Chiautla y Tlanichiautla: origen y construcción espiritual. Octava parte
- Gildardo Cilia López

- 25 feb
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Gildardo Cilia López

Macehuales
La sociedad mexica estaba dividida básicamente en dos clases sociales: pipiltin y macehualtin. Los macehuales - la gente del pueblo - conforme a la cosmovisión teotihuacana habían surgido por obra divina: los dioses necesitaban seres que los veneraran y los alimentaran ritualmente; además su esfuerzo debía servir para hacer florecer y perpetuar el mundo por ellos creado.
La concepción de la creación del mundo (el quinto sol) y del hombre fue adoptada tiempo más tarde por los toltecas y los mexicas. Los macehuales eran la huella divina de la sangre penitente del miembro de Quetzalcóatl, quien la derramó sobre los huesos valiosos de otros dioses por él recuperados del Mictlán. Así la gente del pueblo, desde su creación, estaba predestinada al sacrificio y al trabajo; eran en esencia: “hijos de la penitencia de Quetzalcóatl”.
Los macehuales desarrollaban diferentes tareas: organizados en los calpullis, trabajaban en tierras comunales para su propio sustento y para pagar tributos; se dedicaban a fabricar artesanías, a la pesca y al comercio; participaban en la construcción de obras públicas (templos, calzadas y acueductos); y constituían la base de los ejércitos que combatían en las guerras floridas (xochiyaóyotl) o en las campañas de expansión territorial. No estaban desprovistos de escuela, había una casa de estudios, los telpochcalli, donde los jóvenes macehuales aprendían el arte de la guerra, historia y religión, además de que se les inculcaba sobre el papel que desempeñaban como servidores de los dioses y del Estado.
¿Qué tan libre pudieron haber sido los macehuales que en cúmulo estaban sujetos a tributo y al servicio de una clase minoritaria (los pipiltin) y que además se sometían a las decisiones de un tlatoani, que lo concebían como un representante divino en la tierra? Existe un amplio debate, lo cierto es que los macehuales eran el motor de la economía prehispánica, es decir, la base de la pirámide que sostenía al imperio mexica, así como a los pueblos nahuas y a otros con orígenes culturales distintos.
La preocupación de humanistas como Vasco de Quiroga, Bartolomé de las Casas y Alonso de la Vera Cruz, se centraba más en la suerte de la gente común; es decir, la que con su trabajo generaba riquezas y pagaba tributos ya no sólo a los pipiltin, sino a la corona española que se había encaramado en la cima de las jerarquías durante el periodo novohispano. Los macehuales eran víctimas de una doble exacción: la de los pipiltin y la de los nuevos dueños de estas tierras. El recorrido de los tributos se hizo más tortuoso: de los macehuales a los pipiltin y de los pipiltin a los insufribles encomenderos, primero, y a los funcionarios de la corona, con su casi interminable burocracia, después.
Viendo esa aciaga explotación de los macehuales, Vasco de Quiroga concibió la necesidad de conformar comunidades autosustentables. En los pueblos-hospital pensaba que era factible poner en práctica una magnífica utopía: jornadas de trabajo de seis horas, a efectos de hacer crecer la espiritualidad de la gente y los vínculos afectivos y culturales que deberían existir entre padres e hijos. “Tata Vasco” era un hombre adelantado a su tiempo.
Alonso de la Vera Cruz, el brillante maestro universitario, centró sus propuestas en el derecho natural. La teoría del dominio le sirvió para expresar que toda sociedad debería estar regida por el bien común y que, por lo tanto, ningún tipo de tributo o exacción debería ser peor que la que existía antes de la conquista española; asimismo, argumentaba filosófica y jurídicamente que la corona no tenía ningún derecho sobre estas tierras. Nada - planteaba - que se tome por la fuerza y contra la voluntad de una comunidad genera derechos. Bajo esta premisa - seguramente indignado - hizo la siguiente aseveración:
“…no puede hablarse de negligencia por parte de (las gentes) del pueblo…quien clamarían, si fueran escuchados, contra la tiranía y la opresión que padecen, no por parte del emperador, sino de algunos a quienes fue encomendada la custodia del pueblo, que los devoran como manjar de pan, los despojan, los desgarran y los destruyen…Soy testigo de vista”. (1).
