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Chiautla y Tlanichiautla, origen y construcción espiritual. Capítulo 23

19 jul
31 min de lectura

Actualizado: 21 jul

Gildardo Cilia López


San Juan de los Ríos, Chiautla de Tapia, Puebla (Fotografía: Junta de los Ríos Atoyac y Mixteco, Archivo fotográfico de G.C.L.)
San Juan de los Ríos, Chiautla de Tapia, Puebla (Fotografía: Junta de los Ríos Atoyac y Mixteco, Archivo fotográfico de G.C.L.)

“Emiliano Zapata no es un delincuente ante la irredenta clase campesina que levanta sus armas en señal de libertad, Zapata asume las proporciones de Espartaco, él es un vindicador, libertador de esclavos” (José María Lozano Rábago, fragmento de su discurso en la Cámara de Diputados, octubre de 1911)


El Tigre y la revolución del Sur


El ejemplo de Chiautla cundió por toda la Baja Mixteca y el Estado de Morelos. El “Ejercito Libertador de Sur”, a partir del 5 de abril de 1911, crecía desde los pueblos; sumaba hombres que estaban dispuestos a combatir con lo que tuvieran a la mano. Era un ejército mal armado, los que se unían portaban escopetas viejas, machetes y otros instrumentos punzocortantes y ya en acción utilizaban hasta piedras. Uno de los objetivos de tomar plazas era precisamente armar al ejército con mejores fusiles y demás pertrechos.


Ante la carencia casi generalizada de armamento, el “Ejército Liberador del Sur” tenía que utilizar tácticas de guerrilla: atacar repentinamente, retirarse, dispersarse, ocultarse y volver a aparecer; esto es, no contaba con la capacidad para afrontar batallas frontales con cierta duración . La reflexión de Juan Andreu Almazán resulta imperdible:


“Obligadas las fuerzas del Ejército Libertador a pelear siempre con unos cuantos cartuchos por plaza, se instituyó espontáneamente un sistema de flujo y reflujo de soldados que no tenía remedio: el que acababa sus municiones se iba a buscar más y a trabajar la tierra, mientras otro ya provisto lo reemplazaba.


Me ha tocado pelear desde el Bravo hasta el Suchiate, desde el Golfo hasta el Pacífico, a veces como soldado y otras como rebelde, y he tenido a mis órdenes gente de todos los Estados. En esa virtud declaró que en la región de la Revolución Agraria, había campesinos tan bravos, tan aptos, tan desinteresados como los mejores de otras partes, pero abnegados y constantes como ninguno.


Los campesinos de Morelos y regiones limítrofes…obtuvieron sus municiones con indecibles sacrificios y (no convenía) cambiar su modo de pelear… si alguien hubiera podido organizarlos, para presentar batallas clásicas, en muy poco tiempo hubieran sido aniquilados como lo fueron los orozquistas, los villistas o los huertistas” (1)


El ejército libertador sobrevivió al periodo álgido de la revolución armada, sólo se disolvió con la muerte de su líder histórico. Nadie más entregado y afín a una causa que Zapata, entendía a la gente de los pueblos; ¿cómo no?, si de ahí procedía. La identidad se hizo indisoluble: Emiliano abanderaba la causa de mayor justicia para las comunidades del Sur, la restitución de tierras, a cambio estas respondieron con entrega, lealtad y sacrificio; con un heroísmo inusitado. El líder también reflejaba fielmente la forma de ser, de afrontar la vida y de enfrentar el peligro de los nativos surianos. Sus palabras y dichos aún se conservan en la memoria colectiva: “No los quiero muy hombrecitos, nomás que se paren bien”.


Conforme a la concatenación de hechos históricos, las fuerzas zapatistas tomaron Izúcar de Matamoros el 17 de abril; ahí, en plena refriega, murió el líder rebelde Rafael Merino, uno de los fundadores del Ejército Libertador y primo de Emiliano Zapata. Tal vez por eso optaron por retirarse sin mostrar más batalla; sin embargo, el caudal de gente crecía y se hacía incontenible, de tal forma que las fuerzas revolucionarias volvieron a tomar la plaza pacíficamente ocho días después ante el retiro de las tropas porfiristas.


El 28 de abril, en concordancia con Ambrosio Figueroa, Zapata había aceptado atacar a las fuerzas federales en Jojutla. Sus efectivos iban a penetrar desde el noreste, pero sus exploradores lo alertaron de que toda la artillería de las fuerzas federales apuntaba sólo hacia él y sus tropas con la intención de acribillarlos; en tanto que no había ningún tipo de dispositivo estratégico hacia el Suroeste, donde se encontraba Figueroa. Ante esta evidencia, llegó a la conclusión de que Ambrosio había conspirado con los oficiales federales para emboscar a su ejército y aniquilarlo. Ese fue el primero de muchos intentos para asesinar a Zapata, la felonía estuvo presente desde un principio.


Con inteligencia Zapata desistió atacar y optó por tomar la plaza de Jonacatepec que estaba desguarnecida debido a que los efectivos federales se habían desplazado a Jojutla. Después se retiró hacia Chiautla donde Eufemio se reunió con él, junto con muchos hombres recién reclutados en la zona. Más tarde, en Yecapixtla, otros lideres se le unieron, entre ellos, su primo Amador Salazar, sumando alrededor de cuatro mil combatientes.


Así dio inicio una de las grandes hazañas del Ejército Libertador del Sur, la toma de Cuautla; plaza que estaba resguardada por el regimiento “Quinto de oro”, un agrupamiento de élite del ejército porfirista, así como por cuerpos de rurales y de policías municipales. Tal como lo narra Paul Hart, el ejército zapatista tenía muchos hombres pero pocas armas, sobre todo no contaba con artillería, lo que dio lugar a una batalla épica:


“Por cada soldado federal había diez zapatistas, sin embargo, ellos no tenían artillería. Los zapatistas estaban armados primordialmente con machetes y pocos tenían armas. Zapata atacó desde temprano hasta la noche, rotando sus unidades en oleadas interminables con la esperanza de cansar al Quinto Regimiento con ataques constantes. El fuego federal llovía desde los balcones, ventanas y puertas. Cuando las fuerzas de Zapata dinamitaron las paredes, los enemigos se encontraron frente a frente y se enfrentaron con pistolas, culetazos, cuchillos, pies y puños”. (2)


Alrededor de 1 mil 500 zapatistas y 350 porfiristas murieron, entre ellos, el Coronel Eutiquio Munguía, quien estaba al mando de las fuerzas federales. La lucha fue heroica, quedando en mentes obtusas, como las de Victoriano Huerta y Juvencio Robles, el deseo de cobrar venganza por la extinción del regimiento “Quinto de Oro” y de su compañero de armas. Zapata también se dio cuenta que su ejército no estaba en condiciones de sostener combates frontales.


