Chiautla y Tlanichiautla, origen y construcción espiritual. Capítulo 26
Actualizado: 6 sept
Gildardo Cilia

¿Protofascismo?
Zapata fue el único que luchó contra el liberalismo injusto y desigual de Porfirio Díaz; contra el maquillaje agrario de Madero: tímido, incompleto e ingenuo; contra el golpe de Estado atroz y retardatario de Huerta; y contra las reformas limitadas del constitucionalismo de Venustiano Carranza, quien cedió cuando entendió que era necesario incorporar conceptos que posibilitaran la consecución histórica del país. El documento escrito en 1917 no fue sucinto, constituyó, ante todo, un proyecto sustantivo de nación; por eso en su contenido se recogieron las demandas sociales que le daban un aliento de largo plazo al país. Nuestro constitucionalismo social, lo es, porque articula los derechos humanos a la vital justicia; esto es, no se sustenta en la libertad abstracta, sino en los medios que posibilitan su real concreción.
Durante el periodo de la revolución armada hubo un uso despiadado de la fuerzas hacia los pueblos del Centro-Sur del país. La saña tenía diferentes antecedentes y se profundizó con el advenimiento del liberalismo: cuando se calificó a los pueblos nativos como enemigos irreconciliables de la modernidad y el progreso. La reforma agraria que exigían estos pueblos “decimonónicos” significaba para los liberales, en forma sustantiva, un retroceso histórico.
La rebeldía de Emiliano raya en los límites de la incomprensión. Octavio Paz Lozano se refiere así de él:
“Zapata, el desconfiado campesino del sur, astuto y legalista, solitario y comunitario, revolucionario y tradicionalista, poseído por una sola idea, fija y devorante: la vuelta a la mítica edad de oro del comienzo, la comunidad original de los labriegos y los artesanos libres, la aldea anterior a la historia”. (1)
Emiliano sería en su forma de ser la síntesis de lo que es diametralmente opuesto; pareciera, también, que creía en una libertad históricamente inviable. ¿Era más viable el acasillamiento? La libertad sólo se podía alcanzar si se les dotaba a los labriegos y a los artesanos de los medios para producir, emancipándolos de una estructura laboral similar a la de la servidumbre feudal. Ese sistema de explotación distaba de ser ineficiente en términos de la acumulación de ganancias: muy pocos se apropiaban de casi todo y los muchos vivían con lo estrictamente necesario, en la miseria.
Zapata buscaba con la justicia distributiva liberar a todos; lo que le parece un sesgo retardatario a Paz, en realidad, es parte sustantiva de un legado histórico que no ha dejado de reproducirse: nuestra gente aun ahora y en donde esté se busca inercialmente para apoyarse, conformando comunidades ejemplares. Sorprende al mundo ese nexo cultural y su disciplina por el trabajo.
¿Existe contradicción entre la mano invisible sustentada en el logro individualista y la solidaridad comunitaria? La asociación de estos conceptos, aparentemente incompatibles, molesta a los intelectuales ortodoxos; lo cierto es que la generosidad natural de nuestra gente le ha puesto un límite al egoísmo extremo. Nuestra aldea comunitaria ha saltado el veredicto de la historia: se ha convertido en una fuente inapreciable de riqueza y de transferencias solidarias. Más bien lo que debería cuestionarse es nuestra incapacidad interna de aprovechar todo el potencial productivo de la gente que emigra de nuestros pueblos; ese sí es un sesgo, pero de las políticas públicas del Estado mexicano y de quienes se aferran a las teorías lineales del capitalismo.
En Zapata no había retórica: él quería justicia para los pueblos, ante un sistema que parecía moderno, pero que de manera inefable tenía bases de explotación primitivas. Emancipar a los pueblos del peonaje y luchar contra el despojo era una demanda revolucionaria a favor de la libertad y de la justicia. El modelo liberal se había hecho socialmente inviable en la segunda década del siglo XX, justamente, porque había llevado a una modernidad híbrida: el capital fluía pero la mano de obra se mantenía atada a los centros de producción no por la inexistencia de contratos laborales libres, sino por la servidumbre por deudas.
Zapata luchó también contra visiones políticas sustentadas en la autocracia; es decir, contra el ejercicio retrogrado del poder político que resurgió en forma insospechada con Victoriano Huerta. No es que los pueblos no hubiesen sufrido antes medidas de supresión de libertades, Madero mismo las puso en práctica en 1912; pero el espíritu antidemocrático del usurpador llevó a esta supresión a un plano casi ilimitado.
Umberto Eco escribió un ensayo en 1995 al que denominó “El fascismo eterno” (o Ur-fascismo). El semiólogo y novelista italiano señala que el fascismo no desapareció con la Segunda Guerra Mundial, sino que permanece en forma difusa y establece catorce características fundamentales para identificarlo en las sociedades modernas. Sin ser sacrílego, diría que por ser históricamente recurrente, el Ur-fascismo ha permanecido en estado latente desde las primeras formas de organización política de la humanidad: se deriva de una reacción cerebral primitiva que no admite lo diverso, menos la opinión contraria; que alinea a la disciplina con la autoridad extrema.
Aún ahora se justifica la brutalidad para alcanzar ciertos fines. Hay quien cree que una “dictadura liberal” puede llevar a una forma ideal de gobierno; que es indispensable mantener en grado máximo el orden político para que las leyes económicas funcionen con irrestricta libertad. Platón repudiaba a la tiranía desde hace más de dos mil quinientos años y el tiempo le ha dado la razón: hay episodios históricos sumamente catastróficos. No bastaron ni bastarán las setenta millones de personas sacrificadas en la Segunda Guerra Mundial; por eso – dice Eco – hay que estar atento a cualquier síntoma del fascismo eterno: ¡detenerlo desde su gestación embrionaria!
Hacia atrás se tendría que decir que el fascismo surgió al finalizar la segunda década del siglo XX; eso si lo limitáramos a sus características fundamentales: la construcción de una ideología articulada a una política de masas; la existencia consecuente de un partido hegemónico o único de masas; y la configuración de un Estado que apoya su fortaleza popular, alimentado en el imaginario colectivo la creencia nacionalista del mito de la superioridad racial. La fantasía histórica y la seudociencia hicieron compatible la alianza entre el cesarismo de Mussolini y el supremacismo ario de Hitler; haciendo a un lado el efectivo dominio que ejercieron los latinos romanos sobre las tribus germánicas durante el mundo clásico.
