Chiautla y Tlanichiautla, origen y construcción espiritual. Capítulo 21
- Gildardo Cilia López

- 23 jun
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Gildardo Cilia López
“El pasado de los habitantes de esta sierra… resulta crucial para comprender la historia antigua y moderna de México. El maíz cultivable, la escritura numérica y la astronomía mesoamericana, los símbolos del sol y de jaguar (tecuani), echaron sus primeras raíces en la tierra donde se proclamó el Plan de Ayala.
Ahí se localizan los tipos de maíz más cercanos a las primeras especies domesticadas por los antiguos pueblos de México.
A 71 kilómetros (de Ayoxuxtla) se encuentra Teopantecuanitlán; en esa tierra se escribían los números tres mil años antes de la época en que vivimos” (Francisco Pineda Gómez)
La ideología de los pueblos
Las narrativas sobre las grandes revoluciones de México suelen obviar la participación de los pueblos. Se olvida que en la medida que los pueblos hicieron suyas causas y demandas, sin importar sacrificios y calamidades, el curso de estas movilizaciones llevó a cambios profundos en la estructura social, de la propiedad y del poder político del país. En el Centro-Sur de la nación el clamor de tierra y libertad transformó la rebelión que quería dar fin a una dictadura en una auténtica revolución social.
La ideología de los pueblos que le dieron aliento al movimiento zapatista tiene una naturaleza convergente. Coinciden las expresiones culturales, el respeto por los recursos naturales y un valioso acervo de bienes materiales e intangibles que durante diferentes épocas se generaron y se desarrollaron para conformar un patrimonio cultural único e invaluable. Esos pueblos presentan un rasgo común en su trazo arquitectónico: su eje y alma radica en la plaza pública, justo ese es su corazón histórico. Es ahí donde la convivencia humana se hace magnificente mediante la religión, el rito, la fiesta y el jolgorio. Con ciertos matices, comparten historias, leyendas, mitos, testimonios, música, danzas, costumbres y tradiciones.
La vida económica también se encuentra en ese centro histórico; ahí se erigieron los mercados que en el ámbito de las cabeceras municipales hacen revivir la tradición pochteca: comerciantes de diferentes localidades, muchos de otros municipios y Estados, celebran semana a semana los “días de plaza”, constituyendo un mosaico cultural único. El rumor reverberante de los tianguis les ha permitido a los pueblos conocer lo que acontece en la vida local, regional y nacional. El clímax de la convivencia se presenta en los días de feria, tiempo en el que el festejo de los santos patronos o patronas hace permisible la mixtura de tradiciones cristianas y paganas dentro de un sincretismo admirable.
Alrededor o enfrente de las plazas públicas se localizan las sedes u oficinas de los poderes de los gobiernos municipales y de las juntas auxiliares. Ahí se manifiesta la protesta social, que con resonancia se extiende hacia todos los puntos cardinales; de tal forma que causas y demandas llegan a oídos de aquellos que viven, incluso, hasta en caseríos que parecen remotos.
No se puede hablar, entonces, de entidades aisladas; por el contrario, los pueblos han mantenido a lo largo del tiempo vínculos profundos e indisolubles. La ruta trazada desde el periodo prehispánico y retomada por la orden agustina y otras mendicantes, que inicia en la Montaña de Guerrero, para proseguir por Chiautla y los pueblos del Estado de Morelos, hasta llegar a la Ciudad de México, permite concebir un sistema que posibilitaba relevos, abastecimientos y postas; en donde a una distancia conveniente se hacia el descanso o la descarga y carga de mercancías para avanzar hacia la gran metrópoli y viceversa. Quien recorre “la ruta de los volcanes” y se adentra a la región mixteca, se va a encontrar a una distancia máxima de 10 kilómetros un pueblo; ello con independencia de las localidades de menor tamaño (estancias) que se encuentran en puntos intermedios. No existe dispersión geográfica, son rutas estratégicamente planeadas; lo que ha propiciado nexos de amistad y familiaridad entre los habitantes de los diferentes poblados.
