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Chiautla y Tlanichiautla, origen y construcción espiritual. Capítulo 25

13 ago
34 min de lectura

Actualizado: 16 ago

Gildardo Cilia López


Ex hacienda azucarera de San Juan Colón, Izúcar de Matamoros, Puebla (Archivo fotográfico de G.C.L.)
Ex hacienda azucarera de San Juan Colón, Izúcar de Matamoros, Puebla (Archivo fotográfico de G.C.L.)

¿La ideología de Madero?


“Muertes paralelas” es el título de un prólogo de Octavio Paz Lozano a tres testimonios escritos sobre Francisco I. Madero, Francisco Villa y Emiliano Zapata.  El testimonio de Madero lo escribió Juan Sánchez Azcona; el de Villa, Ramón Puente; y el de Zapata, Octavio Paz Solórzano. Sobre la biografía del revolucionario del Sur, Paz opina que es una narración prolija en datos, pero deshilvanada; haciendo mención que su padre buscaba ante todo condenar a los enemigos y absolver a los suyos, es decir, a los zapatistas.


Destaco dos pasajes del testimonio de Paz Solórzano: 1) la ejemplar descripción que hace de Chiautla de Tapia y la subsecuente narración de la toma de esa Villa,  episodio que transformó la rebelión de un puñado de hombres en una insurgencia popular; y 2) el bosquejo que hace de Zapata como un charro morelense en toda la extensión de la palabra: en su vestimenta, en su pasión por las “charreadas” y por los caballos (poseía soberbio caballos, según Paz Solórzano); además de tocar un punto poco conocido de él: su preferencia por la lectura y la narración histórica.


El conocimiento profundo de la historia de su comunidad puso en claro en Emiliano que luchar significaba, ante todo, recuperar lo que originalmente le pertenecía a los pueblos: tierras, aguas, bosques y pastos. Sabía del arrojo de los “plateados” y de otros bandoleros, pero comprendió que en ellos no había esencia, que todo movimiento debía ir más del lucro individual y del simple daño a las propiedades; que la violencia sólo se podía justificar si se constituía en cauce para alcanzar la justicia. A él - por consenso - lo eligieron como representante de los intereses de Anenecuilco, su pueblo; en consecuencia, su deber era darle continuidad a esa larga lucha histórica por la restitución de tierras.


El propósito de este texto es dar una visión histórica de México desde la perspectiva de un pueblo inveterado, como lo es Chiautla de Tapia, ubicado en la frontera suroriental del Estado de Morelos. Madero y Zapata influyeron significativamente en los acontecimientos de esta región durante la Revolución mexicana; por eso las referencias de Octavio Paz Lozano en su prólogo resultan imperdibles. Sobre el mártir de la democracia opina:


"Madero no fue cruel ni despiadado…, su benevolencia lindó con la miopía y su tolerancia abrió la puerta de la jaula de las fieras: Huerta y los otros. Hay un aspecto de la personalidad de Madero que Sánchez Azcona no toca: sus creencias religiosas y filosóficas, su teosofía y su espiritismo”. (1)


Siempre he creído en el espíritu bondadoso y luminoso de Madero. Concibo que su misticismo se tradujo en tratar de encontrar la verdad del ser humano a partir del destello de luz espiritual que cada quien lleva en su interior y que posibilitan la fraternidad, la evolución y el renacimiento dentro de un ámbito universal armonioso. Si el espíritu crece y se ilumina es porque el universo se expande y esa expansión se refleja positivamente en el alma de cada ser. No hay lugar para el mal; de ser así el universo en lugar de expandirse, se contraería; esto es, llevaría a un ensombrecimiento del ser, de su espíritu y de su raciocinio.


El plano superior de la conciencia es el sincretismo de varias tendencias filosóficas y religiosas: el neoplatonismo, el budismo, el hinduismo y el esoterismo; por lo tanto, es más que un simple dogma teológico, lleva a una forma de ver las cosas, a un estilo de vida. Se puede cuestionar, pero se sustenta en la búsqueda del bien a partir de lo que es inmaterial o intangible, como lo es la libertad misma. Madero, así, el hombre que creía en la bondad universal se enfrentó o se vio acechado por demonios que hacían a un lado lo consustancial al espíritu y que centraban sus vidas en los jugosos y malditos bienes materiales, así como en los beneficios que genera el poder terrenal.


Cuando Madero llamó a luchar contra la tiranía de Díaz, vio ese acto como un deber moral, como un “dharma”. Reprodujo, en él, el drama ético de Arjuna: era un hombre que aborrecía la violencia, pero su espiritualidad le indicaba que debía liberar a los hombres de la tiranía; la guerra sólo era un acto para restaurar la libertad, por lo tanto, con el imperio de la libertad la violencia sería sólo un episodio transitorio: el espíritu de cada hombre, por sí mismo, la ahuyentaría. La guerra inevitable llevaría el estado de las cosas a un orden superior, donde los valores morales someterían a las pasiones perversas. Arjuna, fue el seudónimo que utilizó Madero en sus artículos espiritistas y de filosofía oriental.


Los últimos resabios de ese Arjuna parecieron extinguirse en noviembre de 1911 y los demonios de los kauravas se apropiaron de él hasta agosto de 1912. Fuera de toda concepción neoplatónica, espiritista o esotérica, Friedrich Katz, hace volver al mundo real, al advertir:


“Muchos observadores contemporáneos y más tarde algunos historiadores han visto en la actitud de Madero una expresión de ingenua falta de realismo. Su declaración: <Si tenemos libertad, todos nuestros problemas están resueltos> se cita como demostración de que, en realidad, no tenía ningún programa para asegurar la estabilidad o resolver los males sociales y económicos que agobiaban al país”. (2)


Madero les dijo algo más a los obreros de Orizaba en su campaña presidencial de 1911:


“Del gobierno no depende aumentaros el salario ni disminuir las horas de trabajo… no es lo que vosotros deseáis; vosotros deseáis libertad… vosotros no queréis pan, queréis únicamente libertad, porque la libertad os servirá para conquistar el pan”. (3)


¿Libertad para conquistar el pan? Ese es uno de los grandes debates epistemológicos de la ciencia económica. En este caso el orden de los factores si importa, en lo particular, las vertientes clásicas y otras más recientes, como la “teoría del bienestar”, conciben que la mayor libertad depende en sumo grado de las condiciones materiales de existencia; es decir, se alcanza una mayor libertad si se tienen mejores salarios y si se reducen las jornadas de trabajo; ello permite tener una mayor capacidad de elección sobre lo que se puede hacer o adquirir y contar con mayor tiempo para la recreación y el disfrute espiritual. La reducción de la jornada laboral constituye uno de los mayores logros civilizatorios; esa lucha continua de la clase obrera ha impulsado cambios significativos en la productividad, sustentados en el conocimiento científico y en la innovación tecnológica.


El contexto histórico es importante, cuando Madero pronunció su discurso, lo hizo en una etapa de explotación salvaje en donde persistían: salarios de miseria, jornadas de 12 a 16 horas, trabajo infantil y acasillamiento laboral, que incluso, por deudas, se heredaba a los hijos. La libertad de la que hablaba Madero no era más que un concepto vacío, sin sentido; era un sofisma que en su voz, por su buena fe, debe creerse que carecía de sarcasmo. Katz añade:


“No es un soñador fuera de este mundo, movido por abstractas influencias espiritistas, sino más bien un político perfectamente coherente que reflejaba en su visión del mundo la ideología de la clase terrateniente teñida de una buena dosis de filantropía.