El Estado fascista promueve un delirante orgullo racial; razón por el que debe hacerse poderoso en la aldea global. En esta visión falsa y aterradora, una élite biológica de la raza humana debe someter a los pueblos inferiores. Esta percepción racial tampoco desapareció con la Segunda Guerra Mundial: los conflictos ahora se relacionan con nuevas formas de supremacismo. La paradoja es que los pueblos antes perseguidos tratan de cambiar el orden de la pirámide, queriéndose situar en el pináculo de la especie humana. La imbecilidad permanente es la roca que empuja la humanidad sobre una pendiente inclinada: la que la hace retroceder sistemáticamente hacia el odio destructivo.

Los rasgos fascistas del huertismo
Al poseer el fascismo diferentes rasgos – tal como lo advierte Eco – se podría decir que se ha manifestado de alguna forma a lo largo de nuestra historia, sin excluir ninguna época anterior e incluso la nuestra. El riesgo humanitario aumenta en la medida que la bestia crece y adquiere más cabezas letales; viéndolo así, el régimen de Huerta ha sido una de las hiedras más temibles en la vida política de México. Veamos sus rasgos:
1. No hubo un mito nacionalista de masas; en cambio, sí, un profundo desprecio racial hacia los pueblos nativos y comunidades indígenas, cuya población representaba alrededor de 30 por ciento de la población total; ello si se extrapolan los datos más confiables del censo de 1921 a 1910.
La erradicación para Huerta significaba exterminio, ese aspecto sorprende cuando se lee a John Womack y a Paul Hart. Este último hace alusión a la adopción de una estrategia de “solución final” para resolver de tajo la revolución social en el Estado de Morelos:
“Ellos (los autores del golpe de Estado) pensaron en una solución final. En lo que … se podría considerar como una política de limpieza étnica… planearon despoblar Morelos de los zapatistas para traer trabajadores de otros estados y reemplazar a la población nativa, la cual sería reclutada, desalojada o ejecutada… Cómplice en el derrocamiento y muerte de Madero, el representante del gobierno de Estados Unidos no ofreció ninguna objeción a la política descrita, la que se le denominó “Plan Morelos”. (2)
Womack, por su parte, refiere que Huerta no era partidario de hacer transacciones, que para él era indispensable la presencia de Juvencio Robles en el Estado de Morelos: “recordaba cómo había combatido anteriormente a los rebeldes <con mano de hierro y desdeñando femeniles contemplaciones>. El sofocamiento planeado por Huerta contemplaba, por un lado, la deportación y por el otro, la represión desmedida:
“En caso de ser necesario, tenía planeado deportar de 15 000 a 20 000 trabajadores desde Morelos hasta Quintana Roo y traer sustitutos de otros estados. Como le dijo al embajador de Estados Unidos, los nuevos trabajadores tal vez no fuesen tan eficaces, al principio, para realizar el trabajo requerido por los terratenientes de Morelos, pero al menos no conocerían los caminos y senderos del estado y los tentarían menos las promesas de Zapata. La mejor manera de tratar a los jefes rebeldes, como contó más tarde al embajador, era una soga de 18 centavos para colgarlos”. (3)
Por esta razón nombró gobernador a Robles en el Estado de Morelos; lo que significó instituir en la entidad un régimen de terror. En un banquete que le ofrecieron los hacendados en el Jockey Club, Huerta les pidió su apoyo sin reservas, ya que a partir del 22 de abril iba a dar inicio una campaña de represión y exterminio:
“Para obtener éxito, les advirtió, tendría que “recurrir a medidas extremas, porque el gobierno, valga la expresión, despoblaría el estado y les enviaría a sus haciendas otros trabajadores”. La razón, les explicó, era que la gente del campo de Morelos era “zapatista”. Era necesario limpiar al estado de tales individuos y no les debería sorprender, terminó diciendo, que por casualidad algo anormal ocurriese, pues el estado de cosas exigía procedimientos que no estaban sancionados por la ley, pero sí eran indispensables para el bienestar nacional”. (4)
Robles ya había aplicado estas estrategias entre febrero y julio de 1912; las retomó cuando se le nombró de nueva cuenta comandante militar y pocos días después gobernador del Estado de Morelos, cargos que asumió el 14 y el 17 de abril de 1913, respectivamente; lo que vino después fue la intensificación de los crímenes de lesa humanidad:
Robles aumentó el terror en Morelos... Ordenó más incendios, y … sus oficiales Rasgado y Cartón incendiaron inclusive las cabeceras municipales de Yecapixtla, Xochitepec, Villa de Ayala y Tepalcingo… Tomó como rehenes a mujeres y niños, entre los que figuraban la suegra de Zapata y cuatro de sus hijas, que fueron enviadas a la cárcel militar de la ciudad de México acusadas de espionaje. Y la odiosa leva prosiguió... cerca de 1 300 conscriptos salieron de Morelos en julio… Como dijo un agente de la Cruz Blanca, el estado no era “sino un bosquejo de lo que fuera dos años atrás… aquellos amplios sembradíos de caña de azúcar, de arroz y de otros tantos productos alimenticios, han desaparecido, convirtiéndose a la fecha en triste hacinamiento de cenizas...” (5)
Robles también reactivó la concentración de pobladores en lugares donde había un control extremo de las fuerzas federales, así miles de ciudadanos fueron victimados por no cumplir con las ordenes estrictas de la ley marcial: se multiplicaron los juicios sumarios; se incrementaron los exilios a la selva maya; y se forzó a la leva. El luto de las familias creció, así como el horror de ver hijos, padres, “parientes” o amigos suspendidos en los árboles y en los postes de luz y telegráficos a la largo de los caminos de Morelos y en las plazas públicas. Los sitios donde se reconcentraba a la gente trajeron aflicción y miseria.
El senador chiapaneco Belisario Domínguez Palencia en un discurso en el Congreso Nacional, en octubre de 1913, puso en claro tanto la brutalidad como la ineficacia de la práctica de reconcentración:
“Imaginaos en vuestra casita, viviendo con el día, y manteniendo con vuestro trabajo a vuestra esposa, a cinco o seis chiquillos, quizá uno de pecho a vuestro padre anciano e inválido, a vuestra madre enferma. Bruscamente llega la orden de concentración. Lleno de terror el jefe de la casa ordena a su vez, que toda la familia se ponga en movimiento; y todos, apresuradamente, emprenden la marcha, llevando por único bagaje unos cuantos centavos, unos cuantos trapos, y …. Nada más.
