de Puebla, militaba el caudillo más importante que quedaba en la comarca, era el mariscal de campo D. Miguel Bravo, que había establecido varios campamentos con las fuerzas que le quedaron para cuidar el rio Poblano, ó de las Balsas, entre ellos el más notable era el situado en el punto llamado “Siete Cerros”…las posiciones no podían ser batidas paso a paso en razón de que desde sus alturas culminantes se podía ver desde muy lejos al enemigo, y emprender por lo mismo oportunamente la retirada, ó marchar a su encuentro. La retirada al Sur era segura, y aun al Norte…, para internarse en las serranías inmediatas á Chiautla de la Sal, que están también rodeadas al oriente por el mismo rio Poblano, o de las Balsas y al poniente por el de Izúcar” (6)


Conocedores los realistas de esa posición, es decir, de las zonas de resguardo y huida y de que las fuerzas insurgentes estaban diezmadas, se inició la campaña que culminó con la prisión y muerte de Don Miguel Bravo. Cito la narración de Carlos María Bustamante:


El 15 de marzo de 1814, marchó del pueblo de Izúcar el capitán D. Félix de Lamadrid con una división de doscientos hombres con dirección a la villa de Tlapa. Verifícolo también para el mismo punto una sección del coronel Armijo, salida de Chilapa, una y otra llevaban por objeto atacar el pueblo de Tlapa creyendo que allí resistiese D. Miguel Bravo. Salió, pues, muy de madrugada Lamadrid de Chautla de la Sal, y en el paraje llamado de los Azuchiles, que dista una legua de Chautla, antes de amanecer se encontraron las guerrillas de Bravo con las de Lamadrid, y se trabó un pequeño tiroteo en el que los americanos se desordenaron y pusieron en fuga; siguiéronlos los españoles matando en el alcance algunos, y aprisionando a otros. Alentado Lamadrid con el buen suceso, siguió hasta San Juan del Río (San Juan de los Ríos), es decir, seis leguas adelante del punto de la acción. En este pueblo dividió su caballería en dos trozos, vadeó el río, mandó un trozo por el camino de Ocotlán, y él supo que Bravo se hallaba en la casa del cura, la que cercó con tropa, dando muerte ésta a varios americanos que quisieron hacer resistencia para escaparse. Bravo, viéndose perdido, se paró en medio de la sala, tomó un fusil, y con el amagó a Lamadrid, que se había sentado en una ventana que tenía vista a la calle; desde allí intimó rendición a Bravo, mas éste con entereza respondió que moriría antes que rendirse, pues no quería morir en un suplicio. Lamadrid le ofreció que no se le fusilaría, y después de muchas ofertas y seguridades que le dio de que se le conservaría la vida, Bravo quedó prisionero (y fue trasladado a Puebla); murió fusilado la mañana del 15 de abril del mismo año de 1814” (7).


Iglesia de San Pedro Apóstol, San Pedro Ocotlán, Chila de la Sal, Puebla (Archivo fotográfico G.C.L.)
Iglesia de San Pedro Apóstol, San Pedro Ocotlán, Chila de la Sal, Puebla (Archivo fotográfico G.C.L.)

Marzo de 1814, significó un gran golpe para la insurgencia en la región; pero esto no apaciguó el espíritu indomable de la gente de Chiautla y de la Baja Mixteca: en el año de 1816, por ejemplo, Armijo solicitó al Gobierno Virreinal “(se) aumente la guarnición de Chiautla para lograr la perfecta pacificación de aquella comarca” (AGN expediente 44 Fojas 279 a 28). La rebelión en la región había adoptado una forma distinta: la de una guerra de guerrillas, encabezada por Vicente Guerrero.


La decadencia y muerte de Morelos hizo que se perdiera la cohesión del movimiento de independencia, así como la altura de miras que significaba el luchar por la constitución de una república federal de la que emanaran leyes justas. El camino de nuestra historia empezaba a ser balbuceante, en medio de la mezquindad y de un todo deshecho.


El Paseo Bravo


Pese a que los realistas le habían prometido respetar su vida, a don Miguel Bravo se le juzgó y se le fusiló el 15 de abril de 1814 en la ciudad de Puebla, en la Plazuela de la Parral, un terreno que se encontraba en la periferia y que hoy forma parte del Paseo Bravo. Su cabeza fue exhibida como trofeo de guerra en dicha Plazuela, aunque se desconoce el tiempo en el que se la exhibió.


Muchas vicisitudes surgieron en torno a la figura de don Miguel Bravo, pese a que el Congreso Mexicano, en julio de 1823. lo designó, junto con otros notables, como “Benemérito de la Patria en Grado Heroico”. En ese mismo decreto del 19 de julio de 1823 se instruyó “erigir monumentos en los sitios donde murieron mártires de la guerra de independencia y se pedía que en el terreno donde habían sido victimados se cerrara en verjas, se adornará con árboles y en el centro, se levantara una sencilla pirámide que recuerde a la posteridad el nombre de sus libertadores”. (8)


Las autoridades de Puebla tardaron en darle cumplimiento a este decreto, un primer monumento se levantó en 1827 y otro - ante el descuido y pérdida del primero - en 1830. Este segundo monumento también desapareció, quedando sólo su base en el atrio del templo de San Marcos Evangelista, donde fueron sepultados los restos de don Miguel, por lo que el edificio parroquial también está indisolublemente ligado a la historia del Paseo Bravo.