Dada esta conexión e interrelación, resulta lógico que se dé una rápida difusión de las noticias a lo largo del camino y que se presenté una reacción de solidaridad cuando los sucesos provienen de una causa justa; tal como aconteció en 1911 cuando los pueblos del Estado de Morelos se levantaron en armas para reclamar su derecho de posesión de tierras que históricamente les pertenecía y en el que habían sido víctimas de despojo. Así, el movimiento zapatistas encontró eco en todas las comunidades que integran las arterías de los estados de Morelos, Puebla y México; en algunas regiones de Guerrero, Oaxaca y Tlaxcala y en los pueblos aledaños a la Ciudad de México como Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta.
Dentro del contexto cultural sobresalen dos aspectos notables: una ideología volcada hacia lo colectivo o comunal y la identidad asociada a la pertenencia de la tierra. Impera en estos pueblos el bienestar colectivo sobre el mérito personal, en su caso, este sólo es reconocido si trae consigo un beneficio palpable al conjunto social. De manera natural el interés personal se articula a las decisiones adoptadas por la comunidad y es ésta la que promueve el esfuerzo y la solidaridad de los individuos, además de cobijarlos bajo su protección. Por eso todo perjuicio, más que como un daño a un particular, se concibe como una acción que atenta contra la integridad de la comunidad. El código moral va más allá de las propias leyes y aún más si existe ineficacia en su aplicación o injusticias en el trato.
La gente de esos pueblos es más proclive a la solidaridad que a la utilidad individualista; aceptan la riqueza personal, pero no el abuso, menos el despojo sistemático, tal como sucedía en el siglo XIX y más en las cuatro últimas décadas de esa centuria. La riqueza, más que un fin, es un medio que sirve para engrandecer el prestigio de los pueblos, sus ferias y sus fiestas; para preservar sus tradiciones y cultura; para rendirle culto al pasado, a sus ancestros. Esta percepción del mundo y la riqueza ha sido el límite en la imposición del liberalismo económico, más cuando se quiere hacer en forma irrestricta.
El sentido de pertenencia a la tierra es lo que les ha dado viabilidad a los pueblos, es decir, su posibilidad de subsistir, en medio de injusticias y desgracias. La tierra es la única identidad que se quiere conservar: la huella que persiste, lo que permite encontrar la historia, la genética y la razón de ser de la raza. Por eso, la lucha por la tierra tiene más un trasfondo espiritual que económico; retenerla o, en su caso, recuperarla se convierte en el mayor acto de justicia.
Zapata y la lucha histórica de los pueblos
El despojo en el último tercio XIX había llegado a niveles inadmisibles, lo que hizo crecer la animadversión hacia los hacendados y hacia las autoridades de los diferentes niveles de gobierno. Sin matiz alguno, la apropiación había llevado a niveles de inanición, tal como lo previó Isidro Olvera en el recinto constituyente de 1857 y que en forma precisa denunció el agrarista Alberto Santa Fe, el autor de la Ley del Pueblo:
“Hay pueblos, y no pequeños, sino de cierta consideración, que tienen plantadas, en las mismas bocacalles las mojoneras de las haciendas inmediatas. No tienen tierras, ni bosques, ni pastos ni agua muchas veces: todo es del hacendado. “¿Necesitas leña? Cómprala. ¿Tu bestia necesita pasto? Págalo. ¿Tienes sed? Muérete”. El agua, el pasto, la leña, la tierra, todo es de una persona; y nada importa que millares de familias vivan en la miseria”. (1)