El 19 de mayo el Ejército Libertador tomó Cuautla, con ello, se apropió de la mitad del territorio del Estado de Morelos y abrió un corredor hacia los pueblos de Tláhuac, Milpa Alta, Xochimilco y Tlalpan. Seis días después, el 25 de mayo de 1911, Porfirio Díaz presentó su carta de renuncia en los siguientes términos:


“El pueblo mexicano, que generosamente me ha colmado de honores, que me proclamó su caudillo durante la guerra de intervención…ese pueblo se ha insurreccionado en bandas milenarias armadas, manifestando que mi presencia en el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo es la causa de su insurrección.” (3)


Sin demeritar a la extraordinaria revolución del Norte, habría que señalar que quienes habían proclamado a Díaz como su caudillo durante la intervención francesa y el Segundo Imperio fueron los pueblos de Oaxaca, de la Baja Mixteca, de la Montaña de Guerrero y del Sur del Estado de México (parte del cual se utilizó para conformar el territorio del Estado de Morelos durante el periodo de la República Restaurada).


Los pueblos del Norte del país nunca lo apoyaron y durante su dictadura sólo sembró odios: yaquis, mayos, coras y huicholes sufrieron campañas de exterminio, despojo y deportación brutal, cuando las élites porfiristas y las compañías extranjeras buscaron apropiarse de tierras fértiles, agua y demás recursos naturales; así como de las superficies mineras. El repudio a Díaz se extendió hacia la población mestiza, menos agobiada que la indígena. Heraclio Bernal, el “Rayo de Sinaloa”, no sólo se hizo famoso por ser bandido, sino por defender las causas de los mineros y de los sectores desposeídos de Sonora, Durango, Sinaloa y Nayarit; se conoce poco de él, pero fue un seminarista con una ideología liberal y socialista. Se reproduce la exposición de motivos del Plan de la Rastra de 1885:


“Heraclio Bernal, comandante de las fuerzas proclamadoras de las garantías constitucionales, a los habitantes hago saber:


Que el gobierno actual no es obra de los pueblos, ni respeta las garantías que todo hombre debe disfrutar, con arreglo al pacto federal de la República, porque es bien sabido que los actuales gobernantes se han impuesto por sí mismos, y porque también no hay moralidad ni justicia, ni protección para los ciudadanos, pues cuando se adueñan del poder sólo se ocupan de enriquecerse y de exterminar a los demás, al grado que nadie tiene segura la vida ni los intereses, viendo además que se protege a los extranjeros con perjuicio de los mexicanos; que por tanto es indispensable tomar las armas para quitar los malos gobernantes y hacer que impere la Constitución”. (4)


Cuando Díaz expresó en su exilió en Paris, la frase lacónica: “Estuve tranquilo hasta que se levantó el Sur”; también abrevió su historia. Sabía que esos pueblos mal armados habían sido la base social de sus hazañas patrióticas; que eran los mismos que lo habían elevado al pináculo de su carrera política. Conocía el temperamento de las gentes surianas, a las que les prometió una justicia que nunca les llegó; que en cambio sólo había favorecido a una minoría ambiciosa y cada vez más demandante de poder y lujos. Cuando la revolución del Sur tomó Cuautla, se dio cuenta que la rendición de cuentas había llegado; que la revolución se acercaba a la capital de la República: a la Ciudad de México que tanto amaba y que había embellecido como nadie durante la etapa del México independiente.  


La toma de Cuautla, en efecto, desmoronó la resistencia de la dictadura y acercó riesgosamente el movimiento revolucionario a los alrededores de la Ciudad de México. Los apuntes de Ramón Corral señalan que José Yves Limantour le manifestó lo siguiente:


“Si el presidente no hubiera renunciado, el resultado habría sido que las fuerzas revolucionarias, en número de 16 000 hombres bien contados, que existían en los alrededores de la capital, habrían atacado a ésta y aunque el gobierno se hubiera defendido, seguramente hubiera sucumbido al número y la capital habría sido tomada a sangre y fuego en medio de un tremendo desorden, en el que hubieran perecido muchas gentes, y la ciudad habría sido entregada al saqueo, en momento en que en los bancos y en la Tesorería había más de ochenta millones de pesos en metálico, que pertenecían al gobierno, a las instituciones de crédito y a muchos extranjeros”. (5) 


Dicen que Díaz antes de abordar el “Ypiranga”, con rumbo a su exilio a Europa, le comentó a Victoriano Huerta lo siguiente: “Madero ha soltado al tigre, a ver si puede domarlo”; con un diferente matiz, otros historiados narran que la frase fue así: “Madero ha soltado al tigre; veremos quién es capaz de volverlo a encerrar”. Como haya sido, el “tigre” en el Sur había configurado su propia revolución, exigiendo el reparto de tierras. Había subestimado inicialmente a Madero, luego lo hizo con el Ejército Libertador de Zapata: “No creí que el levantamiento del Sur fuera tan serio… cuando me di cuenta ya era demasiado tarde”. El tigre se hizo cada vez más temible hasta acecharlo en los limites de su propia casa.


En el afán de alcanzar la paz y de frenar los daños que estaba sufriendo el país, los maderistas firmaron los Tratados de Ciudad Juárez, que en realidad sólo ponía fin a la presidencia de Díaz, conforme a lo siguiente:


“Primero. Que el señor General Porfirio Díaz ha manifestado su resolución de renunciar a la presidencia de la República, antes de que termine el mes en curso;

Tercero. Que por ministerio de la ley, el señor Lic. don Francisco León de la Barra, actual Secretario de Relaciones Exteriores, del gobierno del señor General Díaz, se encargará interinamente del Poder Ejecutivo de la nación y convocará a elecciones generales dentro de los términos de la Constitución;

Las dos partes representadas en esta conferencia, por las anteriores consideraciones han acordado formalizar el presente convenio:


Única. Desde hoy cesarán en todo el territorio de la República las hostilidades que han existido entre las fuerzas del gobierno del General Díaz y las de la revolución; debiendo éstas ser licenciadas a medida que en cada Estado se vayan dando los pasos necesarios para restablecer y garantizar la paz y el orden públicos”. (6)


Se dejaba el rumbo de los acontecimientos y el trasfondo social de la revolución, sobre todo del Sur, a un Porfirista irredimible. Más grave aún, licenciar significaba desmovilizar a los ejércitos revolucionarios y entregarle sus armas al ejército federal porfirista que se acababa de vencer. Los Tratados de Ciudad Juárez dejaban intacta a la élite política del país y a su ejército, manteniéndolo como la institución armada única de la República. Se removía a Díaz, empero, se mantenía intacta la estructura funcional de poder. Se pecaba de inocencia, sólo se remozaba la fachada de un régimen dictatorial para aparentar que con la renuncia de Porfirio todo iba a cambiar, cuando en realidad lo que se quería era que permanecieran los pilares que sostenían su edificación.