Madero compartía dos convicciones fundamentales con los científicos porfiristas: … que sólo un flujo continuo de capitales extranjeros le permitiría a México modernizarse; y … que para modernizar la agricultura mexicana eran indispensables las grandes propiedades agrarias. Las haciendas, por supuesto, debían ser administrados por hacendados, justos y generosos, (capaces de abolir, por sí mismos,) la servidumbre por deudas”. (4)


Dos temas que han rebasado el tiempo de Madero, que siguen siendo motivo de intensas polémicas: abrirse o no a la inversión extranjera sin imponer restricción alguna, aun cuando se trate de bienes estratégicos para mantener la soberanía nacional o de bienes necesarios que no pueden estar sujetos a procesos que desvirtúen su comercialización o precio.  Durante la revolución mexicana había otro elemento más que causaba malestar: los obreros y trabajadores mexicanos eran tratados de una manera distinta a los obreros extranjeros, rompiéndose la regla básica de la equidad: a trabajo igual salario igual.


El memorándum redactado por el líder obrero Esteban Baca Calderón en la huelga de Cananea de 1906 exigía: elevar el salario de tres a cinco pesos diarios, ya que los obreros extranjeros recibían siete; jornadas de trabajo de 8 horas; destitución de capataces que mostraban odio y maltrato hacia los obreros mexicanos; y mejores oportunidades para ocupar puestos de mayor responsabilidad y categoría. Madero como empresario se destacó por su bonhomía: ofrecía buenos salarios y mejoraba las condiciones de existencia de sus trabajadores mediante buenas prácticas laborales; pero esa utopía no la hizo extensiva hacia la clase obrera en general; lo que provocó discrepancias con los sectores radicales de la revolución.


El otro tema referido por Katz lleva a la disertación sobre si la modernización y la subsecuente rentabilidad de la producción primaria, fundamentalmente la agrícola, depende del tamaño de la propiedad. Ese no era el problema, según la carta aclaratoria de Madero dirigida al director de “El Imparcial” y publicada por este periódico, creía que era posible impulsar un sistema alterno o complementario de pequeñas propiedades. Dotar de tierras, sí, pero conforme a la ley y los juicios agrarios, lo que llevaba al aletargamiento del reparto agrario.


Si se quiere ser severo con Madero, habría que decir que convocó a una revolución sin saber qué eso implicaba una efectiva ruptura con el viejo orden, así como configurar un proyecto alternativo que hiciese coincidir la real vigencia de los derechos universales del hombre con la elemental justicia social que requería una República con tantos y graves rezagos sociales. También requería de intuición política: de esa capacidad que permite distinguir a los verdaderos amigos de los enemigos. Fueron los hipócritas los que lo llevaron a la muerte mediante una terrible sedición. Hizo lo imprevisible, alejó a los que lo querían, a los que le hablaban de frente y le advertían; además, imprudente, los expuso a las peligrosas fauces de las hienas: “General Huerta aquí mi amigo me está diciendo esto de usted, ¿es cierto?”


Zapata lo dijo de esta forma: “Madero se abrazó de sus enemigos y se alejó de sus amigos”. En una carta dirigida a Gildardo Magaña, el 2 de marzo de 1912, hizo un juicio más severo: “Francisco I. Madero se ha convertido en el principal enemigo de la revolución”.



El rostro de bronce


Sin querer ver ni oír, todo fue en vano; lo que expresó el Bloque Liberal Renovador, grupo parlamentario estrechamente vinculado a Gustavo A. Madero, no fue más que la expresión fehaciente de lo que opinaban los grupos progresistas: para ellos las concesiones de Francisco eran la causa de la desviación del cauce revolucionario:


“La Revolución va a su ruina, arrastrando al gobierno emanado de ella, sencillamente porque no ha gobernado con los revolucionarios. Sólo los revolucionarios en el Poder pueden sacar avante la causa de la Revolución. Las transacciones y complacencias con individuos del régimen político derrotado son la causa eficiente de la situación inestable en que se encuentra el gobierno emanado de la Revolución”. (5)


El colmo fue la lealtad que le tuvo al ejército federal, que sólo menguó hasta el día en que operó en contra de él y lo derrocó, sacrificándolo. Tuvo todo un año para reaccionar, nunca entendió que al frente de ese cuerpo armado estaban rancios generales porfiristas que sólo veían en él una estulticia decadente. Mestizos que admiraban a Díaz por sus soluciones extremas, que habían crecido en la oficialidad por haber participado en las guerras de exterminio contra los pueblos indígenas del Norte y del Sur del país; acomplejados, que al rechazar su sangre indígena, despreciaban todo aquello que era nativo. Seres que bajo estas condiciones sólo podían tener una naturaleza abyecta; concebían el éxito a partir del fin mismo, sin importar que se hubiera hecho uso de estratagemas hipócritas o cobardes. Luis Cabrera con su óptica profunda lo percibió de la siguiente forma:


“El insurrecto ve en el federal, sobre todo en la parte Sur de la República, un instrumento de opresión, al cual teme; y este temor se convierte en odio cuando las fuerzas federales están al mando de jefes, cuyos nombres… se han visto mezclados con las matanzas más crueles… El federal, a su vez, desprecia al insurrecto por espíritu de clase.


Un sentimiento de hostilidad tan arraigado… no es un sentimiento que pueda vencerse con exhortaciones a la concordia… como han querido hacerlo el Jefe de la Revolución y el Gobierno.


… los cambios de jefes en los cuerpos de los ejércitos… no bastan para hacer desaparecer la rivalidad que sólo dejaría de existir cuando el ejército estuviera bajo la jefatura de un ministro revolucionario o íntimamente compenetrado de las tendencias revolucionarias”. (6)



En un principio todo era confuso, dos aliados se rebelaron: Zapata, en Morelos y Pascual Orozco, en Chihuahua. Reestructurar al ejército federal bajo esas condiciones parecía complicado; sin embargo, Orozco fue rápidamente derrotado entre marzo y junio de 1912; de hecho después de la segunda batalla de la Estación Rellano, ocurrida el 22 de mayo, las fuerzas orozquistas quedaron prácticamente en inanición; así su Pacto de la Empacadora que desconocía a Madero y abrigaba buenas causas quedó en la nada. A partir de junio pudo haberse dado esa reestructuración; lo que significaba remover a los viejos generales porfiristas, solicitarles su renuncia o enviarlos a puntos recónditos o fuera del país para que dejaran de hacer daño.


No es que el ministro de guerra, Ángel García Peña, fuese desleal; todo lo contrario, mostró su lealtad hasta el último momento; el gran problema es que siendo un general de la vieja guardia porfirista, se movía bajo la égida y los principios del ejército federal, que respetaban la profesionalidad de los mandos: los oficiales lo eran porque habían tenido una carrera militar meritoria. Cautivado por el desempeño de Huerta en Chihuahua, Madero tampoco quería ese cambio: mantener esa oficialidad le serviría para aplacar las insurrecciones, reales o potenciales, de sus anteriores aliados; incluso, al más fiel de sus prosélitos, Francisco Villa, lo mantuvo en la cárcel durante cinco meses hasta que se escapó de Santiago Tlatelolco el 25 o 26 de diciembre de 1912.


