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La oposición o el costo de no proponer nada

Actualizado: 13 mar 2022

Gildardo Cilia López

¿Se pude debatir constructivamente cuando una de las partes carece de propuestas? El grave problema en el mundo y en México es que el declive del neoliberalismo dio fin a un discurso, que se centraba en una visión ideal de mercado y que llevaba al accionar del Estado a una mínima expresión. Quiérase o no - y con una visión pragmática - el gobierno en los últimos tres años sí ha mantenido propuestas que orientan el desarrollo económico y ha mantenido a flote proyectos emblemáticos que posibilitan el desenvolvimiento regional y de ramas estratégicas, como el turismo y la energética.


La oposición sin un proyecto alternativo, se ha dedicado sin que medie razón alguna a tratar de destruir todo lo que proviene del Gobierno; de modo que, si el gobierno hiciese caso a estas críticas o si no se hubiese mantenido firme en sus decisiones, prácticamente, nos hubieramos quedado en la nada.


Todo se discute, muy frecuentemente con una radicalidad distante a la realidad. Hay quien sólo concibe a la política fiscal como un instrumento que posibilita el crecimiento económico, olvidando sus efectos redistributivos. Se quiere ignorar que los recursos fiscales sirven también para reducir las diferencias existentes entre los niveles de ingresos de las clases más favorecidas y aquellas que no lo son. La eficiencia de la política fiscal, de hecho, se mide por la reducción de la desigualdad una vez que los gobiernos aplican impuestos y transferencias a la sociedad. El índice de Gini, en promedio, en los países de la OCDE disminuye de 47.6% antes de impuestos a 28.2% después de impuestos; en tanto que en los países latinoamericanos la disminución, en promedio, va de 51.6% a 49.6%, respectivamente, es decir, en la región latinoamericana la disminución es insignificante. El efecto positivo por países de los sistemas fiscales se puede observar en la siguiente gráfica extraída de la OCDE; aclarando que entre menor sea dicho índice se suscitará una mayor igualdad; alcanzándose la igualdad perfecta cuando el valor del índice sea “0”.

No existe contrasentido alguno cuando se dirigen las contribuciones fiscales hacia los sectores de bajos y medianos ingresos a la población. Es más, se podría decir que el escaso efecto redistributivo de los sistemas fiscales constituye un aspecto sustantivo de la baja legitimidad fiscal en países con ingresos intermedios o bajos. Redistribuir los recursos de los segmentos más ricos a los más pobres no constituye una aberración; por el contrario, le da un alto contenido a la política fiscal, tal como sucede en casi todos los países desarrollados. La crítica hacia la estrategia redistributiva es cuestionable, más aún cuando se optimizan los recursos fiscales y cuando se pone como límite los ingresos reales que se perciben mediante impuestos.


El otro gran punto es la oposición por obnubilación ideológica que coarta una posición activa a favor del crecimiento de las inversiones, del empleo y de los ingresos. Carlos Slim fue muy claro al señalar, primero, que México es un país en el que se han desaprovechado las oportunidades, destruyéndolas; y segundo, que lo peor es alimentar el conflicto, la desunión...hay que aprender a discutir (con el gobierno), aportar planteamientos, ideas, programas; “el tener conflictos ideológicos, a veces caprichosos, es una tontería”.


La animadversión, en efecto, sólo conduce a establecer juicios a priori; a inhibirse ante la existencia de proyectos alternativos y a no evaluar concienzudamente los costos de oportunidad que se ofrecen en el mercado a partir de la inversión pública. Conlleva a no entender que los problemas que asolan al país en mucho se deben a lo que se ha dejado de hacer.


Peor es cuando se pierde el sentido común y se niegan conceptos básicos que explican el comportamiento natural que tienen los individuos, las familias, las comunidades o los gobiernos. Pudiera ser que al momento de adoptar una decisión se busquen objetivos distintos (satisfacción, lucro o utilidad social), pero sin duda “el hacer” y más el “dejar de hacer” lleva a asumir costos, que suelen ser incuantificables. En cada decisión también se adopta un “sacrificio” presente a cambio de obtener un beneficio (o de evitar un deterioro) futuro.


¿En verdad todos los proyectos del gobierno actual resultan inviables; o carecen de una perspectiva razonable? Lo cierto es que existe una negación de los opositores, particularmente, de los mediáticos, a aceptar todo lo que viene del Gobierno:


1.- Si se quiere producir energía eléctrica básicamente con la fuente alternativa más barata y limpia: la hidroeléctrica, malo. Esto, sin importar que México cuente con abundantes recursos hídricos (sobre todo en el Sureste del país) y con inversiones anteriores en poder de una empresa del Estado que nos permite mantener el suministro de electricidad en forma suficiente y a precios razonablemente bajos, en lo particular, si se toma en cuenta el contexto internacional. Esa ventaja no la tiene, por ejemplo, España, en donde las empresas oligopólicas privadas controlan casi la totalidad del mercado eléctrico y son dueñas en cerca de 90% de las fuentes hidroeléctricas. No sólo eso, al prevalecer el criterio de la utilidad, los precios en las tarifas de luz en el país ibérico se han incrementado considerablemente porque el despacho de la energía hidroeléctrica se hace en forma insuficiente y casi al último.