Porfirio Díaz había emergido de la lucha popular y conocía bien el sentir de la gente de diferentes regiones del país. No desconocía la situación agravante que prevalecía en el gran corredor azucarero que iniciaba en el Sur de Cuautla y que culminaba en el Valle de Izúcar de Matamoros, pasando por los suelos fértiles del norte chiauteco. Con preocupación le remite una carta al gobernador de Puebla Mucio Martínez, en 1894:
“Las quejas que con mucha frecuencia recibo de la clase indígena de ese estado … principalmente del Sur y del Oriente, me hacen entender que abundan tinterillos y negociantes que explotando sin conciencia a esos desgraciados, pretenden adjudicarse los ejidos o terrenos de repartimiento que deben repartirse exclusivamente entre los naturales de cada pueblo a que pertenecen, y que, no contentos con esa adjudicación, quieren adjudicarse también las aguas, aun las que sirven para abastecer a los pueblos, con el objeto de venderlas después a sus propios dueños… conduciéndolos de grado o por fuerza a la condición de anarquistas, puesto que no les quedará otro remedio…
Nunca recomendaré a usted demasiado —dice a don Mucio— que ponga toda su atención en la consideración que nos merecen los indios…(2)
¿Por qué Porfirio no actuó en consecuencia? Había conformado una élite de gobernadores que le respondía personalmente a él. A estos mandatarios les exigía lealtad, pero consentía su omisión ante abusos o que se enriquecieran haciendo negocios. El andamiaje positivista asimilado le hacían concebir que las capas campesinas y obreras eran las que tenían que soportar con su sacrificio la modernidad que él enarbolaba; según sus propias palabras los indios “eran la carne de cañón en que hemos apoyado nuestros esfuerzos para cambiar la situación moral y política del país”. (3)
En el Estado de Morelos había pueblos que se encontraban exasperados. Los reveses en las sentencia judiciales eran sistemáticos, incluso, con pruebas documentales en mano; más indignante era la coalición de intereses entre los gobernadores y los jefes políticos con los poderosos hacendados. La suma de estos factores hicieron concluir que la única opción para obtener justicia era a través de una revolución. Antonio Díaz Soto y Gama hace un importante relato que explica la conjunción de los elementos que desataron la revolución del Sur; además de mencionar al que fue su indiscutible líder, Emiliano Zapata, y a un eminente precursor de la justicia social en Morelos, Jovito Serrano, quien fue víctima de la concupiscencia entre el poder económico y político:
“<En Yautepec, el año de 1902, por orden de los acaudalados propietarios de la hacienda de Atlihuayán (hijos de Antonio Escandón), se tendió una cerca doble, desde un punto denominado “La Ceiba…pretendiendo así a anexar a Atlihuayán siete caballerías de los terrenos comunales del pueblo, sin más fundamento que la “ley del fuerte contra el débil>.
Desesperados, los vecinos de Yautepec resolvieron designar una comisión, presidida por don Jovito Serrano, que tomase a su cargo la defensa de los derechos del pueblo… se trasladó a esta capital y nombró como su abogado patrono a don Francisco Serralde, hombre de reconocido empuje.
Serralde no se conformó con presentar una demanda de amparo, sino que creyó preciso tomar contacto con el licenciado don Félix Romero, uno de los más íntegros magistrados de la Suprema Corte, a quien presentó el asunto en esta forma tajante: <Si la Suprema Corte no hace justicia a estos hombres, tenga usted la seguridad, señor, que pronto habrá una revolución en el país, ya que casos como éstos se están registrando a diario en la República>.