Antes, el 4 de junio, Raúl Madero lo había salvado del pelotón de fusilamiento. Días después el presidente Madero pudo conmutar la orden de fusilamiento de Huerta por cárcel, de ahí su cautiverio en la Ciudad de México. Villa estaba agradecido, pero se daba cuenta que el destino era sombrío; que se estaba generando un peligroso vacío: el triunfo apabullante sobre Orozco, paradójicamente, no fortalecía al jefe de la revolución que presidía el gobierno de la República, sino a la casta de pretorianos que añoraban regresar al viejo orden. Él sintió en carne propia el profundo desprecio de Huerta: lo trató como un bandolero irredimible. El fondo inconfesable era que había sido uno de los líderes del ejército popular que habían humillado al ejército federal en la crucial batalla de Ciudad Juárez de mayo de 1911, evento que le dio un golpe demoledor a la dictadura de uno de sus máximos referentes; el otro era su mentor Bernardo Reyes.



Huerta no se andaba por las nubes, sabía que las posibilidades de reemplazar a un presidente que se mostraba débil eran amplias y quería eliminar de una buena vez a los subversivos potenciales. Sus juicios sobre Madero eran extremos: ¿Cómo calificar a ese hombrecillo, miembro de una dinastía poderosa, que había iniciado una revolución con peones y con líderes de baja ralea? ¿Cómo entender que les hubiera ofrecido democracia, libertad y restitución de tierras a los enemigos de las clases de bien: al pueblo llano que después iba a exigir lo que no se le podía ni debería dar? Más que un soñador, para los sectores conservadores Madero era un delirante que había encendido un fósforo en un polvorín o en hierba seca.


Madero, tal vez, extasiado por la bella prosa de José Juan Tablada, vio en Huerta a un adalid de sus causas; antes había disuelto a casi todas las fuerzas populares. Su proyecto reformista, liberal y democrático, ahora estaba en manos de un ejército profesional al que le tenía una fe ciega. Había dejado en claro que no buscaba un cambio radical, se distanció con todo lo que oliera a socialismo o comunismo: con los Vázquez Gómez, con Luis Cabrera, con Andrés Molina Enríquez y con otros con ideales magonistas. Los paladines eran ahora los que habían sido derrotados por el pueblo armado. El encomio modernista de Tablada anunciaba, como los claros clarines, el retorno a lo que parecía una nueva era de pax porfiriana:

 

(Huerta) “es un arquetipo de lealtad, un sacerdote del honor, un héroe de la abnegación y en su marcial figura culminante se concentra los esplendores de esos prestigios, como los rayos de un sol de oro que rompe la noche, se fijan en los basaltos de una cumbre enhiesta.


Hoy que tras de su admirable campaña ha regresado el bravo divisionario a esta metrópoli, ceñido de laureles y aclamado por la gratitud patria, en su rostro austero y viril que recuerda con sus enérgicas líneas el de Bartolomeo Colleone cincelado en bronce por el maestro de Miguel Ángel, no se refleja vanidad ni vanagloria, refléjese sólo la noble satisfacción del deber enérgicamente cumplido”. (7)


General Victoriano Huerta (Archivo Casasola, Fototeca Nacional del INAH)
General Victoriano Huerta (Archivo Casasola, Fototeca Nacional del INAH)

Guerra sin cuartel


Madero no sólo no se opuso a las tácticas criminales del ejército federal en el Estado de Morelos, sino las acentúo. Parecía coincidir con su antecesor, Francisco León de la Barra; de manera que lo único que quedaba era pacificar a esa entidad al costo que fuese:


 […] el jefe del movimiento sedicioso se hizo popular entre las clases incultas del estado por ofrecimientos de repartición de tierras, sin tener en cuenta los derechos de propiedad y halagando por este y otros medios semejantes las pasiones de los individuos de la clase más humilde, que no se dan cuenta de que la situación económica de ese estado no se modifica por actos violentos y contrarios a las leyes. (8)


Entre noviembre de 1911 y enero de 1912 la comandancia militar corrió a cargo del general Arnoldo Casso López, sin que sus resultados fueran del todo satisfactorios. Había que relevarlo por otro que reprodujera las hazañas bestiales de las guerras de exterminio porfiristas. Así, en enero de 1912, Juvencio Robles fue nombrado como jefe de la campaña del Estado de Morelos, iniciando sus operaciones el 9 de febrero de 1912. Sólo para comprender lo que a continuación venía, Robles cuestionó a Casso por considerar que sus acciones eran débiles; es decir, el que estuvo a metros de capturar o de acribillar a Zapata, sin código de ética alguno, no era más que un “blando”. 


Juvencio Robles procedió inmediatamente a hacer su diagnóstico: “el zapatismo era muy semejante al movimiento de los yaquis, puesto que los hombres escondían las armas, iban a trabajar, juntaban dinero, compraban parque y regresaban a combatir” (9). Debía de seguirse, entonces, al pie de la letra el manual de exterminio establecido por los generales porfiristas a partir de la octava década del siglo XIX en Sonora.


Desde las primera semana de febrero dio inicio la estrategia de “tierra quemada”, que consistió en incendiar los campos agrícolas, los graneros o cuexcomates, las casas y hasta pueblos enteros. Se trataba de acabar con el apoyo que recibían los rebeldes de la población civil.


Se apaciguó también con el terror: se incrementaron en forma alarmante los fusilamientos y los ahorcamientos de los rebeldes capturados; decenas o centenares de presuntos zapatistas fueron colgados en el trayecto de los caminos en árboles y postes telegráficos, incluso, en árboles emblemáticos como “La Parota” de Villa de Ayala. La crueldad se hizo irrefrenable: a una cantidad significativa de hombres se les aplicó juicios sumarios, por existir sólo la sospecha de que eran zapatistas. Muchos de estos cuerpos fueron suspendidos en las plazas públicas a la vista de todos.


Se reconcentró a la población en los centros controlados por el Ejército federal, a manera de reforzar la vigilancia y evitar que los campesinos proveyeran de alimentos, armas e información a los zapatistas. Toda aquella persona que abandonaba los sitios de confinamiento autorizados se le acusaba como rebelde, lo que lo hacía acreedor a su encarcelamiento, deportación o ajusticiamiento, o, se le levantaba para la leva.


Las prácticas criminales iniciadas con León de la Barra continuaron con Madero, Huerta y Carranza, socavando a la población del Estado de Morelos: conforme a los censos oficiales, esta pasó de 179 mil 594 habitantes en 1910 a 103 mil 440 habitantes en 1921, lo que significó una reducción de 42%. La influenza española que azotó al país y a esta entidad a finales de 1918 también hizo mella; sin embargo, su virulencia se intensificó por la pobreza, la escasez de alimentos y la insalubridad provocadas por las crueles prácticas de exterminio.


La vileza llegó a tal grado que las tropas federales ejercieron actividad persecutoria contra la familia de Zapata; lo que obligó a Josefa Espejo, a huir y a refugiarse en la Baja Mixteca y en los pueblos del Estado de Guerrero rumbo a Copalillo y aun en los pueblos de la Montaña. Las familias de los simpatizantes de Zapata mostraron una vez más su lealtad y valentía a toda prueba, acogiendo a su familia. Esta persecución resulta más deleznable si se toma en cuenta que Madero y su esposa, Sara Pérez, fueron los padrinos de boda de Emiliano y Josefa Espejo, en la Villa de Ayala, el 20 de agosto de 1911. El ultimátum iba en serio: “o se rinden o se atienen a las consecuencias”.


