La Crisis, una Primera Lectura Histórica: Say, Ricardo, Malthus y Marx

Actualizado: 30 de dic de 2020


Gildardo Cilia López


Caracterizar la crisis mundial y del país y establecer las diferencias con respecto a las grandes crisis anteriores es de suma importancia porque de ello depende la evolución de las sociedades, particularmente, la de un sinnúmero de empresas y empleos.


La observación de la vida económica siempre ha sido motivo de debates fundamentales. Todo parece tener la tendencia de un ciclo (de un cyclus o kyclus), es decir, del movimiento ininterrumpido de algo que parece una rueda, cuyo punto de observación: la producción, el PIB, sube y baja ondulatoriamente.


Así, la vida económica gira y se suscitan cuatro eventos a lo largo de un periodo de tiempo: hay un máximo (auge), se desciende (recesión), se llega a un mínimo (depresión); después la rueda se desplaza hasta hacer ascender el punto observado a un nuevo máximo.


La vida económica, así, se desplaza continuamente en forma cíclica, sin que las ondulaciones sean simétricas. El mundo económico no asume la perfección de un punto que se mueve dentro de una ruleta cicloidal. Platón, amante de la perfección, estaría decepcionado de la Ekonosphera.


En países como el nuestro remontar las colina exige cada vez un mayor esfuerzo, aun cuando las cimas sean sucesivamente más pequeñas; en tanto que los declives se han tornado repentinos, llevándonos a precipicios cada vez más profundas. Bajo estas circunstancias la incertidumbre sólo puede aumentar, el movimiento es circular, pero cada vez menos parecido al de una rueda.


En todas las fases del ciclo económico los hombres toman las decisiones, pero son en las de inflexión donde el logos económico debe prevalecer. En el momento en que se concibe que todo puede ir hacia abajo, lo que se interpreta adquiere un nivel sustantivo. La crisis (krísis), en primer término, es lo que se juzga y lo que se decide, justo cuando se concibe que la fortuna puede descender hasta desvanecerse; esto es, cuando la realidad económica puede alcanzar el ínfimo indeseable.


Crisis, crítica y criterio tienen la misma raíz (kri o krei). Todo lo que se rompe, lo que se separa, debe analizarse para tomar la mejor de las decisiones, no sobre la base de acertijos oraculares, sino de predicciones sustentadas en la experiencia, el conocimiento y el análisis. Luego, entonces, la vida económica tiene que avanzar, porque el logos debe imponerse al temor. Son los aspectos asertivos los que socialmente modifican todo entorno difícil en favorable.


Aun cuando el movimiento cíclico del mundo económico sea imperfecto, la primera gran conclusión por el desplazamiento ondulante del PIB es que toda crisis es transitoria. "No hay mal que dure 100 años, ni cuerpo social que lo resista". Todo punto se puede remontar de un mínimo a un nuevo máximo; pero si luego viene un descenso, podemos inferir que no siempre prevalece el logos, que también existe la insensatez.


Todo empezó con Say


En los albores del siglo XIX, Jean-Baptiste Say configuró una Ley: " a toda venta, le prosigue una compra", de modo que toda oferta genera su propia demanda. Siendo así, no podría existir crisis endógenas, porque todo desfase sólo podría ser transitorio y no podría generalizarse.


David Ricardo, el gran teórico del valor, le da un sentido único a la Ley de Say. Señala que, al valor ofrecido por el lado de la producción, debe corresponderle necesariamente un valor equivalente por el lado de la demanda. No habría, así, por ningún motivo una crisis por falta de demanda, porque el uso racional de los recursos tienden a igualar el ahorro y la inversión. Todo bajo un esquema compensatorio: lo que dejan de consumir los capitalistas, lo tienen que destinar a una mayor inversión, logrando así ampliar los bienes de consumo de la población asalariada, sin que la demanda pueda deprimirse. Todo esto cíclicamente dentro de un proceso virtuoso.


Sucede lo mismo con los salarios de los obreros, si éstos son bajos las ganancias aumentan, incrementándose la inversión y con ello la contratación de más obreros, existiendo una tendencia natural al equilibrio cuando se toma en cuenta el valor total de las remuneraciones.


La lógica impecable de la Ley de Say, sólo podría horadarse, con un efecto demostración contrario, es decir, si en realidad los agentes económicos bajo determinadas circunstancias decidieran no ejercer su poder de compra; con lo cual, la oferta no crearía, así, su propia demanda.


Malthus fue el primero en concebir que el valor de compra, bien no pudiera ser igual al valor de la producción. Concibió que el costo de las mercancías pudiera dividirse en dos tramos: uno, por el componente del valor de los salarios y dos, de una utilidad que surge del mercado. Es decir, concibe que las ganancias de los capitalistas depende de que el producto se venda a un precio superior al costo. Para que esto acontezca, la demanda se torna en una factor imprescindible.


La oferta y la demanda, mutuamente, juegan un papel en los precios de los productos. Del análisis Malthusiano se deriva que los precios de los productos, por escasez de demanda, se puedan vender por debajo de su costo. ¿Ello es incierto o imposible? No, no lo es. El más cercano ejemplo lo tenemos con los precios de los petrolíferos, particularmente del crudo, cuya falta de demanda por la parálisis económica y ante el exceso de inventarios, llevó incluso a que se registraran precios negativos.