¿A dónde ir? ¿Qué camino tomar? Para los que tienen la más ligera simpatía por Zapata, no hay vacilación: ¡se van con Zapata!” (6).
2. Las bases del huertismo no estaban sustentadas en las masas, sino en el apoyo de los hacendados, del ejército federal que había dejado intacto Madero y de las élites políticas que querían la restauración casi ilimitada de sus privilegios. Esto para algunos no sería estrictamente fascismo; sin embargo, lleva a un punto trascendente desde la perspectiva gramsciana, que veía al fascismo como un instrumento de las élites económicas; esto es, como un instrumento que nace como un recurso político para proteger intereses de sectores privilegiados frente a las demandas sociales y las rebeliones obreras y campesinas, sistematizando su opresión.
Los hacendados morelenses – dice Womack – en general mostraron su apoyo incondicional a Huerta, después de todo les ofrecía la más firme seguridad y la vigencia de la permanencia de sus tierras o patrimonio; erradicando la posibilidad de instrumentar la reforma agraria propuesta por el zapatismo, así como la invasión de sus propiedades. Aun así, hubo razonamientos de algunos hacendados que se oponían a la represión extrema emprendida por Juvencio Robles:
“Los Amor y los García Pimentel, se lamentaban de la política de terror y pedían arreglos diplomáticos. De los hacendados del estado, sólo los dos jóvenes García Pimentel, Luis y Joaquín, habían presenciado personalmente las desgracias y las destrucciones que Robles había causado antes y sólo ellos se daban cuenta de que al atacar a la gente del campo como si fuesen rebeldes habían creado más rebeldes. Los “procedimientos” de Robles, decía Luis el joven, eran “no sólo torpes, sino completamente contraproducentes y odiosos”, pero él y Joaquín no pudieron convencer a sus colegas industriales y, por ser una clase que se hallaba en crisis”. (7).
Esto aumenta mi aprecio por la familia García Pimentel. Luis “el joven” reunió un acervo fundamental para entender la historia colonial del Estado de Morelos y de otras regiones aledañas; conservándose la descripción territorial de Chiautla de la Sal realizada por el Prior Bartolomé de la Veracruz en la octava década del siglo XVI. La “Colección Luis García Pimentel” fue un trabajo de dos generaciones; también fue obra de su padre, el célebre historiador y también bibliófilo, Luis García Icazbalceta.
Ignacio Bernal y García Pimentel, nieto de Luis García Pimentel, se dedicó al estudio del pasado prehispánico de Mesoamérica, siendo uno de los arqueólogos y antropólogos más sobresalientes del siglo XX. Bernal contribuyó ampliamente en los hallazgos arqueológicos y en el análisis histórico de las culturas de los valles centrales de Oaxaca, entre ellas Monte Alban, así como de Teotihuacán; razones por las que fue miembro del Colegio Nacional, haciéndose acreedor al Premio Nacional de Ciencias y Artes en el año de 1969.
Se trata, pues, de una familia de intelectuales e historiadores ilustres. Siempre hay que mostrar aprecio por quienes han contribuido en el desarrollo de las ciencias y artes del país, haciendo a un lado opiniones que responden más bien a prejuicios ideológicos o de clase. Dice Womack que Luis y Joaquín García Pimentel distaban de los demás hacendados, particularmente de los otros jóvenes, pese que habían sido compañeros de estudios en el extranjero y “amigotes en el Jockey Club, jugadores en los mismos equipos de polo, socios en negocios y aun parientes políticos”. Luis García Pimentel, en efecto, era el hacendado más culto y rico de México; su cultura lo hacía significativamente distinto.
3. Otra característica del fascismo, según Antonio Gramsci, es la destrucción de la oposición y de los opositores. Sin lugar a dudas, durante el periodo del régimen de Huerta, se cumplió con creces con esta inefable característica.
El gobierno huertista dio inició con un “cuartelazo”, pero no quedó ahí, en lugar de exiliar a Madero y a Pino Suárez los victimó; cuando, indefenso, el primero ya había renunciado a la primera magistratura el 19 de febrero de 1919, tres días antes de su asesinato. Eso le pudo haber agradado al embajador Wilson y al presidente de Estados Unidos William Howard Taft; no obstante, muy pronto la marea política cambió cuando asumió el cargo de presidente Woodrow Wilson el 4 de marzo de 1913.
A Francisco Bulnes, seguramente, Huerta le parecía sólo una pálida caricatura del genio político de Porfirio Díaz. El intelectual y político porfirista, en 1888, había justificado la prolongación en el poder de Díaz de la siguiente forma: “El buen dictador es un animal tan raro que la nación que posee uno debe prolongarle no sólo el poder sino la vida”. La dictadura huertista había nacido con una torpeza imperdonable que marcó desde un principio su ocaso; así lo expresó Bulnes:
“Dos hechos que hicieron triunfar a la revolución de 1914 contra Huerta, fueron: la actitud de Zapata para enfrentarse con la nueva situación, y el asesinato de Madero, crimen político de estupidez inconcebible y que sin él el presidente Wilson habría reconocido y apoyado a Huerta, porque el pueblo americano aplaudió el cuartelazo contra Madero y reprobó indignado el asesinato”. (8)
Woodrow Wilson no condenó abiertamente el magnicidio, pero se negó categóricamente a reconocer al gobierno golpista; además de destituir a Henry Lane Wilson principal confabulador del “cuartelazo”. Así se inició un viacrucis diplomático que concluyó con la invasión y ocupación estadounidense del puerto de Veracruz el 21 de abril de 1914. Previamente, en septiembre de 1913, el gobierno huertista había presentado un proyecto para nacionalizar la industria petrolera; por eso, algunos personajes como Juan Andreu Almazán consideraban a Huerta como el primer presidente nacionalista y verdaderamente revolucionario del país.
En su caso, fue un nacionalismo hipócrita: buscaba obtener un apoyo popular que no tenía y distraer a la oposición armada que existía en su contra en varios frentes: en el Norte, Noroeste y Centro Sur de México. Ante la debilidad estructural que presentaba el país por la revolución armada, Belisario Domínguez puso en claro el verdadero propósito de Huerta:
“En su loco afán por conservar la Presidencia, don Victoriano Huerta está cometiendo otra infamia. Está provocando con el pueblo de los Estados Unidos de América, un conflicto internacional, en el que, si llegara a resolverse por las armas, irían estoicamente a dar y encontrar la muerte todos los mexicanos sobrevivientes a las matanzas de don Victoriano Huerta; todos menos don Victoriano Huerta, ni don Aurelio Blanquet, porque esos desgraciados están manchados por el estigma de la traición…” (9).