Don Félix Romero… se acercó al general Díaz, a quien hizo ver que la Suprema Corte era la válvula de escape para evitar que viniese una revolución. Don Porfirio tomó interés en el asunto y pocos días más tarde recibió a los comisionados de Yautepec, Jovito Serrano, José Bueno, Emiliano Zapata y otros más. El presidente Díaz recibió con amabilidad a los campesinos, los escuchó con atención y les ofreció que se haría justicia…, que por desgracia no vino…
Al acudir en queja Serralde ante la Suprema Corte, denunciando la parcialidad del juez de distrito, que se había negado a suspender el acto reclamado, hizo valer en forma enérgica los derechos de sus poderdantes, y a las alegaciones de orden jurídico agregó estos conceptos para subrayar la trascendencia del asunto:
<La raza indígena ha sido siempre la víctima de los caciques, de los hacendados y de los poderosos, y sólo esa Suprema Corte puede, con su autorizada voz, proclamar muy alto que las garantías individuales son una verdad, no sólo para los magnates, sino también y principalmente si cabe, para la desheredada raza indígena, que tanto sufre con la miseria a que está reducida>
A pesar de todo, la lucha se prolongó por más de tres años, durante los cuales fue inútil que el licenciado Serralde ganase varios amparos. La hacienda, en vez de ceder, retuvo en su poder los terrenos y el ganado de los vecinos de Yautepec, e hizo más: obtuvo de las autoridades que se iniciase tenaz persecución contra los quejosos, la cual culminó con la captura del director de ellos, el intrépido Jovito Serrano, el cual fue aprehendido en esta Ciudad de México, adonde había venido a conferenciar con Serralde, y conducido al cuartel de San José de Gracia.
En vano Serralde trató de proteger a su patrocinado con nueva demanda de amparo. El gobierno, burlando esas gestiones, ordenó la conducción de Jovito Serrano a Quintana Roo, en donde falleció pocos meses después, o sea fines de 1905”. (4)
Díaz, cierto, había creado un sistema político convergente hacia su persona, pero, a la vez, de su seno había surgido una plutocracia insensible que propició el malestar popular, hasta su derrocamiento. Víctima de su propia ambición política había procreado un demonio insaciable que se movía por el entramado político que ni el mismo podía ya controlar.
Zapata continuó abogando por las comunidades, en 1910 preside una comisión para que se le devolviera las tierras a su propio pueblo, Anenecuilco; lo que desembocó en una de las más dignas movilizaciones sociales de la revolución mexicana. Conviene aquí fragmentar la narración de don Antonio Díaz Soto y Gama:
El pueblo de Anenecuilco había sufrido el despojo de sus tierras. De ellas se había apoderado en la época colonial y sin justificación alguna el Mayorazgo de Salgado, con quien los naturales emprendieron queja. Al desaparecer este Mayorazgo estas tierras se las apropiaron diversas haciendas, sobre todo la de El Hospital, perteneciente a don Vicente Alonso.
Sin más remedio, los pobladores de Anenecuilco tuvieron que rentar las tierras que históricamente les pertenecía.
En 1910, la hacienda de El Hospital pretendió retirar el arrendamiento de tierras que tenían ya preparadas para el cultivo. Los campesinos de Anenecuilco plantearon su conflicto ante las autoridades, quienes emitieron el siguiente resolutivo: “o se les dejaba a los de Anenecuilco las tierras en arrendamiento, o se les concedía la debida indemnización por los trabajos de preparación y de siembra que ya tenían emprendidos”.
El propietario de El Hospital se mantuvo inflexible e hizo valer su influencia ante don Pablo Escandón, gobernador de Morelos, dándole la posesión de las tierras arrendadas sin que hubiese indemnización alguna.
El vecindario de Anenecuilco manifestó su descontento con claros conatos de rebeldía, lo que motivó la intervención de las tropas federales. “Sin miramiento alguno, aprehendieron a los más excitados, a quienes se les condujo <mecateados>a Cuautla”; a unos se les deportó al Valle Nacional, a otros se les consignó al ejército. “Entre los así conducidos figuraba Emiliano Zapata, a quien se dio de alta en el noveno regimiento con matriz en Cuernavaca”.
A los seis meses de su permanencia en las filas del ejército, Zapata consiguió su libertad pudiendo regresar a Anenecuilco, que seguía firme en su lucha contra la hacienda de El Hospital.
Después de nuevos conflictos y de repetidas e inútiles gestiones, comprendió Zapata que no había otra solución que la de tomar por sí mismos posesión de las tierras en disputa, prescindiendo ya de la intervención de las autoridades.
