Los Sueños de nuestros Héroes: Historia y Olvido

Actualizado: 21 de sep de 2020

Gildardo Cilia López.


Si algo ha de recuperar México en los años por venir son los anhelos de nuestros próceres. Lo héroes – dice Henestrosa – no duermen, todos los días se despiertan para hacer realidad sus sueños. No se trata de hacer regresar al Estado, ogro filantrópico, que repartía dadivas para tener sustento político; ello, en contraposición a la historia reciente de treinta años de gobiernos frívolos, carentes de sensibilidad social. Se aislaron tanto de la sociedad, que ahora sus partidos políticos, en una crisis sin precedentes, luchan por su sobrevivencia. Se trata de generar riqueza y de distribuirla generosamente de una manera sustentable a partir del esfuerzo social.


Quienes gobernaron desde la segunda mitad de los años ochenta del siglo pasado, se desvincularon de la verdad histórica y alinearon el devenir del país a sus propios propósitos, a sus propios mitos: “modernidad económica”, “liberalismo social”, “desarrollo humano sustentable”. El debate histórico se había hecho superfluo y había perdido importancia. Para quienes nos gobernaron sólo les era suficiente señalar que el mundo había cambiado y que ya no se podía seguir igual; que nuestros cauces y principios que nos forjaron como nación se encontraban anquilosados.


El balance del México que nos dejaron no puede ser más negativo. México se hizo más injusto y desigual y menos humanitario; más pobre y con violencia inmoderada. Quien gobierna hoy, si efectivamente desea trascender, tiene la difícil tarea de reconstituir el tejido social; de abogar por un México generoso y con fortalezas institucionales para resolver los graves problemas nacionales. Se tiene que retomar el cauce de la justicia social y engrandecer los ideales de los principales protagonistas de las revoluciones de los siglos XIX y XX: los ideales de los próceres.


El agravio de la pobreza histórica


No es difícil señalar como antecedente de las revoluciones de independencia y la mexicana, la existencia de un país injusto y desigual.


1.- En la última etapa del periodo colonial el contexto de nuestra realidad era el siguiente:


Los españoles y algunos criollos privilegiados (mineros y grandes comerciantes), alrededor del 11% de la población, acaparaban casi la totalidad de los frutos económicos que se producían. Esta aristocracia peninsular y criolla, enriquecida por la minería, el comercio y por la concentración de tierras, era una clase arrogante y ociosa: “aún en Madrid había pequeños grupos criollos, cuya vida ociosa y suntuosa (era) contemplada con admiración y (sorna) por la nobleza metropolitana”1.


A los indígenas que representaban alrededor de 60% de la población total, se les ocupaba en haciendas, ranchos y minas; trabajaban como peones acasillados o forzadamente; habían sido víctimas de despojos de tierras o se les había congregado en pueblos para el repartimiento de mano de obra. El segmento más afortunado, había preservado la propiedad comunal de la tierra, pero su producción era en la mayoría de los casos de autoconsumo y se le forzaba a pagar tributos, rentas reales o alcabalas, sin descontar las donaciones y aportaciones voluntarias (diezmos) que le hacían a la iglesia. Los indígenas en la práctica vivían en condiciones paupérrimas y eran víctimas de todos, por lo tanto, sufrían una explotación sin paralelo y una expoliación recurrente.


En el peldaño más bajo de la pirámide social se encontraban los negros, mulatos, zambos y otras castas. Se asentaban principalmente en tierras calientes, cultivaban en los campos y en los ingenios o trabajaban en los reales de minas; vivían casi sin derechos y con severas obligaciones, prácticamente en la esclavitud.