Plano general del Ejército Libertador del Sur, el anverso dice: "armados con escopetas viejas". Fuente: Archivo histórico de la UNAM (AHUNAM). Fondo Gildardo y Octavio Magaña Cerda.
Plano general del Ejército Libertador del Sur, el anverso dice: "armados con escopetas viejas". Fuente: Archivo histórico de la UNAM (AHUNAM). Fondo Gildardo y Octavio Magaña Cerda.

Decepción y ruptura


¿Qué tanto la condición de clase determina una forma de pensar? Pregunta irresoluble, la revisión histórica indica que innumerables personajes han renunciado a sus privilegios con tal de mantener liberada su conciencia; de hecho, una vertiente del marxismo hace hincapié que un considerable cúmulo de intelectuales han roto con su condición de clase para dotar al proletariado de teoría y conciencia social. A Francisco I. Madero, en consecuencia, no se le puede cuestionar como jefe revolucionario por formar parte de una dinastía de empresarios y hacendados.


El pensamiento crítico permite hacer a un lado dogmas, creencias o ideologías reduccionistas, lo que lleva a descartar la preminencia de lo material sobre la conciencia, que intangible se mueve hacia lo diverso; esto es, no existe necesariamente una concatenación entre la forma de pensar y las condiciones materiales de existencia. Esa posibilidad de ir más allá de esa alineación que puede resultar extralógica, le da una riqueza excepcional al análisis social, frena el determinismo histórico y concentra el debate en las ideas mismas, haciendo a un lado los prejuicios sociales.


El análisis de Antonio Díaz Soto y Gama es excepcional porque pone en el centro del tamiz la discrepancia ideológica entre Zapata y Madero, sin necesidad de enunciar su condición social como elemento determinante de sus posiciones ideológicas:


“Entre el pensamiento de Madero y el de Zapata había discrepancias fundamentales que abrían entre ellos un abismo.


Madero pensaba que la Revolución se había hecho sólo para reconquistar las libertades suprimidas por la dictadura y no para realizar la reforma agraria; ya que según él la libertad por sí sola resolvería todos los problemas.


Zapata creía, por el contrario, que la revolución era ante todo social y que imponía la necesidad de reformar leyes e instituciones, a fin de que fuese posible resolver el problema agrario”. (7)


Para sustentar el marco conceptual de Madero, el eminente intelectual anarquista y zapatista, resalta fragmentos de dos sendos discursos pronunciados por él:


“Así lo dijo Madero…en el discurso…que pronuncia en Huichapan Hidalgo, en junio de 1912…<Se ha pretendido que el objeto de la Revolución de San Luis fue resolver el problema agrario; no es exacto>… Antes, durante su gira como candidato a la presidencia, había dicho algo semejante a los obreros reunidos en Orizaba, Veracruz: <Del gobierno no depende aumentaros el salario ni disminuir las horas de trabajo, y nosotros que encarnamos vuestras aspiraciones no venimos a ofreceros tal cosa, porque no es lo que vosotros deseáis, vosotros deseáis libertad…, vosotros no queréis pan, queréis únicamente libertad, porque la libertad os servirá para conquistar el pan>”. (8)


Posiciones irreconciliables: mientras Madero pensaba en mecanismos de corrección naturales o automáticos, Zapata creía que el poder público debía intervenir para hacer factible el reparto agrario y enmendar rezagos sociales (salarios y condiciones de trabajo) que abrumaban a millones de campesinos y proletarios. Para John Womack las diferencias conceptuales se presentaron al asumir la presidencia de la Republica Francisco León la Barra. Es durante este periodo en donde se hizo la distinción entre los objetivos de una revolución política y los de una revolución social; llevando ineludiblemente a un choque entre facciones:


¿Cuándo habría triunfado la revolución? Para Zapata, el provinciano sureño, el exasperado jefe de su pueblo, la respuesta era directa y sencilla: cuando la disputa agraria se hubiese resuelto equitativamente en su estado… Para Madero, el provinciano norteño, apacible hijo de un terrateniente, que flotaba en ensoñaciones de bondad: cuando los mexicanos prosperasen y se amasen unos a otros”. (9)


Zapata pidió que se honrase el artículo tercero del Plan de San Luis Potosí sobre la devolución de tierras; Madero por convicción – más que por presiones de los hacendados – no actuó en consecuencia: Díaz se había ido y podía lograr los objetivos de la revolución porque para él libertad y prosperidad para el pueblo iban de la mano.


El máximo jefe de la revolución aclaró que no había hecho promesa alguna en materia de expropiación de tierras a los latifundistas. En una carta que le remitió a Francisco Moguel, Director del Imparcial, el 27 de junio de 1912 manifestó lo siguiente:


“Con tanta insistencia han repetido algunos periódicos … que en la promesa de la Revolución figuraba el reparto de tierras al proletariado y se ofrecía la división de latifundios que permanecían en poder de unos cuantos privilegiados, con perjuicio de la gente menesterosa… quiero de una vez por todas rectificar esa especie.


Suplico usted se sirva revisar cuidadosamente el Plan de San Luis Potosí y todos los discursos que pronuncié antes y después de la Revolución…


Siempre he abogado por crear la pequeña propiedad, pero eso no quiere decir que se vaya a despojar de sus propiedades a ningún terrateniente…


Una cosa es crear la pequeña propiedad por medio de un esfuerzo constante y otra es repartir las grandes propiedades… Sería completamente absurdo pretender que el Gobierno fuese a adquirir todas las grandes propiedades para repartirlas gratis entre pequeños propietarios, que es como se concibe generalmente el reparto de tierras…


La única promesa que no se ha cumplido en toda su amplitud es la relativa a la restitución de sus terrenos a los que se habían despojado de ellos de un modo arbitrario…


A pesar de esto, el Gobierno tiene un estudio (para restituir) ejidos a los pueblos que han sido despojados de ellos y adquiriendo para fraccionar algunas grandes propiedades”. (10)


Con la misma tibieza de los Tratados de Ciudad Juárez, Madero concebía que la restitución por despojo debería estar debidamente fundamentada, requiriéndose ajustar todo los actos a la ley y a la legitimidad que se derivaba de los fallos judiciales. Para Zapata recurrir a esos veredictos significaba ir hacia atrás, había sido testigo de la actitud sesgada de jueces y magistrados y de su contubernio con las autoridades políticas y los hacendados en los pueblos de Morelos. Además el despojo y el consecuente latifundismo se había sistematizado legalmente mediante dos leyes estrictamente perversas: la de desamortización de los bienes comunales y la de la colonización de terrenos baldíos. Emiliano creía que era importarte revertir esta infamia histórica mediante una reforma agraria; Madero en forma irrestricta respetaba la propiedad privada sin importar los cauces que habían llevado al monopolio de tierras.


