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Chiautla y Tlanichiautla: origen y construcción espiritual. Décima parte

Actualizado: 17 mar

Gildardo Cilia López


Puente de las Flores, Chiautla de Tapia, Puebla (Fotografía tomada del libro “Oaxaca y Puebla Ilustrados”, J. R. Southworth, 1901)
Puente de las Flores, Chiautla de Tapia, Puebla (Fotografía tomada del libro “Oaxaca y Puebla Ilustrados”, J. R. Southworth, 1901)

Paisaje y patria


Durante el siglo XVIII adquirió importancia en Europa la “teoría degenerativa de los seres vivos de América”, que en síntesis establecía que el clima pobre, húmedo y enfermizo de México provocaba la existencia de seres (animales y humanos) notablemente inferiores a los europeos. Más débiles y menos inteligentes, los hombres de estas tierras estábamos condenados sólo a los suplicios de la explotación, de la subordinación y del desplazamiento. ¡A vivir bajo el dominio de otros!


Mentes “ilustradas” como las de Cornelius de Pauw, Georges-Louis Lecrerc (el Conde de Buffon) y William Robertson hablaban del medio físico y de la gente de México sin siquiera conocerlo. A este panorama intelectual sombrío se enfrentó Francisco Javier Clavijero; dando origen a su monumental “Historia Antigua de México”, publicada por primera vez en Italia entre 1780 y 1781. El principal propósito de su obra era demostrar que en la geografía del país se habían asentado culturas humanas con las mismas capacidades y con periodos de grandeza equiparables a los de los países europeos y a los del mundo clásico.


El “Libro Primero” de la obra de Clavijero pone especial énfasis en la historia natural y en la geografía física de México. De entrada, manifiesta que en “el país del Anáhuac” existía un medio físico benigno para el desarrollo del talento humano:


“La pureza de la atmósfera, la menor oblicuidad de los rayos solares, y la más larga mansión del sol sobre el horizonte … contribuyen a disminuir el frío, y a evitar los rigores que en otras zonas desfiguran en invierno el hermoso aspecto de la naturaleza. Así es que los mexicanos gozan de un cielo transparente, y de las inocentes delicias del campo…No son menos enérgicas las causas que templan el ardor del estío. Las lluvias copiosas, que bañan frecuentemente la tierra, después de mediodía, desde abril y mayo, hasta septiembre y octubre; las altas montañas coronadas de nieves perpetuas, y esparcidas en todo el territorio de Anáhuac… transforman el verano …en una fresca y alegre primavera”. (1)


Clavijero inicia un largo periodo en el que se exalta al paisaje como una parte indispensable de nuestra condición como mexicanos. Era imposible no saber – menos en aquellos que eran criollos – que éramos resultado de una fusión de razas; sin embargo, la cohesión del paisaje con un pasado indígena glorioso elevó el pensamiento a otro nivel: convirtió a los mexicanos en la savia de una tierra espléndida y admirable.


La visión artística y humanística se articuló al paisaje incluso después de la independencia. Durante el siglo XIX destacó el paisajismo de José María Velasco, con sus magníficos oleos del Valle del Anáhuac; también hubo obra literaria que buscó enaltecer ríos, lagos y montañas. En la primera década del Siglo XX, Alfonso Reyes, uno de nuestros mayores referentes intelectuales, en el “Concurso científico y artístico del centenario” y en representación del “Ateneo de la Juventud” presentó el ensayo “El paisaje en la poesía mexicana del siglo XIX”. El texto del ensayo que tengo frente a mi vista data de 1911.


Brillante y acucioso, Reyes cuestionó la calidad de los poetas paisajistas del siglo XIX, entendiendo que el simple amor por el suelo patrio no bastaba. Expone dos premisas que son sustantivas para comprender la trascendencia que debe tener el paisaje en el espíritu y en la creación intelectual:


  1. “Que es lo más nuestro que tenemos”.