¿Quién puede creer en el nacionalismo de Huerta si fraguó un golpe de estado con el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson? El documento “Yo acuso” de Luis Manuel Rojas, gran Maestro de la Logia del Valle de México, tiene párrafos que develan el intervencionismo del representante del gobierno estadounidense:
“Yo acuso al embajador Wilson de haber echado en la balanza de los destinos de México todo el peso de su influencia como representante del Gobierno de Washington, para inclinarlas en el sentido de los gobiernos de la fuerza.
Yo acuso al embajador Wilson de haber presumido que los señores Madero y Pino Suárez podían ser sacrificados por el pretexto de una imperiosa necesidad política…
Yo acuso al embajador Wilson de haberse inmiscuido personalmente en la política de México…” (10)
Nada más revelador del entreguismo de Huerta, que el telegrama que le dirigió a William H. Taft, el 19 de febrero de 1913:
“Tengo el honor de informar a usted que he derrocado este gobierno. Las fuerzas están conmigo, y desde hoy en adelante reinarán la paz y la prosperidad. Su obediente servidor. General Victoriano Huerta”. (11)
Despedida comedida de una misiva, sí, pero que iba más allá de la zalamería, que rayaba en la subordinación. No había nacionalismo en Huerta, por el contrario, sólo la huella indeleble de traición a la patria.
El de Huerta fue un gobierno criminal, a los asesinatos de Madero y Pino Suárez, debe sumárseles los precedentes de Gustavo A. Madero (horrendo y sanguinario) y de Adolfo Bassó; así como los posteriores del General Gabriel Hernández; del Diputado Adolfo G. Gurrión; del Gobernador Constitucional del Estado de Chihuahua, Abraham González; del Diputado Serapio Rendón; del Diputado Néstor Monroy; del General Rafael Tapia; y del insigne Belisario Domínguez. El supremo valor civil del Senador chiapaneco se manifestó en toda su expresión en el discurso del 23 de septiembre de 1913 en el recinto de la Cámara, del cual se reproducen estos pasajes memorables:
Durante el Gobierno de don Victoriano Huerta, no solamente no se ha hecho nada en bien de la pacificación del país, sino que la situación actual de la República es infinitamente peor que antes; la Revolución se ha extendido en casi todos los Estados; muchas naciones, antes buenas amigas de México, rehúsanse a reconocer su gobierno, por ilegal; nuestra moneda encuéntrase depreciada en el extranjero; nuestro crédito en agonía; la prensa entera de la República amordazada o cobardemente vendida al gobierno y ocultando sistemáticamente la verdad; nuestros campos abandonados, muchos pueblos arrasados, y por último, el hambre y la miseria en todas sus formas, amenazan extenderse rápidamente en toda la superficie de nuestra infortunada Patria.
El pueblo mexicano no puede resignarse a tener por Presidente de la República a don Victoriano Huerta, al soldado que se apoderó del Poder por medio de la traición, y cuyo primer acto, al subir a la presidencia, fue asesinar cobardemente al Presidente y Vicepresidente legalmente ungidos por el voto popular, habiendo sido el primero de estos quien colmó de ascensos, honores y distinciones a don Victoriano Huerta, y habiendo sido él, igualmente, a quien don Victoriano Huerta juró, públicamente, lealtad y fidelidad inquebrantables.
Los medios que don Victoriano Huerta se ha propuesto emplear para conseguir la pacificación…ya sabéis cuales han sido: únicamente muerte y exterminio para todos los hombres, familias y pueblos que no simpaticen con su gobierno.
…
Cumpla con su deber la Representación Nacional, y la patria está salvada y volverá a florecer más grande, más unida y más hermosa que nunca.
La Representación Nacional debe deponer de la Presidencia de la República a don Victoriano Huerta, por ser él contra quien protestan, con mucha razón, todos nuestros hermanos alzados en armas, y de consiguiente, por ser el quienes menos puede llevar a efectos la pacificación, supremo anhelo de todos los mexicanos
…
El mundo está pendiente de vosotros, señores miembros del Congreso Nacional Mexicano, y la patria espera que la honraréis ante el mundo, evitándole la vergüenza de tener por Primer Mandatario a un traidor y asesino”. (12)
Emociona que en la historia parlamentaria de nuestra Republica haya habido un personaje con el heroísmo civil de Belisario Domínguez.

4. El fascismo tiene más rasgos; sin embargo, uno imperdible por ser relevante es “la solución dictatorial”, lo que significa coerción extrema, militarización y en su modo más agravante, la disolución de poderes contrarios y en su caso, la restitución con miembros afines.
La desaparición de Belisario Domínguez entre el 7 y 9 de octubre generó la justa indignación en las Cámaras federales y particularmente en la de Diputados, la cual desconocía los discursos del Senador que lo condujeron a su brutal sacrificio el 7 de octubre de 1913. El valiente diputado Eduardo Neri expresó lo siguiente:
El Ejecutivo no quiere oír la voz de la razón… y ciego de ira y de rencores, atropella nuestros fueros y arranca nuestras vidas. Defendámonos.
El Ejecutivo ha enarbolado frente a nosotros su bandera negra de restauración, de terror y de infamia; enarbolemos nosotros frente a él, nuestra bandera roja, de abnegación, de valor y de fe”. (13)
Al amanecer el 10 de octubre, ya era público que el senador Domínguez había sido víctima de la reacción energúmena de Huerta, sufriendo una cruel tortura por parte de su ejecutor, el infame Aureliano Urrutia. Ese mismo día también aprehendieron a los diputados rebeldes y se disolvió el Congreso de la Unión.
El 11 de octubre se le explicó al Cuerpo Diplomático sobre los motivos que se habían tenido para disolver las Cámaras. El periódico "El Imparcial" dirigido por el poeta Salvador Díaz Mirón, llamaba “Congreso de locos, intrigantes y sediciosos a los diputados presos”; además publicó un Manifiesto de Victoriano Huerta que en su dos párrafos finales decía:
“… Devastada la nación por tres años de guerra civil, disminuidos sus ingresos notablemente, y aumentados, en cambio, sus egresos al doble de los años normales, he podido, sin embargo, organizar un ejército de ochenta y cinco mil hombres al servicio de la pacificación nacional. Todos mis esfuerzos, para hacer de la patria un pueblo respetable en el interior y respetado en el exterior, lamentablemente SE HAN VISTOS NULIFICADOS POR LA LABOR PERTURBADORA Y OBSTRUCCIONISTA DE LAS CÁMARAS, con las cuales quise ser conciliador hasta el último extremo.