Madero se veía ansioso por acabar de una buena vez con el zapatismo irredento demandante de tierras: abandonó su hondo espiritismo, para convertirse en un presidente pragmático; o tal vez, sólo era una muestra de su gran debilidad ante los sectores duros del ejército y de las élites que propugnaban por una solución de fuerza extrema. Nada mejor que poner al frente a un general porfirista de rostro austero, de efigie broncínea, como Juvencio Robles, para llevar a cabo esta represión a sangre y fuego.


No se puede justificar a Madero por ignorar lo que hacían los pretorianos: el mismo promulgó el marco legal que le dio rienda a las prácticas inhumanas, de verdadero exterminio. El 19 de enero de 1912 emitió la Ley de suspensión de garantías individuales aplicables a los Estados de Morelos, Guerrero y Tlaxcala; a los distritos de Acatlán, Izúcar, Atlixco, Cholula, Huejotzingo, Chiautla y Tepeji, en el Estado de Puebla; y a los distritos de Chalco, Tenancingo, Sultepec, Temascaltepec, Tenango y Lerma, en el Estado de México.


Zapata, a diferencia de Orozco, no enfrentó en forma frontal al ejército federal; no lo podía hacer. El despiadado ataque a los pueblos y a las comunidades debilitó de una manera inenarrable sus bases de apoyo en Morelos; así que tuvo que trasladar su estrategia de guerrillas hacia dos distritos de Puebla: Acatlán y Chiautla; convirtiéndose en los bastiones de su revolución durante casi dos años. Los zapatistas adoptaron una nueva modalidad guerrillera: el ataque a trenes y el colapso a vías férreas, así como a otras vías de comunicación. La guerra cruenta se expandió hacia la población civil que viajaba en trenes y diezmó a la actividad más importante de la región: la industria azucarera.


General Juvencio Robles (Archivo Casasola, Fototeca Nacional, INAH)
General Juvencio Robles (Archivo Casasola, Fototeca Nacional, INAH)

El nuevo campo de gravedad


Entre marzo y abril de 1912, Juvencio Robles informó que los rebeldes habían retrocedido hacia el Estado de Puebla: el férreo control que ejercía en el Estado de Morelos había reducido a un mínimo la resistencia zapatista. Sin embargo, la revolución se había extendido y los signos de dislocación se hacían evidentes en el gran corredor de la industria azucarera y en el sistema ferroviario del Centro Sur del país. El avispero agitado llevó a la ruina a las haciendas azucareras de San Juan Colón, Xaltepec, el Rijo, San Juan Raboso, San Nicolás Tolentino y San José Atencingo; en tanto que los continuos ataques hicieron casi intransitable la ruta del tren interoceánico que recorría Ciudad de México, Cuernavaca, Cuautla, Atencingo, Izúcar de Matamoros, Atlixco y Puebla.


Craso error el no entender que no bastaba acabar con el foco de la insurgencia, que se requería de una contención geográfica; la revolución se hizo más letal cuando se trasladó al Sur de Puebla y avanzó hacia algunos pueblos de Oaxaca y Guerrero, incluso llegó a Tlaxcala. Absurdo no pensar que el otro gran nicho de la revolución zapatista se encontraba en la Baja Mixteca Poblana; debe recordarse que el Ejercito Libertador del Sur tuvo su origen en una reunión en el histórico pueblo de Jolalpan, el 29 de marzo de 1911 y que el Plan de Ayala se firmó en el corazón de la Mixteca chiauteca, en Ayoxuxtla, el 28 de noviembre de 1911.


Cuando Victoriano Huerta anunció en 1911 que había acabado con la rebelión zapatista aún no iniciaban los ataques a los trenes; por eso la declaración de Robles parecía todavía más incierta. Estos ataques originaban irritación pública, sobre todo, porque se hicieron indistintos tanto para el ejército como para la población civil; ello no sólo fue culpa de los zapatistas, el ejército federal utilizaba a los civiles para camuflar el traslado de efectivos y pertrechos.


La opinión pública no sólo se contrarió por la interrupción del servicio regular que ofrecía la extensa red del tren interoceánico, sino que catalogó a los zapatistas como terroristas, La guerra, por desgracia, había escalado a otro nivel: a mayor exterminio más terror. Los ataques y descarrilamientos se hicieron intensos: de Ajusco a Cuautla operaban Genovevo de la O. y Francisco V. Pacheco; y de Atencingo a Puebla, Jesús El Tuerto Morales y Francisco Mendoza Palma.

 

El triunfo real sobre el zapatismo sólo podía ser visible con la aprehensión o muerte de Emiliano Zapata; así de cruel y absurda era la opinión pública: la muerte multitudinaria de la gente de los pueblas parecía importar muy poco. La prensa ávida de una noticia semejante había anunciado el 3 de diciembre de 1911 que Zapata “había sucumbido como una fiera dentro de la cueva que le servía como madriguera en Cerro Frio”. Esta elevación montañosa se ubica entre Puente de Ixtla y Tlaquiltenango, en el Estado de Morelos. Esa acción le hubiera dado un enorme prestigio a Arnoldo Casso López: en los desplegados que lindaban en lo ridículo, seguramente se hubiera evocado la batalla de los campos cataláunicos: un nuevo "Flavio Aecio” ha puesto fin a la vida del “Atila del Sur”.


En marzo de 1912, Emiliano se hizo presente en la Mixteca chiauteca y Eufemio avanzó hacia Chila de la Sal y Acatlán. Juvencio Robles, seguro de sí mismo, le remitió a Madero una misiva con el siguiente texto:


“Después de mi última expedición, dicho Estado (el de Morelos) ha quedado en gavillitas, más bien de ladrones, que de gente de poder; el grueso del zapatismo ha pasado a este Estado (el de Puebla), pero creo que pronto podre dispersarlo”. (10)


La noticia completa era que Zapata se encontraba en Chiautla con tres o cuatro cabecillas y con una escolta de treinta o cuarenta hombres; en el decurso de marzo “un zapatista derrotado y perdido en el campo … (le) platicó a un informante gobiernista la noticia sensacional de que Zapata estaba en Chiautla herido y sitiado y cercado por los federales de tal manera que por ningún lado tenía salida”. (11)


Juvencio Robles reiteró en la Ciudad de México, el 2 de abril, que la lucha en Morelos había terminado y que pronto acabaría con la subversión en Puebla. Para contradecirlo y alterar a la opinión pública, el 6 de abril Emiliano atacó el importante pueblo de Jojutla y según señala Gildardo Magaña: “Hasta el 11, el propio general Zapata, con numerosos grupos continuó amagando la mencionada plaza en cuyas inmediaciones había permanecido”. (12) 