  2. Y que la majestuosidad debería obligar a generar una producción intelectual digna. En palabras de Reyes:

 

“Así nosotros, como los griegos que tan ostentosamente elogiaban, por inscripciones grabadas á las puertas de sus ciudades, la bondad de su tierra y su clima, y á éste llamaban <el predilecto de los dioses>, pudiéramos, sin hipérbole, escribir á la entrada de nuestra alta llanura central: - [“Caminante: has llegado á la región más propicia para el vagar libre del espíritu. Caminante: has llegado á la región más transparente del aire”] (2).


Liberar el espíritu significaba creatividad propia, dejar de abrevar indiscriminadamente lo que se producía en otros puntos del orbe. Es triste escuchar que México no pueda crear arte, ciencia o pensamiento propios, más cuando se trata de maestros universitarios. Poco conocen nuestro desarrollo intelectual, tampoco les interesa convertirse en pioneros o referentes de desarrollos intelectuales endógenos.


La ruptura contra el academicismo ha hecho menos plana nuestra concepción del mundo y ha transfigurado la historia del país en una curva histórica de adaptación y cambio. También ha revolucionado las ciencias y las artes y ha sido fuente de inspiración cuando se entiende que lo que se piensa debe servir para buscar nuevos horizontes históricos.


El doctor Ignacio Chávez Sánchez - en un magnífico discurso - recorre todos los méritos académicos de Miguel Hidalgo y Costilla: “Bachiller de Artes a los 17 años; Bachiller en Teología a los 20… Profesor de Filosofía a los 22 años; después de Latinidad y luego, Profesor por oposición de Gramática…el ascenso (sigue y es) promovido a Secretario y después a Rector del Colegio de San Nicolás” (3). Inesperadamente, en 1792, Hidalgo inicia una segunda etapa en su vida, deja la academia para convertirse en un cura de almas en diferentes pueblos. Su vida cambia de rumbo, pero su grandeza aumenta:


“El intelectual que había vivido siempre entre sutilezas, abstracciones y dogmas, bajó a la realidad misma del país y se encontró con el alma misma del pueblo”  (4).


El biógrafo Alfonso Toro ve en la ruptura intelectual de Hidalgo un acto de soberbia: “se graduó como bachiller en la Real y Pontificia Universidad, no recibiendo los demás grados (por) la infeliz idea que tenía de los méritos del claustro universitario, a quien calificaba como una cuadrilla de ignorantes” (5).


Se dice que Clavijero fue maestro de Hidalgo en el Colegio Jesuita de Valladolid, hoy Morelia. Tal afirmación parece ser incorrecta; lo que es indudable es que Clavijero fue el creador de una concepción mexicanista esperanzadora. En los cursos de historia se hace referencia a las causas externas que motivaron el movimiento de independencia (la revolución francesas o la independencia de las colonias anglosajonas) antes se tendría que hablar del nacionalismo criollo como soporte ideológico. Ese fue el marco conceptual que encontró Hidalgo para tratar de regenerar a una sociedad diezmada por la ambición de una metrópoli imperial insaciable.


¿Qué tanto le hemos sido fieles con nuestro talento e inspiración al bellísimo medio natural que nos rodea? Quién puede medirlo, lo que sí es evidente es que ha moldeado nuestra percepción del mundo y con ello, ha configurado nuestros rasgos cognitivos, emocionales y sociales; a tal punto, que forjó nuestro carácter para cambiar el rumbo de nuestra historia. Difícilmente hubiera habido independencia sin ese sentimiento de pertenencia a una patria y sin la idea de que su grandeza debería llevar a mejores cosas: ¡He ahí el grito libertario de Hidalgo!