Indígenas, castas y esclavos vivían en la pobreza extrema, su vida era penosa y con pocas posibilidades de ascender en el escalafón social. El mismo Abad y Queipo – él que anatemizó a Hidalgo - señalaba: “(esas) clases que no tienen bienes, ni honor, ni motivo alguno de envidia para que otro ataque su vida y su persona, ¿qué aprecio harán…de las leyes que sólo sirven para medir las penas de su destino?”2


2.-En la etapa previa a la revolución mexicana, nuestra realidad era la siguiente:


México tenía 13.5 millones de habitantes, de los cuales 11 millones vivían en la extrema pobreza.


En la concepción modernizadora porfirista se articuló el progreso material al arribo del capital externo. Se les abrieron las puertas a las empresas norteamericanas, inglesas, francesas y españolas, que se apropiaron prácticamente de importantes ramas de la economía. Los capitales extranjeros llegaron a ser dueños o administradores de los ferrocarriles; controlaban la banca, la minería, el petróleo, la riqueza forestal y frutícola y el comercio.


La desigualdad era notoria en todos los ámbitos productivos. El 40 por ciento de las tierras era propiedad de tan sólo 840 hacendados. El latifundio era tan desmedido que un solo hombre, el General Terrazas, “poseía en el Norte de México un predio de 24 millones de hectáreas, equivalente a los territorios de Holanda, Bélgica, Dinamarca, Hungría y Suiza juntos”.


En contraste, once millones de mexicanos vivían dentro del sistema de las haciendas, de los cuales 9 millones eran peones acasillados. El desarrollo de las haciendas, particularmente en los valles azucareros del Estado de Morelos e Izúcar, Puebla, se asociaba a la necesidad de contar con suficiente fuerza de trabajo; para lo cual era preciso retenerla. El esquema más eficaz fue el de la retención con deudas imposibles de liberar. Este mecanismo posibilitó mantener una fuerza de trabajo barata (empobrecida) y con escasas posibilidades de movilización.


Esas haciendas azucareras, es importante subrayar, se habían apropiado de la mayor parte de los recursos naturales de los pueblos indios y labradores independientes. Además, contaban con diferentes mecanismos de extracción de riqueza al acaparar las tiendas y toda la producción de azúcar, aguardiente y miel.


Los trabajadores ganaban un miserable salario de 25 centavos diarios, igual que al final de la colonia, no obstante que los precios de los artículos que consumían se habían elevado al triple. Sobre esta situación narro textualmente el testimonio de un miembro de una familia errante, desheredada de sus tierras: “El ingenio de Jaltepec, era un centro de trabajo que ocupaba a miles de hombres que eran el sostén de sus familias, aunque triste es decirlo, con salarios muy bajos, casi de hambre, pues el salario era de veinticinco centavos diarios para los jornaleros. Había, es de suponer, salarios mayores para los mayordomos de campo y los tristemente capataces que... instaban a los pobres jornaleros a producir más y más, con sus fuerzas exhaustas, por la escasa alimentación que podían allegarse con tan miserable jornal (Notas biográficas de Eustolio Cilia Flores).


Las masas campesinas de los pueblos de Morelos y del Sur de Puebla, foco de la insurrección zapatista, resintieron así una doble injusticia: el despojo de sus tierras y su condición miserable como peones o como trabajadores asalariados.


El carácter social de las revoluciones


Los movimientos de 1810 y 1910, sólo pueden ser comprendidos cabalmente, si se asume que fueron en esencia revoluciones sociales que cuestionaron la estructura del Estado, ante sistemas desiguales e injustos. Bajo esta óptica, resulta imprescindible describir los planteamientos de quienes encabezaron estos movimientos populares por el cauce de la justicia social: Hidalgo, Morelos y Zapata.


Hidalgo: El hombre en llamas


Empecemos por las palabras de Hidalgo, las que abren una nueva etapa en nuestra historia: ¡Caballeros somos perdidos! ¡No hay más recurso que ir a coger gachupines! No había posibilidad para la retractación. Las palabras de Juan Aldama: “Señor, ¿qué va a hacer vuestra merced?; por amor de Dios vea lo que hace”, no lo hicieron desistir de su decisión histórica.