Fuera de esta acción militar, habría que destacar que entre febrero y julio de 1912, Zapata no encabezó ataques directos, lo que hace pensar que se mantuvo oculto en diferentes puntos de la región chiauteca. Quizás, en efecto, lo habían herido o se encontraba enfermo; o cuidadoso se ocultaba: la persecución sobre él era intensa, la idea era desmembrar la revolución del Sur haciendo rodar su cabeza.   Todo indica que en el acto de restitución de tierras de Ixcamilpa de Guerrero, del 30 de abril de 1912, no estuvo físicamente presente; que ese acto lo presidió Eufemio, actuando a nombre de la Junta Revolucionaria. El Acta de cesión se alineó al concepto de propiedad previsto en el Plan del Ayala; en su contenido se expresa que ese pueblo mostró fehacientemente la propiedad de esas tierras y que sólo podía explotar lo que estaba limitado en los linderos del mapa:


“Los que suscriben en nombre de la Junta Revolucionaria del Estado de Morelos, teniendo en consideración que ha presentado sus títulos correspondientes a tierras el pueblo de Ixcamilpa, y habiendo solicitado entrar en posesión de las mencionadas tierras que les han sido usurpadas por la fuerza bruta de los caciques, hemos tenido a bien ordenar conforme al Plan de Ayala, que entren en posesión de tierras, montes y aguas que les pertenecen y les han pertenecido desde tiempo virreinal y que consta en títulos legítimos del tiempo virreinal de Nueva España hoy México. Se servirán desde luego los vecinos del pueblo ya referido parar los linderos hasta donde linda el mapa respectivo, pudiendo explorar, labrar, sembrar o cualquiera otra cosa para obtener el fruto de sus mencionadas tierras”.


Libertad, Justicia y Ley. Campamento revolucionario. Abril 30 de 1912. El General Eufemio Zapata. — El General O. E. Montaño. — El General Emiliano Zapata. — El General Francisco Mendoza. — El General de División Jesús Morales. —El General Próculo Capistrán. —El General Delegado de Zapata Jesús Navarro. — El Coronel Jesús Alcaide. —Rúbricas. (13)


Nótese que la firma de Emiliano no aparece al principio y que firma un General Delegado, lo que parece confirmar su ausencia física. No se puede dudar de lo que señala Magaña, pero no debe descartarse que en el ataque a Jojutla sólo se hubieran cumplido sus instrucciones sin que hubiese participado en su toma y posterior acoso. Resulta previsible suponer que más bien se mantuvo activo en el desarrollo y planeación de diferentes acciones estratégicas y logísticas:


  1. Dispersión táctica de la guerrilla, así como su ensanchamiento regional en el Sur de Puebla y en las zonas colindantes de Oaxaca y Guerrero y en algunos pueblos de Tlaxcala.

  2. Ataque a trenes y vías de comunicación, lo que minó el desplazamiento de efectivos y los pertrechos del ejército federal, además de que les permitió hacerse de armas que tanto necesitaba el movimiento.

  3. Captación e incautación de recursos y en su caso, presión sobre aquellas haciendas que mostraban una firme adhesión hacia el gobierno federal.

  4. Ataques de desgaste e incursiones repentinas, incluso en el mismo Estado de Morelos, lo que minaba la credibilidad del Ejército federal.

  5. Cabal liderazgo del movimiento, haciendo trascender el cauce programático de su movimiento, sustentado en la restitución de tierras conforme a la establecido en el Plan de Ayala.



Nunca contra nuestros hermanos


El acoso de Juvencio Robles “volteó” todavía a más gente a favor del zapatismo.  Pudo haber crecido el respaldo popular; sin embargo, no deja de ser cierto que la falta de un liderazgo con conciencia social afectó al zapatismo en lo que es verdaderamente sustantivo: desvirtuó sus propósitos, alcances y prestigio. Conviene citar un pasaje del prólogo de Octavio Paz Lozano:


“…las mesnadas campesinas (estuvieron) capitaneadas por jefes de distintas condiciones. Digo “distintas condiciones” porque hubo de todo: unos fueron alevosos y otros heroicos, unos feroces y otros humanos”. (14)


Jesús “El Tuerto” Morales se convirtió en el líder fulgurante del movimiento zapatista en Puebla; ello pese a que el temible Eufemio se hizo notar en casi todo el Sur del Estado: Chiautla, Acatlán, Izúcar de Matamoros, Tochimilco y Atlixco. Sin embargo, quien lideró la insurgencia zapatista fue “El Tuerto”; el asentó sus dominios en el Distrito de Acatlán. Llegó a tal grado su influencia que algunos autores conciben que mantuvo un gobierno estatal alterno al del maderista Nicolás Meléndez, en Petlalcingo, su pueblo natal. “El Tuerto” era un hombre cruel, instintivo, de frágil ideología: después de la cobarde asolada contra Madero se puso a las órdenes del General Huerta, dándole la espalda a Zapata.


John Womack se expresa de la siguiente forma del Tuerto: “como el gordo y fanfarrón cantinero de Ayutla”. Era – según otras historias – un pendenciero que debía muchas vidas por toda la Baja Mixteca. Tal vez la conciencia y el entendimiento le llegó demasiado tarde, cuando quiso reconciliarse con el zapatismo. Emiliano concebía que había resurgido en forma alarmante dentro de su movimiento una especie de bandolerismo paralelo propenso a la insubordinación.


Pese a la amnistía, Huerta encerró al “Tuerto” a mediados de 1913. De ahí deviene su biografía más meritoria: durante ese tiempo se hizo amigo de Felipe Angeles, quien le enseñó a leer y a escribir en la cárcel de Santiago Tlatelolco; tal vez también le explicó los cauces sociales de la revolución y le dijo lo que opinaba del usurpador. No es de dudarse que cuando Zapata lo sometió a juicio, hubiese en él mayores luces, convencido o converso, se declaró como un verdadero agrarista; tal vez arrepentido, se dio cuenta del daño que le había hecho a los pueblos y al movimiento revolucionario; pero sus huellas se hicieron imborrables, contagiando a otros su mal ejemplo.


La violencia emprendida por Juvencio Robles encendieron a las fuerzas zapatistas; sin embargo, la intensidad de su violencia rebasó lo que se había observado en Morelos. Los saqueos, destrucción e incendios de haciendas se convirtieron en una constante y los atentados de trenes y la destrucción de vías se hizo insólita, casi aterradora; hubo algo más, en Puebla los pueblos no sólo eran devastados por las huestes federales, sino por los propios revolucionarios.


Los pueblos de la Mixteca chiauteca, especialmente, acogían de buen modo a Zapata cuando los avances del ejército federal lo obligaban a replegarse: lo protegían y lo proveían de alimentos. Fueron sus más leales aliados desde que inició la andanada violenta de Huerta, que prosiguió con Casso y que se intensificó con Robles. Eso hacía más inexplicable la barbarie del “Tuerto” y sus hordas sin conciencia, quienes:


“exigían maíz, tortillas, zacate, y armas, a menudo con amenazas y malos modos; los pobladores se quejaron continuamente de ese comportamiento y denunciaron que siendo tan pobres no podían pagar lo que se les exigía”. (15)


Ese fenómeno no desapareció con el fusilamiento del Tuerto, prosiguió con su sucesor Clotilde Sosa; este sujeto en 1916 se volteó al carrancismo y se hizo todavía más temible, arrasando a los pueblos de sus viejos correligionarios. El Archivo General de la Nación conserva una queja de los pueblos de Chiautla hacia este sátrapa, que hasta 1915 se cobijó en el bando zapatista:


“AGN Signatura 187766/69 de fecha 15 de octubre de 1915

Chiautla de Tapia. Oficios manuscritos de Herminio González dirigidos al general Emiliano Zapata, sobre las denuncias interpuestas por varios Presidentes Municipales, de los constantes abusos cometidos por Clotilde Sosa”.