Paisaje y resiliencia


Chiautla de Tapia, 2020 (Fotografía tomada del álbum fotográfico de Antonio F. Ruiz)
Chiautla de Tapia, 2020 (Fotografía tomada del álbum fotográfico de Antonio F. Ruiz)

En el último capítulo se habló de los flagelos que llevaron casi al exterminio de la población macehual de la provincia de Chiautla de la Sal. Todo letal, sin embargo, fue la explotación minera lo que tuvo un impacto sistémico: en menos de cincuenta años la población obligada al repartimiento forzoso se redujo en noventa por ciento, hasta llegar a sólo doscientas personas en 1635 ¿Había una población débil y por lo tanto, un medio natural frágil y enfermizo?


La historia es una relación activa entre el hombre y la naturaleza: inteligencia y carácter son capacidad transformadora; sin embargo, el medio natural encauza el ingenio, el temperamento y el reto que conlleva toda actividad humana. La unidad es dialéctica y convergente: el hombre al interactuar con la naturaleza la moldea y al hacerlo se moldea a sí mismo. La unidad también es indisoluble: el proceso histórico se deriva de nuestra adaptación a la naturaleza y llegará a su fin con su destrucción; cuando el uso irracional del conocimiento tecnológico haga inhabitable al mundo (cada vez estamos más cerca).


Las peculiaridades históricas que se observan en cada localidad o región están dadas por una dualidad: por la forma en que se asocian los hombres para aprovechar y explotar los recursos naturales que están a su alcance; y por la espiritualidad que genera el espacio geográfico. La adaptación al medio natural y su transformación, entonces, es un fenómeno social, en el que se conjuga la sobrevivencia y el espíritu humano; eso es lo que configura una forma de vida, una cultura.


La sociedad nativa de Chiautla había sido más bien resiliente como la naturaleza que la rodea: durante generaciones había recorrido caminos agrestes y sinuosos; cosechado sal; desjehuitado el campo para sembrarlo con maíz, lo que la hizo autosustentable; también se había dedicado a recolectar flores y frutos, a veces, ásperos y espinosos; y había removido, cavado y construido sobre la dureza de la tierra: sobre el tepetate.


El medio natural de la Baja Mixteca simboliza esfuerzo y resistencia. En los suelos agrestes, aun en las laderas de los cerros, sobreviven árboles y arbustos caducifolios (la mayoría de ellos rabones en el estiaje) con troncos y ramas de tonalidades verdosas, grisáceas, amarillentas y pardas, de los que brotan flores y frutos de diferentes matices cromáticos. La naturaleza se torna grisácea en el estiaje, pero con las primeras lluvias reverdece; convirtiendo a la selva caducifolia en un espectáculo visual.


A las raíces, cortezas, ramas y frutos de la flora: palo blanco, guamúchil, cuachalalate, zompancle, cazahuate, guaje, uña de gato y lináloe (árbol de incienso, de esencia grata), las mujeres y hombres de la región le encontraron un uso comestible, medicinal o ritual. En los pastos y matorrales también crecen hierbas que enaltecen el arte culinario de la región: pápalos, frailes, verdolagas, quintoniles, epazotes, hierbabuenas, entre otros.


Los cactus abundan y sorprenden por su tamaño. En la penumbra, sus troncos y sus muchos brazos parecen espectros de los Quinametzin, la raza de gigantes que según la mitología nahua, fue creada durante el periodo de Sol de Lluvia - etapa previa a la creación de los hombres - y que fue destruida por Quetzalcóatl mediante una lluvia de fuego. En mayo y septiembre de un tipo de cactus brotan frutos de un sabor único: las pitayas, cuyas pulpas pueden tener diversos colores; aunque las de rojo intenso parecen ser las más dulces, además de hacer recordar nuestro mito solar: la esencia roja que simbolizan los corazones ofrendados que le daban fortaleza y vida al Sol.


Cactus candelabro, agosto de 2024, Chiautla de Tapia. (G.C.L.)
Cactus candelabro, agosto de 2024, Chiautla de Tapia. (G.C.L.)

