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El Gobierno de López Obrador: la razón antes que el miedo

Gildardo Cilia López

Semana a semana se concentran los esfuerzos en temas específico para desprestigiar al gobierno de la República; aún más, existe en algunos la clara intención de descarrilarlo. Todo se quiere transformar en escándalo, o, bien se pretende “alarmar” con temas en donde ni siquiera existen coincidencias o conclusiones definitivas, pero se tratan como si ello nos llevara al fin del mundo.


Hace dos semanas, ante la noticia del INEGI sobre el decrecimiento económico del cuarto trimestre de 2021, las luces rojas se extendieron hasta el infinito, al afirmar que se había caído en una recesión. Si se utiliza el criterio de Julius Shiskin publicado en el New York Times en 1974 no habría lugar a discusión, porque simplemente se cae en recesión cuando una economía decrece en dos trimestres consecutivos. Algunas enciclopedias de economía indican que este criterio es la forma más simple para identificar “una recesión”; ya que al considerar otras variables se mete uno en complejidades conceptuales. Me parece que lo que vale la pena son precisamente esas complejidades.


Así, se considera que México entró en recesión por el simple hecho de que en el tercer y cuarto trimestre de 2021 la economía cayó en 0.4% y en 0.1%. No se puede ser indiferente ante este hecho, ¿pero en verdad está tendencia es una señal de un estancamiento que se perpetuará en 2022? Hasta ahora no, lo único que indica es que muy probablemente las expectativas de crecimiento cambien; es decir, que la economía no crezca entre el 3.6 y 4.6% pronosticado y que el incremento sea inferior a 3%, tal como lo prevén organismos como el FMI y el Banco de México.


La contracción de una economía tiene diferentes efectos negativos, el más importante es el relativo al empleo. No existe mayor daño que el desempleo masivo, más cuando se prolonga por mucho tiempo y se extiende por todos los sectores de la economía. Si se observa por actividades, en el cuarto trimestre de 2021 sólo las terciarias decayeron (0.7%); en tanto que las primarias y las secundarias aumentaron (0.3% y 0.4%, respectivamente). Desde luego, es malo que una economía no crezca, pero hay que distinguir lo que es una desaceleración de una clara depresión en donde la profundidad de la caída lleva al desempleo masivo, tal como sucedió con la crisis pandémica.


Al finalizar los años 20 y en los años 30 del siglo pasado, se hablaba de recesión en torno al efecto negativo que había en el mercado de trabajo. Algunos economistas suelen diferenciar lo que es una depresión o una recesión por la intensidad de la caída económica; de modo que suele hablarse de depresión cuando la economía cae a tasas significativamente altas y ahí cada quien con sus parámetros (más de 5% o de 10%).


El fondo es que la depresión significa un colapso económico: disminución sostenida y profunda de la producción y el consumo; altas tasas de desempleo y quiebras empresariales masivas. Se podría decir, convencionalmente, que la recesión refleja también un contexto de desempleo y desinversión, pero de una manera menos agravada. En México, en consecuencia, no existe depresión y si se quiere utilizar el criterio de Shiskin, se tendría una recesión acotada sólo por bajas tasas negativas de crecimiento durante dos trimestres; ello porque los despidos han sido transitorios (como sucede estacionalmente en diciembre), para presentarse después (en enero de este año) un rápido repunte laboral.


El argumento válido es que la economía cuando se desacelera no genera los empleos suficientes, tal como lo requiere la población en edad de trabajar. Desde los años sesentas y setentas del siglo pasado, economistas como Leopoldo Solís, argumentaron que la economía mexicana debería crecer a una tasa sostenida de 6% para propiciar un equilibrio en el mercado de trabajo. Se ha estado muy lejos de cumplir con esta meta y peor aún, se han presentado años depresivos, incluso con inflación, en donde parecía que ya no había viabilidad económica.


Desde luego, después de las crisis que hemos vivido, se han suscitado impactos políticos y sociales; también nuestro sistema económico se ha visto atrofiado, lo que ha redundado en años perdidos en términos de desarrollo económico; pero aún así nos encontramos con una sociedad madura (o tal vez resistente) que ha estado lejos de llevarnos a una dislocación social.


Afecta que la economía no crezca y más aún, que no lo haga en el futuro con el ritmo esperado, porque como es evidente todo lleva a un costo social. Sin embargo, hay que ser sensatos, lo que estamos viviendo ahora - como dijo Carstens - es un simple “catarrito” comparado con años de crisis como los de 1982, 1987, 1994, 2001, 2009 y 2020. En este último año la economía se contrajo anualmente en 8.5% y si lo vemos por trimestres, baste decir que en el segundo trimestre de 2020 la economía decreció en 17.3%.