Reunió a los vecinos de Anenecuilco y de Villa de Ayala y los invitó a que por medio de la fuerza tomaran y sostuvieran la posesión de sus tierras, y una vez que logró su conformidad se dedicó personalmente, en unión de su hermano Eufemio, a efectuar el reparto de los terrenos, asignando a cada vecino el lote que le correspondía.
Este acción que constituía un desafío a la dictadura tuvo repercusión en todo el Estado de Morelos. Zapata atrajo la atención de los pueblos y empezó así, vigorosamente, a destacarse como un defensor de sus intereses y reclamos.
Sumó Zapata numerosos amigos y prosélitos, entre los cuales cuidó de sembrar ideas y propósitos de rebeldía. “De esta suerte, al finalizar el año de 1910 tenía ya Zapata la preparación necesaria para la empresa que iba a acometer: conocía a fondo los problemas de su región, había fortalecido su voluntad en una lucha áspera, se había acostumbrado a desafiar los peligros y a vencer las dificultades, había adquirido la convicción de la justicia de su causa y estaba dispuesto a dar por ella su vida, como desde niño ofreciera, con naturalidad, a su padre”. Realidad o no, los pueblos de Morelos y del Sur de Puebla refieren que ante un padre desconsolado, sin tierras que sembrar, le dijo siendo un infante: “no se preocupe padre cuando yo sea grande hare que se las devuelvan”. (5)
Díaz Soto y Gama no exagera, Zapata se convirtió en símbolo de reivindicación de múltiples pueblos que habían sido condenados a la miseria por despojo. El hombre que había acompañado a Jovito Serrato para reclamar la devolución de las tierras comunales de Yautepec y que en 1910 presidía la junta de defensa de Anenecuilco, se había dado cuenta de una injusticia irredimible y que la prepotencia había alterado el cauce de la razón y del humanismo.
“Dotado de clara inteligencia – remata Díaz Soto y Gama - de percepción rápida y de natural aptitud para la decisión pronta y oportuna; enérgico y audaz, incorruptible y resuelto …capaz de todo género de sacrificios, sereno ante el peligro, estoico ante las privaciones, perseverante en grado heroico, reunía en sí Zapata todas las características, todas las virtudes y toda la potencialidad del auténtico hombre guía, del verdadero y genuino conductor de multitudes”. El pueblo sediento de justicia requería de ese líder: configurándose, así, una perfecta simbiosis: “el caudillo nada puede sin el pueblo; pero el pueblo, a su vez, necesita forzosamente un caudillo, un dirigente, un héroe, un grande hombre que lo guíe”. (6)
El apoyo de los pueblos del Sur de Puebla
Octavio Paz Solórzano afirmaba que la médula de la revolución se encontraba en el movimiento del Sur; también decía “que en el Sur hasta las piedras eran zapatistas. Tenía razón, había razones históricas coincidentes; en el caso de los pueblos chiautecos a lo largo de los siglos de la Colonia españolas y del México independiente se habían registrado luchas históricas, lo que provocaba una natural empatía.
Los registros indican luchas contra la explotación indiscriminada en las minas de plata; así como por la conservación de los pozos de sal y la tenencia de tierras de agostadero ubicadas en zonas con mayor exposición al estiaje; luego, en 1850, se suscitó una rebelión del pueblo nativo en defensa de su patrimonio y en contra del lesivo impuesto de capitación. Con patriotismo los pueblos chiautecos habían conformado tropas para unirse a Díaz y combatir contra las fuerzas invasoras francesas y las del segundo imperio; más tarde ante las promesas de justicia para los pueblos se integraron al ejército del propio Porfirio para derrocar a Lerdo. Después de 30 años lo que había era hastío: la causa "del sufragio efectivo y la no reelección” se echó por la borda y los visos de justicia los apagó un sistema político que se tornó infame. Había cuentas pendientes.