Ante posiciones irreconciliables, los desacuerdos adquirieron un matiz riesgoso, lo que observaba el líder de la revolución del Sur era traición, en tanto que Madero percibía una continua rebeldía que lo término por exasperar; ya como presidente adoptó medidas represivas, impropias de un hombre justo y bondadoso. Hagamos una relato cronológico de los sucesos que fueron intensificando el recelo, el antagonismo y la discordia.


Conforme a los Tratados de Ciudad Juárez, el compromiso era pacificar al país de una manera peculiar, como si los vencedores hubieran sido los vencidos: las fuerzas revolucionarias tenían que deponer las armas ante el ejército derrotado. Para Zapata eso significaba abandonar todo sin haber obtenido nada: se dejaba en el limbo la causa de la justicia agraria. No perdía las esperanzas, se daba cuenta que para garantizar la restitución de tierras necesitaba contar con el apoyo de Madero; de que asumiera la firme decisión de llevar a cabo el reparto agrario. Tierras por armas, esto es, justicia para garantizar la paz; esa posición la mantuvo incólume durante toda su gesta revolucionaria.


Con ese fin se presentó ante Madero en la Ciudad de México, quien lo invitó el 8 de junio a comer en su residencia familiar. Respetuosamente ahí le pidió la devolución de tierras a los pueblos, para que, en efecto, se cumpliera con lo que establecía el Plan de San Luis Potosí. Madero - según algunos crónicas – le prometió que lo haría de acuerdo con lo que establecía la Ley; le enfatizó que era necesario que disolviera su ejército; que daba inicio una etapa promisoria, que ya no se requería el uso de la violencia y que en ese momento lo que la Revolución exigía era un país con estabilidad política para crear las condiciones que iban a posibilitar su reconstitución y progreso. Zapata, con la filosofía propia de los hombres del pueblo - de sus sabios ancianos - le contestó:


“Mire señor Madero, si yo aprovechara la ventaja de estar armado y le quitara el reloj y me lo quedara, y después de un tiempo, nos volviéramos a ver estando ambos armados, igualando la fuerza, ¿tendría Usted el derecho de pedirme el reloj de vuelta?


Por su puesto - respondió Madero - y yo tendría el derecho de exigirle un pago por el tiempo que usted lo usó. Bueno, eso es exactamente lo que nos pasó en el estado de Morelos, donde un puñado de hacendados subieron al poder… Mis soldados, los campesinos armados y todo el pueblo, me demandan que le diga, con todo respeto, que proceda inmediatamente a la restitución de sus tierras". (11)

 

Madero lo felicitó por formar parte de la Revolución, expresándole que en vista de los servicios ofrecidos se le iba a premiar con un buen rancho. Zapata, indignado, reviró:


“Yo no me uní a la Revolución para volverme hacendado; si yo valgo algo, es por la confianza del pueblo que tiene en mi… Ellos creen que nosotros vamos a cumplir con lo que les prometimos, y si abandonamos a quienes lucharon por la Revolución, tendría sentido tomar las armas en contra de los que olvidaron sus promesas”. (12)


Madero, impresionado, se dio cuenta de que estaba hablando con alguien sumamente integro y leal a su causa y a su pueblo. ¡No!, no estaba hablando con ningún bandido, estaba hablando con uno de los líderes más honestos de la Revolución mexicana.


León de la Barra jugaba a favor de un porfirismo que lejos estaba de extinguirse: mantenía vivos los intereses de grupos de poder con intereses soterrados. Actuaba a favor de hacendados que a su vez presionaban a Madero, advirtiéndole que no querían a Zapata y que si no se le combatía, ellos lo iban a hacer con sus propias fuerzas. Había desprecio, odio hacia el hombre que había atrofiado su modus vivendi. La prensa porfiriana - tal vez comprada - se sumó: Emiliano era el “Atila del sur” y encabezaba a una horda de indios bárbaros.


Madero visitó el Estado de Morelos el 12 de junio, se dice que a sugerencia de Zapata. En esa gira asistió a un banquete en el Jardín Borda, en el Centro de Cuernavaca, a donde acudieron como invitados diversos hacendados azucareros. Emiliano decidió no asistir como comensal y pacientemente, mejor lo esperó afuera para dialogar. Poco obtuvo, Madero le reiteró su postura de que las tierras sólo se podían restituir a partir de su revisión legal y le señaló que el desmantelamiento de sus tropas y la entrega de armas tenían que hacerse en forma inmediata.


Los hacendados le habían calentado la cabeza a Madero, diciéndole que las huestes zapatistas sólo saqueaban propiedades y patrimonios; que la mejor prueba era Cuautla que se encontraba en buena parte destruida por su violenta irrupción en mayo. El jefe suriano comprendió que la mediación de Madero lo movía de un extremo a otro, por lo que las cosas todavía estaban por decidirse. Contravenirlo, en ese contexto, era lo menos adecuado:


 “Así el desarme empezó a las afueras de Cuernavaca. Los campesinos rebeldes cambiaban sus armas por una carta de agradecimiento por su servicio y un pago de diez o quince pesos”. (13) ¿Qué armas podían deponer las gentes de los pueblos? Escopetas viejas y machetes.


El espíritu conciliador, en lugar de calmar, exacerbó los ánimos entre los antagonistas. Las intrigas crecieron: primero, se esparció el rumor de que el máximo líder de la revolución le había ofrecido a Zapata la Comandancia de la Policía Rural Federal del Estado de Morelos con tal de que licenciara a su ejército y pospusiera su demanda agraria, lo que enfureció a los hacendados; luego, que Zapata se había apropiado de la armería del Estado para acopiarse de carabinas, fusiles y pertrechos; y finalmente que había ordenados ataques en tal o cual parte. La prensa arreció su campaña de desprestigio y lo que menos quería Zapata era que se enviaran tropas federales a su Estado.