Esas quejas en contra de Sosa y de otros personajes similares se multiplicaron en diversas comunidades: en Progreso, Tecomatlán, Amolac, Tulcingo, Acatlán, Ixcamilpa, Tochimilco, entre otras, en el Estado de Puebla; en Huamuxtitlán, Xochihuehuetlán y Olinalá en Guerrero; en Milpa Alta y en Cuautitlán en la Ciudad de México; en Amecameca en el Estado de México, en Huajuapan de León en Oaxaca e incluso se extendieron por el Estado de Morelos, hasta en su capital Cuernavaca. El prestigio del zapatismo y las causas de su lucha se pusieron en duda, aún ahora los descendientes de algunos rancheros de Cuajinicuila, Chiautla, la tierra de Zeferino “Chelino” Vergara Cuacuamoxtla, que permaneció leal a Emiliano hasta su muerte, recuerdan que sus padres o sus abuelos les narraban que estos energúmenos cometían abigeato, violaban a las mujeres, exigían dinero y dejaban vacías sus trojes o cuexcomates.


La falta de conciencia del Tuerto Morales, Clotilde Sosa y de otros sujetos más, seguramente, le hicieron recordar a Zapata el principio ético que quiso imponer Pablo Torres Burgos desde el principio de la revolución: “Todo contra los porfiristas, nada en contra de nuestros hermanos de clase, de eso depende el prestigio de nuestra revolución”. Había que retomar el cauce y Zapata empezó a tener un profundo aprecio por ideales de justicia más desarrollados que provenían de los intelectuales que se le unían o le mostraban adhesión, entre ellos, Antonio Diaz Soto y Gama, Genaro Amezcua, Gildardo Magaña, Ángel Barrios, Paulino Martínez, Dolores Jiménez Muro, Octavio Paz Solórzano y Manuel Palafox.


Emiliano maduró rápidamente, buscó darle profundidad intelectual a su movimiento; hubo también una correspondencia sincera de la mayoría de sus allegados: he ahí los ensayos y testimonios históricos de Díaz Soto y Gama, de Gildardo y de Octavio Magaña y de Paz Solórzano. Sólo basta señalar algunos pasajes memorables de Díaz Soto y Gama sobre Zapata:


“El pueblo del sur, al cabo de cuatro siglos de espera, había encontrado a su libertador en un hombre que tenía la alta y noble estatura del caudillo, del libertador y del mártir”.


“Dotado de clara inteligencia, de percepción rápida y de natural aptitud para la decisión pronta y oportuna; enérgico y audaz, incorruptible y resuelto; …capaz de todo género de sacrificios, sereno ante el peligro, estoico ante las privaciones, perseverante en grado heroico, reunía en sí Zapata todas las características, todas las virtudes y toda la potencialidad del auténtico hombre guía, del verdadero y genuino conductor de multitudes”.


“Y es que él, luchador de una pieza, idealista al ciento por ciento, no podía concebir que hubiese hombres que, una vez comprometidos a sostener un ideal, lo abandonasen, pactando con los enemigos o persiguiendo a los compañeros de la víspera”. (16)


La inevitable disyuntiva entre lo que era y no era el verdadero zapatismo se hizo presente en los pueblos; aun cuando esa escisión entre amor y odio nunca debió darse. Madero pensaba que el bandidaje de los zapatistas iba en detrimento del prestigio de Zapata, pero en la percepción colectiva nunca se borró la causa justa que explicaba el movimiento: "tierra para los pueblos". Supieron separar a Emiliano de esos crueles bandidos: “él era muy bueno e incapaz de cometer ese tipo de tropelías”. El periódico "Nueva Era", órgano oficial del maderismo publicó la siguiente editorial:


“Lo más probable es que Zapata no abrigue verdaderos ideales, ni tenga siquiera los más indispensables conocimientos, la buena fe y la abnegación necesaria para ello. Es un hombre completamente rudo, salido entre los campesinos más humildes [...] sin instrucción de aulas, sin libros, sin trato de gentes…” (17)


No entendían la fortaleza cultural de Emiliano. tampoco que la fraternidad de los pueblos tenía un origen histórico; por eso él era ante todo un símbolo de esperanza. Sí, había sesgos imperdonables en el zapatismo, pero en forma sorprendente los disociaron del ser de Emiliano. Además se inculpaba más al gobierno maderista por no haber cumplido con sus promesas de justicia; sin dejar señalar que las prácticas de exterminio del ejército federal eran generalizadas y se hacían a la vista de todos para infundir terror.


Después de seis meses, atendiendo los consejos de su hermano Gustavo o de gente más sensible, como Juan Sánchez Azcona, el presidente Madero dio un viraje del todo positivo, decidió remover a Juvencio Robles por un destacado militar lejano a la vieja guardia porfirista: Felipe Ángeles. El nuevo Comandante entendió que la solución estaba en el terreno político; de modo que conforme a su perspectiva la campaña debía dar un giro trascendente. A partir del 3 de agosto de 1912 sus declaraciones abrieron un importante nicho para alcanzar una solución más humanitaria:


  1. Reconoció que existía un divorcio entre la población civil y el ejército, que los pueblos consideraban a la institución armada como su principal enemigo.

     

  2. Que la causa del movimiento zapatista tenía por origen “el odio acumulado desde hace siglos del pobre para el rico” y que la postración de la gente humilde era producto de abusos recurrentes, que no se querían corregir.

     

  3. Que el remedio era “el cariño y la convicción, evitando incendiar sus casas y asesinar inocentes”; que se debía profundizar en la alfabetización y en la educación del pueblo.

General Felipe Ángeles (Archivo Casasola-Fototeca Nacional, INAH)
General Felipe Ángeles (Archivo Casasola-Fototeca Nacional, INAH)

El cambio de estrategia sumó adeptos al maderismo, tal como lo reconoció Zapata, pero hubiera desactivado al movimiento armado o propiciado la reconciliación entre los bandos, si se le hubiera hecho caso al ministro de Fomento, Rafael Hernández, tío de Madero, de comprar dos haciendas en Morelos e iniciar con el reparto agrario. Esa intención de compra, la declaró Francisco I. Madero en su carta de aclaración sobre el reparto agrario dirigida al Director del “Imparcial” el 27 de junio de 1912. Podría parecer insuficiente pero eso hubiera significado un gran paso; aun cuando la verdadera solución estuviera en lo que propuso Luis Cabrera en la Cámara de Diputados: la restitución de tierras sobre la base de la situación de opresión ancestral y el despojo que habían sufrido los pueblos a manos de las haciendas.


El contactó entre Emiliano Zapata y Felipe Ángeles no se dio en forma directa entre agosto de 1912 y febrero de 1913; hubo, sí, intercambio de correspondencia, propuestas de paz pública y treguas militares pactadas a través de emisarios. Finalmente se conocieron en persona, en octubre de 1914, cuando Ángeles acudió a Cuernavaca como jefe de la delegación de la Convención de Aguascalientes para invitar a Zapata a que se les uniera. Entusiasmado y respetuoso, Emiliano le dijo lo siguiente:


“General, no sabe usted el gusto que me da conocerlo personalmente. Usted es el único que me combatió honestamente y ´por eso se ganó no sólo mi admiración y respeto, sino la de mis tropas y todo el pueblo morelense”. (Emiliano Zapata, dominio público, octubre de 1914).


