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La Alameda Central: lo que somos y el sueño de la inmortalidad

Gildardo Cilia López



La Alameda Central, Siglo XIX

Troto por el centro de la Ciudad de México, llego a la Alameda Central. El día más que templado, es frío; todavía es posible percibir la bruma matutina.


La Alameda Central es el parque público más antiguo de México y América, su antigüedad data de 1592. Es un sitio que a lo largo tiempo ha servido para el paseo y la recreación; para las citas de encuentros y desencuentros amorosos; es un lugar donde han convivido todas las clase sociales: ricos y no tan ricos, pobres y miserables. La Alameda Central, tal vez, sea el jardín más vívido del país; el que a través de la historia más nos represente.


Contemplo, en medio de su extensión rectangular, sus glorietas y sus rotondas circulares y sus fuentes con sus estatuas mitológicas. Las esculturas son magníficas, recrean a algunas divinidades de la edad clásica: Mercurio, Venus, Neptuno, entre otros dioses. Lo que más me gusta son las estupendas esculturas de la Náyades. Sonrío, porque nuestra gente con su gran ingenio las rebautizó con el singular nombre de “Las Comadres”.



Fuente de Venus

Son las ocho de la mañana y apenas se está despertando la gente que vive ahí, sí, en la Alameda. Son personas desprovistas de techo, cuya extrema pobreza e indigencia duelen. Me conmueve, sobre todo, ver a un joven adicto a solventes, acompañado por un fiel y raquítico solovino. Estas personas duermen en las bancas circulares de cantera, en medio de efigies de las deidades grecorromanas. Se conjuga, así, la extrema vulnerabilidad de la vida, con el ensueño de la inmortalidad clásica.


Troto de nueva cuenta y me detengo repentinamente para observar la escultura de Alexander von Humboldt, el científico prusiano que visitó y exploró México entre 1803 y 1804. La vista de la estatua se dirige desde una parte lateral del parque público al corazón de la Alameda y hacia al centro de la Ciudad de México.


Humboldt es el que mejor ha definido a México: “el país de la desigualdad” y lo describe admirablemente: “Acaso en ninguna parte hay la más espantosa distribución de fortunas, civilización, cultivo de la tierra y población…La arquitectura de los edificios públicos y privados, la finura del ajuar de las mujeres, el aire de la sociedad…se contrapone extraordinariamente a la desnudez, ignorancia y rusticidad del populacho”.



Alexander Von Humboldt

Sobre la calle Miguel Hidalgo, enfrente de la Alameda, se encuentra el edificio de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, donde de joven fui un prometedor funcionario. Siento un poco de vergüenza, me apena que mi generación haya hecho tan poco para superar los graves problemas sociales del país. Eran los años ochenta, el Presidente de la Madrid hablaba de los excesos de los gobiernos anteriores, propugnaba por “la renovación moral de la sociedad”; pero lo cierto es que fue un gobierno frívolo, alejado de la gente: de un positivismo exacerbado. Esa insensibilidad permeaba en todas las esferas del gobierno y desde luego en los jóvenes funcionarios. Un buen número de ellos había estudiado en el extranjero, estaban dotados de tecnicismos: de un pensamiento mecanicista, pero ignoraban la historia y la cultura profunda de México.


¿Quién iba a concebir en 1983 el rezago social y la crisis institucional a la que íbamos a llegar, acentuada con el tiempo por la falta de probidad y el cinismo de nuestros gobernantes y por la colusión de intereses con hombres y empresas poderosos? Se dice que durante los últimos treinta años se fue forjando nuestra democracia, que surgieron las instituciones que posibilitaron certeza y certidumbre en los procesos electorales, sí; pero también creció insospechadamente la corrupción. Sigo insistiendo que no puede existir una democracia corrupta; que un sistema sin honradez y decencia, no puede constituirse y considerarse como una sociedad democrática. Ojalá y, en efecto, las cosas cambien para siempre a partir de este Gobierno

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Continuó con mi trotar cansino y veo la estatua de Beethoven, arriba de su busto se observa un hombre inclinado hacia lo que parece un ángel. La imagen me hace pensar en la reverencia que se le debe guardar al genio del hombre. Caminan cerca de mi unos jóvenes, mi consciencia se aferra a la esperanza de los nuevos tiempos y concibo que la genialidad de las nuevas generaciones (su espíritu y su quehacer) van por fin a revertir la definición enraizada de lo que es México: un país de pobres, desigual e injusto.


Lejos estamos de ser los dioses que surgieron de la imaginación envidiable de los hombres del mundo clásico; frente a su omnipotencia todo acto humano resultaba inútil. Sin embargo, algunos hombres (a los que se les llamó héroes,) se impusieron la tarea de luchar contra sus designios, de forjar su propio destino. Esta rebeldía le ha dado una grandeza magistral al espíritu humano, así nació todo: el arte y la ciencia; la narrativa poética de las hazañas de los hombres; y la convicción de transformar la historia de los pueblos a partir del quehacer humano y de la trascendencia de las ideas.


También muchas mujeres y hombres en esta parte del mundo se han opuesto a lo preconcebido: se han rebelado contra la mansedumbre religiosa y han tratado de cambiar la injusticia que parece predestinada en nuestra historia. Su esfuerzo parece haber sido infructuoso, muchas generaciones han pasado a partir de la independencia y pareciera que poco hemos cambiado: seguimos siendo un país de pobres, desigual e injusto.

El empeño no puede cejar: debemos de actuar contra nuestros grandes males, que muchos creen son insuperables; como si, en efecto, fueran obra de un trazo o un castigo divino. Las nuevas generaciones tienen que insistir en lo mismo: en consagrar su esfuerzo para darle el rumbo de riqueza y justicia que merece nuestro pueblo. ¡Lo pueden hacer!



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