En cuanto a la exacción laboral, sobre la base del bien común, concluye que la corona no podía traer consigo un rezago civilizatorio, así el trabajo lo tenían que ejercer personas libres y justamente remuneradas. El humanismo de Alonso de la Vera Cruz y el del activista Bartolomé de las Casas se fue perdiendo ante la insaciable sed de riqueza del reino, de sus virreyes, de sus voraces encomenderos y de sus infames funcionarios menores: alcaldes, tenientes y ministros, quienes ejercían en los pueblos la autoridad del rey. Y qué decir de la voracidad de los propietarios de las haciendas y de los reales mineros.

Los ojos perceptivos de Alonso de la Veracruz, catedrático de la Real y Pontificia Universidad de México, también observaron la declinación moral de los pipiltin, contagiados por la ansía de riqueza de los españoles. Así, cuando se declaró el fin del sistema de encomiendas, en donde no había retribución salarial alguna, le advirtió a Gastón de Peralta, Marqués de Falces, tercer Virrey de la Nueva España, en 1566, lo siguiente:
“Es de mucho advertir que así como solían ir indios de los pueblos por tributo a las minas, ahora van alquilados; y este alquiler, porque su manera de gobierno es así, no se hace con los que lo han de trabajar sino con el cacique o gobernador o principal, y éste toma la paga de todos y éste les manda ir… Es ordinario que a los que trabajan no les dan el jornal concertado sino que el señor o principal indio se queda con él o una parte…” (2).
¿Es posible verificar la degradación moral que se tornó en abusos de los pipiltin hacia los macehuales? La reconstrucción histórica de México desde la visión de un viejo altépetl, como lo fue Chiautla de Tapia, lleva a revisar el contenido de diversas fuentes. En la exhaustiva recopilación que hace el gran historiador del periodo virreinal, Silvio Zavala, se pudo encontrar información sumamente valiosa.
El segundo virrey de la Nueva España, Luis de Velasco y Ruiz Alarcón, conocido por el “Emancipador”, por sus buenos actos y sentimientos hacia los nativos, le ordenó a Gonzalo Díaz de Vargas visitar las provincias de Chiautla (de la Sal), Teotlalco, Olinalá y Papalutla. El informe del visitador sobre Chiautla, con fecha 20 de mayo de 1556, muestra, además de una realidad desgarradora, los graves abusos de los pipiltin sobre la gente del pueblo:
“En la provincia de Chiautla (hallé) 3 000 tributarios, contando por medios tributarios a las viudas y viejos y a los carpinteros, pintores y canteros que servían en las obras de monasterios e iglesias, y a los fiscales, sacristanes e indios de otros oficios. Esta provincia daba de tributo en reales de plata…6 000 pesos de oro común…En atención a ser la tierra cálida y enferma y de pocos provechos, a las obras del monasterio e iglesias que hacían (recuérdese que el monasterio de San Agustín Obispo inició su construcción en 1550), y a lo que daban para religiosos, ornamentos, obras públicas, hospitales, casas de comunidades y a sus caciques y principales, (moderé) que diesen en reales de plata puestos cada año en la cabecera de la provincia 3 800 pesos de oro común y no otra cosa...” La tributación, en consecuencia, era excesiva en relación con la pobreza que padecía el pueblo. (3)
(Mandé) también que los fiscales, sacristanes y otros indios encargados de mostrar la doctrina cristiana a los naturales no se diesen por tamemes en ningún tiempo, aunque fuese para eclesiásticos, ni trabajasen en las sementeras de la comunidad ni del cacique ni en obras públicas, excepto en las obras de monasterios, iglesias y hospitales, por ser espirituales. (4) He ahí la importancia que se le daba a los fueros de la iglesia y la conveniencia de servir en ellas, ya que libraba a la gente de prestar servicios letales, como el trabajo en minas.