Esa capacidad de adaptación y transformación productiva de miles de años o de quinientos años si se toma en cuenta la expansión tolteca estuvo a punto de extinguirse en menos de cincuenta años por las pestes, el hambre, la sobreexplotación y las enfermedades endémicas. El número de pobladores previo a la conquista se recuperó hasta en las décadas de los setenta y ochenta del siglo XX, es decir, 450 años después. Más que dudar sobre la fortaleza de nuestros nativos y de nuestro medio natural como lo hicieron de Pauw y Buffon en el siglo XVIII, lo que valdría la pena es tratar de explicar porque la comunidad nativa no terminó por extinguirse.


Cómo una forma de posibilitar el coloniaje en un territorio tan extendido, como lo era el mexicano, se les permitió a los pipiltin mantener sus propiedades y sus pozos de sal; incluso mantuvieron bajo su mando a los macehuales. Esto, sin que ello significara, que no tuvieran la obligación de cederlos durante el repartimiento forzoso de mano de obra o coatequitl.


A mediados del siglo XVII la población se habían quedado casi sin mano de obra y los pipiltin, con sus familias, tuvieron que trabajar sus propias tierras. En el caso de la explotación de la sal esto significó que se valieran por sí mismos para darle mantenimiento a los pozos, elaborar cajetes, cosechar la sal, almacenarla y proceder a su intercambio injusto: ellos vendían sal al precio oficial que se mantenía por mucho tiempo y a cambio recibían mercancías a precios de inflación. La pobreza los perseguía, pero eso era mejor que asistir a las minas para trabajar en ellas y sufrir enfermedades terribles a cambio de recibir un mísero salario.


Con el paso de los siglos esto se desdibujó riesgosamente. En el XVIII se empezó a cuestionar sobre si los pipiltin que vivían eran efectivamente descendientes de los nobles indígenas; se argumentaba que era una simple excusa para no asistir a trabajar a los reales mineros.  La presión se hizo insoportable, más porque las reformas Borbónicas buscaban reactivar la explotación de plata mediante la exención de impuestos y rebajas en los precios del azogue y de la sal; y a través de la ampliación de los privilegios que se les habían concedido a los mineros desde el siglo XVI por el Virrey Enríquez.


El impacto de las reformas propició que resurgieran algunos reales mineros como el de San Francisco de Huautla, en la Sierra de Morelos.  Este Real - como ya se dijo - era uno de los centros mineros más antiguos en el centro de Nueva España: fue fundado en 1570 casi al mismo tiempo que el de Tlaucingo y sólo 20 años después que el de Taxco.


La ambigüedad era que los mineros requerían sal para el beneficio de la plata, pero al mismo tiempo de fuerza de trabajo abundante para someterla a la peor de las explotaciones. Ante la sed de ganancias, los hacendados mineros buscaban la dos cosas: sal y mano de obra baratas desde Chiautla. Paradójicamente los nativos recurrían a una de las ordenanzas del Virrey Enríquez, solicitando periódicamente su ratificación para no estar sujetos al coatequitl:


1725:

“El virrey (Juan de Acuña y Bejarano, Marqués de Casafuerte) declara estar exentos los naturales de Ocotlán, Chila y Jicotlán, de asistir al trabajo y labor de minas, respecto a la obligación que tienen de beneficiar y conducir sales para el beneficio de las platas de Taxco, Tlauxingo, San Pedro Ocotlán, Santiago Chila, San Juan Xicotla, Chiautla de la Sal, Taxco (AGN/Instituciones Coloniales/Real Audiencia/Indios (058) / Contenedor 27/Volumen 50/Expediente 154).


Otra vez, al iniciar el XVIII, reales con “catas profundas, escasa ley en sus metales y gran dureza y agua en sus vetas” (6), que requerían de abundante azogue o mercurio para purificar plata vuelven a intensificar su producción. San Francisco de Huautla alcanzó sus niveles máximos de producción en la séptima década del siglo XVIII y todavía registraba importantes niveles de producción en la primera década del siglo XIX.