…TODO FUE EN VANO y agotados los recursos de la prudencia y del orden, tuve que decidir la disolución del Cuerpo Legislativo, a fin de que el pueblo electo, EXPERIMENTADO YA POR LOS DOLORES DE UNA LARGA LUCHA CIVIL, mande a la Representación Nacional, a ciudadanos cuyo único anhelo, cuyo solo ideal, sea la reconstrucción de la patria, sobre el sólido cimiento de la paz pública. – Victoriano Huerta”. (14)
Y así fue, Huerta organizó votaciones el 26 de octubre de 1913 para elegir a un nuevo grupo de legisladores, desde luego, afines a él. Este Congreso comenzó a trabajar el 20 de noviembre de 1913 y operó hasta que cayó el régimen huertista el 15 de julio de 1914.
“No puedo convenir con el militar que traiciona a su amo”
Debe desentrañarse la opinión de Francisco Bulnes sobre la actitud de Zapata, misma que considera como una de las dos causas que explican el derrumbe de la dictadura de Victoriano Huerta. ¿Si pensaba el usurpador que llegar a convenios con Emiliano sólo respondía a una actitud femenil, entonces, cuál era la verdadera intención del monstruo? No había sofisma que descifrar, lo único que se podía esperar de Huerta era traición.
El régimen huertista quiso congraciarse con Zapata, para ello, envío a dos emisarios con ofertas tentadoras. Una de las gestiones de paz estuvo a cargo de Jacobo Ramos Martínez, quien fue comisionado por el Secretario de Gobernación, Alberto García Granados. Por ese motivo se trasladó a Tlancualpicán, en el Distrito de Chiautla; ese pueblo cuenta con una ubicación estratégica y permitía contactar a diferentes lideres de los grupos zapatistas que se ubicaban en el Estado de Morelos, en el rico valle agrícola y azucarero de Izúcar de Matamoros y en la Baja Mixteca chiauteca.
Ramos Martínez se comprometía a hacer las siguientes concesiones, siempre que se aceptara reconocer a Huerta y deponer la actitud bélica:
Primera. Que el general Zapata podía designar al gobernador de Morelos y que se tenía que contar con su visto bueno en la designación de los presidentes municipales en todo el Estado.
“Segunda. Que el mismo general Zapata quedará con el carácter de inspector general de las fuerzas rurales en el estado, con una fuerza no menor de mil hombres, escogidos de entre las personas que actualmente están bajo sus órdenes.
Tercera. Que el resto de la gente, para que no quede desalentada, se reputará como auxiliares del ejército federal, percibiendo sus sueldos desde luego.
Cuarta. Que el Cuartel General del señor general Zapata se establecerá en Cuernavaca; teniendo como única obligación las fuerzas de su mando la de vigilar que no se interrumpa el tráfico de la capital de la República a Cuernavaca.
Quinta. Que en cuanto a cuestión de tierras y aguas, a la presentación de títulos primordiales por los interesados, serán atendidos de manera favorable para la obtención de lo que cada uno demande. (15)
Por una parte, lucro; por la otra, supremo poder. Con su mentalidad autócrata el huertismo quería convertir a Zapata en un dictador; esto es, le ofrecía manejar en forma casi omnímoda los hilos de la vida política y militar del Estado de Morelos. Hombre con principios, Emiliano rechazó este plan para deponer las armas; sin embargo, también se le ofrecía la causa motora de su lucha, misma que Madero la había catalogado como inaceptable: la devolución de tierras a partir de la presentación de documentos patrimoniales vetustos, que hacían evidente las antiguas propiedades de los pobladores de los pueblos y el despojo a los que habían sido sometidos, sobre todo a partir de la octava década del Siglo XIX.
Casi al mismo tiempo, se llevaba una negociación de paz con Pascual Orozco, padre; con respecto al punto agrario el ofrecimiento era el siguiente:
“Que el problema agrario será resuelto por el gobierno en la forma que lo crea conveniente, sin estar de acuerdo [en que lo sea] conforme a lo prescrito en el Plan de Ayala”. (16)
O Ramos Martínez estaba actuando por su cuenta; o no se había puesto de acuerdo el Secretario de Gobernación con el presidente de la República; o querían que Zapata depusiera las armas, para anunciar con bombo y platillos que se había alcanzado la paz para luego no cumplir con lo estipulado. En torno a la cuestión agraria, Pascual Orozco cumplía con las indicaciones que le había manifestado Huerta; por otra parte, Ramos Martínez tenía fama de leguleyo y embaucador.
Los términos de la propuesta de paz del coronel Orozco eran enteramente inaceptables porque hacía a un lado el cumplimiento de la cláusula sustantiva del Plan de Ayala. Hay un aspecto más a resaltar: en el Acta se señala que las condiciones de paz que ofrecía se las comunicó “verbalmente” Victoriano Huerta y que son las mismas que aceptó su hijo el General Pascual Orozco y una fracción de revolucionarios del Norte. Pascual Orozco, hijo, y por ende, su padre, no sólo habían aceptado deponer las armas, sino que aceptaron colaborar con el presidente Huerta.
Lo que a continuación sigue en el Acta es la respuesta de Emiliano Zapata: una verdadera lección de índole moral, en donde queda claro que además de luchar dignamente por la causa de los pueblos, sumaba ahora su profunda indignación por la forma cobarde, alevosa y artera en la que el gobierno de Huerta había llegado al poder. Quien le proponía la paz, a través del padre de Orozco, era un ser taimado, nada confiable; claramente un traidor. Leamos sin omitir palabra alguna, lo que manifestó Zapata:
“Que él no está de acuerdo en tratar con el gobierno provisional de Huerta, por no ser emanado de la Revolución, por haberse colocado fuera de la ley y de los principios revolucionarios que ha enarbolado la Revolución del país; por tener la investidura de la traición y del crimen contra la Patria y contra la bandera que ha jurado la Revolución; por haber dado un espectáculo lúgubre ante el mundo que no puede reconocer a un gobierno que mata y asesina sin formación de causa en las sombras de la noche, o a los rayos de la luz del día, sin más ley que su voluntad o su capricho; el cual no tiene más doctrina ni más programa que el engaño, el maquiavelismo y la política porfiriana; que no puede entrar en convenios de paz con un gobierno que amordaza a la prensa independiente y amaga a los periodistas que hablan de política dentro de la órbita constitucional; que él no puede convenir con el militar, hoy gobernante, que traiciona a su amo y hace un pacto vergonzoso para adueñarse del poder y promueve una tragedia que crispa los nervios de la civilización..
