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El Economista: el Campo Laboral, el Búho de Minerva y la Eficiencia


Coordinador: Guillermo Saldaña Caballero

Con el afán de exponer qué hace un economista y cuál su quehacer social, se llegó a una aproximación sustentada en la definición de lo que es la ciencia económica y, sobre todo, en los principios éticos que deben ser consustanciales a cualquier profesión:

“El economista tiene la responsabilidad de gestionar en forma eficaz los recursos escasos para satisfacer las necesidades humanas que tienden a ser ilimitadas”. Para cumplir con la tarea, desde luego, debe haber capacitación, entendimiento y una preparación continua porque la realidad social es dinámica, lo que significa que está expuesta a cambios, que en algunas circunstancias pueden ser repentinos. El más claro ejemplo es la crisis sanitaria-económica que hoy día está padeciendo México y el mundo.

Pareciera quedar claro que los economistas tienen una función social y que sería indispensable que tuvieran una preparación académico-científica que les permitiera tener una gestión responsable y eficaz. Sin embargo, el contenido de los planes de estudio de la mayoría de facultades, institutos o escuelas no han buscando cumplir siempre con este fin.

Durante los años setentas del siglo pasado, se trataron de encontrar alternativas desde el campus universitario para el desarrollo y transformación política del país. Hubo, en medio de un activismo inusitado, en casi todas las carreras de ciencias sociales, modificaciones radicales a los planes de estudio. El movimiento estudiantil que se gestó durante una década atrás a los setentas, prácticamente, se apoderó de las directrices académicas que deben regir la formación científica de los estudiantes, haciendo prevalecer una perspectiva antagónica al Estado. Así, surgió en la Universidad un ambiente radical hasta hacer sinónimos la enseñanza científica con el adoctrinamiento.

El campus universitario se inundó de literatura marxista y, acorralado por un activismo frenético, se multiplicó la presencia de grupos políticos y “comités de lucha" disidentes que mostraban diferentes rutas para la revolución social: trotskistas, maoístas, anarquistas, reformistas, entre muchos otros. Paradójicamente, con el paso del tiempo, la lucha entre estas diferentes vertientes revolucionarias ya no sólo fue contra el Estado, sino entre ellas mismas. El campus universitario se transfiguró en un “campo ideológico experimental”, como si la revolución fuese inminente, como si estuviera a la vuelta de la esquina. ¿Después de la revolución soñada no iba a ser necesario contar con economistas capaces de dilucidar las formas de ampliar la riqueza económica y mejorar la retribución social?

Semejante vorágine (delirio) originó una distorsión académica. Se abandonó el principio que fundamenta el desarrollo de toda profesión: preparación para tener mayor capacidad en el mercado de trabajo.

Ante la preeminencia de la ideología, todo intento disidente resultaba inútil. La prioridad era tener economistas críticos que fueran agentes activos de la transformación social. Quien pensaba en el mañana, en el quehacer productivo, en sus ingresos potenciales, se le juzgaba como pretencioso “pequeño burgués”. Todo resultaba inútil: lo importante era la dimensión revolucionaria que debía llevar a la transformación social, sintetizada en la lucha del proletariado. Lo demás, el conocimiento de teorías, técnicas y herramientas afines a la realización profesional en el mercado laboral, se definía simplemente como “reduccionismo economicista". Los peyorativos parecían hacer mella en las aspiraciones que tenían la mayoría de los estudiantes de contar con el conocimiento para forjarse una modus vivendi en el futuro.

Las perspectivas académicas sustentadas únicamente en conceptos ideológicos, reducidos en dogmas, han ido cediendo. No del todo, grupos radicales siguen tomando las escuelas y facultades de la Universidad Nacional. La educación doctrinaria, sin embargo, ha mostrado desde hace muchos años un natural desgaste:

  • El marxismo, convertido en ciencia única y verdadera, produjo tedio al inhibir ―paradójicamente― a la crítica. Es decir, no se cumplió con el objetivo de formar economistas críticos, porque una educación sin sustento teórico termina siendo profundamente acrítica.

  • El marxismo se hizo omnipresente; esto es, se extendió hacia todos los campos del estudio económico: la metodología, la historia, la economía política y el análisis estructural de la economía mexicana y del mundo. Todo se tornó monotemático, llevando a las mismas conclusiones, a lugares comunes. Además de que se recurría a los mismos textos en diferentes materias y en su versión más vulgar: los manuales. Dice bien Francisco Báez Rodríguez: “Muchos estudiantes luego de algunos semestres de entusiasmo terminan por aborrecer al marxismo” (Nexos, “Las trampas de la FE").