Túnel mayor de la mina de San Francisco, Huautla (Fotografía tomada del texto: "Bonanza y abandono del real de San Francisco de Huautla", autor Margarito Pérez Retana)
Túnel mayor de la mina de San Francisco, Huautla (Fotografía tomada del texto: "Bonanza y abandono del real de San Francisco de Huautla", autor Margarito Pérez Retana)

La extinción de la población nativa parecía inminente:


1777:

Queja de los naturales de Chiautla de la Sal: “se les compete a numerosa mita (cuota laboral), cual jamás se ha experimentado”. (AGN. Minería. Volumen 20. Expediente 3).


En el ocaso del siglo XVIII, nos encontramos ante una sociedad desesperanzada luchando contra intereses imposibles de subsanar, siendo por esto letales: lo que estaba en juego eran los mecanismos de extracción y acumulación de riquezas de un reino y de los voraces dueños de minas frente a su propia subsistencia. ¿Vivir o extinguirse, ese era el gran dilema de las comunidades?


Entre caminos y veredas


En el periodo prehispánico, el transporte de mercancías se hacía únicamente mediante el esfuerzo humano; no se conocía el uso práctico de la rueda ni existían animales entrenados para la tracción o el cargamento. Los tamemes eran las personas que movilizaban las cargas, quienes se ayudaban con un instrumento llamada mecapalli: “el objeto a transportar se ceñía a espalda de los tamemes por un sistema de cuerdas que a su vez estaban sujetas a una banda de ixtle que desembocaba en la frente del cargador. Los tamemes solían llevar a cuestas cargas de hasta 35 kilogramos y recorrían una distancia aproximada de 35 kilómetros por día” (7).


De modo que nos podemos imaginar en el periodo prehispánico a una caravana de hombres, al servicio de un cacique o comerciante (pochteca), avanzar con cargas de sal provenientes de los pueblos salineros de Ocotlán, Chila y Xicotlán. En los primeros años de la colonia, el transporte de mercancías se seguía haciendo mediante el servicio de los tamemes, quienes caminaban sobre veredas hacía los diferentes puntos de venta y consumo del Centro de país y de Puebla. Reitero en las siguientes citas:


1553:

Relación de descarga y data de don Tristán de Arellano como persona que tuvo en gobernación el estado del marqués del Valle:


“…dio en data 25 pesos de oro común por tanto se dieron a los indios de Acapistla (Yecapixtla) por paga de 100 tamemes que han de traer sal de Chautla con dos principales para la huerta de Yautepeque (Yautepec)”


“…dio en data 37 pesos y cuatro tomines de Tepuzque que se dieron a Diego de Baena para comprar 100 cargas de sal en Chiautla para salar las conservas que se hacen en el ingenio de Caonovaca (Cuernavaca) (8).


En la medida que la sal tuvo un uso industrial, su demanda se amplió considerablemente y fue necesario ensanchar las veredas para transformarlas en caminos reales. No sólo eso, se tuvieron que construir nuevos caminos en la medida de que tanto Chiautla como su provincia eran puntos de referencia obligados para llegar al “Mar del Sur”.


En el siglo XVI un evento posibilitó el intercambio interoceánico y que se erigiera la feria de Acapulco, como la más importante del periodo novohispano. En 1565, Andrés de Urdaneta, un experimentado marino agustino, encontró la ruta del tornaviaje que permitía desde Filipinas regresar a América. Así surgió la Nao de China, multiplicándose el comercio entre Acapulco y Veracruz. De Acapulco, se enviaba plata (en barras o moneda), cochinilla para tintes, semillas, camote, tabaco, garbanzo, chocolate y cacao, sandía, vid e higueras de la Nueva España y barricas de vino y aceite de oliva de España. Desde Manila venían: telas, objetos de seda, alfombras, las preciadas especias, cera, ámbar, piedras preciosas, incluso mercurio o azogue para el refinamiento de la plata, entre otros productos.