Entre agosto de 1912 y enero de 1913, Madero parecía desechar a los grupos duros; más receptivo, se encaminaba a encontrar la concordia con el único movimiento revolucionario visible en el país en ese momento: el zapatismo.  El atroz golpe de Estado de febrero de 1913 cambio todo: trajo consigo de nueva cuenta a los enemigos que habían victimado a miles de familias campesinas y sembrado el terror en los pueblos. Trataron de acercarse con promesas y con su faz hipócrita a Zapata. Emiliano no cayó en la trampa: detestaba a las sabandijas, a los traidores.


Francisco I. Madero nunca acabó por comprender que él había sido el jefe de una revolución que derribó a un régimen de casi 40 años; que había resabios e intereses soterrados que impedían la lealtad. El no observó o no quiso observar (no hay peor ciego que el que no quiere ver), lo que otros claramente veían. Zapata, el hombre rudo, el campesino humilde, fue el primero en advertirle en 1911: “se está entregando a los enemigos de la revolución y pone en riesgo a la revolución y a su propia vida”.


Cuando la acometida castrense culminó, deponiéndolo; encerrado en una habitación de la intendencia del Palacio Nacional se dio cuenta de que gobernaba en profunda soledad; de que sus victimarios tenían una condición sombría, inhumana. El suplicio de Gustavo, su querido hermano, acongojó todo su ser.


Gustavo A. Madero, Francisco Madero Hernández (padre) y Francisco I. Madero (Archivo Madero/Fototeca Nacional-INAH)
Gustavo A. Madero, Francisco Madero Hernández (padre) y Francisco I. Madero (Archivo Madero/Fototeca Nacional-INAH)

Sobre Chiautla, 1912: misivas de Casarrubias a Sánchez Azcona


Juan Sánchez Azcona fue un colaborador cercano y leal a Francisco I. Madero. En 1910 participó en la lucha antirreeleccionista y redactó documentos fundamentales; junto con otros, fue autor del Plan de San Luis Potosí. Durante la presidencia del Madero fungió como su secretario particular, lo apreció tanto Francisco que decía: “Cuando Sánchez Azcona diga algo, soy yo quien habla".


La amistad de Sánchez Azcona con Luis Casarrubias Ibarra fue cercana. Durante la decena trágica Sánchez Azcona fue a buscar apoyo a Tlaxcala y a Puebla para lograr se repusiera en su cargo a Madero. Se dice que en la Ciudad de Puebla había estado con Casarrubias antes de que lo aprehendieran en la vía pública; otros refieren que fue aprehendido en la propia casa del ilustre profesor.


Durante 1912, ambos personajes, sostuvieron una interesante correspondencia; informándole Casarrubias sobre los acontecimientos en Chiautla e Izúcar de Matamoros, las persecuciones zapatistas y la mejor forma de solucionar los problemas en la región. En una de esas misivas el profesor Casarrubias refirió lo siguiente:


“…el Distrito (se refiere al de Chiautla) puede complicarse más de lo que ya está y quizá con perjuicio de todo el Estado; dada la circunstancia de que siempre ha sido el foco de las revoluciones pasadas… La mayoría de los vecinos está tan disgustada con la falta de la jefatura, que según noticias que he podido adquirir, van a formular una acusación contra el Jefe político, persona que les es del todo odiosa por la mala conducta que ha observado en su administración, y pronto vendrá una comisión a ver al Señor Gobernador, para pedirle la destitución del expresado funcionario”. (18)


Luis Casarrubias, conocía bien la historia de la tierra de sus ancestros y de su infancia. Cada vez más se desconoce la historia regional y se están perdiendo los rastros históricos; se trata de explicar el devenir de México a partir de su actual esencia urbana, como si esa condición hubiese sido la misma en el pasado; por eso se concibe a lo rural o a los pueblos como intrascendentes dentro de la historia nacional.


No es así, los procesos históricos en México han tenido un importante dinamismo geográfico: se han gestado más en los pueblos y en las ciudades de las antiguas provincias o de las entidades actuales; originando una respuesta, generalmente reactiva, en el centro político del país. La esencia conservadora de la Ciudad de México, en donde radican los poderes. tiene que ver con esa inflexibilidad hacia el cambio; que se transforma cuando las revoluciones abren camino y triunfan en este centro neurálgico; lo que trae consigo un cambio de régimen; esto significa modificar los términos del pacto social y las características constitutivas de la República.


La cabecera de Chiautla y su Distrito, en efecto, como lo afirma Casarrubias ha estado presente en casi todos los movimientos sociales de nuestra historia: el de independencia con la presencia activa de José María Morelos y Pavón; el de las rebeliones indígenas a mediados del siglo XIX con lideres locales; y el de la guerra patria y en contra del Segundo Imperio encabezada por Porfirio Díaz. La advertencia de Casarrubias no era premonitoria, en efecto, el Distrito de Chiautla por esos días ya era un eje de la revolución zapatista y posibilitó la resistencia ante los embates de las fuerzas federales.


Además, informado, sabía que entre febrero y julio de 1912, Zapata se refugiaba en Chiautla y que a partir de ese momento los grupos zapatistas brotaban por todo el Distrito. El jefe político Joaquín Rosendo, le informó al Gobernador de Puebla, Rafael P. Cañete, que los pueblos de Tulcingo, Acaxtlahuacán, Ixcamilpa, Jolalpan, Cohetzala y Pilcaya constituían “madrigueras zapatistas que han establecido allí sus cuarteles”.


¿Cuál era el jefe político odioso al que se refiere Casarrubias? Antes de Rosendo había fungido como jefe político Jesús Quiroz. Este hombre pudo haber sido el mismo que dirigió al regimiento de caballería “Chiautla” en las batallas de San Juan Epatlán y en la decisiva de Tecoac, durante la revolución tuxtepecana.  Quiroz le informó a Madero el 11 abril de 1912, lo siguiente:


“<Que en su jurisdicción él procuraba dar garantías a la sociedad y perseguía al zapatismo con toda eficacia y que hacía semejantes esfuerzos no obstante ser ese Distrito casi el foco de esa calamidad> Quiroz daba cuenta a Madero sobre la situación en ese rumbo y de los medios que como conocedor del terreno juzgaba se podrían emplear para remediarla” (19)


Lo que sugería Jesús Quiroz era estrictamente necesario: únicamente el conocimiento de los terrenos, caminos y veredas podía hacer efectiva la persecución a los zapatistas; asimismo, él se sentía capaz para dirigir las expediciones. La extensión del zapatismo en la región y la incapacidad de atrapar a Emiliano son indicio de que poco se le hizo caso; o que la gente mantenía la lealtad del silencio cuando se le hostigaba o reprimía para que informara sobre su paradero.


