El Semáforo Económico de México: las Luces Verdes y Rojas del Neoliberalismo. Tercera Parte

Actualizado: mar 15


Gildardo Cilia, Alberto Equihua, Guillermo Saldaña y Eduardo Esquivel.



La estabilidad de precios


En diversos artículos hemos expresado que la política económica tiene tres grandes propósitos: 1) la estabilidad de precios; 2) la asignación óptima de los recursos y 3) la equidad distributiva. Bajo nuestra perspectiva de economistas, no se puede hacer a un lado como objetivo a la estabilidad de precios; sin ésta, las otras dos funciones difícilmente se cumplirían. Existirían distorsiones que propiciarían deficiencias en la asignación de los recursos y en la distribución del ingreso; es decir, la economía tendería a ser ineficiente, caótica, injusta y desigual.


Quien crea que se pueden alcanzar logros sociales en forma sostenida y permanente con inflación, estaría en contra de la narrativa económico-histórica; al menos con lo que se ha descrito a lo largo de estos tres capítulos, cuya referencia primaria es 1954, el año que se considera como el arranque del desarrollo estabilizador. Toda estrategia que no tenga como un principio rector la estabilidad de precios estaría errada e irremediablemente, repercutiría en forma negativa en las finanzas públicas y sobre todo, en el bolsillo de cada uno de nosotros y, sí, haría más pobres a todos; pero sobre todo a los que menos tienen. La historia demuestra que inflación tiene un profundo efecto regresivo.


Debe reconocerse –tal como lo reconoció, el Secretario de Hacienda– que el gran mérito de los gobiernos neoliberales, a partir del sexenio del presidente Ernesto Zedillo Ponce de León, es que se construyeron las bases para alcanzar la estabilidad de precios. No es un logro menor después de los periodos de hiperinflación que se vivieron en los años 70s y 80s y cuyo último trago amargo se dio en 1995. Sin ambages, se tiene que decir que en los últimos 20 años, en materia inflacionaria, el semáforo ha mantenido predominantemente luz verde:

Debemos recordar que conforme a nuestro procedimiento de análisis, la luz verde indica tasas de inflación menores a 5%; la luz amarilla, de precaución, es cuando la tasa inflacionarios se ubica en el rango de 5 a 10% y la luz de riesgo o franco peligro se suscita cuando el incremento del nivel general de precios rebasa 10%. La inflación nula, que parecería el objetivo lógico de las economías, no es realmente un objetivo perseguido en la práctica. Entre otras razones, porque la variabilidad propia de los precios impondría una situación alternada de fases inflacionarias y deflacionarias. Es decir, momentos en que los precios crecerían seguidos de otros en que disminuirían. El peligro en una alternancia de esa naturaleza es que se llegara a consolidar un proceso de deflación. Si el nivel de precios decrece sistamáticamente, significaría que los productores verían disminuidos sus ingresos y por lo tanto la rentabilidad de sus operaciones y de las inversiones. El resultado sería la contracción de la producción y el crecimiento del desempleo.


Por eso, en la práctica, se ha preferido conducir la política económica y en particular la monetaria de manera que haya un alza muy moderada de precios. Suficiente para mantenerse fuera los peligros contraccionistas por un lado y por el otro, que acontezcan fenómenos hiperinflacionarios. En México, el Banco Central se ha fijado una meta de 3% de inflación al año, con un margen de ±1 punto. Para los fines de nuestro análisis aquí consideramos todavía como “aceptable” una inflación de hasta 5% al año, antes de cambiar el color de la luz de nuestro semáforo.


Siguiendo con nuestra línea de análisis, de 2000 a 2020, durante cinco años se encendió la luz “ámbar”, pero lo verdaderamente importante es que al siguiente año se suscito una corrección. El último de ellos en 2017, cuando la inflación llevó al semáforo a 6.8% de inflación anual.


Independientemente de nuestra conducción económica, el foco rojo alarmante es que nuestra tasa inflacionaria ha sobrepasado a la de Estados Unidos; es decir, en términos de relaciones de intercambio hemos tenido durante 18 años una posición negativa.

