Cuando sabes qué te espera en el futuro. ¿Para qué improvisaríamos en el presente?

Actualizado: 24 de jul de 2020


Por Alberto Equihua

La pandemia que ahora estamos viviendo no debió haber sido una sorpresa para los responsables de las políticas públicas. Bastaba haber observado las epidemias que ha tenido el mundo en los últimos 10 años. Y si eso no fuera suficiente, ya en 2010 se habían alzado voces de alerta. Y no; no fue Mohni vidente, la pitonisa quien la profetizó; si se quiere ver así. Fue un equipo científico especializado en la elaboración de prospectivas el que de manera documentada y después de aplicar métodos estadísticos anticipó la contingencia. Ese equipo lo formaron Enrique Ruelas Barajas y Antonio Alonso Concheiro. El informe se sus pesquisas las publicó el Consejo de Salubridad General en 2010, bajo el título de “Los futuros de la salud en México 2050” (ISBN: 978-607-460-190-9). Un texto que lamentablemente, aunque debería, no es posible localizar íntegro en internet. Ellos trabajaron por encargo del Consejo, interesado en una reflexión seria sobre lo que “…sería deseable y debiera ser el sistema de salud para responder a los desafíos que hoy ya afectan la esperanza de vida de la población” (Gómez Dantes et.al. 2010, reseña). Ruelas y Alonso construyeron cuatro escenarios y los analizaron para nutrir la toma de decisiones de políticas e inversiones públicas. En ese momento, los responsables eligieron movilizar o no recursos para preparar a México para el caso de que se presentaran los escenarios configurados. No es pertinente discutir si su énfasis fue entonces prepararse para enfrentar concretamente una pandemia en 2020 o no. Más bien, la pregunta debió haber sido y fue en 2010, qué sistema de salud necesitaría México para ofrecer los servicios que demandaría la sociedad a partir de nuestro perfil epidemiológico y las tendencias, así como ante contingencias “aleatorias” que podrían presentarse. De ahí vendrían las decisiones necesarias para construir ese sistema necesario de salud.

Para los periodistas, puede parecer que el trabajo de Ruelas y Alonso se trata cuasi de un ejercicio adivinatorio. Como queda claro en la entrevista de Ricardo Rocha a Antonio Alonso realizada apenas el pasado abril. Y no debe sorprender que así se le presente. Sin duda, el trabajo científico de 2010 ofrece material fértil para el azoro actual. Baste rescatar aquí la cita que Rocha afirma consta en la página 383 del libro referido y que es suficiente para ponerle este halo casi mágico y espectacular a los especialistas. Al parecer dice a la letra:

“Por otro lado, hacia el año 2020 se introduce en México un nuevo virus de alta letalidad para el que no existe cura conocida. A pesar de las restricciones en su transmisión (muy corta vida (sic) en condiciones ambientales normales), se estima que a causa de él fallece cerca de medio millón de personas. Sin embargo, luego de varios meses, las medidas preventivas introducidas permiten controlar la pandemia”.

Por supuesto, es un rasgo incluido en el estudio como parte de la descripción de uno de los cuatro escenarios. Quien revise el testigo de la entrevista (muy recomendable por interesante), encontrará la respuesta neutra y honesta del investigador Alonso Concheiro, para desmayo de Rocha. Y es que, como explica Alonso Concheiro, no hay misterio. Ellos reunieron la información disponible, encontraron patrones cuya extrapolación permitió construir los escenarios en los que incluyeron eventos como el que nos ocupa ahora y que entonces pareció razonable tomar en cuenta. Como lo explica Gómez Dantés en su reseña ya citada arriba: “El texto de Ruelas y Alonso borda inicialmente sobre los escenarios demográficos (los más sencillos de predecir), económicos (poco confiables) y sociales (difíciles de cambiar) para entrar al análisis del perfil epidemiológico actual y futuro así como a la capacidad de respuesta del sistema para los siguientes 40 años.” Claro que su selección de fechas y palabras parece profética. ¿Coincidencia? Por supuesto que coincidencia. Lo que en realidad no demerita para nada la trascendencia de su contribución.

