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Chiautla y Tlanichiautla: origen y construcción espiritual. Capítulo 15

Actualizado: 28 abr

Gildardo Cilia López


San Juan Pilcaya, Chiautla de Tapia, Puebla (Imagen tomada de Facebook "San Juan Pilcaya")
San Juan Pilcaya, Chiautla de Tapia, Puebla (Imagen tomada de Facebook "San Juan Pilcaya")

“Porque los héroes no mueren, los héroes no duermen, los héroes no reposan: los héroes van y vuelven sobre la tierra hasta que sus sueños no se cumplen, hasta que sus obras no acaban de realizarse” (Andrés Henestrosa).(1)


Cenit


El 14 de septiembre de 1813, en Chilpancingo, José María Morelos y Pavón expresó al Congreso del Anáhuac su aspiración de construir una nación sustentada en leyes justas:


“Que como la buena Ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deberán ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto.” (2)


Con la lectura de los “Sentimientos de la Nación”, Morelos instala al Congreso de Anáhuac y lo orienta: crear buenas leyes para alcanzar un régimen permanente de equidad y de justicia. El conocimiento profundo de la nación que quiere forjar, lo hacen ser un visionario: más de cien años después, en 1917, se plasma en nuestra constitución las vertientes de la justicia social.


Hay quien ve en las palabras de Morelos sólo efímera inspiración, tras una noche de insomnio intelectual con Andrés Quintana Roo. No es así, tres años antes, el 17 de noviembre de 1810, el jefe insurgente había emitido un Bando en el que manifestaba los motivos que los hicieron incorporarse a la lucha armada emprendida por Hidalgo:


“Por el presente y en nombre de su Excelencia (se está refiriendo a Hidalgo) hago público y notorio a todos los moradores de esta América el establecimiento del nuevo gobierno, por el cual, a excepción de los europeos, todos los habitantes no se nombrarán calidades de indios, mulatos ni otras castas, sino generalmente americanos.


Nadie pagará tributo, ni habrá esclavos en lo sucesivo, y todos los que los tengan serán castigados.


No hay Cajas de Comunidad y los indios percibirán los reales de sus tierras como suyas propias.


Todo americano que deba cualquier cantidad a los europeos no está obligado a pagarla…” (3)


Para algunos historiadores en estas primeras disposiciones de Mórelos sólo existía “rebeldía destructiva”, no acaban de entender la elemental justicia que se requería después de tres siglos de un coloniaje cruel. El Bando de Morelos proclama un nuevo gobierno en el que se pone fin al sistema de castas, pero va más allá: suprime los tributos personales que propiciaban la servidumbre laboral; anula las cajas que se constituían en los pueblos para el pago de los tributos numerarios a la Corona española; cancela deudas (“rayas”) que mantenían encasillados a los peones en las haciendas agrícolas, ganaderas y mineras; y anuncia en forma promisoria que se reintegrarán las tierras a sus dueños históricos: los indios y los campesinos de las comunidades.


¿Se podía llegar a acuerdos sin el uso de las armas? El contexto indica que esta opción había quedado vedada desde 1808 con la prisión y muerte de Francisco Primo de Verdad. En Hidalgo y más palpablemente en Morelos, emancipar implicaba también transformar las bases que le daban sustento al sistema colonial; de ahí el cauce popular del movimiento de independencia, tal como lo señala Jesús Silva Herzog:


“Un movimiento político…que suprimía la esclavitud y la servidumbre, que quería librarse de una casta dominante y opresora y sustituir en el poder a los españoles europeos por los criollos [americanos] tenía que buscar la fuerza de choque en las clases proletarias, en este caso, los indios desposeídos”. (4)  


En los “Sentimientos de la Nación” se integran los elementos para constituir una república: la independencia política en forma absoluta, no sólo con España, sino con cualquier “otra nación, gobierno o monarquía”; la soberanía popular, misma que dimana de la voluntad del pueblo; la división de los poderes en ejecutivo, legislativo y judicial; la condición de las personas como ciudadanos y la igualdad de la ley para todos. Contra el gobierno monárquico, sin matices, el documento advierte:


“Que los Estados mudan costumbres y por, consiguiente, la Patria no será del todo libre o nuestra, mientras no se reforme al Gobierno, abatiendo el tiránico, substituyendo el liberal e igualmente echando fuera de nuestro suelo al enemigo Español, que tanto se ha declarado contra nuestra Patria”. (5)


El Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, promulgado el 22 de octubre de 1814, conocido también como Constitución de Apatzingán, ratificó un año más tarde las ideas vertidas por Morelos; sin embargo, el Congreso de Anáhuac no caviló sobre la forma de tener una patria más justa, tal como lo refiere Luis Villoro:


“La constitución no consagraba ninguna medida agraria, ni sentaba las bases para ninguna reforma ulterior en el régimen de tenencia de la tierra”. (6)


Menos - añadiría - se sentaron las bases para crear una nueva justicia laboral en las diferentes actividades productivas, particularmente en los reales mineros. A salto de mata – como se encontraban Morelos y el Congreso en 1814 – sería mucho pedir que se hubiesen incorporado artículos que apuntaran hacia un cambio en la organización económica de la colonia y que le dieran un contenido superlativo a lo que se preconcebía debería ser una nueva nación.


Si se consideran las actividades comunitarias de Hidalgo previas a las independencias y el contenido de los documentos abandonados por los insurgentes después de los 73 días del asedio en Cuautla, se podría inferir que un cambio en las estructuras debía llevar a la conformación de una república en donde predominara la pequeña propiedad, el desarrollo productivo comunitario y artesanal y la autosustentabilidad de los pueblos. También implicaba adoptar medidas contra la sobreexplotación que ejercían las haciendas agrícolas y los reales mineros, principal causa de la agraviante desigualdad entre los europeos y las clases desfavorecidas, nutridas por indios y castas.


El constitucionalismo social sólo se pudo plasmar como un proyecto de nación después de cien años de historia tortuosa. Esto no resta méritos: las primeras naciones que incorporaron derechos laborales, económicos y sociales en su Constitución fueron las de México (1917) y Alemania (la República de Weimar, 1919).


Morelos instalación del Congreso de Anáhuac (Imagen tomada de Doralicia Carmona Dávila. "José María Teclo Morelos y Pavón". Memoria Política de México)
Morelos instalación del Congreso de Anáhuac (Imagen tomada de Doralicia Carmona Dávila. "José María Teclo Morelos y Pavón". Memoria Política de México)

Caída


Después de la convocatoria e instalación del Congreso de Anáhuac en Chilpancingo dio inicio un declive estrepitoso en el movimiento insurgente. Morelos quiso tomar Valladolid (hoy Morelia), para erigir una sede política, procurando la mayor legitimidad y presencia posible del gobierno independentista. Importa saber el contexto político en el que se tomó esa decisión; sin embargo, por su resultado fue una decisión militarmente desastrosa.


Con los ojos de ahora se duda sobre la contundencia del ejército de Morelos: se dice que sólo había salido victorioso en pequeños pueblos y ciudades, siendo Oaxaca la de mayor tamaño: en aquella época contaba con una población de 18 mil habitantes. Habría que dimensionar, primero, el tamaño de los núcleos poblacionales durante las primeras décadas del siglo XIX para más o menos establecer lo que era grande, mediano o pequeño.


Según las estimaciones de Fernando Navarro y Noriega, publicadas en su obra, “Memoria sobre la población del Reino de Nueva España”, quien tomó como referencia, a su vez, el Censo de Revillagigedo de 1793, la Ciudad de México tenía, entre 1810 y 1820, una población de alrededor de 105 mil habitantes; la de Valladolid, 30 mil y las de Chilpancingo y Cuautla, 4 mil, cada una. Sobre otras bases censales se estima que Chiautla tenía una población cercana a los 2 mil habitantes y conforme al Censo de Revillagigedo toda su jurisdicción contaba con una población de 13 mil habitantes. Sólo había ocho urbes que superaban los 25 mil habitantes: Ciudad de México, Guadalajara, Puebla, Guanajuato, San Luis Potosí, Veracruz, Zacatecas y Valladolid. Es difícil calificar a las poblaciones por su tamaño, no obstante, se puede decir que centros poblacionales con más de 4 mil habitantes no eran desdeñables en relación con su población en las primeras dos décadas del siglo XIX .