En un artículo publicado por el Ayuntamiento de la Ciudad de Puebla se advierte que el nombre del héroe Miguel Bravo quedó en el olvido: que erróneamente lleva el nombre de paseo Nicolás Bravo, ya que inicialmente estaba consagrado a Don Miguel. Con el paso del tiempo su nombre se ha diluido y pocos se acuerdan de que ahí fue victimado un leal y digno comandante insurgente (8).


El olvido se hace más comprensible si se considera que la ciudad de Puebla fue sumamente conservadora hasta el final del periodo colonial y aún en la primera etapa del México independiente. Entre 1816 y 1821, quien ocupó la intendencia de Puebla fue Ciriaco del Llano, un jefe realista de cepa, quien fue el que aprehendió, procesó y fusiló a Mariano Matamoros en febrero de 1814; en tanto que el primer gobernador del Estado libre y soberano de Puebla, en 1824, fue Manuel Gómez Pedraza, un realista que contribuyó directamente en la captura de Morelos y que fue un fiel subalterno de Félix María Calleja. ¿Qué iba a estar preocupado Gómez Pedraza por cumplir con la instrucción de rendirle un merecido y digno homenaje a un revolucionario como Don Miguel Bravo Enciso, más bien lo que quería era borrar su memoria de la faz de nuestra historia?


Fue Ciriaco del Llano quien entregó la plaza de Puebla al jefe Trigarante Nicolás Bravo el primero de agosto de 1821; de modo que no hubo oportunidad para hacer valer la justicia. El Plan de Iguala - y sus consecuentes secuelas - hizo que los primeros designios del México independiente cayeran en manos de quienes fueron los "verdugos” de los hombres que lucharon por una patria independiente digna, justa y con valores éticos. Un día después de la “rendición” de la ciudad de Puebla, el 2 de agosto de 1821, se presentó Agustín de Iturbide, sellando el pacto que dejó en la impunidad terribles agravios; llevaba predictiblemente la corona de monarca imperial impuesta sobre sus sienes. ¡No es metáfora!


Muy cerca de Chiautla de Tapia, se encuentra la pequeña localidad de Cascalote de Bravo, por donde seguramente incursionaba Don Miguel para llegar a la cabecera municipal y avanzar hacia las zonas serranas de la Baja Mixteca, en cuyos caminos en medio de cerros y montañas se puede observar cómo serpentean sus ríos, formando meandros en las tierras llanas. En Chiautla también Don Miguel es un héroe olvidado, no obstante de que él fue quien mantuvo la llama de la revolución de independencia de 1812 a 1814.


Es imprescindible recuperar la memoria histórica y reconocer que en la historia del Estado de Puebla - más allá del 5 de mayo - pervive el espíritu indómito de la gente de Chiautla y de la Baja Mixteca, que emprendió una lucha contra un sistema injusto, sustentado en la opresión, en la explotación y en la expoliación humana y en la enajenación de las riquezas naturales que históricamente les pertenecía. Esta lucha para hacer valer sus derechos se volvió a repetir en 1910.


Placa de la base de la columna donde estuvo el monumento a don Miguel Bravo. (Fotografía tomada de Felicitas Ocampo López. "Don Miguel Bravo un insurgente olvidado". Ayuntamiento de Puebla 2008-2011.
Placa de la base de la columna donde estuvo el monumento a don Miguel Bravo. (Fotografía tomada de Felicitas Ocampo López. "Don Miguel Bravo un insurgente olvidado". Ayuntamiento de Puebla 2008-2011.

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(1)José Magaña Morales. “Armijo en el Sur de la Nueva España, 1814-1821”. Tesis para obtener el Titulo de Historia. Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo. Abril de 2013, p. 20.

(2)Ibidem, pp. 20 y 21.

(3)Norberto Nava Bonilla. “Una familia de hacendados que dio su vida por la independencia”. Instituto Mora, en revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.  (documento en Internet).

(4)Ciencias jurídicas de la UNAM. “Miguel Bravo”, p. 85 (documento en Internet).

(5)Cristina Gómez Álvarez. “El alto clero poblano y la revolución de independencia, 1808-1821. FFyL. UNAM, pp.94 y 95.

(6)Antonio Carrión. “Historia de la Ciudad de Puebla de los Ángeles (Puebla de Zaragoza)”. Colección Digital. UANL, Tomo II p. 196

(7)Carlos María de Bustamante. “La Constitución de Apatzingán”, Carta Segunda, Apartado Décimo (Documento en Internet).

(8)Felicitas Ocampo López. “Don Miguel Bravo un insurgente olvidado”. Ayuntamiento de Puebla, 2008-2011. (Documento en Internet).

(9)Ibidem.

 

 
 
 

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