El líder suriano se vio obligado a viajar a la Ciudad de México el 21 de junio para reiterarle sus adhesión a Madero y para que le hiciera ver a León de la Barra que las noticias sobre una nueva insurrección eran falsas. Se dio tiempo, incluso, para hacer la siguiente declaración en el Diario del Hogar, poniendo en claro quienes estaban atrás de las falacias en su contra:


“Que no comprendía por qué los periódicos hablaban tan mal de él; que no fue a la revolución por robar; pues no lo necesitaba teniendo tierras que son suyas desde mucho antes; que los hacendados lo atacan porque quitó de sus manos a los peones, a los que pagaban míseros jornales”. (14)


Plano general de Francisco I. Madero, saludando desde un coche a la entrada de Cuernavaca, Emiliano Zapata a la derecha. Fuente: AHUNAM.
Plano general de Francisco I. Madero, saludando desde un coche a la entrada de Cuernavaca, Emiliano Zapata a la derecha. Fuente: AHUNAM.

Huerta contra Zapata, agosto a octubre de 1911


Todo fue en vano, el 9 de agosto, León de la Barra le ordenó al general Victoriano Huerta que marchara al frente de una columna con la consigna de acabar de una vez por todas con Zapata y su ejército. Se trataba de una campaña bien planeada, con un contingente de más de mil militares, además venía con artillería y con las mejores armas disponibles del ejército. Al frente estaba un militar graduado, especializado en artillería, y sobre todo, experimentado y temible: había participado en la guerra de exterminio contra yaquis y mayas y otros pueblos nativos.


La intención de Huerta era clara, buscó por todos los medios detonar el conflicto para masacrar a los bandidos, tal como calificaba a Zapata y a sus huestes. Ese objetivo coincidía con lo que querían los hacendados: se les debía abatir para acabar de una vez por todas con esa amenaza. Sobre el desarme que se había convenido el 13 de agosto, Huerta pensaba que no era más que una farsa:


“El desarme…es irrisorio…hay individuos que se presentan con un cuchillo amarrado con un mecate en el extremo de un palo. Otros presentan fusiles viejos enteramente inservibles… Así pues señor presidente esto no es más que una farsa en grande escala patrocinada por el señor Madero. (No queda más solución que perseguir a Zapata) hasta ahorcarlo o echarlo fuera del país”. (15) 


El comandante federal siguió concentrando fuerzas, el día 13 de agosto se incorporó el 29° batallón a las órdenes del general Aurelio Blanquet, solicitada por él. Las fuerzas del ejército federal se había ampliado rápidamente a más de tres mil efectivos, todo parecía que iba a iniciar un embate a gran escala. Zapata reaccionó con una carta, dirigida a Francisco I. Madero, misma que publicó el Diario del Hogar el 18 de agosto. En esta misiva calificó a la revolución maderista como una “revolución a medias”:


“Causa mucha indignación en pueblo y ejército el amago de las fuerzas federales que están con intención de ataque contra nosotros. Si se derrama sangre, no seré yo el responsable, pues usted comprenderá se trata de asesinar los principios que usted proclamó… Yo he querido á todo trance la paz de nuestro suelo; pero los hacendados científicos… intrigan con el Supremo Gobierno para que nos asesinen por una petición justa. Si la revolución no hubiera sido a medias y hubiera seguido su corriente, hasta realizar el restablecimiento de sus principios, no nos veríamos envueltos en este conflicto; sin embargo, tengo fe que usted solucionará este asunto que… conmoverá al país entero cuando sepa el derecho que defendemos”. (16)


También le mandó carta a León de la Barra, casi en los mismo términos, pero añadiendo consideraciones importantes:


“Señor: La presencia de las fuerzas federales ha venido a trastornar el orden público. El pueblo se indigna cada vez más con su presencia y amago: ruego a usted, en bien de la patria, ordene el retiro de las fuerzas federales y yo haré la paz en veinticuatro horas… Aún es tiempo de que se evite un derramamiento de sangre inútil y espero de su patriotismo que usted lo evitara”. (17)


Madero reactivo, le contestó a Zapata que estaba seguro de solucionar el conflicto de buena forma, que ya lo había acordado con el supremo gobierno; además le pide que le tenga fe, como se la tiene a él. “En prueba de lo cual voy a estar (con usted) a pesar de que mi vida peligra yendo allí… Saldré esta tarde a las 4 p. m. en tren especial”. (18) Queda claro que Madero era un hombre valeroso. Buena fe no significa cobardía.


Zapata también desconfiaba, sabía que esa reunión podía convertirse en una celada, no se equivocaba esa era la intención de Huerta, el plan era cercar a Zapata, con la pérfida complacencia de León de la Barra.


Al llegar a Cuautla, en un abrazó efusivo, Madero llamó a Zapata su integérrimo general, luego se reunieron formalmente para acordar en el Hotel Mora. Zapata puso en claro que no podía deponer las armas ante el ejército federal, que ello ponía en riesgo la vida e integridad de su gente; que era indispensable que las tropas de Huerta se retiraran del Estado de Morelos y que la seguridad pública del Estado estuviera a cargo de milicias más confiables.


Madero convino casi en todo: que las fuerzas revolucionarias de los Estados de Veracruz e Hidalgo se iban a hacer cargo de asegurar la paz pública; que se iba a nombrar a Raúl Madero como jefe de armas o comandante militar del Estado de Morelos; y que se le iba pedir la renuncia a Juan Nepomuceno Carreón, de quien Zapata desconfiaba y en su lugar, como gobernador provisional, se iba designar a Eduardo Hay.


La reunión se tornó tensa y peligrosa, sobre todo para Madero, pues mientras el acordaba, Huerta continuó con el plan trazado, avanzando hacia Yautepec para atrapar a Emiliano y al séquito que lo acompañaba. Esos momentos de tensión los describen cronistas e historiadores del zapatismo:


(Enterado Zapata de los movimientos del ejército federal, con justa indignación) le preguntó a Madero “dónde estaba la autoridad del jefe de la Revolución y añadió acuérdese usted, señor Madero, que al pueblo no se le engaña y si usted no cumple sus compromisos, con las mismas armas que lo elevamos, lo derrocaremos.