Empero, se ha sabido sobrellevar este diferencial inflacionario mediante dos mecanismos: 1) con la liberalización del tipo cambio, pero con un mecanismo de “flotación” que evita que se salga de control mediante intervenciones prudenciales y 2) con la acumulación de reservas internacionales que ha propiciado un apuntalamiento del mercado cambiario. Ambos instrumentos han tenido dos efectos virtuosos: evitar una sobrevaluación continua del tipo de cambios y amortiguar los efectos de devaluaciones extremas que redundarían en saltos abruptos en costos y precios. No es que no se hayan dado variaciones abruptas, tal como aconteció en 2020, en plena crisis pandémica; lo que se señala es que la solvencia de las reservas internacionales y su uso oportuno ha llevado posteriormente a una corrección natural del mercado. En suma, ambos mecanismos inhiben la especulación. Quien apueste a la devaluación del peso puede ser que vea sus expectativas cumplidas brevemente. No obstante, la intervención de Banxico oportuna contrarresta esos movimientos especulativos, con lo que el tipo de cambio regresa a su nivel “normal”. Los especuladores se han percatado en su fiebre que el Banco Central no duda en usar parcialmente las reserva internacionales para conservar el valor del peso. Cierto, el tipo de cambio puede variar y las reservas decrecer algunos meses; sin embargo, lo más importante es que la economía puede seguir funcionando con regularidad en un ambiente monetario y de precios que en el balance resulta estable y tiende a su corrección.


Desde 1998, el Banco de México ha intervenido mediante subastas . Aquí es importante citar lo que señala la Comisión de Cambios (integrada por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y el propio Banco de México): “las acciones no se han instrumentado para defender un nivel predeterminado (de honor) del tipo de cambio, sino que se ha buscado proveer la liquidez necesaria para atender demandas excepcionales que han surgido a raíz del propio movimiento del tipo de cambio” y mantener el valor del peso mexicano. Desde luego, hay que aclarar, ninguna estrategia de “subastas” hubiera sido posible sin la consolidación de la posición financiera del país. De 2000 a 2020, las reservas internacionales casi se han sextuplicado.

No es que el tipo de cambio no haya crecido en los últimos 20 años; por el contrario, se ha deslizado libremente, sin anclarlo, lo que evitó efectos nocivos, como la fuga de capitales o el deseo de retener o preferir en forma generalizada e indiscriminada activos internacionales. En veinte años, el tipo de cambio registró un incremento acumulado de 125%, a un ritmo promedio anual de 4.1%; incluso, cuando se registraron fuertes incrementos en 2008, 2011, 2014, 2015 y 2016, como se puede apreciar en la siguiente gráfica:

Los impactos devaluatorios también se han atenuado gracias al esfuerzo continuo para mantener finanzas públicas sanas; es decir, las presiones devaluatorias no han ido acompañadas por un incremento monetario, derivado de fuentes de financiamiento poco sanas, como lo es, el financiamiento directo del Banco Central. De nuevo cuenta, hay que reconocer la autonomía del Banco de México y en lo particular, lo que señala el artículo 11 de la Ley del Banco de México sobre la imposibilidad del financiamiento directo del Banco central al gobierno federal .


Todo gasto resulta artificial, si no trae consigo un efecto positivo en la economía real; dicho de otra forma, si no existe un efecto multiplicador en los niveles de inversión en la economía. Es posible, que en un primer momento exista un impacto positivo, pero la experiencia demuestra la imposibilidad de mantener un crecimiento sostenido sólo respaldado con el gasto público. El recuento final siempre lleva a lo mismo: a una bancarrota en las finanzas públicas e inflación; lo que implica una erosión progresiva de la capacidad de consumo y de la demanda de la población. Contar con finanzas sanas y particularmente con superávit primario (o en su caso, con déficit primarios minúsculos en relación con el PIB) ha sido el hallazgo natural para mantener la estabilidad de precios, aun cuando no se garanticen altas tasas de crecimiento.