  • Los falta de competitividad en el mercado de trabajo, se tradujo en una clara ausencia de los egresados en la toma de decisiones en los ámbitos público y privado. Desde luego, de la Facultad han egresado economistas brillantes y preparados, pero son una minoría y en buena medida es resultado del autodidactismo, es decir, de un esfuerzo intelectual extra-aula. La tradición crítica, el probado compromiso social, originado por la misma convergencia de estudiantes de diferentes estratos en el campus universitario, no se convirtió en el contrapeso necesario en el contexto real, ante la ausencia de cuadros que tuvieran injerencia en el quehacer público.

Tal vez esto último hubiera alentado la competencia en el mercado de trabajo, indispensable para ampliar la eficacia, y forzado a tener una visión éticamente responsable en el momento que se adoptaron decisiones económicas que afectaron al país y que ahora, claramente, se vislumbra requerían de técnica y de ética; es decir de honorabilidad, honestidad y compromiso.

De los años setentas a la fecha se ha avanzado, pero no con la celeridad debida. Se han impregnado en el ámbito académico, particularmente, de la Facultad de Economía, conceptos que indican un camino correcto:

  • la formación de economistas exige del conocimiento de teorías económicas (sí, en plural);

  • la formación de economistas supone el conocimiento de la ciencia económica en un contexto progresivo y cambiante, por lo que para contar con economistas capaces y críticos se requiere de un bagaje en el que converjan la mayor cantidad de corrientes, escuelas de pensamiento, herramientas técnicas y tecnológicas.

El Búho de Minerva

En una alocución memorable, mostrando su aprecio por el mundo clásico, en el Sexto Congreso Mundial de Economistas, en 1980, el presidente López Portillo expresó: “ [La ciencia económica es una ciencia histórica que…] como el búho de Minerva, levanta el vuelo cuando ha caído la sombra de la noche". En ese Congreso habían participado economistas connotados como Paul Samuelson, Nicholas Kaldor, Shigeto Tsuru, Jósef Pajetstka y el respetado maestro Horacio Flores de la Peña. Tal vez más que agradarles, se sintieron incómodos ante esta referencia mitológica.

El búho de Minerva sólo puede ver la luz cuando ha llegado la obscuridad. Es el ser noctámbulo que sólo advierte la tragedia tardíamente, cuando el mal ya ha ocurrido. Observar en profundas penumbras pareciera una virtud, pero termina siendo un defecto: se advierte sobre lo que va o puede pasar, pero no se indica la ruta a seguir.

Se ha discutido mucho sobre la tarea de los economistas, pero prevalece la idea de que en su conciencia debe existir una actitud crítica, las más de las veces articulada con la prevalencia de un antagonismo frente al estatus quo. ¿Pero, qué es la crítica? Paradójicamente, en el marxismo se encuentran las definiciones básicas que la enaltecen:

  • Primero, para configurar la historia se requiere de su construcción y, desde luego, de individuos que la construyan.

  • Segundo, los hombres tienen la capacidad de transformar la realidad a partir del trabajo. Confluyen en ello la necesidad y la intencionalidad para mejorar las condiciones materiales de existencia.

  • Tercero, el “ser" es un “hacer”; es decir, la contemplación sólo es una etapa en la configuración de la consciencia, que sólo puede tener un sentido sustantivo si se actúa para transformar la realidad.

Criticar significa, entonces, un proceso complejo en donde es necesario observar, asimilar la realidad, proponer y actuar. No existe dialéctica sin voluntad para el cambio, sin el supuesto básico de que todo proceso humano debe llevar a la superación cognitiva para alcanzar un mundo mejor.

En realidad, el trabajo posibilita la dignidad humana, más aún, sin esfuerzo no puede existir contribución social alguna. El trabajo, así lo vieron los economistas clásicos, es la fuente de la generación de riqueza. También es el único medio que permite ampliar las capacidades humanas para modificar al mundo, hasta que se alcance el objetivo máximo de la historia humana: el equilibrio entre generación y distribución de riqueza, contexto que Marx concebía históricamente como una extinción de la lucha de la clase. La igualdad es el fin de la discordia social, lo que posibilita la existencia de una sociedad carente de contradicciones.

No es posible, en consecuencia, aspirar al desarrollo humano, si previamente no se piensa en el trabajo y, específicamente, en el potencial productivo de los seres humanos. Transformar el mundo en la visión marxista más que una necesidad, es una condición histórica que mide la capacidad de los hombres para propiciar la igualdad. Hablando de los filósofos, Marx hace esta cita trascendente:

“Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diferentes modos, pero de lo que se trata es de transformarlo”

Los economistas no podrían estar lejos de la tarea de los filósofos. No sé trata sólo de describir una realidad lúgubre, o plantear antagonismos carentes de propuestas. Transformar significa hallazgo, encontrar caminos para alcanzar y superar metas que la sociedad exige. La distinción entre teoría y praxis es necesaria, empero toda posibilidad de cambio se anula cuando pensamos que las teorías o las ideas no se pueden materializar; o que toda abstracción teórica sólo es perfecta en la mente de los hombres y que es imperfecta porque no resulta aplicable, o porque en la práctica tiende a desvirtuarse.