Desde finales del siglo XVII el influjo de las haciendas azucareras se había sentido en lo que era la provincia de Chiautla. Contaban con diferentes mecanismos de extracción de riqueza al acaparar las tiendas y toda la producción de azúcar, aguardiente y miel, además de someter al peonaje a buena parte de la población. Durante el transcurso de las siguientes centurias fueron extendiendo en forma casi ilimitada sus tierras de labranza y ganaderas. Parece un despropósito, pero algunos datos indican que los dominios de las haciendas azucareras en la Baja Mixteca (que abarcaban los distritos de Izúcar y Chiautla de Tapia) abarcaban aún después de la revolución mexicana, en 1921, alrededor de 123 mil hectáreas. “Esta es la mayor concentración de tierras bajo un solo propietario (William Oscar Jenkins) en toda la historia de Puebla”. (7)
El concurso de acreedores contra Martín Calvo Viñuales relacionado con el ingenio de San Nicolás Tolentino proporciona información interesante sobre como las haciendas ejercían su predominio sobre la gente de los pueblos:
1683-1698:
“Salarios y gastos del pueblo de Nopala, estado de cuenta por concepto de rayas y aguinaldos, gastos para el santísimo, la virgen y santos del mismo pueblo….;cuentas de azúcar, relación del peso, cantidades de carga y unidades de pan para su venta…informe de los pagos por concepto de tablas, petates, zapatos, ropa y tejamaniles; salarios de indios…;relación de comestibles, caco, canela, velas, vigas y carneros del ingenio; memorias de esclavos y esclavas en el año de 1694….;memoria del ganado llevado a Jaltepec; cuaderno de los gastos realizados en comida y salarios de los indios de Chiautla… (AGN/Instituciones Coloniales/Real Audiencia/ Concurso de Calvo (028).
En esa misma época las haciendas arrendaban las tierras de los pueblos nativos, tal como se registra en la siguiente ficha del Archivo General de la Nación en el que se hace referencia al heroico pueblo de Huehuetlán, del Distrito de Chiautla de Tapia:
1698:
“Pago de arrendamiento en Huehuetlán. Carta de Roque de Pastrana Mendizábal, dirigida a Don Martín Calvo en que le suplica se den a Miguel Francisco, gobernador de Huehuetlán, jurisdicción de Chiautla de la Sal, 25 pesos y una arroba de azúcar por el arrendamiento de unas tierras que utilizan para pastos del ganado del ingenio (AGN/Instituciones Coloniales/ Real Audiencia/Concurso de Calvo (028) Contenedor 02/ Volumen 3/ Fojas 427).
Durante el porfiriato todo cambió. En 1895, el pueblo nativo de Tlancualpicán, so pretexto de las leyes baldías, sufrió la expropiación de sus tierras fértiles a favor de las haciendas de Jaltepec, Atencingo, Tenango y Santa Ana (8). La acumulación de resentimientos se extendía por casi todo los pueblos de Chiautla, de donde surgieron combatientes y líderes zapatistas. Cuando firmaron el Plan de Ayala que iban a tener miedo si estaban “hartos” de tantos abusos.