(Diaz de Vargas refiere que) “los macehuales trabajan … más de veinte años en hacer templos, hospitales, casas de cabildo, audiencias, cárceles, fuentes, puentes, edificios y obras públicas, y por esta causa dejan de sembrar. También edifican las casas de los caciques, gobernadores, principales, alcaldes y regidores y otros oficiales de sus pueblos, <e todas las dichas obras hacen sin se lo pagar>” (5). Bajo estas condiciones no podía existir más que hambruna por abandono al trabajo agrícola y explotación laboral abusiva por no estar remunerada.
(Sobre el abuso de los caciques, Días de Vargas señala): “si hacía treinta años o más o menos tiempo, que un pueblo, barrio o estancia tenía por ejemplo cien casas, y éstas daban al cacique o principal al año cien pesos en cosas, y las cien casas habían disminuido hasta ser veinte, estas veinte daban y suplían de presente al cacique o principal lo mismo que le daban antes siendo cien (6). Despoblamiento e imperturbabilidad de los pipiltin ante el dolor causado por las pestes, las enfermedades y la huida de los macehuales de la cabecera congregacional.
“Descubrió siete cacicazgos o mayorazgos usurpados e hizo las restituciones, tomando medidas para la administración de los bienes de los herederos niños, cuyos padres habían muerto” (7). Usurpación y rapacidad entre los mismos pipiltin.
Conviene para lo siguiente, mencionar las cuatro etapas de la exacción o extracción de la riqueza minera, que con gran precisión se sintetiza en la narración histórica recopilada por Silvio Zavala:
Primera etapa: “cuando Cortés ganó la tierra, hasta el año de xxv (1525) (la exacción) se sustentó con el oro que se halló en poder de los naturales; se acabó presto y los españoles pensaron irse a España” (8). A esta etapa se le puede denominar de despojo.
Segunda etapa: “entonces se descubrieron minas de oro, y como a la sazón había en la tierra muchos esclavos, así de los hechos en la guerra como de los que los naturales daban de tributo conforme a su costumbre antigua, hubo gente bastante para beneficiar las minas de oro; esto duró hasta el año de xxx (1530) que decayeron; los españoles se fueron muchos al Perú” (9). Este episodio es el de los placeres de oro. En el capítulo anterior se habló de la cruenta explotación aurea que, conforme a Fray Toribio de Benavente, “Motolinía”, derivó en su sexta y novena plagas.
Tercera etapa: corresponde al de la fundición de plata y prevaleció hasta 1552. Este método empezó a declinar cuando la plata extraída de las minas perdió notoriamente “ley”. Aun así, de no haber surgido un procedimiento alternativo, seguramente, se hubieran arrasado con los bosques para contar con materia prima para los hornos de fundición.
Cuarta etapa: “Pero en el año de 1553 vino aquí un Bartolomé de Medina, que dio la primera orden del beneficio de los metales con azogue, y con ello se ha sacado muy mayor suma de plata que se sacaba antes por fundición, y casi todos deshicieron los ingenios de fundir y los hornos de ellos y armaron mazos para moler” (9). Este método de amalgamación hizo rentable la plata de baja ley, volcando los esfuerzos mineros hacia una amplia extensión territorial de la Nueva España: desde Zacatecas, pasando por Guanajuato y hasta Guerrero, incluyendo a los pequeños reales mineros de la Sierra de Morelos (Huautla) y de la provincia de Chiautla (Tlaucingo). Así, con este modelo productivo, la Nueva España se convirtió en el principal productor de plata en los siglos XVII y XVIII, extrayendo de las entrañas de los cerros más de la mitad de la plata que se producía en el mundo.

La fiebre de plata que constituyó la enorme riqueza del imperio español a partir de la segunda mitad del siglo XVI dio fin al debate humanista que impulsaron Alonso de la Vera Cruz y Bartolomé de las Casas, sustentado en dos tesis: el mejor trato civilizatorio hacia los naturales; y la vertiente del trabajo digno, libre y justamente remunerado. En 1573, se zanjó la discusión cuando la Corona delegó al virrey Martín Enríquez de Almansa la facultad de “ordenar la materia como le parezca, y de esta manera abre la vía al repartimiento compulsivo de indios para labores de las minas a semejanza de lo que ocurrió en el Perú bajo el virrey Don Francisco de Toledo” (10).