El revolucionario estadounidense William Davis Robinson, quien se unió a la expedición libertaria de Francisco Javier Mina en 1817, le da más importancia a la posición estratégica de los pueblos y de las regiones que al tamaño de los centros poblaciones. Sin dejar de ponderar a Morelos, hace una relación de sus principales errores estratégicos (nótese la importancia del “hubiera” dentro del análisis histórico):


“Si Morelos hubiera concentrado sus fuerzas en la provincia de Oaxaca y fortificado los pasos importantes de las montañas de Mixteca, que constituyen la llave de aquel país; si hubiera tratado de conservar la importantes plaza de Acapulco y de abrir los puertos de Oaxaca al comercio extranjero; si hubiera enviado una división a la parte oriental de la provincia de Veracruz para apoderarse del país que rodea el golfo de México, particularmente el hermoso puerto de Coatzacoalcos, promoviendo el tráfico con los Estados Unidos de América y con las colonias inglesas, para proporcionarse por este medio armas, municiones y uniformes, entonces seguramente la revolución de México hubiera tomado otro aspecto, y según todas las probabilidades humanas su triunfo hubiera sido seguro”.(7)


¿Cuáles eran esos pasos importantes de las montañas que constituían la llave de México? Sin duda eran los caminos reales, veredas y brechas en medio de sierras, desfiladeros y barrancos, que como en el caso de la jurisdicción de Chiautla, permitían el flujo de tropas, armas y mercancías hacía diferentes regiones del país sin seguir la ruta convencional establecida a partir de la Nao de China en 1565: Acapulco, Chilpancingo, Iguala, Cuernavaca, Ciudad de México, Puebla, Jalapa y Veracruz. Esta ruta terrestre formaba parte de la ruta transpacífica comercial de la Corona Española, cuyo fin llegó en 1815, un indicio más de que el poder del imperio se estaba convirtiendo en polvo. Volvamos al tema.


El error estratégico, en términos militares, fue más que evidente: Morelos fue plenamente derrotado en las ricas planicies de la Mesa Central; quedándose el Congreso de Anáhuac sin ningún espacio geográfico para ejercer su gobierno; lo que inició el agobio y su gestión itinerante. Las fuerzas insurgentes infranqueables en las serranías volvieron a ser vulnerables a campo abierto, tal como sucedió en Cuautla entre febrero y abril de 1811.


Se puede suponer que Morelos estaba convencido de que su ejército había adquirido mayores capacidades para hacer frente en terrenos llanos a las huestes realistas; o, lleno de halagos (como el de decirle “generalísimo invicto”) dejó de comprender que en el Valle de Cuautla la hazaña había sido romper un cerco que le permitió después - en Chiautla - reorganizar un ejército disminuido para llevar la revolución hacia la Alta Mixteca, Tehuacán y Oaxaca. En el Sitio de Cuautla prácticamente se había perdido un ejército, en Valladolid, también se perdió, pero en forma irreparable.


La batalla de “Lomas de Santa María” significó una primera derrota; luego al insistir en hacer frente al ejército realista en Puruarán, la suma de reveses se tornó en catástrofe. Entre ambas batallas, se estiman las siguientes pérdidas para el bando insurgente: alrededor de 2 mil vidas humanas; más de 2 mil fúsiles; y aproximadamente 50 piezas de artillería (cañones). El mayor daño fue la dispersión de las tropas, lo que provocó que prácticamente desapareciera el ejército insurgente de 5 mil 600 elementos que había arribado con Morelos para tomar Valladolid.


Hay más interrogantes que deben plantearse para evaluar costos y darle todavía un sentido más profundo al análisis histórico, aun cuando ´- como ya se dijo - en pleno conflicto armado se haya privilegiado la idea de contar con una capital política:


¿Por qué no esperó Morelos al ejército realista en Chilpancingo, cuyos relieves montañosos le hubieran permitido a sus tropas arremeter y replegarse haciéndose infranqueables; más si se toma en cuenta que los Galeana y los Bravo conocían como la palma de su mano la localidad y sus alrededores, que son puerta de entrada a la Sierra Madre del Sur?


¿Acaso no pensó que las tropas del rey iban a arremeter con todas sus fuerzas contra Chilpancingo, ya que existía ahí un gobierno paralelo que había declarado la independencia absoluta con respecto a España y desconocido a la monarquía peninsular y a las autoridades virreinales? La presunción de que el ejército realista iba a ir sobre Chilpancingo también se ve fortalecida por el lado económico: Acapulco, era el segundo puerto de importancia de la Nueva España y estaba bajo el control insurgente.