Pareciera inconcebible, pero llevó mucho tiempo concluir que la formación académica de los economistas tenía que estar articulada al mercado laboral; que la inacción sólo estaba llevando a la incapacidad de la escuela para contribuir al desarrollo del país y sobre todo, que se estaba generando una frustración en el desarrollo profesional de los jóvenes. La naturaleza crítica de los economistas tiene que consolidarse, no dentro del campus universitario, sino en el mercado de trabajo, en donde efectivamente se suscitan los cambios del país. Es ahí donde se debe ejercer la crítica y la propuesta.

El debate no queda ahí, se cuestiona si se debe laborar aun cuando no existan coincidencias con las directrices, particularmente del Estado. ¿Es válido participar laboralmente con un gobierno de derecha o de izquierda, teniendo una posición ideológica contraria?

El ejercicio profesional no puede ser restrictivo, si se concibe que, por encima de la colaboración con el Estado, se encuentra la contribución social. El estudio debe llevar a la praxis y la gestión debe tender a ampliar las bases que permiten la superación de necesidades humanas específicas o generales. La realización laboral no debe atar la conciencia de los profesionistas de la economía. El compromiso es hacia las personas y no debe significar una subordinación ideológica hacia los grupos o partidos en el poder.

Causa trabajo entenderlo, pero la economía es una ciencia que opera como la medicina. Los médicos, con independencia de su posición ideológica o política, tienen la obligación de emplear sus conocimientos para posibilitar la salud de sus semejantes. El que sean de izquierda o de derecha no tiene una significación que reduzca su trabajo benefactor en la sociedad y en las comunidades.

Los economistas como científicos también tienen la obligación de emplear sus conocimientos en el amplio espectro social. Se trata de elevar su gestión hacia los procesos económicos que generan riqueza y que se vinculan a la producción, la distribución, la gestión financiera y los servicios, entre otros. En el mismo sentido, se puede ser de izquierda o derecha o simpatizar o participar en partidos ubicados en las diferentes aristas de la geometría política, siendo lo más importante su contribución en la resolución de los problemas que aquejan a la sociedad y que conllevan a su bienestar.

Nada más injusto que calificar la actuación de un servidor público por participar en un gobierno con el que no coincidimos o incluso aborrecemos. Es estéril cuestionar la responsabilidad o la eficacia técnica a partir de prejuicios ideológicos o políticos.

Teoría y Praxis

En el ámbito económico es posible distinguir diferentes planteamientos. Desde la academia, naturalmente, es posible establecer críticas y definir idealmente el país que queremos. En este sentido, se pueden definir objetivos comunes:

  • Crecer y distribuir mejor.

  • Planear el desarrollo y crecer urgentemente y con tasas altas.

  • Contar con un sistema económico que promueva el empleo y la justicia social.

  • Emprender políticas agresivas que propicien la igualdad y la erradicación de la pobreza.

  • Generar confianza social, particularmente, de los empresarios e inversionistas.

  • Contar con un Estado que promueva el bienestar, justiciero como lo califica Rolando Cordera.

Se podrían poner muchos objetivos más, serían seguramente interminables. El problema no es plantearlos, sino como alcanzarlos. Pocos se podrían oponer a las prerrogativas relacionadas con el crecimiento económico (alto y sostenible), la distribución equitativa del ingreso o la justicia social, pero terminan convirtiéndose en lugares comunes si no se analizan considerando los medios con los que se cuenta. Esto es, los medios acotan los fines y de lo que se trata es de alcanzar los mejores resultados con recursos que siempre van a ser limitados y en muchos sentidos escasos. No sé puede plantear un proceso, si primero no se hace un diagnóstico efectivo para determinar con lo que se cuenta.

La eficiencia consiste, entonces, en hacer lo más con lo menos. Como los medios o recursos económicos son escasos, desde luego toda gestión exige honorabilidad y honestidad. La experiencia nos ha enseñado que no se pueden desperdiciar recursos que parecen abundantes. Todo tiende a agotarse y se agota más, si existe perversión de interés particulares o personales, ajenos a los fines sustantivos: crear riqueza y distribuirla socialmente.

Tomar en cuenta los recursos es importante. No debe olvidarse que la ciencia económica es una ciencia de equilibrios y gastar por arriba de nuestras posibilidades lleva a desajustes que irremediablemente conducen a la pobreza vía inflación. Se puede crecer mucho al principio, pero rápidamente hay un agotamiento cuando se descuidan los fondos públicos. El escenario bajo estas circunstancias se vuelve el peor posible, al converger estancamiento (o recesión) con inflación.