El virrey Martín Enríquez instauró oficialmente en la Nueva España el servicio personal forzoso para atender a las necesidades prácticas que requerían las diferentes haciendas agrícolas, ganaderas, y, particularmente, los reales de minas. El macehual ya no podía ser dueño de su propio esfuerzo como lo concebía de la Vera Cruz, se tornó sólo en un recurso sujeto a la expoliación y a los peores tratos. Dio inicio, así, una etapa regresiva, el derecho natural se echó por la borda y el repartimiento forzoso rozó a la esclavitud.
En este ámbito regresivo, se abrió dentro de la insufrible burocracia española un nuevo puesto, al que sólo podían tener acceso los españoles colonizadores: el juez repartidor. Sus funciones eran francamente aborrecibles:
Realizaba el censo de los macehuales, entre 14 y 60 años, que tenían que asistir a trabajar a las haciendas agrícolas y ganaderas y a los reales mineros.
Vigilaba que se cumpliera con la tasación impuesta de cuatro por ciento para esta población sujeta a repartimiento y organizaba la rotación correspondiente de las cuadrillas de trabajo.
Aseguraba que se le pagara un salario en dinero a los macehuales por su servicio.
Tenía la facultad de sancionar o castigar a los caciques y gobernadores indígenas si no reunían a la gente con la puntualidad y tasación de cuatro por ciento requerida o a los indios que evadieran el servicio.
Ayudaba a asentar a los indígenas en los pueblos congregacionales o en su caso mandaban a buscar a los macehuales desertores, aplicándoles las penas correspondientes.
No hay que pensar mucho para concluir que la labor de estos jueces como intermediarios entre los españoles y los caciques indios se prestaba a abusos inefables. El contubernio era común para contar con un mayor volumen de fuerza de trabajo en los centros laborales, de modo que había corrupción tanto con los dueños de las haciendas y de los reales mineros, como con los caciques o gobernadores de indios. Las tajadas, a su vez, se repartían con los alcaldes mayores y con los tenientes y oficiales encargados de hacer cumplir lo que se acordaba por medio de “enjuagues”.
Es probable que la reglamentación impuesta por el virrey Martín Enríquez haya obrado sobre su conciencia. Buscó paliar los males que trajo consigo el trabajo forzoso fallando a favor de los nativos en sus diversas querellas y quejas; también le recomendó a sus sucesor, Lorenzo Suárez de Mendoza, conde de Coruña, que protegiera y le diera un trato paternal a los nativos:
“…son los indios una gente tan miserable que obliga a cualquier pecho cristiano a condolerse de ellos. Y esto ha de hacer el virrey con más cuidado, usando con ellos oficio de propio padre” (11).
¿Conmiseración o arrepentimiento? Lo cierto es que su anuencia y la reglamentación que hizo al repartimiento forzado derivó en una plaga más. Motolinía murió el 9 de agosto de 1569, así que apenas se dio cuenta de que las plagas en la Indias superaban a las de Egipto, sobrepasando los diez dedos de las manos.
El coatequitl
El coatequitl era un sistema de trabajo colectivo obligatorio y por turnos en el México prehispánico; esto es, los macehuales prestaban sus servicios de manera periódica, posibilitando que continuaran las actividades productivas, sobre todo, de laborío en las tierras comunales. Como se dijo, estaba estrechamente vinculado al calpulli, que era la unidad social y territorial que se encargaba de enviar a la fuerza de trabajo a diferentes actividades conforme a las necesidades requeridas por los pipiltin y los grandes señores. De modo que las cuadrillas de macehuales se empleaban para la construcción de obras públicas o para laborar en las tierras de los pipiltin o en las propiedades y eventos que preparaban los casi omnímodos tlatoanis y sus sacerdotes. El coatequitl, así, constituía básicamente un tributo laboral.