¿Por qué no tomó en cuenta la importancia de estar más cerca de las zonas que le habían permitido su resguardo en tiempos aciagos, como la Montaña de Guerrero y la Baja Mixteca, que ante un resultado adverso le hubieran permitido a sus huestes movilizarse por un laberinto de caminos entre pueblos, estancias y rancherías?


¿Acaso no tomó en cuenta los menores costos logísticos y la mayor preparación organizativa y táctica que se hubiera podido dar si, prudentemente, hubiera esperado al ejército realista en Chilpancingo; en lugar de trasladar a sus tropas durante un mes hacia la mesa central del país?


Hubo para Morelos y para el destino de la patria más cosas que lamentar. En Puruarán fue aprehendido Mariano Matamoros, quien fue fusilado en Valladolid el 3 de febrero de 1814; ahí perdió Morelos uno de sus “brazos”. El comandante victorioso fue Agustín de Iturbide (junto con Ciriaco del Llano), lo que lo llevó a un primer plano; más tarde ese prestigio le permitió ser la principal figura de la emancipación colonial. Se puede decir que las batallas en la intendencia de Valladolid llevaron a puntos de inflexión: el declive de Morelos fue el principio del fin de una revolución auténtica; en tanto que el ascenso y la posterior “conversión” de Iturbide a la causa independentista condujo al país - al menos, en un primer momento - sólo a una transición monárquica.


Francisco Mora. "Mariano Matamoros", grabado. (Imagen tomada del INHERM)
Francisco Mora. "Mariano Matamoros", grabado. (Imagen tomada del INHERM)

Temalaca   


Cuando Morelos renunció al título de “Alteza Serenísima” que le quiso imponer el Congreso, autoproclamándose como “Siervo de la Nación”, alcanzó la mayor cúspide a la que puede aspirar un demócrata; pero, al mismo tiempo, le puso una loza a la revolución popular. Por una parte, rompió con la idea del caudillo absoluto; le dio paso a un gobierno de leyes; y convalidó al Congreso de Anáhuac como el máximo órgano de representación popular; por otra, delegó la dirección del movimiento a un cuerpo colegiado carente de experiencia militar, cuyo principal atributo, si acaso, era la abstracción política.


El Congreso conforme a sus atribuciones, le quitó a Morelos la dirección política y militar del movimiento, llevándolo a la inacción; a tal punto que José María Cos lo cuestionó por coartar las iniciativas del líder insurgente y abogó por su extinción. Cierto que políticamente era correcto desterrar cualquier forma de despotismo; sin embargo, el Doctor Cos se daba cuenta de que la inexperiencia llevaban al letargo y a una inmovilidad costosa, lo que inevitablemente iba a soterrar a la causa insurgente. Quien así veía las cosas era alguien que se había opuesto a la designación de Morelos como "generalísimo", aun cuando también buscó hacerse del mando militar que requería el bando insurgente.


A William Davis Robinson le parece inaudito que Morelos se haya sometido indiscriminadamente al Congreso, en sus “Memorias de la Revolución Mexicana” señala “que el cuerpo legislativo estaba desnudo de experiencia y de hábito de mando, que dictaba extraños y absurdos decretos” y remataba:


Apenas formulaba Morelos…alguna operación militar, este plan era asunto de discusión en el Congreso mexicano, paralizándose así por la dilación y llegando a noticias del enemigo” (8).


Conforme a la concepción política de Morelos, el Congreso era el máximo órgano de representación popular; por lo que tenía que detentar el poder y de él se debían de desprender todas las decisiones políticas y militares de la causa insurgente; por esta razón lo protege y le es leal hasta sus últimas consecuencias. Así en los últimos meses de 1815, decidió resguardar y escoltar al Congreso a Tehuacán, uno de los últimos bastiones insurgentes.