.
Luego Zapata hizo referencia a la actitud blanda, acomodaticia y entreguista de Pascual Orozco:
“Si el general Orozco se desliga de los compromisos que ha contraído y de los principios que ha jurado, para adherirse a los que nos ofrecen cadenas y nos salpican de ignominia con falaces subterfugios y pueriles ofrecimientos, nosotros continuaremos firmes en la defensa de nuestros ideales, hasta obtener el triunfo de la Revolución y arrojar del poder a los usurpadores de los frutos de ella y de la soberanía del pueblo mexicano…
Finalmente, Emiliano hace una contrapropuesta para alcanzar la paz:
“Que Huerta renuncie al puesto que por evento de la defección del ejército llegó a ocupar; que Félix Díaz y sus camaradas de cuartelazo abdiquen de sus absurdas pretensiones de querer usurpar los derechos de la Revolución, de falsear y conculcar los principios de ella.
Que se establezca el Gobierno Provisional de la Revolución, para que ese Gobierno sea una garantía de los intereses y principios proclamados por la propia revolución. Solamente así se podría laborarse por la concordia, la paz, la prosperidad y bienestar del pueblo mexicano, que ha sido pródigo en sacrificios, en sangre, para ir a la conquista de su redención, basada en tierra y libertades”. (17)
Pascual Orozco, hijo, se equivocó de principio a fin. Previamente, a mediados de marzo, en una entrevista con periodistas, había asegurado que la situación de Morelos no era tan grave como se pintaba, que Emiliano lo obedecía y que estaba seguro de que con una instrucción suya depondría las armas. En cierta forma tenía razón, recuérdese la tercera cláusula del Plan de Ayala: “Se reconoce como Jefe de la Revolución Libertadora al ilustre C. General Pascual Orozco”; seguro de sí mismo, sobre esta consideración mandó a su padre a conferenciar la paz con el jefe de la revolución suriana con una misiva. No se daba cuenta que él ya no era el mismo, que ahora colaboraba con un presidente abyecto; tampoco sabía que el zapatismo se había nutrido de mentes con conceptos revolucionarios profundos. Emiliano contestó la misiva de una manera ejemplar:
“Yo siempre admiré en usted al obrero de nuestras libertades, al redentor de los pueblos de Chihuahua y de la región fronteriza, y cuando lo he visto tornarse en centurión del poder de pretorio de Huerta… no he podido menos que sorprenderme delante de la Revolución caída de sus manos…
No debía usted haber desesperado ni desfallecido; convénzase usted de la triste significación que tiene la entrega de la bandera que juró en medio del hosanna de los libres…, contemple usted que ha violado los principios que son el credo de una colectividad y que su responsabilidad es inmensa ante la Historia, la Revolución y el pueblo engañado.
Yo pertenezco, señor a una raza que jamás ha degenerado ni traicionado…; prefiero la muerte de Espartaco acribillado a heridas en medio de su libertad… Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres”. (18)

No hubo que esperar mucho tiempo, dos semanas después Huerta mandó a Juvencio Robles, su más feroz esbirro, a destruir el Zapatismo. La hipocresía pacifista del régimen huertista y la transfiguración de Orozco se hicieron evidentes, al aceptar altos grados dentro del ejército federal para ir a combatir en el Norte del país con la intención de socavar al incipiente ejército revolucionario de Francisco Villa.
Tres elementos hicieron que algunos jefes zapatistas se confundieran y aceptaran defeccionar, hasta hacerse partidarios del huertismo: 1) la idea de que la lucha revolucionaria había concluido con el golpe de estado a Madero; 2) la consideración de que conforme al Plan de Ayala, Pascual Orozco era el jefe supremo de la revolución del Sur; y 3) las señales confusas que emitieron las pláticas de paz. Seguramente también hubo prebendas jugosas; sin embargo, existían razones que propiciaban la confusión:
“En Izúcar de Matamoros, que habían ocupado, Jesús Morales y Otilio Montaño celebraron jubilosamente el victorioso golpe de Estado… (Morales) llegó inclusive a entenderse con los agentes de Huerta y se fue a la ciudad de México para anunciar a todos los que lo quisieren oír que Zapata y los demás jefes no tardarían en deponer sus armas también.
Otros optaron por lo mismo y su opción se confirmó cuando se enteraron de que, en Chihuahua, Pascual Orozco había aceptado un pacto notablemente generoso y había reconocido a Huerta; puesto que Orozco figuraba todavía como jefe nacional en el Plan de Ayala, tenían razones para seguir su ejemplo”. (19)
Los rumores sobre los acuerdos de paz y lo que publicaba la prensa de que Zapata pronto iba a deponer las armas y ponerse al servicio del gobierno de Huerta, alertó a Emiliano, al punto de que consideró que se quería desactivar a la revolución suriana y preparar las condiciones para sufrir una invasión masiva del ejército federal. De modo que tuvo que actuar en tres sentidos:
Primero: Remitió un comunicado a la prensa nacional en donde aclaró que:
“La Revolución no está en arreglos de paz con nadie absolutamente; esto establecería un mal precedente y haría abrigar la duda en los revolucionarios timoratos, y de esto se aprovecharían los enviados del gobierno para sugestionar a los jefes revolucionarios; en el extranjero se daría crédito a las falsas noticias del gobierno, de que la paz es un hecho, y por último, a mí me pondría en ridículo al suponerme en tratos con un gobierno ilegal y usurpador.” (20)
Además reprendió y le advirtió a Montaño:
“(Sobre) las dos notas que se sirve mandarme para ser remitidas a la prensa de la capital, he acordado que sean suspendidas por no estar sus contenidos ajustados al modo de pensar y obrar de los revolucionarios de los estados del Sur y del Centro de la República.