La ausencia de ganancias, el tener precios por debajo de los costos, es el aspecto más sintomático de una empresa en quiebra, o de industrias que se mueve hacia el precipicio. La solución recurrente en la actividad petrolera ha sido disminuir la oferta del crudo y en efecto, los precios llegan a niveles razonables; sin embargo, la corrección tiene el límite que le impone el propio mercado, dado por la existencia de enormes inventarios.


Marx, fue el segundo en concebir que la capacidad de compra, bien no pudiera corresponder al valor de la producción. Las ganancias para él, se generan en el propio proceso de producción, empero, concibe que todo depende del gasto que le da el capitalista a su plusvalía.


Dos escenarios son posibles: uno, si el capitalista decide gastar su plusvalía, no habría en ningún sentido un problema de realización y dos, pero si no lo hace, si atesora sus ingresos, habría un problema que recortaría al mercado, al menos, en el que incide. Así, introduce en el balance del mercado, una nueva función del dinero: el del atesoramiento, pero además considera que bajo ciertas circunstancias, el atesoramiento pudiera ser generalizado.


Así se rompe con un ciclo virtuoso y en cadena se empiezan a suscitar fenómenos indeseables. Primero, la falta de inversión, es un indicio de que se está generando menos valor en la economía; consecuentemente, disminuye el número de horas trabajadas (origen del valor y del plusvalor); lo que irrumpe en un menor consumo salarial y con ello en una menor demanda, extendiéndose este fenómeno a todas las ramas de la economía. Esto último lo quiero exponer más ampliamente, con algunas precisiones.


Aun cuando esto parezca obvio, lo primero que se observa en una crisis es la falta de inversión; luego disminuye el consumo de los bienes que le son propios al decil de más altos ingresos (automóviles, bienes y servicios tecnológicos y otros con alto valor agregado o suntuarios); después el consumo de otros bienes durables propios de estratos con ingresos intermedios; pero lo que no decae necesariamente son los bienes básicos o bienes salarios.


Un ejemplo notable fue lo que sucedió en México, en 2019. Aun cuando el PIB tuvo un desempeño de (0.1%), el consumo de las clases con menores ingresos no disminuyó, siendo importarte, sí, para contener la caída; pero no para propiciar una tasa de crecimiento destacable. El consumo de los pobres, pareciera ser no suficiente para hacer crecer a la economía a tasas altas.


Tres fenómenos serían observables en el desempeño de los capitalistas: primero, que la necesidad de atesorar se convierte en una necesidad de contar con una reserva de valor, esto es producto según Marx de la avaricia (más en sus tiempos cuando prevalecía el patrón oro); segundo, la falta de inversión se transforma en falta de demanda y por tanto, en una crisis de sobreoferta y tercero, una vez que se inicia el desfase, se generan inventarios que distorsionan la necesidad de generar más valor. Conviene aceptar que, sin duda, el movimiento de los inventarios es uno de los aspectos simbólicos del ciclo económico, antes y en previsión de cualquier crisis, lo primero que intentan los capitalistas es deshacerse de ellos.


En crisis, es interesante observar la conducta de los capitalistas, que se mueve en diferentes direcciones, adquiriendo empresas, medios de producción o de transporte devaluados por la crisis; pero, sobre todo, resalta la adquisición de bonos y acciones, preferentemente indexados o a tasas altas que les proporciona mayor seguridad a sus dineros. De hecho, en la actual crisis, hay quien afirma que los enormes recursos que han inyectado los gobiernos o bancos centrales han propiciado dos efectos: 1) que los mercados financieros no se desplomen, porque gran parte de estos recursos regresan a ellos, inyectándolos de liquidez, jugando también un papel importante el supuesto de que se va a suscitar una rápida recuperación económica y 2) que este retorno de los recursos a los centros bursátiles propicia que no se dé un exceso de circulante en la base monetaria, lo que ha despresurizado las presiones inflacionarias.


A Marx poco le interesaba salvar al capitalismo, antes bien quería su extinción; de modo que no abundó en posibles soluciones a la crisis. Vayamos, entonces, a los supuestos o especulaciones teóricas. Lo primero que diría Marx que el gasto estatal es, por sí, limitado, porque su fuente provendría del valor generado en la producción. Todo impuesto se deriva de un ingreso y ese ingreso se sostiene del esfuerzo productivo general, proveniente de las horas trabajadas. La solución no podría ser entonces más y más gasto estatal; más bien éste debería moverse en dirección de lo que se requiere para reconstituir la tasa de ganancia, haciendo factible nuevas inversiones productivas.


Siguiendo el ciclo D-M-D', el capitalismo da inicio con un acto de compra y este impulso inicial está dado por el capital. De modo que las posibilidades de consumo de los trabajadores se amplían, cuando los capitalistas utilizan sus recursos productivamente. La generación de demanda, por lo tanto, va a depender de las expectativas de ganancia de los capitalistas en el sector real, es decir, de mantener los recursos en la circulación como capital productivo. De estar los recursos fuera de la órbita del sector real y mantenerse en ámbito especulativo, tendría el Estado que entrar al quite como un ente económico emergente.


Pero lo que importa - en lo que se concibió décadas después como capitalismo de Estado - es que resulta indispensable reconstituir la tasa de rentabilidad en el largo plazo. El supuesto inicial, por lo tanto, debe encaminar el esfuerzo del gasto en momentos de crisis no hacia los pobres, sino hacia los que generan la demanda, con el propósito de que vuelvan a invertir en el ámbito productivo. Pareciera blasfemia, pero así es.


Esta historia continuará...


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