El flujo de las mercancías de Acapulco hacia Veracruz y viceversa, como era natural propició el contrabando, para lo cual se utilizaban rutas alternas. Así las rutas y los pueblos de enlace del Pacífico al Atlántico, y viceversa (como Chiautla) fueron objeto de una atención y vigilancia permanente. Resulta interesante la siguiente referencia:


“El fraile Thomas Gage, quien renegando de su misión apostólica en Filipinas, huyo en 1626 con un grupo de compañeros para ser protegidos por los dominicos en Guatemala. Toca Chiautla de la Sal, después de haber salido del valle poblano; sin embargo, en lugar de bajar a la Costa del Pacífico por Tlapa y Ometepec, decide alejarse de los pueblos administrados por los agustinos que controlaban el pasaje a Filipinas. (9)


La ruta de Chiautla sirvió también como enlace comercial:


         Chiautla, a 7 de febrero de 1784.

“Carta en la cual Don Cristóbal de Paz y Pinzón le participó al Virrey Don Matías de Gálvez que había recibido y mandado publicar en la jurisdicción de Chiautla de la Sal el bando sobre la apertura de registros de plata y frutos para el viaje que el navío real “San Felipe” haría de Veracruz a España. Dicho buque debió partir junto con el resto de la expedición al mando del Brigadier Don Miguel de Sousa, pero no pudo hacerlo por necesitar de ciertos reparos” (AGN/Instituciones Coloniales/Gobierno Virreinal/Marina (068) / Expediente 98, Volumen 57).


No se prescindió totalmente de los tamemes, pero resultaba indispensable ampliar los caminos, tanto para proveer con mayores cantidades de sal a los reales mineros de Tlaucingo, Huautla y Taxco, como para trasladar las mercancías hacia diferentes mercados. El animal que trascendió en el desarrollo del sistema de transporte en la Nueva España fue la mula. Este equino fue el que más se adaptó a las condiciones geográficas escabrosas que privan en nuestro territorio:


“Su vigor, su gran aguante y su paso corto pero firme, se adaptaba casi a cualquier camino y podía recorrer largas distancias, con una carga de entre 115 y 200 kilos…Sea como fuere, lo cierto es que muy pronto los caminos prehispánico tradicionales, que en muchas ocasiones eran simples senderos trazados por el paso de los tamemes, comenzaron a ser transitados también por recuas de mulas, que con sus cargas de hombres y mercaderías a cuestas, subían y bajaban montañas, atravesaban desiertos y selvas, o cruzaban ríos y pantanos (10).


El transporte con mulas, se hacía mediante la organización de recuas de 25 o 40 animales, manejadas por un grupo de trabajo denominado arrieros y en el que existía una evidente división del trabajo: el dueño de la recua o el mayordomo o responsable de la recua; los hatajadores que se encargaban de atajar o evitar que las mulas se desperdigarán; los sabaneros, cuya responsabilidad era alimentar las mulas en los pastizales o en las sábanas y los cargadores o aviadores que se dedicaban a la carga y descarga de las mulas (11).


No está por demás señalar que el sistema de arriería se convirtió en uno de los negocios más rentables durante el periodo colonial, además del intercambio de mercancías, permitió el desarrollo de diferentes transacciones que se derivaban de la actividad comercial, entre ellas: la circulación e intercambio de documentos valor por compra, venta, pagos y cobro de mercancías; servicios de almacenaje e inventarios y operaciones de caja y préstamos, entre otros. Estas transacciones rebasaban el ámbito local o regional y generaban vínculos de negocio entre los que se constituyeron como los grandes comerciantes de Chiautla y su jurisdicción: los alcaldes mayores, con otros ubicados en centros comerciales y de peaje de gran importancia en la Nueva España:


Año 1694-1699:

“Pedro de Medina Camacho…dio su poder cumplido a Alonso Ortiz, vecino de Jalapa, para que en su nombre, como administrador de la recua del Capitán Don Francisco Alvarez, Alcalde Mayor de Chiautla de la Sal; en virtud de hallarse enfermo, haga los entregos de los géneros, pesos y demás mercaderías que lleva la dicha recua para la ciudad de la Nueva Veracruz, a sus respectivos dueños” (12)


