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¿Es la inflación el nuevo monstruo que asola a la economía mexicana?

Gildardo Cilia, Alberto Equihua, Guillermo Saldaña y Eduardo Esquivel.

El INPC

La inflación se dice, ahora, es el monstruo que va a devorar a la economía mexicana. La visión pesimista prevalece en un número importante de economistas, financieros y analistas y ante esta nueva amenaza, no sólo comentan que se tendrá un crecimiento real poco significativo, sino que algunos predicen el peor de los escenarios: recesión con inflación (estanflación).


¿Realmente nos debemos preocupar? El análisis económico convencional indica que la inflación sigue un ritmo ondulatorio, en sentido inverso al de la recesión. De modo, que cuando existe una tasa de desocupación alta, por la disminución de la demanda, lo que se tiene es baja inflación o deflación; y en sentido inverso, cuando se tiene bajo desempleo la demanda aumenta, lo que a su vez tiende a elevar la tasa inflacionaria.


Las fluctuaciones del empleo y de los precios normalmente se tendrían que presentar de esa forma; sin embargo, en los años setenta del siglo pasado, coincidieron al mismo tiempo recesión con inflación. Los economistas se avocaron a estudiar este fenómeno y analizaron causas y soluciones posibles. El diagnóstico fue coincidente, el incremento significativo del precio del petróleo (un costo estratégico) había tenido un doble efecto: (1) contracción de la inversión y (2) una elevación generalizada de precios.


La pandemia, en 2020, hizo que el mundo padeciera una parálisis económica sin precedentes, lo que provocó una reducción drástica de la demanda; lo que a su vez llevó a una baja inflación. Es importante precisar que cuando se habla de decrecimiento de precios, no se está refiriendo a la totalidad de los bienes y servicios; sino a la tendencia de los que integran la canasta básica; en donde es factible que algunos suban de precio y los más, con una significativa participación ponderada, reduzcan precios. Para medir esta variación de precios se utiliza el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), cuyo análisis metodológico integra una canasta de bienes y servicios que adquiere un consumidor típico en un país.


De modo que, para México, el INPC “es un indicador diseñado específicamente para medir el cambio promedio de los precios en el tiempo, mediante una canasta ponderada de bienes y servicios representativa del consumo de las familias de México”. Lo que se mide es la evolución de una canasta fija durante un tiempo determinado, por lo que es necesario revisar periódicamente dicha canasta a efecto de actualizar y reflejar los cambios en los patrones de consumo. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) es el encargado de elaborar y difundir el INPC. En agosto de 2018 realizó un cambio en las ponderaciones, ampliando el número de genéricos (conceptos de gasto) de la canasta básica de 283 a 299 y la participación ponderada de los componentes de consumo de la población:

El cuadro divide a los genéricos de acuerdo con los componentes subyacente y no subyacente de la inflación. Proceden las definiciones. Entre los productos y servicios que componen el INPC se pueden distinguir dos tipos. Por un lado, están los que tienen precios estables a lo largo del año, porque su abasto es tendencialmente constante durante el tiempo. Por el otro lado, están los productos y servicios cuya disponibilidad en el mercado cambian según las estaciones. Esta distinción entre precios que varían o no según los momentos del año ha dado paso para hablar de la inflación subyacente y la no subyacente. La última se mide con base en los productos y servicios cuyos precios tienen un comportamiento estacional, en contraste con la primera que responde a precios de productos y servicios cuyos precios no responden a las épocas del año. Si la medición de la inflación no distinguiera estos dos tipos -subyacente y no subyacente- tendríamos lecturas erráticas.


El caso más claro es el jitomate; un producto popular y por lo tanto, importante en el cálculo del INPC, por lo que su ponderación es significativa. El jitomate es barato en tiempos de cosecha, cuando llega en abundancia a los mercados y es caro cuando la temporada ha pasado y es escaso. Su efecto podría hacernos creer que la inflación desciende coincidentemente con la temporada de jitomate y se acelera cuando la temporada ha pasado. Productos como el jitomate pertenecen al índice no subyacente; los demás al subyacente, que pueden ofrecer una perspectiva de la inflación sin las distorsiones de los productos estacionales. Obviamente no deseamos abordar el análisis metodológico del INPC, pero siempre es bueno recordar conceptos básicos; quien desee abundar en el tema pueden consultar el texto “Índice Nacional de Precios al Consumidor. Documento Metodológico. Base segunda quincena a julio de 2018", publicado por el INEGI (en Internet).