Se piensa que a partir del gasto público puede crecer todo, hasta la base impositiva de los gobiernos al generar empleos (¿de calidad?). Se olvida que la inflación adquiere la forma de un impuesto regresivo, que termina por disminuir los ingresos reales y que un Estado expansivo requiere de impuestos crecientes, a modo de no recurrir a mecanismos de deuda o de financiamiento inflacionario. Esto ya no requiere verificarse, en la historia consta que ya hemos experimentado estos efectos nocivos.


Desde una óptica prudencial, mantener un balance del sector público razonable o controlable, siempre significará luz verde.

Mantener sanas las finanzas públicas −no gastar por encima de las posibilidades− también llevó a no requerir de financiamientos extraordinarios; es decir, a moderar los niveles de endeudamiento. En el binomio gasto-deuda existe una relación directamente proporcional; de modo que mantener un balance público sano lleva, por consecuencia, a despresurizar los niveles de endeudamiento del país.


El cociente deuda a PIB tiene un incremento significativo de 2009 a 2016, mismo que tuvo cierto nivel de corrección durante los años siguientes; sin embargo, volvió a crecer en 2020, por el natural decrecimiento del PIB, provocado por la crisis pandémica. Existe, actualmente, la convicción de no tratar de crecer con más deuda. Esto lleva a establecer que las metas de expansión económica, de alcanzarse en los próximos años, tendrían que cumplirse con finanzas públicas sanas, sin estrés financiero y con estabilidad de precios.

Como un efecto virtuoso de la estabilidad de precios, también se ha podido mantener en un nivel relativamente bajo la tasa de interés de referencia del Banco de México. Es decir, no estamos en periodos compulsivos de altas tasas de inflación e interés; aun así se ha tratado de ser cuidadoso y mantener tasas de interés reales positivas ; es decir, por arriba de la tasa inflacionaria. Durante la crisis pandémica se optó convenientemente por llevar la tasa de referencia a 4%, dentro de la perspectiva de no provocar todavía más las condiciones de astringencia económica; aun así −cuando la tasa de referencia se situaba en 4.5% a mediados de 2020− el Secretario de Hacienda, comentó que comparativamente a nivel internacional esa tasa era alta; por lo que no era conveniente recurrir a más deuda.


Por el contraste de opiniones, en torno a la tasa de interés, conviene dejar durante todo el periodo a la tasa de interés en luz ámbar; aun cuando la misma se ha mantenido en niveles relativamente aceptables y dentro de la perspectiva de que las tasas de interés no pueden ser inferiores a la tasa de inflación, a manera de no generar desahorro:

Sin duda, se ha aprendido mucho y a partir del 2000, no tenemos una economía quebrantada por la inflación, con crisis fiscal o exacerbada por la deuda pública, particularmente la externa. Nada ha modificado la estrategia prudencial −ni siquiera la crisis pandémica− y después de los estragos vividos en los setenta y hasta la primera mitad de los noventa, se puede concluir que la conducción relacionada con la estabilidad de precios, en términos generales, no ha sido fallida.


El foco rojo


Si ha existido algo que deba preocupar es la tasa de crecimiento económico del país; ahí, sí, el foco rojo se ha mantenido sin intermitencia alguna. Como se ha explicado, desde hace más de 40 años, los economistas han propuesto que la tasa de crecimiento económico que posibilita el equilibrio en el mercado de trabajo, es decir, el equilibrio social, es de 6%. La última vez que se alcanzó un índice mayor a esta tasa objetivo fue en 1997 y desde ese año parece un imposible; de hecho, de 2000 a 2020, la tasa de crecimiento promedio anual ha registrado un mediocre 1.6%.

Los enfoques para elevar las tasas de crecimiento se han centrado en dos diferentes objetivos: la apertura a la economía externa y la instrumentación de reformas estructurales. Lo cierto, es que en ningún caso se han conseguido los efectos deseados en materia de expansión económica. Los efectos sociales han sido perversos y uno de los más notables ha sido el crecimiento de la economía informal; pareciera que cuando el presidente Fox hablaba de la “changarrización” de la economía mexicana, no le estaba dando luz verde al crecimiento de las micro, pequeñas y medianas empresas formales, sino a la detonación de negocios informales.