El nivel de efervescencia política era tal en 1912 que resultaba factible que en el seno familiar hubiese porfiristas, maderistas, zapatistas y hasta huertistas. Debemos hacer a un lado en la historia de nuestros prohombres esa burbuja de pureza que impide siquiera que tengan una mácula de contaminación familiar. La opción política e ideológica que uno elige es decisión personal; quitar esa odiosa burbuja en hombres como Gilberto Bosques Saldívar enaltece aún más su condición de ser pensante. Buscar el progresismo a toda costa dentro de los arboles genealógicos resulta más un acto de vanidad que de rigor científico.

 

Quiroz, Vergara, Mercado, Tapia, Saldívar, Huertero, Domínguez, Oropeza, Ruiz, Cañongo, Amigón, Aragón, Ibarra, Macareno, Clara, Germán y Cilia y otros más; así como Cuacuamoxtla, Tlatenchi, Tlapa, Zacatenco, Tlaseca, Cohetzaltitla y Mexquititla, son apellidos comunes en Chiautla de Tapia. Los últimos son símbolo de la resiliencia de los pueblos nativos a las epidemias y a la terrible exacción y explotación de los recursos naturales y de la mano de obra durante los tres siglos del coloniaje español. Debe hacerse hincapié, sin embargo, que todas las familias de la región, sin importar las huellas de su sangre, criolla o indígena, han sido participes de una historia dialéctica, rica en eventos trascendentes, que dista de ser monótona y lineal y que no debe estar sujeta al maniqueísmo.


En otra misiva de Casarrubias, del 4 o 5 de diciembre de 1912, hace una descripción de lo que acontecía en Chiautla de Tapia e Izúcar de Matamoros:


“Acabó de regresar del sur del Estado a donde me llevaron algunos negocios  y he podido darme cuenta exacta de la situación por que atraviesan los distritos de Chiautla y Matamoros, con relación al problema zapatista… Prácticamente estos bandidos son dueños de estas zonas, al grado de que no se podía salir a los suburbios de las poblaciones, sin exponerse a que le roben y aun a que le asesinen”.


“Las Haciendas están constantemente amagadas, con la agravante de que los facinerosos entraban y salían de los poblados de importancia …  llama la atención esta situación porque tanto Chiautla como las Haciendas contaban con un buen número de fuerzas regulares e irregulares, pero sin moverse, sin tomar la ofensiva. Creo que de un momento a otro los zapatistas van a cometer en alguno de esos lugares, principalmente en los ingenios, alguna hecatombe tremenda que podía traer al Gobierno grandes dificultades, produciendo enorme escándalo en todo la República”. (20).


Pese a los esfuerzos pacifistas del general Felipe Ángeles, la yesca estaba encendida y parecía que nadie podía apagarla. Lo que narra el insigne profesor se convierte en otro fiel testimonio de la violencia irrefrenable en el Estado de Puebla. La autonomía de los grupos zapatistas que muchos historiadores ponderan, terminó siendo altamente nociva en la entidad. El trato más afectivo y humano era insuficiente, había que llegarles al precio a estos líderes autónomos, ofrecerles más poder. Huerta supo seducir y engañar al "Tuerto" Morales en marzo o abril de 1913; Ángeles, en cambio, buscaba convencer, limpiar la honorabilidad de la institución armada a la que dignamente pertenecía.


Al final de su carta, Casarrubias advierte:


“Que se consagre un poco de atención al asunto, porque no veía difícil que tomando cuerpo el zapatismo en Chiautla, se uniera con los elementos de Andrew Almazán” (21)


Los movimientos sociales en la Baja Mixteca poblana históricamente se habían extendido a la Montaña de Guerrero y viceversa. Almazán había salido de la cárcel en julio de 1912, después del encierro al que lo sometió Madero a partir de septiembre de 1911; lo que no sabía el eminente profesor Casarrubias era que Andreu ya le había escrito a Zapata. Emiliano le tenía desconfianza y le ordenó que se pusiera a las órdenes de Julio Gómez, un jefe de jerarquía menor; eso para Almazán significó humillación. Odiaba a Madero por haber ordenado su cautiverio y estaba resentido con Zapata, de modo que el golpe de Estado y el sacrificio del presidente legítimo no le causó tristeza, menos indignación. Cuando llegó un emisario de Victoriano Huerta al Estado de Guerrero, invitándolo a la Ciudad de México no dudo en ir y unirse a las huestes del gobierno usurpador. Mutar de un bando a otro era su natura desde el inició de la revolución.


Zapata mantuvo sus convicciones con firmeza. Su tenacidad a lo largo de su epopeya histórica se convirtió en una semilla de esperanza, de justicia, que aun sigue germinando en el espíritu de nuestros pueblos; su lucha también se convirtió en un símbolo de devoción por la tierra, cuyo precio es inestimable porque tiene la característica de ser sagrada para nuestra gente.


Profesor Luis Casarrubias Ibarra (Archivo fotográfico del Doctor Francisco Enríquez Vergara)
Profesor Luis Casarrubias Ibarra (Archivo fotográfico del Doctor Francisco Enríquez Vergara)

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(1)  Tres revolucionarios, tres testimonios, Tomo II. Octavio Paz, Prólogo, en Octavio Paz Solorzano. Zapata, editorial EOSA, México 1986, p. 13.

(2)  Friedrich Katz. “Nuevos Ensayos Mexicanos. Editorial Era, p. 198.

(3)  Antonio Díaz Soto y Gama. La Revolución agraria del Sur y Emiliano Zapata su Caudillo. INHERM, Colección Clásicos del Zapatismo, México 2019, p. 131.

(4)  Friedrich Katz. Op. Cit., p. 198.

(5)  Memorial presentado por el Bloque Liberal Renovador, en Mario Contreras y Jesús Tamayo, editores. México en el siglo XX, textos y documentos: Vol. 1. 1900 – 1913, UNAM, México 1975, p. 492.

(6)  Luis Cabrera. “La revolución dentro del gobierno”, en la Revolución Mexicana a través de sus documentos, Tomo III, UNAM. México, 1987, p. 213.

(7)  José Juan Tablada. “El Señor General Victoriano Huerta”, en Mario Contreras y Jesús Tamayo. Op. Cit., p. 486.

(8)  Felipe Ávila Espinosa. “Causas y orígenes del zapatismo” en Horacio Crespo, Director, ¡Historia de Morelos, Tierra, gente, tiempo del Sur, Universidad Autónoma del Estado de Morelos México, 2018, p. 96

(9)  Ibidem, pp. 110 y 111.

(10)              Miguel Alejandro Pérez Alvarado. Formación y desarrollo del zapatismo en Puebla”. Facultad de Filosofía y Letras, Colegio de Historia. Tesis. UNAM, Ciudad Universitaria, México 2019, p. 114.

(11)              Ibidem, p. 102

(12)              Gildardo Magaña. “Emiliano Zapata y el agrarismo en México, Tomo IIINHERM, Clásicos del Zapatismo, México 2019, p.230.

(13)              Ibidem, pp. 318 y 319.

(14)              Octavio Paz. Op. Cit. p. 13

(15)              Felipe Ávila Espinosa. Op. Cit. p. 356.

(16)              Antonio Díaz Soto y Gama. Op. Cit. pp. 113, 119 y 375

(17)              Felipe Ávila Espinosa. Op. Cit., p. 409.

(18)              Miguel Alejandro Pérez Alvarado. Op. Cit. p. 167.

(19)              Ibidem, p. 117.

(20)              Ibidem, pp. 182 y 183

(21)              Ibidem. p. 184.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

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