En Temalaca (Temalac), el 5 de noviembre de 1815, refrendando su condición de Siervo de la Nación, Morelos enfrentó con un ejército precario a los realistas y ante la inevitable derrota decidió ofrendar su libertad y vida con el propósito de salvar al cuerpo legislativo:


“Allí (en Tenango) los nativos les informaron que Morelos estaba en Temalaca; durante la noche de este día, los realistas al mando de los Coroneles de la Concha y Villasana, cruzaron el rio y por la mañana del día 5 ya estaban allí. La batalla era ineludible. Superado en número y en elementos de guerra, Morelos presenta batalla. Pero antes ordena, que todos los integrantes del Congreso, y del Tribunal de Justicia, y del Consejo de Gobierno marcharan con rapidez para ponerse fuera del alcance del enemigo. Los Insurgentes sucumbieron ante dos cargas de los realistas. En un momento dado de la Batalla, se encontraron Morelos y Nicolás Bravo, el cual quería luchar hasta el fin y morir en la pelea. <No, - le contestó Morelos - vaya usted a escoltar al Congreso, que si yo perezco poco importa>". (9) 


Temalaca, ubicada actualmente en el municipio de Atenango del Río, presenta una orografía escarpada, propia de la región fisiográfica de la Sierra Madre del Sur. Esa zona cordillera colinda con la Baja Mixteca y se encuentra muy cerca de la zona arqueológica de Copalillo. Se dice que pese a las advertencias de algunos miembros de su escolta de no hacer estancia en esa pequeña localidad (según datos del INEGI, ahora cuenta con alrededor de 900 habitantes) Morelos tomó la decisión de acampar ahí en espera de Vicente Guerrero, quien iba a fortalecer su tropa y facilitar el peregrinaje hacia Tehuacán.


Después de la aprehensión de Morelos, el Congreso continuó por los caminos de la Baja Mixteca poblana, tratando de alejarse lo más posible del pueblo de Chiautla, donde se encontraban las fuerzas realistas comandadas por el viejo coronel José Gabriel de Armijo. Algunos consideran que tomaron rumbo hacia Cohetzala y Santa Mónica; lo que es un hecho, es que el Congreso instaló un campamento en San Juan Pilcaya, donde, en efecto, se le unió Guerrero, quien lo escoltó y condujo hasta Tehuacán.


José Bardasano. José María Morelos y Pavón, 1967, Acervo INHERM.
José Bardasano. José María Morelos y Pavón, 1967, Acervo INHERM.

La ruta que siguió Guerrero es difícil de precisar, pero es casi seguro que cruzó por todos los afluentes que conforman el río Balsas y que nacen en las montañas de Puebla, Guerrero y Oaxaca. Es probable que haya rodeado por Coacalco, Ixcamilpa, Acaxtlahuacán, Xicotlán y Tulcingo; para luego proseguir por Axutla y Acatlán de Osorio e internarse por los caminos serranos de la Alta Mixteca. Con el conocimiento experto de Vicente Guerrero y de su gente, el Congreso arribó a Tehuacán el 16 de noviembre de 1815, once días después de la aprehensión de Morelos.


El Congreso de Anáhuac continuó ejerciendo sus funciones y tomando decisiones sin sentido: le quitó el mando militar a Nicolás Bravo, quien después de la muerte de Morelos se había puesto al frente del ejército insurgente. Se confrontó con los jefes insurgentes de Tehuacán, restándoles autoridad; hasta que por fin, entendiendo que por su interferencia e inoperatividad se había convertido más en un lastre, Manuel Mier y Terán lo disuelve el 15 de diciembre de 1815.


Vana fue la hazaña de recorrer a salto de mata regiones accidentadas de la Sierra Madre del Sur, sufriendo siempre el acoso realista: el Congreso insurgente fue extinguido un mes después de su llegada a Tehuacán. Quedó en cenizas el proyecto político de Morelos: el de constituir una nación independiente con un órgano legislativo que creara leyes justas. El gran líder insurgente muere fusilado el 22 de diciembre de 1815 en San Cristóbal Ecatepec, una semana más tarde de la disolución del Congreso constituido por él.


Se da como un hecho que Morelos no conoció la suerte que corrió el Congreso de Anáhuac por estar preso e incomunicado, ¡Qué bueno! Eso hubiera aumentado su desolación.


Plan de Iguala y las palabras de Guerrero


Hay quien considera que el proyecto político de Morelos fue fallido por haber segregado a los españoles de la patria que quería forjar; ponderan más al Plan de Iguala porque le concede el ser americano a todo aquel que resida en esta tierra. Textualmente dice: “¡Americanos! bajo cuyo nombre comprendo no sólo á los nacidos en América, sino á los europeos, africanos y asiáticos que en ella residen: tened la bondad de oírme”. (10).