Hay bienes y servicios no convencionales que durante el confinamiento ampliaron su demanda, como son los servicios digitales, la energía eléctrica o el gas doméstico, entre otros. Existen circunstancias en donde las condiciones de precios por su peculiaridad han sido adversas a las condiciones de mercado. Es el caso del gas doméstico, particularmente el de LP, cuyo precio liberado se amplió en 2020 en 14%. El gas LP durante 2020 y 2021 amplió su tarifa con independencia del comportamiento del precio de referencia internacional y por ende, de los costos de internación, dada la existencia de una estructura oligopólica de mercado. El gas LP durante 2020 y 2021 fue unos de los bienes que más presionaron a la tasa inflacionaria, medida con el INPC.


En la ponderación de precios, en 2020, influyeron más aquellos bienes y servicios cuyas tendencias se mantuvieron estables o en disminución. De modo que el INPC se mantuvo con variaciones poco significativas, con lo cual la tasa inflacionaria anual fue de 3.2%. Si quisiéramos desagregar más el análisis, se tendría que durante las 24 quincenas de 2020 la variación promedio en los precios fue de 0.124 puntos, con deflación en abril; lo cual es un claro indicio del efecto de la contracción de la demanda por el relajamiento de la inversión y el empleo.

De enero a junio de 2021, la tendencia inflacionaria muestra un repunte, por lo que se situó en términos generales por arriba de la observada en el mismo lapso de 2020. El incremento promedio quincenal de 0.282 puntos es muy superior al del 0.070 observado en 2020. En este comportamiento ha influido sobremanera los resultados comparativos observados en la segunda quincena de marzo y en la primera quincena de abril, que amenazaban hacia un proceso deflacionario.

Las causas que explican el mayor incremento inflacionario en 2021 tienen varias vertientes; pero consideramos que es importante señalar las tres más significativas:

  1. El incremento de costos estratégicos claves, en lo particular, el del petróleo que afecta a todas las actividades económicas; de modo que un aumento del precio de la gasolina incrementa el coste de transporte de bienes y servicios, lo que lleva a un incremento generalizado de precios. Existe también un posible efecto de ajuste transitorio de costos por el incremento de la tasa de salarios mínimos, aun cuando no es tan significativo como se podría creer debido a que este aumento sólo se refleja en forma atenuada en los salarios promedios.

  2. La reactivación de la demanda, que alinea los precios a tendencias económicas más racionales y evita lapsos deflacionarios.

  3. La base comparativa, es obvio que la inflación en 2021 se encuentra distorsionada por el efecto de equipararla con meses de baja inflación, particularmente, si se considera los del segundo trimestre. Este fenómeno es similar al que se observa cuando se hace referencia al crecimiento económico, en donde lógicamente la base comparativa también es baja, lo que hace pensar que los dados están cargados de ideología, aun cuando las aseveraciones sean correctas. ¿Por qué dimensionar tanto que las tasas de crecimiento tienen variaciones significativas por la base de comparación anual anterior y no señalar con la misma vehemencia que existe un efecto similar en el caso de la tasa inflacionaria?

Aun cuando funcionarios del Banco de México, como Gerardo Esquivel, han señalado que el efecto inflacionario es transitorio, por la base comparativa y/o el reacomodo transitorio de costos, no deja de ser cierto que se prevé de acuerdo con los analistas una inflación superior a la programada por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP); esto es, entre 4.5 y 5.5% contra la de 3.2% determinada en los Pre-Criterios 2021 de la SHCP.


Antes de entrar a dilucidar sobre el significado de los precios, vale la pena enlistar porqué INEGI considera que la inflación es un fenómeno económico altamente nocivo:

  1. Afecta la estabilidad del poder adquisitivo.

  2. Perturba el crecimiento económico, al elevar los riesgos de los proyectos de inversión.

  3. Distorsiona las decisiones del consumo y el ahorro.

  4. Propicia una desigual distribución del ingreso.

  5. Dificulta la intermediación financiera por el efecto que tiene en las tasas de interés.

La pregunta de siempre es: ¿qué tan necesaria es “un poco” de inflación?