¿Quién era este hombre en llamas? Se coincide que era un talento lucido, un hombre lleno de méritos intelectuales: “Bachiller de Artes a los 17 años; Bachiller en Teología a los 20… Profesor de Filosofía a los 22 años; después de Latinidad y luego, Profesor por oposición de Gramática…el ascenso (sigue y es) promovido a Secretario y después a Rector del Colegio de San Nicolás”3. En él existía incluso cierta soberbia: “se graduó como bachiller en la Real y Pontificia Universidad (de México), no recibiendo los demás grados (por) la infeliz idea que tenía de los méritos del claustro universitario, a quien calificaba como una cuadrilla de ignorantes”4


Es 1792 inicia una segunda etapa en su vida, deja la academia (su alma mater) para convertirse en un cura de almas en diferentes pueblos. Su vida cambia de rumbo, pero su grandeza aumenta. “El intelectual que había vivido siempre entre sutilezas, abstracciones y dogmas, bajó a la realidad misma del país y se encontró con el alma misma del pueblo”5 Hay varias huellas, sobretodo en Dolores, en donde fue Párroco durante siete años, que permiten descubrir sus pasos:

En lugar de latín y filosofía, les enseñó a los lugareños trabajos y oficios; en esencia, se transformó en un redentor de hombres en vida: “A sus propias expensas estableció talleres de alfarería y curtiduría, inició la cría de abejas y de gusano de seda, enseñando estos medios de enriquecimiento a la gente pobre; plantó viñedos y olivares, y fabricó vino, aceite y aún telas de seda, convirtiendo su curato en un centro de trabajo”6.


Hidalgo, en 1810, da un nuevo giro: traza el camino de la revolución social. No hubo gradualidad, la insurrección fue abrupta y trastocó el orden colonial. La acción de las masas era casi instintiva y sin razonamiento, seguían a un hombre con una conciencia superior, pero que se había lanzado a la vorágine sin un plan de guerra concebido. Había arrastrado a las masas, pero ese ímpetu difícil de contener, también lo había arrastrado a él.


La revolución de independencia se convirtió de inmediato en una insurrección popular. El odio contenido durante más de tres siglos movilizó a las masas: “los insurgentes eran sólo 800, en Dolores; tres día más tarde eran 6,000, en San Miguel; creció el torrente y el 28 eran 15,000 en Guanajuato, y...en Valladolid, a un mes apenas del grito, el río humano, desbordado, pasaba de 50,000 hombres”7. El caudal incontenible siguió creciendo: en Acámbaro el ejército de Hidalgo contaba con 80,000 hombres y algunos estiman en las Cruces, muy cerca de la Ciudad de México, una masa insurgente de 100,000 hombres.


En la sacristía del santuario de Atotonilco, a Hidalgo se le ocurrió una genial idea: al ver una imagen de la Virgen de Guadalupe, la enarboló en una pica y le puso la siguiente inscripción: “¡Viva la religión! ¡Viva nuestra Madre Santísima de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la América y muera el mal gobierno!”. El estandarte de guerra aglutinó a ese gran ejército y a los pueblos que iban engrosando a sus filas en torno a una figura que le daba identidad al movimiento de independencia, sustentado en el nacionalismo criollo. Era la virgen morena, la virgen protectora de los indios; la virgen nativa de las Américas:


“El clero criollo había encontrado, desde el siglo XVI, un poderoso símbolo religioso en la virgen de Guadalupe. Su pregonada aparición en 1532, dio un asidero espiritual propio a la iglesia mexicana. El patrocinio de la madre de Dios independizó la espiritualidad católica autóctona de la tutela de las órdenes religiosas peninsulares e hizo marchar tras de sí, por igual, la fe sincrética de los pueblos indígenas -que veían en la efigie una reencarnación de Tonantzin, diosa azteca madre- y la devoción autonómica del fervor criollo que encontraba en la Virgen Morena la vindicación de sus reclamos americanos.”8