Rocha todavía logra en su periodismo rescatar una pregunta fundamental. Si ya teníamos noticias de que una pandemia era una calamidad razonablemente posible, para la cual el mundo y México deberían prepararse. ¿Qué hicimos al respecto en el país? ¿Qué medidas tomó el gobierno de Felipe Calderón para preparar a nuestro sistema de salud, no sólo para atender a las víctimas de la pandemia, sino para identificarla y sobre todo contenerla? Para eso mandaron hacer la prospectiva, ¿o no? Y con Enrique Peña Nieto ¿Se continuó con la construcción del sistema de salud que necesitaría México? Con o sin pandemia. Así, llegamos a la gestión del Presidente Andrés Manuel López Obrador. En realidad, ni siquiera es que el gobierno deba prepararse específicamente contra una pandemia probable. Su obligación en todo caso es construir un sistema de salud que permita a los mexicanos ejercer su derecho a ese bien tan necesario e invaluable: la salud.

Epidemias y pandemias son sólo accidentes y eventualidades para las que el sistema debe estar preparado; tengan o no fecha para ocurrir. Revisar la historia y desarrollo del sistema de salud mexicano merece un análisis dedicado, que escapa a los propósitos de esta nota. Además, ahí están esfuerzos como el de Octavio Gómez-Dantés y Julio Frenk titulado “Crónica de un siglo de salud pública en México: de la salubridad pública a la protección social en salud“ (Gómez-Dantés y Frenk, 2019); por citar uno solo. Pero estábamos con el gobierno actual. Baste recordar aquí, que entre las medidas que ha tomado, a partir del 1º de enero pasado inició operaciones el Instituto de Salud para el Bienestar (INSABI). Los efectos de esta decisión sobre la infraestructura y la operatividad del sistema de salud de México para proveer la salud a la que tiene derecho la ciudadanía están todavía por verse. Igual que su capacidad para enfrentar pandemias.

Así las cosas: tenemos escenarios; el imperativo de cumplir el derecho a la salud es preciso; se conocen los retos que plantean las tendencias demográficas, económicas y epidemiológicas; Se han identificado incluso situaciones sanitarias contingentes probables. Con todas estas cartas sobre la mesa sigue tomar decisiones. Y este es el punto en el que entra en escena la política. En 2010 se publicó la prospectiva a 40 años de Ruelas y Alonso. Entonces los factores más difíciles de considerar en los escenarios los destacó atinadamente Gómez Dantés también en su reseña citada arriba: quien ganaría en México las elecciones de 2012; qué tan estricta sería la política migratoria de EUA hacia México; cómo se negociarían aspectos regulatorios de las pensiones o las cuotas de financiamiento de los servicios de salud. Bajo esas condiciones de incertidumbre por un lado y luego de tensiones es que entonces se tomaron las decisiones de políticas públicas e inversión para la salud.

No obstante que en México hemos logrado generar información suficiente y tenemos el talento y la capacidad para analizarla y prospectarla, nos tropezamos con la política, que es en donde se toman las decisiones. Ahí deben definirse prioridades y dirimirse dilemas y conflictos. La política decide cómo asignar los recursos escasos del gobierno. Como ciudadanos nos interesa que los destinos posibles reciban recursos en proporción directa a su prioridad. Se entiende que lo que se invierta en el desarrollo del sistema de salud no podrá usarse también en la construcción del tren maya, por ejemplo. Igualmente, podríamos construir miles de unidades de cuidados intensivos para atender a los pacientes en una pandemia. Pero tendríamos la consecuencia de que antes y en algún momento después de la pandemia tendríamos cientos de esas unidades desocupadas, ociosas. Unidades que por tenerlas nos habrían obligado a renunciar a otros bienes y servicios. A lo mejor, si lo que hubiéramos tenido que sacrificar fuera el tren maya, no nos importaría tanto. Pero que tal si se trata de escuelas, infraestructura para agua potable o comunicaciones. Quizás entonces sería más difícil aceptar el sacrificio y por lo tanto tomar la decisión que nos llevaría a un punto particular; del 2010 a 2020 es sólo un caso.