Resulta interesante saber cómo fueron adquiriendo los nativos mulas y otro tipo de equinos para emplearlas en sus propios procesos productivos y comerciales. El ámbito era sumamente restrictivo, se tenía que pedir permiso hasta para montar a caballo:


1592:

“Se dio licencia a Diego de Osorio, indio natural y principal de Chiautla, para montar a caballo. Puebla. Po. Chiautla” (AGN/Instituciones Coloniales/Real Audiencia/ Indios (058)/Contenido 04/Volumen06/Expediente 714)


Tiempo después se les permitía adquirir mulas:


20 de abril de 1632:

“A la justicia de Chiautla para que no impidan a Catalina García cacique tener diez mulas de carga con los útiles necesarios” (Expediente 168 del Archivo General de la Nación).


Ante mecanismos institucionales tan restrictivos actuó una especie de mercado negro. Con tal de acaparar la mayor producción posible y ampliar sus ganancias, vendiendo muy por arriba del precio oficial, los alcaldes mayores estaban dispuestos a intercambiar mulas por sal. Obviamente las mulas para los nativos no sólo servían como fuerza de tracción productiva o de acarreo, sino también para transportar sus productos hacia diferentes pueblos cercanos. La mulas también eran cotizadas porque se integraban al patrimonio familiar: “formaba parte de los inventarios de bienes que aparecen en cartas de dote y testamentos, y también se encuentran entre las primeras cosas que se hipotecan o se embargan para garantizar el pago de deudas” (13)


Era imposible detener con cédulas, bandos u ordenanzas lo que naturalmente se estaba dando, la apertura de los mercados locales y los días de plaza. Aun ahora de la importante red de pequeñas localidades y de los ranchos arriban un número importante de personas a Chiautla para mercar o comprar mercancías. Hace ilusionar que el comercio estuviese solucionando los problemas de despoblación al finalizar el siglo XVIII, pero habría que preguntarse: ¿Quién iba asentarse en una cabecera de indios en forma permanente, a sabiendas de que estaba sujeto al reclutamiento forzoso para el trabajo de minas?


Los pequeños comerciantes y arrieros estaban también molestos con el rígido sistema colonial y con la implementación de las reformas borbónicas:

      

  • Se había incrementado la recaudación fiscal y endurecido el sistema de peaje, sin siquiera aumentar la seguridad en los caminos. Los arrieros sufrían muchos males: el endurecimiento de controles comerciales ampliaba los riesgos de incautación de mercancías y padecían mayores tasas de alcabalas

  • Los grandes comerciantes en las ciudades y en las cabeceras de las provincias, generalmente los alcaldes mayores, monopolizaban las mercancías (en el caso de Chiautla, la sal) y abusaban de un mecanismo de intercambio, de por sí, injusto: el llamado repartimiento forzoso de mercancías.

  • El acaparamiento hacia desleal el comercio y generalmente los pequeños comerciantes adquirían “saldos” a un mayor precio.

  • Los nativos que habían adquirido mulas y pequeñas recuas trasladaban su mercancía mediante subterfugios y estaban propensos a recibir severos castigos.


Al finalizar el siglo XVIIII, la dominación española se había hecho insufrible. Sólo hacía falta que alguien encendiera la mecha o que les enseñara el camino de la rebeldía para sobrevivir y aspirar a una mayor justicia. Chiautla tuvo el dignísimo honor de contar con el propio José María Morelos y Pavón.


Es importante reiterar que todos los caminos de Chiautla son herencia del periodo colonial:


  • El que comunica con los pueblos salineros (Ocotlán y Chila) y que se bifurca hacía Xicotlán y Acaxcahuatlán o hacia Tulcingo del Valle, para luego volver a ramificarse hacia Huamuxtitlán y Tlapa, Guerrero o hacía Piaxtla, Tehuitzingo e Izúcar de Matamoros y que permite también encontrar la ruta que lleva a Acatlán de Osorio, a Huajuapan y demás pueblos de la Alta Mixteca y hacia Oaxaca.