Hay quien desde el tequio que aún se observa en diferentes comunidades del centro y del sur de México, ven con cierto romanticismo los trabajos comunales a través del coatequitl. Más bien, considero que los calpullis daban acceso a los medios de producción, principalmente a la tierra, lo que posibilitaba tanto el sustento de los macehualtin, así como la generación de excedentes que posibilitaban la entrega de tributos. ¿Qué tan libres eran los macehuales? Tal vez, en efecto, tenían una conciencia comunitaria, pero estaban sujetos a un régimen despótico militar y religioso.
Los españoles tomaron como base este sistema laboral tributario para instrumentar el repartimiento forzoso de mano de obra. Había dos grandes diferencias: en el repartimiento había un salario predeterminado, aun cuando era mínimo y claramente insuficiente; y dos, en la colonia esto se transformó en sobreexplotación y en trastorno poblacional, sobre todo, cuando se hace referencia a la minería. Les pagaban a los macehuales, cierto, pero los explotaban infinitamente más, haciendo nimio el salario en efectivo.
Siendo la producción de plata la actividad preponderante que le daba riqueza al imperio español, el coatequitl en los reales mineros se extendía hasta cinco semanas y se buscaba el repoblamiento cerca de las fauces letales de las minas; mientras que en las actividades agrícolas y ganaderas el servicio laboral era de dos semanas, aunque también hubo repoblamiento indígena en las haciendas, como en el caso de las haciendas azucareras del Estado de Morelos y las del valle de Izúcar de Matamoros. El coatequitl en las actividades agrícolas y ganaderas se suspendió oficialmente el 31 de diciembre de 1632, mediante un ordenamiento del Virrey Rodrigo Pacheco y Osorio de Toledo, marqués de Cerralbo; en tanto que el coatequitl en la minería persistió a lo largo de los tres siglos del coloniaje español.
En las haciendas azucareras del Estado de Morelos, por ejemplo, se pasó del coatequitl al peonaje, sin que se diese libertad de movilidad a este trabajo asalariado, ya que los propietarios – más con una mentalidad feudal – los mantenían “encasillados” con las deudas que se generaban en las tiendas de raya. En los reales mineros, por su parte, llegaron a coexistir peones especializados en el trabajo minero, principalmente barreteros, naturales obligados al trabajo forzado y esclavos negros.
Los nativos y los esclavos se dedicaban a trabajos más simples pero sumamente riesgosos:
Trituraban el mineral en polvo fino haciendo girar a las mulas con piedras pesadas (voladoras) atándolas a un poste rector.
Esparcían el mineral molido formando “tortas de lama”.
Procedían al repaso que consistía en mezclar con sus pies agua, mercurio, sal y sulfato de cobre, asegurando con ello que las pisadas de los cascos de mulas permitieran el contacto efectivo del mercurio con la plata. Esta actividad la hacían durante semanas.
Lavaban en tinas o tanques, separando la amalgama con el lodo que producía la mescolanza.
Tras obtener la mezcla de mercurio y plata (pella) calentaban la mezcla para evaporar el mercurio.
También se les utilizaba como “tenateros”, es decir, transportaban en tenates el material arrancado por los barreteros desde las diferentes profundidades de las minas hasta la superficie o pozos de ventilación; además de mover material pesado dentro de los reales mineros.

La explotación de la plata bajo el sistema de patio, además de mortal, era previamente cruel y dolorosa. En el capitulo quinto de este relato histórico, se habló de la enfermedad de los azogados conforme a lo que describe Eduardo Galeano en su libro “Las venas abiertas de América Latina”. Permítanme ser todavía más puntual para referir las enfermedades que sufrían los macehuales de repartimiento y los esclavos negros:
Hidrargirismo o envenenamiento por mercurio. Los síntomas eran severos: temblores incontrolables (“mal de San Vito”); pérdida de control muscular, caída de dientes, encías sangrantes, ulceraciones en la boca, parálisis, desubicación y trastornos mentales severos (irritabilidad, depresión e insomnio) y daño renal.
Silicosis y enfermedades respiratorias. La inhalación de cuarzo y sílice provocaba tos crónica, dificultades respiratorias severas y eventualmente la muerte por respiraciones severas o asfixias.