Precios

Las teorías del valor económico son la esencia y por lo tanto, la razón de ser de la ciencia económica. El fundamento epistemológico de cada una de las teorías es determinar el proceso de formación de los precios relativos en los mercados de productos y de factores productivos. Aun cuando las teorías parecieran marcar pautas distintas o contrarias, vale la pena señalar que las diferentes vertientes de análisis conciben que los precios son el mayor indicio de la situación que guardan los bienes y servicios (escasez, valor y utilidad); lo que ordena al mercado y por lo tanto, a los procesos de inversión y consumo. Este efecto virtuoso de los precios se traduce en:

  1. Fijar la cantidad de producto que se compra según sea el precio del mercado; ello, desde luego, en razón al presupuesto o a la capacidad adquisitiva.

  2. Dar señales a los empresarios para determinar la cantidad de producto que desean vender con el precio correspondiente, lo que se transforma en el valor de mercado de referencia.

  3. Orientar las decisiones de inversión, producción y consumo, tomando en cuenta elementos relacionados con el valor, escasez y la mayor utilidad obtenible o posible.

  4. Garantizar que los recursos se asignen de manera eficiente para alcanzar el mayor bienestar posible, dados los recursos disponibles, la tecnología y la preferencia de los consumidores.

La deflación, la contracción generalizada de precios, no puede ser la tendencia deseable, por tres razones básicas:

  1. Inhibe la inversión al reducir continuamente la tasa de rentabilidad actual y futura de los proyectos. Existen proyectos ya en marcha que tomaron como referencia un precio determinado y que ante disminuciones drásticas o continuas de los bienes o servicios producidos llevan irremediablemente a pérdidas o incluso a quiebras.

  2. Deprime el consumo, lo que lleva a exacerbar los procesos de ahorro y a contraer la demanda. Deflación significa siempre consumir e invertir menos y la observada en el segundo trimestre de 2020 implicó enclaustramiento, y salir a la calle sólo para comprar lo indispensable.

  3. Una dosis mínima de inflación es la mejor forma de asegurar que la economía no solo se mantenga en marcha, sino en crecimiento. Los productores verán realizadas sus expectativas y mantendrán e incluso invertirán para ampliar la producción. Así generarán empleo, que nuevamente incrementará el consumo y si bien un poco de ese efecto se disipará como precios mayores, lo trascendente es que el ciclo expansivo se mantiene.

Queda claro que la deflación ralentiza la inversión, la demanda y por lo tanto el crecimiento económico; por lo que la opción deseable es mantener una economía con baja inflación a un nivel “razonable”. Desde luego, es el fin que persiguen los gobiernos y en México la autoridad monetaria, Banco de México, se ha fijado como meta inflacionaria una tasa de 3% con un margen de un punto en cualquier sentido; así la estabilidad no significa deflación, sino la existencia de una tasa razonable para seguir la incidencia positiva en los niveles de inversión y consumo. En este año muchos países han excedido el rango de inflación recomendable; por ejemplo, la variación en junio del Índice de Precios al Consumidor de Estados Unidos (CPI, por sus siglas en inglés) rompió con lo estimados del mercado al ubicarse en 0.9% mensual; lo que disparó la inflación anual a 5.4%, el nivel más alto desde septiembre de 2008.


La forma de disminuir la inflación es mediante la contracción de la demanda; algo que se puede conseguir de dos formas: con una disminución del gasto público o bien con el instrumento de la política monetaria; es decir, el incremento de la tasa de interés. Los bancos centrales pueden hacerlo, más cuando se han transformado en entes autónomos; pero existen resultados adversos:

  1. Desincentivar el crecimiento de la economía, más cuando ahora se requiere para resarcir los daños que dejó la parálisis económica y hacer volver a la normalidad del empleo a millones de personas.