Madero le contesto: No, General Zapata, voy a México y arreglaré todo. Esta actitud de Huerta ni yo mismo me la explico. (19)


Zapata le advirtió premonitoriamente que estaba siendo copado por fuerzas conservadoras y que él mismo se estaba exponiendo a la abyección:


“Se me hace que no va a haber más leyes que las muelles, mientras se siga desarmando a los elementos revolucionarios y se les dé apoyo a las fuerzas federales, la revolución y usted mismo están en peligro. Claro vemos que cada día se entrega usted más en manos de los enemigos de la revolución”. (20) 


Eufemio Zapata también intervino, sugirió la conveniencia de aprehender a Madero, añadiendo que estaba "muy tierno para jefe de la revolución, sería bueno quebrarlo". Emiliano respondió: "¡No Eufemio!, sería una grave responsabilidad para nosotros y no debemos cargar con ella". Entonces se dirigió a Madero: “déjenos aquí, nosotros nos entenderemos con los federales, ya veremos cómo cumple usted cuando suba al poder" (21) 

  

Es difícil entender a Madero, su fortaleza moral había encauzado al país contra un régimen que se había perpetuado por más de treinta años, cuyo soporte había sido la injusticia, la desigualdad y la opresión. En su buena fe, no quiso comprender que Huerta era un fiel adherente del antiguo régimen, que con las prácticas habituales quería imponer la pacificación de la región, haciendo un uso indiscriminado de la fuerza, sembrando el terror y la desolación. Esa fe de Madero lo hacía perdonar hasta el desacato y la mentira, ante la evidencia no quiso entender cabalmente que lo que se estaba gestando era la traición: el desarrollo embrionario de su propia inmolación.


En octubre 26 de 1911, recordando el tenso evento de Cuautla, Francisco I. Madero hace la siguiente declaración:  “Si las fuerzas federales no han podido obrar contra Zapata es, en primer lugar, porque es muy difícil que las tropas de línea persigan a partidas como las de Zapata y en segundo, porque el jefe que estuvo la mayor parte del tiempo al frente de las fuerzas federales lo era el general Huerta, quien observó una conducta verdaderamente inexplicable por cuyo motivo, desde un principio, propuse yo que fueran dichas fuerzas dirigidas por otro jefe; pero tampoco se tuvo en cuenta mi indicación”. (22)


En octubre 31 de 1911, Madero en respuesta a una misiva remitida por Victoriano Huerta, reitera: “…cuando estaba yo en Cuautla, en los arreglos con Zapata, siguió usted avanzando a Yautepec y acercándose a Cuautla sin recibir órdenes expresas del Presidente de la República, ni del Sub- Secretario de Guerra, con lo cual entorpeció usted mis gestiones y al fin se rompieron las hostilidades haciendo infructuosos mis esfuerzos y hasta habiendo puesto en peligro mi vida, pues Zapata muy bien hubiera podido creer que yo lo engañabaporque de Cuernavaca le telegrafié que usted no avanzaba sobre Yautepec…y después le dije que las tropas de usted no se acercarían a Cuautla y habiendo sido lo contrario…” (23)


Plano general de la llegada de Victoriano Huerta y del general Gabriel Hernández acompañados de sus escoltas miembros del Estado Mayor, enviados por el presidente Francisco León de la Barra. Fuente AHUNAM.
Plano general de la llegada de Victoriano Huerta y del general Gabriel Hernández acompañados de sus escoltas miembros del Estado Mayor, enviados por el presidente Francisco León de la Barra. Fuente AHUNAM.

San Juan de los Ríos y el triunfo del general caporal


El sabotaje de Huerta y de León de la Barra echó frutos, en la última semana de agosto se inició un ataque atroz contra los pueblos de Morelos, utilizando las mismas tácticas de exterminio empleadas contra el Pueblo Yaqui, en Sonora: tierra arrasada y juicios sumarios. Huerta también era un adicto a la felonía:


“El día 1° de septiembre se trabó el primer combate entre fuerzas de Federico Morales y las del general Zapata. Se hallaba este invitado a comer por el administrador de la hacienda de Chinameca, —ya en connivencia con Huerta—, y ambos estaban sentados a la mesa cuando el guerrillero recibió el aviso de que una considerable fuerza de caballería rodeaba la finca. Al mismo tiempo se oyó un nutrido tiroteo sostenido entre quienes pugnaban por apoderarse de la casa y las fuerzas del general Zapata que trataban de impedirlo. El general escapó a pie, entre los cañaverales y pudo salvarse gracias a su conocimiento del terreno”. (24)


Otra versión más amplia indica que Ambrosio Figueroa participó en la trampa; que él fue el que contactó al administrador de la Hacienda de Chinameca, con quien Zapata tenía cierta amistad, debido a que antes lo había propuesto como gobernador del Estado de Morelos. Womack, por su parte, señala que el jefe encargado de ejecutar la emboscada, Federico Morales, “estúpidamente ordenó una carga contra la guardia de la puerta del frente: Zapata había oído los disparos y, como conocía los terrenos de la hacienda, se había escapado del edificio principal y había echado a correr por los cañaverales que quedaban detrás del mismo”. (25)


Escena de Batalla, fuerzas federales avanzaron para copar a zapata en Villa de Ayala o Chinameca. Fuente: AHUNAM
Escena de Batalla, fuerzas federales avanzaron para copar a zapata en Villa de Ayala o Chinameca. Fuente: AHUNAM

Ambrosio ya se entendía con Huerta y León de la Barra lo había propuesto como gobernador y comandante militar del Estado el 9 de agosto, cargos que asumió, formalmente, el 4 de octubre, con la aprobación del Senado de la República. El estratagema era sencillo: “enfrentar a dos elementos insurgentes, aprovechando el antagonismos que entre ellos existía”.


Vaya que había diferencias: a Ambrosio sólo le interesaba la parte política, crecer con el remolino de la revolución, aunque la polvadera fuera muy turbia; Zapata perseguía un fin más alto, que se le hiciera justicia a los suyos, por eso era querido en los pueblos. Ambrosio se vendía al mejor postor, la gente lo veía más como un empleado al servicio de los hacendados y de Huerta. Zapata lo detestaba, así lo expresó:


“No me confundan con Figueroa, quien no es más que un miserable, un hombre mísero motivado solamente por dinero y poder… Yo me he levantado en armas no para hacerme rico, sino para defender y llevar a cabo el sacrosanto deber del honesto pueblo mexicano y estoy para morir cuando sea. Yo (tengo) la conciencia en paz”. (26)


Zapata ya no podía estar en el Estado de Morelos, de modo que se desplazó hacia la Baja Mixteca. Huerta en forma rauda había neutralizado a los seis distritos del Estado de Morelos y, sobre todo, había cortado la principal ruta de acceso hacia Izúcar de Matamoros y Chiautla de Tapia, al mandar previamente efectivos al pueblo de Axochiapan. Eso hace pensar que Zapata con su escolta, probablemente de cincuenta hombres, después del atentado de Chinameca hayan subido por la Sierra de Morelos para continuar por la Baja Mixteca poblana y los pueblos de la Montaña de Guerrero; estableciendo posteriormente campamentos en Jicotlán, Chila de la Sal y San Juan de los Ríos.