El empleo informal representa más de 56% del empleo total y trae consigo efectos nocivos en la economía: bajos salarios y productividad y una contribución económica poco significativa: sólo aporta alrededor de 23% del PIB.

Aun cuando el discurso de las remesas parece atractivo, la emigración en realidad es un drama social. Millones de mexicanos han salido del país para poder darle sustento a sus familias; esto es, la emigración ha sido una válvula de escape, que ha posibilitado amortiguar las distorsiones del mercado de trabajo. Sin la migración, los problemas sociales relacionados con el desempleo y la pobreza se hubieran multiplicado y seguramente, viviríamos en el peor de los escenarios: una economía totalmente fallida, sin continuidad histórica.

La iniciativa y la creatividad del mexicano se traslada hacia otros países, en lugar de que nuestra gente sea palanca de desarrollo económico. Sólo un dato con respecto a la emigración: “México es el segundo país con más ciudadanos desplazados a otros países, que suponen el 9.25% de su población total”.

ttps://datosmacro.expansion.com/demografia/migracion/emigracion/mexico

El daño económico del neoliberalismo en México surgió de una infancia difícil, cuando hubo un notable deterioro en los ingresos reales de la sociedad en su conjunto. Sin un mecanismo de indización, el deterioro del salario real hasta 2017 con respecto a 1970 fue de 62%. La economía mexicana creció sin vitalidad interna, sombríamente, al generar una pobreza salarial sin precedentes. A partir de 2018, el salario mínimo ha ido en franca mejoría y con el último incremento, en 2021, se sitúan casi en el nivel observado en 1989:

A manera de conclusión


El Presidente López Obrador ha provocado simpatías y antipatías. Más trascendente que el efecto emocional son los hechos. Para nuestros fines actuales, nos referimos a su política fiscal, a la manera en que ha conducido las finanzas públicas. Él y su principal asesor económico, el Secretario de Hacienda y Crédito Público, han sido claros que México no va a cambiar el orden de las políticas prudenciales: finanzas públicas e internacionales sanas y no recurrir al ahorro externo como la principal vía opcional del crecimiento. En este contexto, no sorprende lo que expresó el presidente de la Asociación de Bancos de México, Luis Niño de Rivera: (el presidente Andrés Manuel López Obrador) “ha sido muy consistente entre lo que dijo y lo que está haciendo:


En primer lugar, dijo que iba a mantener un gasto público austero y ha sido congruente, que no iba a endeudar más al país, que quería una inflación baja y ahí están, quería que el tipo de cambio estuviera fuerte y estamos en niveles de entre 20 y 21 pesos y eso ha sido consistente. Prometió que iba a respetar la autonomía del Banco de México y así ha sido”.


Queda la gran duda, ¿cómo hacer para que el país acelere su tasa de crecimiento a la velocidad que se requiere? Como economistas no podemos concordar que baste con erradicar la corrupción o eliminar privilegios económicos o fiscales; ayuda pero no es suficiente. Se puede concebir que garantizar la libre competencia y las iniciativas de inversión, sería otro mecanismo indispensable para darle aliento al país; ni dudarlo que eso trae consigo buenos dividendos en términos de crecimiento; sería un buen aliciente pero tampoco es suficiente.


Irnos hacia atrás, cerrar nuestra economía, volcarnos hacia el proteccionismo, configuraría un anacronismo histórico; significaría salirnos del mercado global, de la competitividad y de la productividad. Sería, sí, un retroceso histórico y económico imperdonable. Después de esta recapitulación de la historia económica de México, ¿Con qué nos podemos quedar? Porque de eso se trata, de separar el grano de la paja. Por lo menos como propuesta se pueden considerar los siguientes puntos:


1. No sólo la de México, sino la historia de la humanidad señala sin titubeos a la economía de mercado como la forma conocida que mejor resuelve la asignación de recursos y regula el consumo. No es perfecta, sí. La pobreza y la inequidad la han acompañado desde su origen y no hay razones que permitan pensar que el mercado pueda corregir espontáneamente esas injusticias. Ahora también sabemos que tampoco cuida espontáneamente al medio ambiente.