La proclama incluyente de Agustín de Iturbide era razonable: se trataba de firmar una acta de independencia, sin operar cambio alguno en la estructura social y en el poder económico de la nación, a la que se le denominó "imperio mexicano". La radicalidad de Hidalgo y Morelos, justo se explica porque ellos comprendían que no era posible establecer un sistema permanente de justicia si no se liberaba a los desprotegidos de los yugos que les imponía una casta ambiciosa, dominante y opresora; cuyas prebendas las obtenía por estar en la cima de los privilegios de un régimen colonial.


Agustín de Iturbide es un personaje complejo, astuto como militar y político, pero no un traidor, menos a sus ideales: ¡nunca dejó de ser un conservador! La forma en que se dieron los acontecimientos estuvo plegada con el devenir ideológico de la propia Corona Española y con la reacción que ello originaba en los sectores conservadores de la sociedad mexicana, entre ellos, los grandes hacendados, el alto clero y los nobles criollos.


Fernando VII había suprimido la Constitución de Cádiz en 1814, dándole aliento a los realistas para continuar su brega contra los insurgentes; además, claro está, que el régimen virreinal recibía apoyo logístico de la corona española con armas y tropas. En 1820 todo cambió: el levantamiento liberal encabezado por Rafael del Riego hizo que se reestableciera la Constitución de Cádiz.


La reinstauración de la “Gaditana” fue concebida por los grupos conservadores como una ruptura con el orden colonial que se había defendido durante toda la segunda década del siglo XIX: se amenazaban fueros y privilegios; se temía por la confiscación de bienes y la desamortización de propiedades, además de que hacía susceptible un reparto agrario; el libre comercio y las modernización fiscal actuaban contra el proteccionismo al que estaban acostumbrados los grandes hacendados y contra prebendas que mantenían una carga tributaria laxa ; y la libertad de imprenta ponía en riesgo la manipulación que la iglesia ejercía sobre la conciencia de las gentes, el mal ejemplo ya había cundido con la publicación de los periódicos insurgentes. Había algo más que incomodaba: ¿Qué caso tenía seguir siendo leales a una Corona, que difícilmente podía sostenerse a sí misma: antes había sido Napoleón, ahora un coronel del propio ejército del rey?


La reacción de los conservadores mexicanos fue inmediata: un mes o dos meses después de que los liberales españoles obligaran a Fernando VII a aplicar la Constitución de Cádiz (marzo de 1820), se inició la Conspiración de la Profesa, cuyo principal objetivo era alcanzar la independencia con tal de evitar la aplicación de esta ley liberal. Sobre el papel de Iturbide en la conspiración de la Profesa quedan muchas dudas, se infiere que:


“Un grupo de conspiradores clericales de la Profesa propusieron a Iturbide el plan de Independencia para revertir el orden constitucional. Según esta versión, los conjurados consiguieron que Apodaca enviara al comandante criollo a combatir al insurgente Vicente Guerrero. No obstante, en lugar de vencerlo, pactó con él a través de la unión de ambos ejércitos. Acto seguido, el 24 de febrero de 1821, Iturbide proclamó el plan de Independencia en Iguala… Otra (versión) sostiene que el plan de Independencia fue ideado únicamente por Iturbide” y que a iniciativa propia pactó con Vicente Guerrero” (11).


Como quiera que haya sido, una vez que el virrey Juan Ruiz de Apodaca le otorgó a Iturbide el cargo de Comandante General del Sur, en sustitución del coronel José Gabriel de Armijo, se inició en forma rauda la consumación de la independencia. Armijo combatió a Morelos y luego a Guerrero, quien a su vez contraatacaba mediante una estrategia de guerra de guerrillas; en 1820 la confrontación había llegado a una especie de impase. El insurgente suriano era uno de los pocos que no se había acogido al indulto de los virreyes; de hecho, era el único que se oponía al régimen colonial con una partida de guerrilleros en las montañas de Guerrero, en la Baja Mixteca y en Tierra Caliente.