Contra lo que se podía pensar y aun en la crisis pandémica, el Gobierno del presidente López Obrador, ha emprendido una estrategia soportada en cinco ejes básicos:

  • Recurrir preferentemente al ahorro interno y contratar la menor deuda posible, sobre todo externa.

  • Mantener la austeridad del Gobierno Federal antes de exigir sacrificios a amplios sectores de la población.

  • Proteger a los grupos vulnerables, a los pobres y a las micro, pequeñas y medianas empresas.

  • Promover proyectos estratégicos de inversión pública. Este es el eje más cuestionado por las características de los diferentes proyectos. Este tema ya lo trató Ekonosphera en el excelente artículo de Octavio Arellano.

  • Mantener una política prudencial y de equilibrio en las finanzas públicas.

Han sido dos años difíciles y no carentes de sobresaltos. Entre los primeros de ellos, hay que señalar la renuncia del Secretario de Hacienda y Crédito Público, Carlos Urzúa Macías. En la exageración que lleva la animadversión ideológica o política, parecía que todo se derrumbaba, que la confianza de la sociedad y particularmente, de los empresarios e inversionistas privados iba a caer por los suelos. Pocos vieron con buenos ojos al nuevo Secretario, Arturo Herrera Gutiérrez y sólo algunos (entre ellos nuestro amigo Fernando Butler Silva) aseguraron de que se trataba de un buen economista.

Nadie puede saber hasta dónde coincidan ideológicamente el presidente de la República y Arturo Herrera, pero sería equívoco calificar su actuación por el simple hecho de participar en un gobierno que a algunos de plano les cae mal. Economista convencido de principios, ha propugnado en mantener el equilibrio en las finanzas públicas; en definir una política fiscal congruente con las obligaciones constitucionales, sobre todo, de los grandes contribuyentes; en no recurrir a expedientes de deuda, cuando son innecesarios por la parálisis económica y cuando en México existen altas tasas de interés o efectos devaluatorios nocivos; en empujar y convenir con el Banco Central en la reducción de tasas y estabilizar el tipo de cambio; en encontrar mecanismos o instrumentos sanos de financiamiento que estaban en el limbo, desperdiciados o que horadaban las finanzas públicas, entre otros aspectos.

Además, vivimos una situación inédita. El covid-19 y el patógeno que los provoca son totalmente nuevos, todavía desconocidos en muchos sentidos. Las dimensiones globales de los efectos económicos no tienen precedentes. Metodológicamente, la economía suele encontrar patrones o tendencias en el pasado y los extrapola hacia el futuro para anticipar situaciones y proponer medidas que eviten los escenarios indeseables y conduzcan hacia los preferibles. Pero sin datos históricos, sin experiencias previas, ¿cómo reconocer patrones o tendencias?; ¿cómo imaginar escenarios?; y ¿cómo construir propuestas razonablemente asequibles?

La incertidumbre mundial en la que estamos sumidos explica la sorprendente variedad de medidas y políticas que los gobiernos están ensayando. Nadie tiene ninguna seguridad sobre el comportamiento de la pandemia o el tiempo que nos acompañará con la fatalidad que nos ha mostrado hasta ahora. Será en mucho tiempo, años, que en retrospectiva podremos reconocer qué pasó y que medidas fueron finalmente las más adecuadas. Hasta entonces, es ocioso alabar unas acciones y condenar otras. Lo mismo aplica a quienes las conciben y ponen en práctica.

De manera que hoy, evaluar la gestión de un economista, sobre todo, cuando lleva a cuestas una gran responsabilidad en momentos de máxima incertidumbre, exige desprenderse de prejuicios ideológicos, políticos o propagandísticos. Hoy hay que recuperar la mejor información que se pueda y tomar las decisiones que, con base en ella parezcan más prudentes. Hasta ahí la utilidad de contar con la mejor preparación y capacidad técnica posible.

De ahí en adelante, quienes tienen la responsabilidad de decidir necesitan mucho valor. Las posibilidades de equivocación pueden ser amplias, pero no debe de inhibirse la capacidad humana de proponer soluciones.

Lo que se decide debe juzgarse siempre con la perspectiva vigente hoy. Nada podría ser más injusto que condenar o enaltecer a quien decide manteniendo los principios básicos que posibilitan la certidumbre económica. La ciencia económica en cualesquier situación tiene fundamentos, por eso es una ciencia , ¿por qué no respetarlos?

 

Equipo Ekonosphera:

  • Gildardo Cilia López.

  • Juan Alberto Equihua Zamora.

  • José Eduardo Esquivel Ancona.

  • María Guadalupe Martínez Coria.

  • Arturo Urióstegui Palacios.

  • Coordinador: Guillermo Saldaña Caballero.

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