Las crisis la padecen todos, aún cuando se da la paradoja de que la élite de los más ricos se hace aún más rica y los intermediarios financieros obtienen enormes utilidades; tal vez porque se apropian de las transferencias que efectúan los gobiernos a las clases de bajos ingresos y medias o porque las inversiones especulativas se vuelven las idóneas para lucrar, conformándose burbujas financieras impredecibles; que siempre están a punto de estallar. Sin importar estos efectos, lo cierto es que los gobiernos están obligados a actuar y su obligación sería rescatar a todos, pero ello es imposible porque los recursos son limitados, más en países como el nuestro.


En la crisis pandémica no quedó más que un criterio de selección; si lo vemos en el sentido ortodoxo hay quien pensaba que lo primero que se tenia que rescatar era a las empresas. Resultaba lógico, porque son el soporte básico de la generación de empleos, sin embargo, todo iba a ser en vano porque ante la parálisis productiva no podían responder a ningún estímulo, era como echarle aceite a un motor desvielado.


Ante la astringencia de recursos que existen en países como el nuestro y pensando todavía en el mañana, la estrategia asumida fue su géneris: rescatar a los pobres pero evitando caer en crisis fiscal o de endeudamiento.


Algunos amigos siguen pensando que apoyar a los pobres significa populismo, no lo es cuando no se compromete el futuro con el deterioro de las finanzas públicas y su secuelas inflacionarias. No podríamos calcular de cuánto sería la inflación actual, si además de la inflación importada se sumara la interna provocada por un déficit fiscal cuantioso.


No, no se puede hablar frívolamente de que el gobierno del Presidente López Obrador sea irresponsable y que no actúe con una estrategia que permita la nivelación del desarrollo, haciendo lo más con recursos limitados. Aquí coincido con mi amigo y colega José Raúl Fernández Pérez que aprecia en el gobierno mexicano hechos virtuosos que nadie quiere apreciar. Cito:

  1. Los críticos nunca mencionan la política laboral: el incremento a los salarios mínimos y las reformas a las pensiones y al outsourcing.

  2. Nunca hablan del incremento en la recaudación debido a las no exenciones de impuestos a los grandes contribuyentes.

  3. Que se está rescatando al Sureste del país que por décadas había estado en el abandono.

  4. Que se está llevando obra pública, empleos, dignidad, reconocimiento, reivindicación y ofrecimiento de perdón a los pueblos originarios.

  5. Que se está rescatando un sistema de salud que se encontraba abandonado, casi en ruinas y contratando a personal médico y de salud que estaba desempleado o subempleado o que realizaba actividades distintas a su profesión.

  6. Que se está rescatando al sector energético, garantizando el suministro y a precios accesibles de gasolinas y electricidad; además la estrategia en el sector eléctrico es acorde con la generación de energías limpias.

  7. Que el gobierno puede inducir el crecimiento económico, como lo está haciendo en el Golfo y en el Sureste del país, pero que no puede hacer todo: la inversión del sector público apenas si representa el 2% o 3% del PIB; por lo que obviamente se requiere de una actitud más proactiva del sector privado.

  8. Tampoco se menciona la estabilidad en las finanzas públicas, que tanto se cacareó que AMLO iba a ser incapaz de mantener.

Se dice reiteradamente que el gobierno mexicano atenta contra la libertad económica, como si en México está hubiera sido perfecta. ¿Cuál libertad? La que tenían unos cuantos; porque los más, hundidos en la pobreza o en la miseria, no la tenían objetivamente.


Ese discurso a favor de la libertad se torna extremadamente elitista, cuando los pocos que pueden disfrutarla establecen criterios que sólo pueden ser aplicables a ellos mismos. La libertad requiere, sobre todo, de la capacidad de ser generoso; de crear condiciones que permitan ampliar los beneficios de unos pocos hacia los demás. De no ser así estaríamos hablando de una libertad sombría que no podría sostenerse por sí misma.


El discurso en torno a la libertad también está lleno de falacias. Pensamos, por ejemplo, que debemos mantener al margen de la vida pública a los militares; que estos sólo deben servir para imponer el poder del Estado; que es mejor mantenerlos acuartelados.


Se pontifica lo “civil" como si hubiéramos vivido en una sociedad perfecta; sin síntomas graves de corrupción ¿Cómo se puede asociar a la libertad o a la democracia con la corrupción? ¡No es un contrasentido pensar en una democracia corrupta!


La solución, desde luego, no es militarizar todas las obras que emprende el gobierno o encargarle al ejército o a la marina la administración de oficinas públicas o fiscales como las aduanas; pero sin ser hipócritas, quedaba poco por hacer y una rendija de esperanza ha sido recurrir a las instituciones más honorables del país o en donde se puede tener un mayor control sobre las obras y las oficinas de gobierno; a riesgo de caer en los mismos vicios que llevan a retrasos y sobreprecios en las obras públicas y a actividades ilícitas en las aduanas.


¿Se debe retomar el ámbito generalizado de la vida civil en el quehacer público? Quien lo duda, pero seamos honestos; hay que reconocer que se requiere de un tiempo para renovar la moralidad civil. Y no es nada despreciable pensar que todavía se puede alcanzar esta depuración con un presidente que fue elegido democráticamente por millones de mexicanos.



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