Hombres a caballo
Casi al finalizar el siglo XVI se les empezó a dar permiso a los naturales de Chiautla a montar equinos, tal como se puede apreciar en la siguiente ficha:
1592:
“Se dio licencia a Diego de Osorio, indio natural y principal de Chiautla, para montar a caballo. Puebla. Po. Chiautla” (AGN/Instituciones Coloniales/Real Audiencia/ Indios (058) /Contenido 04/Volumen06/Expediente 714)
Al cabo de tres siglos los hombres a caballo predominaban por los caminos del Distrito de Chiautla; no sólo eso, sino que bravíos les gustaba el jaripeo y todo tipo de suertes charras. Esa fama estaba extendida en toda la región y el movimiento armado los requería; de modo que el caporal de caballos, Zapata, los adhirió a su causa, como antes lo había hecho el ingrato Mucio Martínez en las batallas de San Juan Epatlán y Tecoac. El insigne maestro y cronista chiauteco Gonzalo Carrillo Vivas recurrió a la memoria de una mujer de edad para narrar las fiestas de jaripeo que se celebraban en 1904, año en que inició la represión ordenada por Díaz y Mucio en Chiautla a cargo de Ignacio Contreras el “Cuayuca” y Miguel Cabrera:
“En la plazuela Mariano Antonio Tapia se improvisaba un coso para lazar, torear y jinetear toros, espectáculo gratuito donde se lucían los rancheros, caporales montados en briosos caballos, los días viernes, sábados y domingo, en cada uno de estos días se anunciaba <el toro de once> el más bravo e indómito que adornaban con flores de papel crepé y cadenas al cuello hechas con papel de china, era una hazaña resistir sus reparos, sin embargo, no faltaban suficientes aspirantes a montarlos, sobre todo jóvenes que para obtener el anhelado sí de la pretensa, no dudaban en desafiar el peligro. La Banda de Viento <Paz y Trabajo> tocaba diana al jinete que aguantaba las cometidas del semoviente, pero si caía en los primeros reparos le tocaban una pieza fúnebre”. (9)
La persecución del “Cuayuca” a los enemigos del régimen que segó la vida de dos insignes chiautecos, Abrahan Ramírez y José Domingo Aguilar, después de la rebelión del 3 de mayo de 1903, que había sido sofocada ese mismo día, era otra cuenta pendiente que se tenía que saldar. La gente de Chiautla difícilmente olvida.
En los dos primeros años de la revolución Zapata no se sentía seguro en el Estado de Morelos y avanzó hacia la Baja Mixteca, buscando incluso extender su rebelión hasta la Montaña de Guerrero, hacia Huamuxtitlán y Tlapa. Bien sabía que en los pueblos de la Baja Mixteca chiauteca podía encontrar el cobijo de gente valiente, sumando adeptos, armas y caballos y en donde era factible abastecer a un ejército que para abril de 1911, según algunas cifras, sumaba alrededor de dos mil hombres. Con mayor énfasis se señala que contando con el apoyo, resguardo y guía de la gente se podía perder entre los intrincados caminos y senderos, en medio de matorrales, cerros, barrancas y hondonadas inaccesibles para sus perseguidores. Sabía que la gente de los pueblos chiautecos era leal, aun ante las amenazas de devastación y las tácticas de tierra quemada de Victoriano Huerta y Juvencio Robles.
La posición estratégica de la Baja Mixteca, como lo habían hecho José María Morelos y Pavón y el mismo Porfirio, le permitieron a Zapata moverse hacía diferentes municipios de Puebla, a la Montaña de Guerrero o en dirección contraria hacia su Estado natal. Ese valor geográfico inapreciable hizo que Chiautla y los pueblos de su jurisdicción se tornaran en una región neurálgica para el zapatismo; a tal punto que en la pequeña comunidad Ayoxuxtla se firmó el documento base de la revolución del Sur, el Plan de Ayala.
Zapata no desconocía que en el transcurso del siglo XIX y en años más recientes los bandoleros y los opositores a los gobiernos de Juárez, Lerdo y Díaz huían hacia Chiautla para perderse de los “rurales” y las fuerzas federales que los perseguían. En Santa Ana Tecolapa, a unos 5 o 6 kilómetros de Chiautla, aún se cuenta la leyenda de que en una cueva de su cerro emblemático existe un tesoro que fue ocultado por los “Plateados”. Eso significó un reto en los primeros meses de su movilización armada, tenía que explicar en forma fehaciente a sus correligionarios, simpatizantes y en general, a la opinión pública de país que no era un vulgar bandido; que era un luchador social. ¡He ahí la importancia del Plan de Ayala!