Pacificar esa región bravía significaba arrasar con ranchos, estancias y pueblos, sin que eso fuese garantía de que terminara la lucha armada; Armijo había utilizado tácticas de tierra quemada y de extrema crueldad, sin haber podido acabar con las huestes guerrilleras. Iturbide bien se daba cuenta que enfrentar a Guerrero sería prolongar la larga lucha armada. Era mejor llevar a la práctica lo que proponían los conspiradores de la Profesa. Él también estaba a favor de una independencia tersa que impidiera la aplicación de una Constitución liberal, manteniendo un gobierno monárquico.


Vicente Guerrero sabía que su movimiento tenía, en su caso, un alcance regional y que estaba combatiendo cada vez más solo contra los realistas; al entrar en contacto con Iturbide le ilusionó la idea de llegar a un acuerdo para posibilitar la independencia del país, sin importar que esta fuera limitada en sus alcances. Iturbide con su don de mando frenó los impulsos de su ejército: “sus oficiales clasistas, detestaban a Guerrero y a su ejército de desarrapados”, muchos de ellos con vitíligo, de ahí el mote que le pusieron de “ejército pinto”. Era necesario juntar a los ejércitos y darle un “abrazo” al revolucionario suriano, como el que le dio en Acatempan.


"El abrazo de Acatempan" (Imagen tomada de Doralicia Carmona Dávila.  Memoria Política de México)
"El abrazo de Acatempan" (Imagen tomada de Doralicia Carmona Dávila. Memoria Política de México)

Iturbide y Guerrero entablaron correspondencia a partir del 10 de enero de 1821. El primero le ofrece un indulto y posteriormente le deja entrever que cuenta con un plan de independencia. Guerrero le contesta de la siguiente forma el 20 de enero:


"Sepa usted distinguir y no confunda: defienda sus verdaderos derechos [...], decídase usted por los verdaderos intereses de la Nación, y entonces tendrá la satisfacción de verme militar a sus órdenes [...]. Compare usted que nada me sería más degradante como el confesarme delincuente y admitir el perdón que ofrece el Gobierno contra quien he de ser contrario hasta el último aliento de mi vida, más no desdeñaré ser subalterno de usted en los términos que digo [...] porque nuestra única divisa es libertad, independencia o muerte". (12)


El 10 de febrero, en Acatempan, el líder insurgente pronuncio las siguientes palabras:


"Yo señor felicito a mi patria porque recobra en este día un hijo cuyo valor y conocimientos le han sido tan funestos. Y agregó:


¡Soldados! Este mexicano que tenéis presente es el señor don Agustín de Iturbide, cuya espada ha sido por nueve años funesta a la causa que defendemos. Hoy jura defender los intereses nacionales; y yo que os he conducido en los combates, y de quien no podéis dudar que moriré sosteniendo la independencia, soy el primero que reconoce al señor Iturbide como el Primer Jefe de los Ejércitos Nacionales: ¡Viva la independencia! ¡Viva la libertad!”. (13)


Ocho días más tarde, el 18 de febrero de 1821, se proclamó el Plan de Iguala del que resultará la unificación de los ejércitos de Guerrero e Iturbide para dar origen al Ejército Trigarante que se sustentaba en tres garantías: la independencia de México, la religión católica y la unión entre europeos y mexicanos.


Es difícil criticar a Vicente Guerrero, tenía una gran nobleza de espíritu y fue un luchador infatigable. El Plan de Iguala hacía referencia, en su artículo 2, a una independencia absoluta y eso era lo fundamental para él; poco importancia le concedió a los siguientes dos artículos que imponían un “Gobierno monárquico templado por una constitución análoga al país¨; y a “Fernando VII y en sus casos los de su dinastía ó de otra casa reinante (como) emperadores”.


Imposible concebir que Guerrero no se hubiera dado cuenta de que estaba tratando con un político astuto. Carlos María de Bustamante y Lucas Alamán señalan que el hábil Iturbide "envolvió" al Jefe Político de la Nueva España Juan de O´Donojú (la Constitución de Cádiz había suprimido el título de Virrey), modificando el sentido de un punto relevante del Plan Iguala, cuando acordó con él los Tratados de Córdoba, en agosto de 1821:


Refiere Bustamante:Tal fue el Tratado de Córdoba, confirmación del Plan de Iguala, pero se introdujo en el tratado la notable novedad de que por la no admisión del rey y los infantes, las Cortes elegirían al soberano, sin expresar que había de ser de casa reinante, como se fijó en el Plan de Iguala. Iturbide dejó con esto abierta la puerta a su ambición”. (13)