Neumonía y tuberculosis. En los acarreos se generaba un choque térmico, es decir, se pasaba del medio frio y húmedo de los socavones de las minas al clima exterior y a los enlodados patios; esto sumado a la desnutrición y al agotamiento físico facilitaba brotes masivos de tuberculosis y otras afecciones infecciosas.
Dermatitis y ulceraciones químicas. El contacto directo con el magistral y la sal causaba ulceraciones y llagas abiertas en la piel, lo que a menudo derivaba en gangrena o infecciones sistémicas.
Hagamos un síntesis del horror que provocaba la explotación del sistema de patio: afecciones en el sistema nervioso central y en la boca; enfermedades respiratorias; daños neurológicos; y ulceraciones e infecciones sistémicas en la piel. Los socavones de las minas de plata, fuente de riqueza para los pocos privilegiados de un inmenso imperio, se convirtieron en fauces de dolor y muerte para un número considerable de gentes. Este fenómeno se puede percibir en la historia de Chiautla, tal como se verá en la próxima entrega.
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Los empeños de un pueblo para recordar su pasado
Lo que narra Miguel León-Portilla, dentro de un contexto ajeno a la violencia y a la explotación, es decir, dentro de un contexto de sabiduría, es una perfecta analogía respecto al choque cultural que significó el encuentro de los pueblos nativos con los españoles, cuya voracidad desarticuló los vínculos éticos entre las propias comunidades y deshumanizó a los pipiltin. La irrupción cruel debió llevar a la peor incertidumbre que puede tener cualquier cultura humana: la vaguedad sobre su destino y la posible extinción de la gente de su pueblo.
“Los ancianos informantes indígenas…habían traído sus libros de pintura para responder a las preguntas de fray Bernardino de Sahagún…mencionaron una remota llegada de antiguos pobladores…tras larga peregrinación.
Los sabios habían llegado de las costas del golfo…ellos eran por antonomasia los poseedores de los códices. Un día sucedió algo imprevisto…su Dios dio la orden de marcharse. Al irse, iban a llevarse consigo… el arte de la tinta negra y roja…
Dicen que les venía hablando su Dios.
Y cuando se fueron,
se dirigieron hacia el rumbo del rostro del Sol.
Se llevaron la tinta negra y roja,
los códices y las pinturas,
se llevaron la sabiduría,
todo tomaron consigo,
los libros de cantos y la música de las flautas.
…Idos los sabedores de cosas, los poseedores de códices parecía imposible seguir existiendo. Se piensa que la existencia sin historia y cultura implica el fin de sus vidas y la terminación misma del universo…
“¿Brillará el Sol, amanecerá?
¿Cómo irán, cómo se establecen los macehuales (el pueblo)?
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¿Cómo existirán los macehuales?
¿Cómo permanecerá la tierra, la ciudad?
¿Cómo habrá estabilidad?
¿Qué es lo que va a gobernarnos?
¿Qué es lo que nos guiará?
¿Qué es lo que nos mostrará el camino?
¿Cuál será nuestra norma?
¿Cuál será nuestra medida?
¿Cuál será el dechado?
¿De dónde habrá que partir?
¿Qué podrá llegar a ser la tea y la luz?” (12)

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(1) Alejandro Rosillo Martínez. “Los derechos a la vida y a la igualdad en el pensamiento de Alonso de la Veracruz”. Texto en internet. p. 662.
(2) Silvio Zavala. “El servicio personal de los indios en la Nueva España, tomo II”. El Colegio de México. p. 101.
(3) Ibidem. p. 239.
(4) Ibidem. p. 239.
(5) Ibidem. p. 482.
(6) Ibidem. p. 541.
(7) Ibidem. p. 541.
(8) Ibidem. p. 77.
(9) Ibidem. p. 78.
(10) Ibidem. p. 173.
(11) Memorias de México. 1575 Instrucciones del Virrey Enríquez de Almansa. Gobierno de México.
(12) Miguel León – Portilla. “Los Antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares. FCE, texto en internet.

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