2. La economía de mercado necesita, en consecuencia, de una dosis de intervención para corregir su ceguera ante la pobreza, la inequidad y los equilibrios ambientales. Pero no es un cheque en blanco para intervenir indiscriminadamente y a “rajatabla”. Lo que requiere el mercado es que su capacidad para determinar espontáneamente la producción y el consumo, a partir de la iniciativa individual no se entorpezca y, de ser posible, se potencie. Aquí si cuentan las políticas monetaria y fiscal, también las que contienen las prácticas monopólicas y promueven el flujo libre de información en los mercados.


3. Lo que le falta a la economía de mercado es fortalecer su vertiente social y ambiental. Hay que apuntalarla para hacerla sostenible en un sentido amplísimo. Esto supone introducir mecanismos, políticas y programas que “humanicen” al mercado. Un punto central en esta perspectiva es el trabajo. El mercado toma al trabajador como esté; por eso es necesario que la sociedad, seguramente mediante el Estado (gobierno) asegure la formación de la persona para potenciar su productividad y creatividad. Al mismo tiempo, las empresas deben adoptar y desarrollar una cultura empresarial en la que se conciba a los trabajadores como una comunidad productiva e innovadora. El trabajador no es simplemente un engrane de la producción, sino una persona con anhelos y aspiraciones potenciales; pero también con defectos y debilidades. En todo caso siempre tiene una dignidad que debe ser respetada y cultivada.


El mercado no ve las cualidades, pero las personas que lo conformamos, sí. Por eso debemos implantar una red social que empiece por cuidar la formación de la persona y su inserción ordenada en el mundo laboral, de forma que pueda hacerse cargo de ella misma. También es necesario prever socialmente la protección y el restablecimiento de la persona en caso de enfermedad o accidente. No hay mercado que proteja de estas contingencias; pero el mercado funciona mejor, si se resuelven los imponderables que naturalmente se dan. La certidumbre que gana la persona al contar con la solidaridad social contribuye a la pujanza de una sociedad dinámica y próspera.


4. Los economistas hemos enfatizado demasiado en la producción, el empleo, los precios y el tipo de cambio como expresiones significativas. Las políticas económicas siguen naturalmente los mismos enfoques. En aras de humanizar a la economía de mercado, es necesario trasladar el foco de la atención hacia el trabajo y sus circunstancias. La economía que necesitamos no es la que produce más, aun a costa del dolor de las persona; la que requerimos es la que genera las oportunidades de trabajo mejores, en las que cada individuo pueda desplegar sus potenciales productivos y creativos. En el conjunto, el mercado laboral no es igual que el de las mercancías; y siempre se debe buscar la distribución de los frutos y beneficios de una manera justa, para que se pueda tener el mayor disfrute posible, sin olvidar la natural rentabilidad que debe tener cualquier proyecto económico.


En efecto, la economía de nuestra sociedad tiene que crecer, si es que queremos que todos tengamos acceso al consumo que define en buena medida el bienestar que podemos disfrutar. Para eso se necesita la participación entusiasta, productiva, y creativa de toda la sociedad. Algo que el mercado dejado a sus fuerzas difícilmente podría dar.


Como sociedad podemos aprovechar lo que el mercado es capaz de aportar y complementarlo con las intervenciones necesarias para ponerlo realmente al servicio de la sociedad; es decir, de cada una de las personas que integran un país que se llama México.


Debe decirse, para concluir, que no existe una formula generalizada para alcanzar la tasa de crecimiento que requiere el país. Algunos economistas creen que es necesario fortalecer el mercado interno, sin abandonar la libre competencia o el libre mercado. Nos gusta pensar que el primer paso fue la mejora salarial, pero faltaría hacer crecer el sistema de abasto y proveeduría, que se tiene que dar con la consolidación acelerada de nuestras micro, pequeñas y medianas empresas, dentro del terreno formal. Este segundo paso es vital y requiere, sí, de reconstituir nuestro sistema de fomento. Hacer, por ejemplo, que nuestra banca de desarrollo se concentre en ser una catapulta para los proyectos con potencial productivo. Este es un segundo paso, ¡avancemos hacia él!





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