La Revolución no está en arreglos de paz con nadie absolutamente, y el señor Pascual Orozco, Sr. y sus acompañantes están encarcelados y procesados por sospechas que les resultan de que su verdadera misión al entrevistarme no era precisamente llegar a un acuerdo de paz sino darle tiempo al gobierno a que me sorprendiera con buen número de fuerzas”. (21)
Así iniciaron las suspicacias sobre la lealtad de Montaño, que aumentaron cuando el "Tuerto" Morales, confesó que había cedido a las proposiciones del régimen huertista porque Montaño así se lo había indicado.
Segundo: Remisión de misivas a los jefes revolucionarios, en donde les manifestó su recelo absoluto hacia Huerta:
“Tengo noticias de que el actual gobierno ilegal pretende entrar en tratos de paz con los jefes revolucionarios por medio de las famosas conferencias, que no son otra cosa que unas emboscadas para atraparles y fusilarlos.
… ataque(n) al enemigo cuantas veces se presente y no pierda(n) oportunidad de batirlo, porque es la única manera de acabar con ellos”. (22)
En otra misiva Emiliano le comentó a Genovevo de la O:
“Por ahora no se ha pensado en tratados de paz de ninguna especie, al contrario, se han dado órdenes para que todos los que se presenten a celebrar tratados de paz sean capturados y remitidos a este Cuartel General para que se les forme su proceso respectivo” (23).
Tercero: Se hizo necesario reformar el Plan de Ayala (30 de mayo de 1913), con dos adecuaciones sustantivas
La revolución continuará hasta obtener el derrocamiento del usurpador del Gobierno, General Victoriano Huerta.
Se declara indigno al general Pascual Orozco del honor que se le había conferidos por los elementos de la revolución del Sur y del Centro; esto es, el honor de ser el jefe supremo de la Revolución del Sur.
Zapata actuó de inmediato cuando el Tuerto Morales se rindió, siendo este el principal cabecilla del movimiento revolucionario en la Baja Mixteca. El Tuerto había dejado a su gente en Izúcar de Matamoros y Chiautla; por lo que le ordenó a Eufemio Zapata que desarmara esas tropas que podían ir en su contra, ahora arropadas por Huerta. Estas se reintegraron a la revolución cuando les dijo Eufemio que Morales era un traidor, que buscaba obtener canonjías y privilegios del régimen usurpador. Por supuesto Huerta no le dio nada a Morales y sí lo internó en la Penitenciaria de la Ciudad de México, quedándose sin su base social y con el estigma de traidor.
Octavio Paz Lozano critica a Emiliano por el fusilamiento del Coronel Pascual Orozco, no pareciéndole suficiente la explicación que da su padre (Octavio Paz Solórzano), a quien considera parcial, por la acendrada admiración que le tenía a Zapata:
Emiliano le permitió al Coronel Orozco tener cierta correspondencia, sobre algunos puntos que a él le interesaban; sobre todo, tenía sumo interés en atraer a su hijo al cuartel general para que rindiera cuentas y someterlo a proceso por traición a la revolución del Sur. En una de esas misivas en forma subrepticia encontró una nota y un croquis; “en donde le decía a su hijo que en esos días había muy poca gente en Huautla y que podía atacar muy fácilmente el campamente; indicándole en el planito los lugares por donde podía llegar”. (24).
Zapata se indignó pero no fusiló a Orozco, padre, advirtiéndole que “si lo atacaban por los lugares indicados, pues estaba seguro de que no nada más ese aviso había mandado, lo iba a fusilar inmediatamente”. A principios de agosto, avisado de que una columna federal de más de mil hombres avanzaba hacia Huautla, precisamente, por los puntos marcados en el croquis, Zapata lo pasó por las armas.

Sobre la toma del cuartel de Zapata, ubicada en un campamento en la Sierra de Huautla se narra lo siguiente:
“Robles disfrutaba de los beneficios temporales de su estrategia despiadada. Con los zapatistas esparcidos en pequeños grupos, Robles se concentró en atrapar a Zapata él mismo… Robles anunció a la prensa metropolitana de un ataque inminente en el cuartel general temporal de Zapata en Huautla… En el comunicado, prometió abatir a Zapata de una vez por todas. Huautla estaba lleno de refugiados debido a los incendios provocados en los pueblos, sin embargo, debido a que Robles anunció el ataque, Zapata simplemente evacuó la zona mientras que las tropas federales iban en camino… El hecho, de que ya era noticia el ataque de Robles, minimizó las bajas y las capturas de los zapatistas en manos de las fuerzas federales. El ejército entró, disparó a unos aldeanos, arrestó líderes cívicos simpatizantes al zapatismo y declaró una victoria. Ellos tomaron Huautla, pero no encontraron a Zapata”. (25)
Existe otra versión que indica un ataque cruento de mil quinientos hombres, al mando del general brigadier Alberto T, Rasgado. En esa relatoría se indica que se apropiaron de una fábrica de cañones, artillería, armas y pólvora, además de víveres y del archivo de Zapata; que el pueblo (otrora Real de Minas) de Huautla quedó en ruinas; que se abatieron en cerros y cuevas a numerosos grupos de zapatistas; que se apropiaron de una amplia zona, desde Teotlalco, Puebla, hasta Axochiapan, Morelos; y que diezmado Zapata huyó por Huachinantla, Puebla, en tanto que otras camarillas zapatistas diseminadas se habían replegado sin orden hacia el territorio poblano. Al recibir el parte del general Rasgado, que en los hechos significaba una espectacular victoria, Juvencio Robles le remitió el siguiente telegrama a Victoriano Huerta, con fecha 17 de agosto:
“Con fecha de hoy han sido destruidas por completo las hordas de Zapata y propiamente hablando, la campaña de Morelos ha concluido. Las posesiones y elementos de guerra, que durante dos años consecutivos conservó Zapata en su poder, manteniendo en justa alarma a toda la parte Sur del país, se ha apoderado de ellos el Ejército Federal. Este último ha tomado las últimas posiciones después de un sangriento combate, que como arriba se dice, ha puesto fin a la campaña de Morelos. (26)
El día 20 de agosto el general Huerta le contestó al general Robles en estos términos:
“Enterado de su mensaje de hoy, relativo a conclusión de la campaña en Morelos, mis felicitaciones por sus valientes soldados y por el ascenso de Ud. a General de División y el de los demás generales, oficiales y tropa, que ha acordado el Ministro de la Guerra”. (27)
¿Mentía Robles? El ejército federal del gobierno protofascista se enfrentaba a un portentoso enemigo con muchos brazos: a los formidables pueblos de Morelos, de la Baja Mixteca y de la Montaña de Guerrero. Habían destrozado el cuartel de Zapata, pero el líder de la revolución del Sur seguía vivo; esto significaba en sentido estricto que la rebelión armada no había concluido; además – y Huerta lo sabía – la revolución se había hecho presente desde el primer día de la usurpación en la región sur de Puebla y en el eje montañoso oriental de Guerrero.