Este contexto rapaz se ha visto retroalimentado por el incremento del precio del gas, que es un insumo necesario para la operación de las plantas de ciclo combinado; que por cierto distan de ser una fuente de energía limpia. Este gas procede en una proporción considerable de Rusia, lo que le da a este país una ventaja estratégica con respecto a Europa; todo en medio del conflicto entre Rusia y Ucrania.


2.- Si se quiere producir internamente gasolina, en lugar de importarla, malo. Sin considerar que el proceso de precios crecientes en el entorno internacional nos obligue a una mayor autosuficiencia del petróleo y sus derivados. Menos se analizan las estadísticas económicas en donde se observa que la exportación del crudo no pudo contener el déficit comercial originado por la importación de gasolinas y otros derivados en 2016, 2017 y 2018, existiendo una corrección de la balanza a partir de 2019.



El contexto en todos los sentidos lleva a priorizar la refinación: si los precios del petróleo se reducen, incluso por debajo del costo de extracción, como sucedió en la crisis pandémica, lo más conveniente es la generación de valor agregado para reducir pérdidas; si, por el contrario, los precios del petróleo suben, siendo la materia prima básica de los petrolíferos refinados (particularmente, de las gasolinas) los precios de estos productos se incrementan en la misma proporción; por lo que un alto coeficiente de importaciones de gasolinas y otros combustibles refinados lleva a un deterioro continuo en la balanza comercial, con su impacto consecuente en precios.

Debe aclarase que no se está diciendo que el contexto internacional actual de precios en la energía eléctrica o en el petróleo no nos vaya a afectar; lo que se está afirmando es que sin una mayor autosuficiencia (según el presidente de la República, se ha disminuido la importación de gasolinas en 40%) los problemas de escasez y de inflación pudieran ser incontrolables como sucede en España y en general, en los países de Europa.


3.- Si se quiere conectar comercialmente al Pacífico con el Golfo mediante el corredor transístmico, malo; ello no obstante de que se ha convertido en un proyecto viable dada la saturación y el incremento de tarifas del Canal de Panamá. México, con este corredor, se convertirá en una alternativa para el movimiento de mercancías hacia cualquier parte del mundo. Además de la conexión interoceánica, existen ventajas indudables en materia de desarrollo regional: se estima que se podrían generar más de 300 mil empleados formales y que la transportación de mercancías por el corredor transístmico podría representar 2 puntos porcentuales del PIB.


4.- Este proyecto y el Tren Maya detonarán el crecimiento de zonas pobres y marginadas del país; pero lo único que se toma en cuenta son las cifras exageradas sobre la destrucción de los ecosistemas. No se aclara que las vías del tren transístimico existen desde hace más de 100 años y que la mayoría del trazo del Tren Maya pasa por derechos de vías ya existentes. Es una exageración aseverar que se están arrasando bosques y selvas.


Sí, en efecto, como en casi todos los proyectos que se desarrollan en áreas naturales existen daños al capital ecológico, pero los mismos tienen que mitigarse con el desarrollo de proyectos de conservación y reforestación que actúen favorablemente sobre este capital natural. Hay que entender, sobre todo, que con la generación de empleos alternativos y de proyectos sustentables en estas áreas con gran conservación, se detiene la sobreexplotación de los recursos que por necesidad hacen sus pobladores pobres para sobrevivir; y que, ante la prerrogativa de mantener la belleza escénica o paisajística, también se produce una mayor vigilancia para evitar la incursión de agentes económicos que aprovechan los recursos naturales, sobre todo, los maderables, en forma indiscriminada.


Los único que no se puede entender es cómo diablos los ambientalistas no mostraron su inconformidad cuando se iba a instalar un aeropuerto en el Lago de Texcoco, cuyos suelos son frágiles o blandos (con sedimentos lacustres y arcillosos) y que iba a originar un daño irreversible al Lago Nabor Carrillo; asimismo, el ecocidio iba a impactar negativamente al suministro de agua potable en una amplia zona donde viven millones de habitantes y hubiera violado acuerdos internacionales en torno a la conservación de aves migratorias.


Se debe añadir algo que vale la pena subrayar, el desarrollo del Sur-Sureste del país era desde hace muchos años indispensable hasta hacerse ahora impostergable. Fue este Gobierno el que por fin asumió los retos que se deben de tomar para darle una perspectiva de desarrollo a esta amplia región del territorio nacional. No hacerlo (y aún es así) ponía en riesgo la continuidad histórica de nuestro país. Volveremos al tema.









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