  2. Disminuir la tasa de rentabilidad de los proyectos al elevarse las deudas y en general los costos financieros.

  3. Ampliar el endeudamiento de todos, tanto de los gobiernos como de los empresarios y de los consumidores, justo cuando se han incrementado las deudas para hacer frente a las necesidades por la disminución generalizada de los ingresos.

  4. Movilizar recursos hacia los bonos y valores gubernamentales, lo que puede pinchar a posibles burbujas especulativas e incidir en crujidos de crac en los mercados de capital.

El Banco de México es la institución que tiene el mandato prioritario de mantener estable el valor de la moneda nacional. Son dos las formas en las que una moneda como el peso puede ganar o perder valor. Una es la inflación que resta valor al peso. La otra es el tipo de cambio: la devaluación resta valor a nuestra moneda con respecto a las demás divisas. El Banco central es el encargado de conducir la política monetaria del país para asegurar en lo posible que tanto los precios como el tipo de cambio se mantengan razonablemente estables. El instrumento que aplica para conseguir estos objetivos es la tasa de interés objetivo o de referencia.


La teoría indica que las tasas altas de interés inhiben la demanda interna, porque la gente prefiere conservar su dinero en lugar de gastarlo o invertirlo; por lo que los precios no son presionados al alza. Al mismo tiempo, las tasas altas hacen atractivo al peso, que tenderá a revaluarse en respuesta. De esta manera, el instituto central procura conducir a la economía por una ruta con precios y tipo de cambio lo más estable posible.


El pasado 24 de junio, Banco de México sorpresivamente aumentó la tasa de referencia en 25 puntos base, de 4 a 4.25%; en tanto que en Estados Unidos sigue predominando la cautela, dentro de la lógica que la inflación observada todavía no constituye una tendencia consolidada. Queda la duda si hizo lo correcto el Instituto Central, pero preocupa más que esto se convierta en una tendencia alcista. Debemos confiar en que esta decisión haya sido bien razonada (aunque la votación de la Junta de Gobierno fue dividida: 3 contra 2).


¿Es posible que Banxico se haya precipitado?, pero más importante: ¿qué tanto conviene reprimir el crecimiento económico por reducir la tasa inflacionaria? El incremento de la tasa objetivo ya se dio, procede ahora hacer el compás de espera y actuar prudentemente, es decir, no seguir elevándola. Lo más probable es que la tasa de inflación sea transitoria en una economía que no está sobrecalentada, porque el potencial productivo no ha sido rebasado, sobre todo, cuando se compara con el PIB existente en la prepandemia.


Los precios crecientes distorsionan, más mientras más acelerado sea su cambio. En el extremo, la inflación extingue monedas; pues las funciones del dinero se vuelven imposibles si los precios están cambiando erráticamente o creciendo desbocadamente. La inflación también es un impuesto regresivo que grava más a quienes menos ganan o tienen, porque están sujetos a ingresos fijos que más tardan en cobrar que en perder valor. Aniquila el ahorro, porque las reservas en efectivo se reducen a cada momento, bajo esas condiciones lo racional es gastarse los recursos en el presente. La planeación se complica, porque los precios cambiantes enturbian cualquier expectativa y vuelven imposible planear con alguna certeza razonable. En efecto, la inflación es una amenaza seria, sobre todo por la posibilidad de que se acelere. Mantenerla en niveles razonables y estables es un propósito que vale la pena.


La inflación creciente y continua causa daños, hasta distorsionar gravemente al mercado. Eso ya lo vivimos en los años setenta y ochenta del siglo pasado y países, como Argentina, con inflaciones superiores a 40%, lo están viviendo hoy. No es correcto infundir miedo, porque hay situaciones que exacerban los sentidos o el ánimo de la gente. Quienes sufrimos por inflación el siglo pasado sabemos lo que es eso, vale la pena volver a resumir: ningún presupuesto alcanza, los gastos se precipitan, poco o nada se puede planear, lo que se ahorra para el futuro se pulveriza. El efecto psicológico de pensar que inevitablemente al día siguiente los precios van a subir, se torna en actitudes que alientan lo que se profetiza: se convierten en profecía autocumplida. No existe corrección posible, si se induce a modificar expectativas, que por ahora siguen siendo racionales.


¡No hay que sembrar la idea del mal tiempo porque se podría cosechar una tormenta!



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