Revolución sin tregua
Volvamos a lo que refiere Bulnes:
…en febrero de 1913, el general don Victoriano Huerta procuró atraerse a Zapata, lo que no consiguió, causando a los cuartelarios febreristas la nulificación de ocho mil soldados federales, ocupados en evitar que el zapatismo se desbordara sobre Puebla, Toluca y el Distrito Federal, hasta tirotear a la Ciudad de México. Huerta era un malvado, pero militar, y si Zapata lo reconoce, su plan consistía en enviar los ocho mil hombres al norte (del país). (28)
La Revolución en el Sur fue intensa, manteniendo ocupado al ejército federal; lo que permitió la reorganización y el crecimiento incontenible de las fuerzas revolucionarias del Norte de la República; ello provocó la derrota del ejército federal y el fin del régimen huertista. El mérito de la heroica resistencia zapatista fue incuestionable. El notable intelectual porfirista Francisco Bulnes, quien manifestó siempre su rechazo al zapatismo, lo dice de esta forma:
“A Zapata se debe, pues, la victoria llamada constitucionalista. Y no será torpe el orador, el escritor o el historiador que lo llame padre de la Revolución”. (29)
Los combates y las acciones de guerrilla en el Centro-Sur de México fueron recurrentes, tal como los describen José T. Meléndez, retomando a Octavio Paz Solórzano, y Miguel Á. Sánchez Lamego. En Morelos, en la Baja Mixteca y en los pueblos de Guerrero, entre 1913 y 1914, se registraron más de 70 acciones de guerra, de las cuales nueve se desarrollaron en Chiautla de Tapia.
Dada la importancia estratégica que tenía la Villa de Chiautla para contener a las fuerzas zapatistas y evitar la propagación de la revolución hacia la montaña de Guerrero se tuvo especial atención en ocupar la plaza. El 7 de abril de 1913, el general Manuel Mondragón, Ministró de Guerra y Marina, en medio de las gestiones de paz con Pascual Orozco, padre, (he ahí la doblez, la profunda hipocresía) le ordenó al general Luis G. Valle, comandante de la División de Oriente, con cuartel general en la ciudad de Puebla, que estando esta Villa en poder de los zapatistas, los desalojará y ocupara la plaza. En su avance el ejército federal tomó las plazas de Atencingo, Chietla, Tlancualpican, Huehuetlán el Chico y Chiautla y se registraron confrontaciones armadas en Ahuehuetzingo, Tlancualpicán y Cruz Verde.
Las fuerzas zapatistas, a su vez, con el propósito de mantener ocupadas a las fuerzas del ejército federal llevaron a cabo durante dos años ataques de guerrilla y tácticas de asedio, registrándose combates recurrentes en Tlancualpicán; en Huehuetlán el Chico; en el valle y los cerros de Santa Ana Tecolapa; en el Cerro “El Mirador”, en Cañada Grande; y en otros puntos más de la Baja Mixteca chiauteca.
La ocupación del ejército federal terminó por ser inútil, la tropas zapatistas utilizaron logísticamente la región, así avanzaron hacia Chilpancingo, Guerrero, tomando esta plaza el 24 de marzo de 1914. En mayo de ese mismo año, los zapatistas ya controlaban totalmente otra vez Chiautla; desde ahí se coordinaba el acopio de armas y se generó un corredor que propició el libre tránsito de tropas hacia Morelos, Guerrero y el Valle de Izúcar de Matamoros.
La revolución popular del Norte y del Sur de México había derrotado a la hiedra fascista más temible en la historia del México independiente.

------------------------------
(1) Tres revolucionarios, tres testimonios, Tomo II. Octavio Paz, Prólogo, en Octavio Paz Solorzano. Zapata, editorial EOSA, México 1986, p. 15.
(2) Paul Hart. Emiliano Zapata: el revolucionario social mexicano. Tirant to blanch. Poder Judicial del Estado de México, Edición digital, p. 109,
(3) John Womack Jr. Zapata y la revolución mexicana. Editorial, FCE. (Libro digital).
(4) Ibidem.
(5) Ibidem.
(6) José T Meléndez. Historia de la revolución mexicana, Tomos I y II. INHERM. México 1987, p. 118.
(7) John Womack Jr. Op. Cit.
(8) Antonio Díaz Soto y Gama. La Revolución agraria del Sur y Emiliano Zapata su Caudillo. INHERM, Colección Clásicos del Zapatismo, México 2019, p. 215.
(9) José T Meléndez. Op. Cit. pp. 115 y 116.
(10) En Mario Contreras y Jesús Tamayo. Antología. México en el Siglo XX, Textos y documentos. Tomo I. UNAM. México 1975 pp. 513, 514 y 515.
(11) Ibidem. p. 495.
(12) José T Meléndez. Op. Cit. pp. 115 y 116.
(13) Ibidem, p. 170.
(14) Ibidem, p. 172.
(15) Gildardo Magaña. “Emiliano Zapata y el agrarismo en México, Tomo III. INHERM, Clásicos del Zapatismo, México 2019, pp. 184 y 185.
(16) José T Meléndez. Op. Cit. pp. 355.
(17) Ibidem, pp. 355, 356 y 357.
(18) Antonio Díaz Soto y Gama. Op. Cit. p. 221.
(19) John Womack Jr. Op. Cit.
(20) Gildardo Magaña. Op. Cit, p, 237.
(21) Ibidem, p. 238.
(22) Ibidem, pp. 37 y 38.
(23) Ibidem, p. 40
(24) José T Meléndez. Op. Cit. pp. 358.
(25) John Womack Jr. Op. Cit.
(26) Miguel Á. Sánchez Lamego. Historia militar de la revolución zapatista bajo el régimen huertista. INHERM. Primera edición en Formato electrónico. México, 2019, p.61.
(27) Ibidem, p. 61.
(28) Antonio Díaz Soto y Gama. Op. Cit. p. 214.
(29) Ibidem, p. 215.


Comentarios