Alamán, por su parte, señala: y O'Donojú, «empeñado únicamente en asegurar el trono a los príncipes de la casa de España, quizás no reparó en la variación muy sustancial que Iturbide había introducido, bastante a minar todo el edificio que acababa de levantarse. (14)


El sagaz Iturbide preparó todo para poner en su testa la corona del imperio mexicano, como sucedió el 21 de julio de 1822 en la Catedral de la Ciudad de México, adoptando el nombre de Agustín I. En eso no estuvo de acuerdo Guerrero y lo desconoció como emperador en enero de 1823.


Hay algo en lo que pocos historiadores reparan y que observó con gran claridad Luis Villoro: “una de las paradojas de la revolución de independencia es que fue consumada por sus enemigos originales”. Iría más allá, la desventura de consumar una independencia a través de un pacto conservador fue la principal causa que llevó al caos durante gran parte del siglo XIX, sólo basta señalar algunos oficiales que militaron en la causa realista y que se erigieron como presidentes de México: Antonio López de Santa Anna, Anastasio Bustamante, Manuel Gómez Pedraza y Mariano Paredes y Arrillaga. Estos personajes ambiciosos propensos a la abyección, verdaderos canallas, hicieron mucho daño, Vicente Guerrero fue una de sus víctimas.


Solemne Coronación de Iturbide, aguafuerte. Museo Nacional de Historia. INAH.
Solemne Coronación de Iturbide, aguafuerte. Museo Nacional de Historia. INAH.

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(1)  Andrés Henestrosa. “Héroe de los Héroes”, en Inmortalidad de Morelos, Colección: Conciencia Cívica, México 1983, editado por el Departamento del Distrito Federal.

(2)  José María Morelos y Pavón. “Sentimientos de la Nación, Articulo 12°”, en Orden Jurídico Nacional. Gobierno de México.

(3)  “Bando de José María Morelos, suprimiendo las castas y aboliendo la esclavitud, en Centenario de la Constitución Política de México, 1917-2017”. Gobierno de México.

(4)  Cita tomada de Hugo Torres Salazar. “La conquista de la nacionalidad mexicana: una alternativa ontológica de los documentos insurgentes: 1810-1821”. Revista Káñina, Vol. XXXII, Núm. 1, 2008. Universidad de Costa Rica, San José de Costa Rica, p. 127 (Artículo en internet).

(5)  José María Morelos y Pavón. “Sentimientos de la Nación, Articulo 11°”, en Orden Jurídico Nacional. Gobierno de México.

(6)  Luis Villoro. “La revolución de independencia”, en Antología de lecturas, Historia de México, Conmemoración 200 años. INHERM, México, 2021, p.98.

(7)  William Davis Robinson. “Memorias de la Revolución de México y de la expedición del General D. Francisco Javier Mina a que se han agregado algunas observaciones sobre la comunicación proyectada entre los dos océano Pacífico y Atlántico”. Colección digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León, pp. 26 y 27. (Libro antiguo 1824)

(8)  Ibidem, p. 30.

(9)  Henoc Pedroza Ortiz. “La muerte del General José María Morelos y Pavón. A 195 años de su sacrificio”, documento en Internet.

(10) Agustin de Iturbide. “Plan de Iguala”, en Centenario de la Constitución Política de México, 1917-2017”. Gobierno de México.

(11) José Luis Quezada Lara. “La Independencia de México vista desde las Cortes del Trienio liberal, 1820-1822”, en los Tratados de Córdoba y la consumación de la Independencia, bicentenario de su conmemoración, 1821-2021, en Memoria Política de México, p. 68.

(12) Doralicia Carmona Dávila. “Guerrero e Iturbide se entrevistan para pactar el cese de la guerra de independencia, el cual sellan con el <Abrazo de Acatempan”, en Memoria Política de México, edición perene 2025 (documento en Internet)

(13) Ibidem.

(14) Doralicia Carmona Dávila. “Se firman los Tratados de Córdoba que ratifican el Plan de Iguala por el que se consuma la Independencia de México”, en Memoria Política de México, 2025 (documento en Internet)

 

 
 
 

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