La prospectiva de Ruelas y Alonso seguramente no es la única en México ni la última. De ahí que sea legítimo preguntar: ¿Cuántos escenarios ya están ahí formulados en algún estudio de prospectiva? ¿Qué futuros perfilan, contingentes a qué eventualidades y qué medidas e inversiones sugieren? Y no es sólo un asunto de salud o protección civil. Qué hay de los escenarios en campos como la tecnología y sus efectos transformadores en la vida. ¿Qué sabemos de la revolución industrial 4.0 y cómo impactará al mundo de la producción, el consumo y el trabajo? ¿Qué decir de la generación y uso de energía? ¿O de los grandes temas globales como el cambio climático, la migración, el agua y otros? Es muy probable que ya haya prospectivas sobre estos y otros temas, en el mundo y en México. Y si no las tenemos, sin duda tenemos lo necesario para producirlas. Pero una vez más. ¿Qué pasará al llegar el momento de las decisiones? ¿Cómo asignaremos los recursos que la ciudadanía ha aportado con sus impuestos y que el gobierno concentra?

El caso que hemos examinado en esta ocasión sirve para poner en su dimensión justa el valor de los estudios de prospectiva y lo pertinente, no sólo de seguirlos haciendo; sino de empezar por rescatar los que ya existen, desempolvarlos y aprovecharlos para mejorar la toma de decisiones de la agenda nacional y asignar mejor los siempre escasos recursos públicos. La salud no es el único ámbito en que debemos mantener un ojo atento a lo que puede deparar el futuro. Las tendencias globales, el avance de la tecnología y el conocimiento, los esfuerzos de la humanidad para encontrar un cause sostenible obligan también a México. No sólo para encajar en el concierto mundial; sino para encontrar las vías de nuestro propio desarrollo. Los retos no son menores. Pero son previsibles y nos obligan a formularnos escenarios que nos permitan orientar nuestras decisiones e inversiones hoy, de cara a lo que viene y lo que deseamos construir en el porvenir. No hace falta una gran fantasía ni mucha información para encontrar rápidamente eventos que hoy están tomando forma, que potencialmente afectarán nuestro desarrollo y para los cuales debemos prepararnos. Aquí unos cuantos ejemplos de mi cosecha. Sólo a modo de ejemplo:

  1. Gracias a la revolución 4.0 los países ya industrializados logran automatizar el ensamblado de productos, por lo que ya no requieren mano de obra barata. En consecuencia, regresan plantas productivas a sus países donde generan el empleo.

  2. El uso de drones y vehículos autónomos disminuye dramáticamente la presencia de personas en la logística de distribución comercial. Los consumidores se habitúan a recibir sus compras en casa.

  3. Las tecnologías de la información hacen innecesario el uso de centros de trabajo para muchas actividades profesionales. Áreas amplias de oficinas se desocupan.

  4. Se desarrollan baterías eléctricas de gran eficiencia, poco contaminantes en su producción y fácilmente reciclables. Se vuelve muy accesible y ecológico el almacenado de electricidad a escalas reducidas y para uso doméstico.

¿Qué clase de mundo provocaría uno o varios de estos desenvolvimientos? ¿Qué implicaciones tendrían para México? ¿Qué necesitaríamos para continuar con un desarrollo que genere alternativas para los mexicanos? ¿Qué decisiones y medidas deberíamos estar tomando ahora? ¿Cómo deberíamos asignar en el presente los recursos que tengamos disponibles?

México no está condenado a un futuro cualquiera. No estamos al garete del devenir histórico. Como sociedad podemos definirlo y construirlo. Tenemos a la mano todo lo necesario. Podemos empezar por recuperar las prospectivas que ya existen y ponerlas al servicio de la construcción de un país ejemplar. No hay necesidad de improvisar.

Julio 2020


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