Huerta, por su parte, sabía que Zapata se había trasladado hacia la región donde históricamente se habían reagrupado los ejércitos de José María Morelos y Pavón y del mismísimo Porfirio Díaz; ahí donde fue aprehendido el insigne insurgente Miguel Bravo. Eso lo hizo establecer una base en Chiautla, persiguiéndolo hacia territorios montañosos y cruzando los torrentes que se forman en los ríos Mixteco y Atoyac durante las lluvias de agosto y septiembre. Había escaramuzas, pero no batallas frontales; lo que enardecía al ejército más disciplinado de Huerta y a sus oficiales.


Inopinadamente, desde San Juan de los Ríos, Zapata remite un memorial o manifiesto que en forma “clandestina” es difundida en los pueblos y que lo publica el Diario del Hogar, junto con el Plan de Ayala, hasta mediados de diciembre. Por la importancia de este manifiesto, que es un antecedente del Plan de Ayala, conviene reproducir sus principales puntos:


“I. Reconocemos y respetamos al C. Francisco L. de la Barra, actual Presidente provisional de la República.

III. Pedimos que evacúen las Plazas que actualmente están ocupando las fuerzas federales en los Estados de Morelos, Puebla, Guerrero y Oaxaca.

V. Que se dé a los pueblos lo que en su justicia merecen, en cuanto a tierras, montes y aguas que ha sido el origen de la presente Contrarrevolución.

Sufragio Efectivo No Reelección.

Sn. Juan del Río, Septiembre. 26, 1911.

[FIRMADO]: Emiliano Zapata, Eufemio Zapata, José Trinidad Ruiz, Agustín Quiroz, Jesús Jáuregui, Emigdio L. Marmolejo, José Cruz, Jesús Navarro, José Rodríguez, Jesús Sánchez, José Vergara, Mariano Rodríguez, Próculo Capistran, Amador Salazar”. (27)


Llama la atención el uso de la palabra “contrarrevolución”, en realidad, se estaban refiriendo a la lucha contra la revolución maderista; haciendo hincapié que su causa fundamental era el reparto agrario. El desafío contra el máximo líder de la Revolución se había abierto, pero dejaba impoluta la mano perversa de León de la Barra, cuyo contubernio con Huerta era notorio.  


Madero tampoco se daba cuenta que el presidente provisional jugaba veladamente en su contra, lo creía una persona honorable cuando en realidad era un taimado: logró el enfrentamiento que quería; en realidad, pretendía más: eliminar a los dos y casi lo logró en Cuautla. Zapata supo contenerse a pesar de que aborrecía la traición; quien había ordenado el avance de las tropas federales hacia Cuautla mientras ambos acordaban fue este discípulo de “Fouché”, experto en intrigas palaciegas.

Sobre las tropas zapatistas se comenta que no parecían formar parte de un ejército, ni siquiera estaban uniformados. En efecto, con la excepción de algunos cuantos “elegantes”, vestían con camisas y calzones de manta; calzaban huaraches rústicos cruzados con tiras de correa; y se cubrían con sombreros de ala ancha, tejidos con palma de zoyate o petate. Esa se convirtió en la imagen honesta de un pueblo que clamaba justicia.


Esa apariencia ocultaba la presencia de un verdadero ejército popular que atacaba sorpresivamente, con una movilidad envidiable y fugaces retiradas; también de un ejército que simulaba enfrentamientos y que utilizaba señuelos y tácticas de engaño cuando se veía en peligro. Estas estrategias requerían de un conocimiento profundo de los territorios y sobre todo, del apoyo de los pueblos. Todo lo anterior se puso en práctica durante octubre de 1911, cuando las huestes de Huerta cruzaron la barrera ribereña de San Juan de los Ríos para cazar a Emiliano. Se cita a continuación a Gildardo Magaña:


“En Chila estableció Huerta su cuartel general; su columna hizo exploraciones en la siguiente forma: el capitán González, por el camino de Chiautla; el mayor Ocaranza, por Las Pilas; el capitán Antonio Priani, por La Pastora; el capitán Rodrigo Paliza, por Jicotlán; el capitán Pérez, por Tulcingo…


De Tulcingo continuó la marcha de la columna federal, por Huehuepiaxtla; el día 3 se registró un encuentro con fuerzas mandadas exprofeso por el general Zapata, quien con el grueso de sus tropas se replegó hacia Tehuitzingo, donde esperó a la columna federal y le presentó combate, el día 4. Era la oportunidad que el general Zapata esperaba para desarrollar un plan que había concebido. Parte de su gente simuló una retirada de Tehuitzingo a Acatlán, hacia donde Huerta continuó su marcha al día siguiente, mientras que el general Zapata, a marchas forzadas y por caminos poco frecuentados, regresó al estado de Morelos en donde habían quedado escasas guarniciones en poblados de importancia y en algunos lugares que juzgó estratégicos el jefe de las fuerzas federales”. (28)


Cuando Huerta cayó en el garlito, desde la zona montañosa de Tehuitzingo, Zapata regresó casi por el mismo camino hasta Tulcingo de Valle, para luego hacer una travesía heroica por los caminos alternativos que se tenían durante el apogeo de la “feria de Acapulco” en la época colonial para llegar al Altiplano mexicano. Tal vez lo hizo sólo con una escolta previamente seleccionada y con hombres que conocían los caminos reales y de herradura, entre cañadas, barrancas y vados de ríos. En San Juan de los Ríos ya se había unido al ejército del Sur Agustín Quiroz (tío de Gilberto Bosques) y probablemente también Manuel Vergara, Francisco Mercado y Zeferino Vergara Cuacuamoxtla (“Chelino”), además de otras gentes de la región, quienes conocían como la palma de la mano los terrenos accidentados de la Mixteca chiauteca.


Por desgracia, a diferencia de las rutas de campaña de Morelos, no se conoce el itinerario histórico de Zapata. Me atrevo a proponer las siguientes dos rutas:


  1. Después de que las tropas de Huerta siguieron al grueso de su ejército, regresó de Tehuitzingo, tocó Huehuepiaxtla y rodeó Tulcingo, para subir por caminos de herradura a Huamuxtitlán; y luego se dirigió a Olinalá. De este último punto partió hacia Ixcamilpa, para proseguir por Coacalco, Pilcaya, Cohetzala, Mitepec, Huachinantla, Jolalpan y Teotlalco; de ahí, dependiendo de que estuviera o no resguardado Axochiapan por tropas federales, pudo haber llegado a ese pueblo; o subir por la ruta minera y arribar a Morelos por Huautla y Chinameca.


  2. De Cohetzala se pudo tomar la ruta que va hacia Huehuetlan el Chico y encaminarse hacia Tepoxmatla, para de ahí tomar el antiquísimo camino real a Jolalpan (ahora inexistente) y optar en Teotlalco, por las subrutas antes señaladas: Axochiapan o la Sierra de Morelos.