  • El que se enlaza con Huehuetlán y Tlancualpican y que entronca hacia los valles azucareros de Morelos y de Puebla. Siguiendo la ruta de los pueblos de Morelos se llega a Tlayacapan, que era el paso obligado para ascender a la Ciudad de México o bien siguiendo el Tepozteco se llega a Cuernavaca o más hacia el Sur a Zacatepec y Jojutla.


  • El que se dirige hacía Ayoxuxtla y que se bifurca hacia Cohetzala o Ixcamilpa y que continúa por diferentes vertientes hacia los pueblos de Guerrero.

 

  • Desde cualquiera de las rutas que tocan los pueblos de Guerrero, casi siempre por caminos serranos, entre barrancas y cañadas, se puede entroncar a Iguala, Taxco, Chilpancingo y Acapulco. Recuérdese que los principales proveedores de sal en las minas de Taxco eran los pueblos salineros de Chiautla: San Pedro Ocotlán, Chila de la Sal y Xicotlán.

 

  • Hay caminos que actualmente no son transitados y que tuvieron una trascendencia histórica innegable como el de Jolalpan a Chiautla, que fue la ruta que siguió Morelos para tomar Chiautla de la Sal. Ese mismo camino fue el que tomó Zapata, cien años más tarde, quien de ahí avanzó hacia Chiautla. En Jolalpan aun indican donde inicia esa ruta y distarían ocho o diez leguas para llegar a Chiautla, cruzando arroyos, ríos y cerros.

Itinerario de las campañas de Morelos, INEGI, agosto de 1985 (Véase la ruta Tlapa, Jolalpan y Chiautla de la Sal, hoy Chiautla de Tapia)
Itinerario de las campañas de Morelos, INEGI, agosto de 1985 (Véase la ruta Tlapa, Jolalpan y Chiautla de la Sal, hoy Chiautla de Tapia)

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(1) Francisco Javier Clavijero. Historia Antigua de México. Departamento Editorial de la dirección General de las Bellas Artes. 1917. P.22

(2) Alfonso Reyes. El paisaje de la poesía mexicana del siglo XIX. Tip de la Viuda de F. Díaz de León, sucs. 1911. Pp. 3 y 6.

(3) Ignacio Chávez. “El Padre Hidalgo. Discurso en el Segundo Centenario de su Natalicio”, en Humanismo Médico, Educación y Cultura, tomo II, Editorial el Colegio Nacional, p. 659.

(4) Ibidem, p. 660.

(5) Alfonso Toro. “La Revolución de Independencia y México Independientes”. Editorial Patria, 1959, p. 59.

(6) Ernest Sánchez Santiró.  “Plata y Privilegios. El Real de Minas de Huautla., 1709-1821, p.96.

(7) Joel Enrique Almanza Anaya. “Pantanos, valles y cumbres: La construcción del ferrocarril de Veracruz (1842-1873)”. (Tesis de maestría en historia, Mérida, Yucatán).

(8) Catálogo de protocolos del Archivo General de Notarías de la Ciudad de México. Siglo XVI.

(9) Gerardo Gutiérrez y Mary E. Pye. “Conexiones Iconográficas entre Guatemala y Guerrero: Entendiendo el funcionamiento de las Rutas de Comunicación a lo Largo de la Planicie Costera del Océano Pacífico”. p. 925. En Internet.

(10) Ivonne Mijares Ramírez. “La mula en la vida cotidiana del siglo XVI”. Instituto de Investigaciones históricas. UNAM (en internet), p. 293.

(11) Clara Elena Suárez Argüello. “El transporte en la Nueva España. Los caminos y la importancia de las mulas”. Diccionario temático CIESAS (Documento en Internet)

(12)  Catálogo de protocolos de la Universidad Veracruzana.

(13)   Ivonne Mijares Ramírez. Op. Cit. p. 307

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

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