Antes había Estado en Chiautla por otras razones. Existe una reseña sobre Emiliano y su hermano Eufemio, que señala que ellos en su juventud habían encontrado refugio en los pueblos de Chiautla:
“Los enfrentamientos entre la gente del pueblo y los empleados de las haciendas eran frecuentes. Cuando Zapata tenía 20 años, abofeteó a un hombre de Coahuixtla, que hacía trampa en el juego y lo había insultado. Entre varios rurales amarraron a Zapata y lo llevaban a encarcelar a Cuautla; pero Eufemio Zapata, su hermano mayor, ahuyentó a los policías con su rifle.
Ambos hermanos se fueron al estado de Puebla. Eufemio a Chiautla, donde se hizo relojero. Emiliano se empleó como arrendador -entrenador- de caballos en la hacienda de Jaltepec, y regresó después de un año a Anenecuilco, ya libre de cargos. (10)
Tiempo después se dice que trabajó como caballerango principal o caporal en la Hacienda de San Diego Atlihuayán, propiedad de la familia de Luis García Pimentel; otros, como Pedro Ángel Palou, señalan que también ejerció ese cargo en la Hacienda de San Carlos Borromeo, propiedad de Ignacio de la Torre y Mier, dando lugar a su sugerente novela. Lo cierto es que desde muy joven al ser miembro de una familia dedicada a la labranza y a la crianza de ganado, se convirtió en un experto domador de caballos y de suertes charras. Justo por esos años, entre 1905 y 1910, se convirtió en un defensor de las causas de los pueblos; así, casi al inicio de su lucha armada, en abril de 1911, tomó la plaza de la cabecera municipal de Chiautla de Tapia.
La estrofa de un corrido recopilada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) llama la atención:
De Huehuetlán a Izúcar
pasó Zapata volando,
con su gente de a caballo
las haciendas fue tomando
Otras estrofas cantadas por Don Félix Gil, oriundo de Chiautla de Tapia que fueron grabadas por el INAH en 1972, cuando este zapatista tenía 80 años destacan por su narración descriptiva:
Año de mil novecientos once,
ya por el mes de abril,
entró Zapata a Chiautla
sin tirar un solo fusil.
…
Zapata habló en la plaza:
“Vengó a cumplir mi deber,
a devolverles las tierras
que el hacendado ha de perder”
“Ya no más hijos del pueblo
trabajarán como esclavos
la tierra será de ustedes
y de todos sus hermanos”,
Se fueron pa’ Izúcar luego,
a seguir la comisión
y Chiautla quedó libre
gracias a la revolución.
Si preguntan quién la hizo,
quién esta historia contó,
fue don Félix el de Chiautla
que a Zapata bien miró.
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(1) Antonio Díaz Soto y Gama. “La revolución agraria del sur y Emiliano Zapata su caudillo”. INHERM, Clásicos del Zapatismo, México, 2019, pp. 70 y 71.
(2) Ibidem, p. 82
(3) Ibidem, pp. 82 y 83
(4) Ibidem, pp. 98 a 100
(5) Ibidem, pp. 104 a 119 (Resumen de diferentes párrafos)
(6) Ibidem, p. 119.
(7) Martha Elba del Río Mendieta. “Empresarios e innovación azucarera en las haciendas de Izúcar de Matamoros, Pue, 1880-1940”. Tesis BUAP, Puebla, Pue., diciembre de 2022, p. 217.
(8) Felipe Ávila Espinosa. “Los conflictos internos en el zapatismo” en Historia de Morelos, Tierra, gente, tiempos del Sur. (Horacio Crespo Director) Tomo VII, El Zapatismo, Universidad Autónoma del Estado de Morelos, 2018, p. 325.
(9) Gonzalo Carrillo Vivas. “Chiautla de Tapia, año de 1904. Relato de doña Heleodora Galindo Aguilar”, Entrevista y comentarios de Gonzalo Carrillo Vivas (Documento inédito).
(10) Guillermo de la Peña. “Nieve en la Cima, Fuego en el Cañaveral”. Monografía estatal. SEP. México 1987. Primera Edición. p. 270

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