Cualquiera de las dos rutas tomadas en la Baja Mixteca chiauteca pudieron ser probables, más teniendo como guías a los Vergara, a Manuel y a “Chelino”, este último originario de la estancia de Cuajinicuila, cerca de Pilcaya. Estamos hablando de que Zapata recorrió aproximadamente trescientos veinticinco kilómetros en alrededor de ocho o diez días.


De ahí hizo algo inconcebible, con la gente que se le había unido en la Mixteca chiauteca y en el Estado de Morelos, amagó con atacar Cuautla para atraer a las fuerzas federales y evadirlas. En forma intrépida avanzó hacia la Ciudad de México, llegando el 23 de octubre a Milpa Alta; esto dejó como mendaz e incompetente a Victoriano Huerta; quien en forma sorpresiva, el 6 de octubre, había sido depuesto de su cargo como comandante militar.


En su “Informe de Campaña”, Huerta indicó que había sido una campaña exitosa de ocupación; después, ante los reclamos fundados de Madero, le dirigió una carta refiriendo que siempre había contado con la aprobación del presidente de la República, León de la Barra y agregó que había batido victoriosamente al enemigo y conseguido la pacificación del Estado de Morelos. Huerta renunció al ejército al finalizar octubre; León de la Barra no le aceptó la renuncia y Madero lo mantuvo en el ejército una semana más tarde ¿Qué difícil es entender a Madero?


La alarma cundió en la Ciudad de México, Zapata les respiraba ahora en la nuca, haciendo evidente la ineptitud y torpeza militar de sus pérfidos enemigos. Ambrosio Figueroa, el gobernador y jefe militar del Estado de Morelos se justificó de la siguiente forma:


“La campaña en contra de las tropas zapatistas ha sido tan activa como ha sido posible; pero porque ellos nunca dan la batalla y, cuando se les encuentra, se dispersan en el bosque y en las montañas al ser atacados, sólo para aparecer después en pequeños grupos en distintos lugares; no ha sido posible erradicarlos, porque las fuerzas persecutorias no se pueden dividir en tantas unidades como las fuerzas rebeldes”. (29).


El Congreso de la Unión plagado de porfiristas cayó en la histeria, véase lo que exclamó José María Lozano:


“Estas tropas poseen los Anillos de Giges; ellos son invisibles hacia las fuerzas federales; ellos los tienen corriendo de un lado para el otro de un pueblo al siguiente… Emiliano Zapata no es un delincuente ante la irredenta clase campesina que levanta sus armas en señal de libertad, Zapata asume las proporciones de Espartaco, él es un vindicador, libertador de esclavos…; él ya no está solo, él ha ganado seguidores y ha reclutado a muchos… Zapata está en las puertas de la Ciudad de México… Él es una gran amenaza a la sociedad, diputados, él es, simplemente, la oscuridad debajo de la tierra, y él se ha levantado para manchar la luz de la superficie”. (30)


¿Un nuevo Espartaco? Nada mal, aunque lo que buscaba era denostarlo. Hay algo que trasciende: Zapata, el general que antes domaba caballos con su ejército de humildes campesinos y peones, había vencido al general de carrera, al reconocido artillero, con su ejército disciplinado y bien equipado. Los humildes habían vencido otra vez al rancio porfirismo; no obstante, las esperanzas hacia el maderismo se habían eclipsado ¡La revolución tenía que continuar!


Plano general en donde aparen las fuerzas del "Ejército Libertador del Sur", bajo las órdenes de Emiliano Zapata. Fuente AHUNAM, fotografía Casasola
Plano general en donde aparen las fuerzas del "Ejército Libertador del Sur", bajo las órdenes de Emiliano Zapata. Fuente AHUNAM, fotografía Casasola

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(1)         Guillermo Samperio. “Almazán, el único general revolucionario”.  Editorial Lectorum, México, 2011, pp. 178 y 179.

(2)         Paul Hart. “Emiliano Zapata: El revolucionario social mexicano”. (Traducción de José Manuel González Izquierdo). Tirant lo blanch. Poder Judicial del Estado de México, edición digital, p. 61

(3)         Porfirio Díaz. “Carta de renuncia, 25 de mayo de 1911. INHERM, artículos históricos, pp. 1 y 2.

(4)         Heraclio Bernal. “1985, Plan de la Rastra” en Doralicia Carmona Dávila, Memoria política de México, Edición perenne, 2026.

(5)         Cita tomada de Antonio Díaz Soto y Gama. “La revolución agraria del sur y Emiliano Zapata su caudillo. INHERM, Clásicos del zapatismo, México 2019, p. 127.

(6)         “Convenio de Ciudad Juárez” en Doralicia Carmona Dávila, Memoria política de México, Editorial Perenne, 2026.

(7)         Antonio Díaz Soto y Gama. Op. Cit., p. 131

(8)         Ibidem, p. 131.

(9)         John Womack Jr. “Zapata y la revolución mexicana”. FCE, Selección de obras históricas, Edición digital, 2017, p. 126.

(10)      Guillermo Samperio. Op. Cit., pp. 74 y 75.

(11)      Paul Hart. Op. Cit., p. 66

(12)      Ibidem, p. 66.

(13)      Ibidem, p. 68.

(14)      Antonio Díaz Soto y Gama. Op. Cit., p. 136

(15)      Arturo Langle Ramírez. “Huerta contra Zapata: Una campaña desigual. UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, p. 39.

(16)      Primera Plana del Diario del Hogar, México, Viernes, 18 de agosto de 1911.

(17)      Arturo Langle Ramírez. Op. Cit., p.30.

(18)      Primera Plana del Diario del Hogar, México, Viernes, 18 de agosto de 1911.

(19)      Valentín López González. Biografía ampliada de Emiliano Zapata, Morelos, México, en Democracia México, 23 de enero de 2014. (Documento en Internet).

(20)      Ibidem.

(21)      Ibidem.

(22)      Gildardo Magaña. “Emiliano Zapata y el agrarismo en México. Tomo II. INHERM, Colección Clásicos del zapatismo, Primera edición electrónica, 2019, p. 53.

(23)      Ibidem, p. 65.

(24)      Ibidem, p. 15.

(25)      John Womack Jr. Op. Cit., p. 121

(26)      Paul Hart. Op. Cit., p.87

(27)      28 de septiembre de 1911, en Doralicia Carmona Dávila, Memoria política de México, Editorial Perenne, 2026.

(28)      Gildardo Magaña. Op. Cit., p. 28.

(29)      Paul Hart. Op. Cit., p.86

(30)      Ibidem, p. 85.

 

 
 
 

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