México, economía, crecimiento, distribución y poder

Gildardo Cilia, Alberto Equihua, Guillermo Saldaña y Eduardo Esquivel.

¿Estanflación?


Cuál es el espíritu que debe tener un economista. Es difícil encontrar el equilibrio entre optimismo y pesimismo, sobre todo, porque ante una misma circunstancia se pueden tener opiniones y actitudes distintas.


El filósofo y político italiano Antonio Gramsci, decía que en su espíritu coincidía tanto el pesimismo como el optimismo: “soy (decía) pesimista por la inteligencia, pero optimista por la voluntad”. El conocimiento nos puede hacer navegar hacia cauces sombríos, pero estamos obligados a remar contra la adversidad. Ese es el sentido de la ciencia, del arte, de todo lo que dignifica al espíritu humano: encontrar formas superiores de vida, de desarrollo.


En muchos sentidos, tendemos a movernos hacia ideas precipitadas, pensando irreversiblemente en el desastre. Incluso, a contracorriente cuando los hechos parecen favorables. La crítica, más que una opinión razonada, se transforma a veces, para bien o para mal, en simples apreciaciones. No podemos avanzar si se piensa que los fenómenos económicos adversos son permanentes y si no se tiene una estrategia para modificar un entorno desfavorable en el menor tiempo posible.


Las últimas noticias anuncian el fin de una de las peores crisis económicas del mundo moderno. La condición inicial era volver a la normalidad económica; es decir, superar la parálisis originada por un virus que se extendió por todo el mundo. Retomar el camino del crecimiento y la prosperidad significó un gran reto científico: elaborar vacunas que nos hicieran inmunes a los males del virus en un tiempo récord. El siguiente gran logro será alcanzar la inmunidad colectiva a la brevedad posible. Esto se está logrando, mientras se escriben estas líneas, en Estados Unidos se dio ya la autorización de que la gente totalmente vacunada pueda salir a los espacios públicos sin cubrebocas.


El proceso en México va en el mismo sentido, después de dos grandes olas, la campaña de vacunación universal y gratuita ha disminuido el riesgo de contraer el Covid-19 y tenemos ya más de dos meses con disminuciones continuas en el número de muertos y casos. Por fin, la curva pandémica ha cedido y tienden los fallecimientos al mínimo deseable: “0”. La condición para superar la crisis sigue en marcha, se han aplicado más de 21 millones de dosis; en mayo se estima que estarán vacunados los adultos mayores de 50 años; la totalidad del personal docente de un importante número de entidades federativas; las mujeres embarazadas, entre otras grandes noticias.


En un plano ambicioso, el titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) ha indicado que en otoño de este año el 70% de la población estará vacunado y ha anunciado que en la última semana de mayo se podrá disponer de millones de vacunas AstraZeneca envasadas en México. Aún más, se avanza progresivamente en la elaboración de una vacuna propia, que está en su fase de ensayo clínico y que se prevé estará lista para aplicarse en diciembre de 2021. Hecho, que de lograrse, nos debería llenar de orgullo y satisfacción.


Después de un año complejísimo, como lo fue 2020, los motores de la economía se prenden, pero ahora en forma generalizada; muchas actividades clasificadas y reclasificadas como esenciales se habían reactivado gradualmente desde el tercer trimestre del año anterior. Aun así, a muchos economistas esto no les parece suficiente, se empeñan en mantener presagios funestos: los ha cegado el pesimismo.


El primer bimestre del año no dejó de ser difícil: las secuelas de la segunda ola pandémica y la crisis energética, y un apagón eléctrico, detuvieron el tan ansiado repunte económico. Por otra parte, en abril, asolada la economía por el reacomodo de algunos precios y por el efecto estadístico comparativo con el mismo mes del año anterior, en el que se suscitó un efecto deflacionario en algunos productos estratégicos, como la gasolina, la inflación se despegó, hasta alcanzar una tasa anual superior a 6%.


Sin importar, si era un efecto transitorio o coyuntural, con visión obtusa, economistas y analistas anunciaron el desastre, juntaron fenómenos que se presentaron en diferentes momentos y concluyeron que nos encontrábamos en el peor de los escenarios: estancamiento con inflación: estanflación. La razón a veces se ve obnubilada por la animadversión, no sólo se pierde la objetividad, sino que existe el deseo insano de que las cosas públicas salgan mal; sin importar que ello signifique un grave daño social. La visión nocturna del búho se transforma, así, en la visión de un ave “velera”.


El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) recientemente publicó los resultados del PIB trimestral y en efecto se aprecia un pobre avance con respecto al trimestre anterior de 0.4% y una tasa negativa de 2.9% si se compara con el primer trimestre de 2020. El primer bimestre fue complicado, como ya se dijo; pero debe recordarse que en 2020 se bajó el switch económico hasta abril: el programa de sana distancia dio inicio el 23 de marzo y la emergencia sanitaria se decretó siete días después. Es decir, a pesar del nerviosismo por el fenómeno pandémico que se vislumbraba, en los primeros tres meses del año anterior, sobre todo en enero y febrero, hubo cierta “normalidad". La buena noticia con respecto al trimestre anterior es que las actividades terciarias mostraron un incremento de 0.7%, que es superior y mejor que cero: no debe olvidarse que representan más de 60% del Producto Interno Bruto (PIB); aun cuando con respecto al primer trimestre de 2020 todavía se observa una variación negativa de 3.6%.


La frialdad estadística podría dar cabida al pesimismo; sin embargo, detrás de los números hay cosas positivas que se deben resaltar:

  1. La actividad industrial en marzo de 2021 avanzó 0.7% con respecto al mes anterior, registrando su décimo mes de crecimiento consecutivo y es mayor en 1.5% con respecto al mismo mes del año anterior.

  2. La actividad manufacturera presentó una variación mensual de 3% y comparada con marzo de 2020 es mayor en 5.5%, impulsada básicamente por las exportaciones.

  3. Después del problema de suministro de gas en febrero, la producción manufacturera se ha situado en el nivel que se tenía previo a la pandemia, en febrero de 2020.

  4. La actividad relativa a la “generación, transmisión y distribución de energía eléctrica, suministro de agua y gas por ductos al consumidor final” se normalizó en marzo con un avance mensual de 4.9%, no obstante con respecto a marzo de 2020 arrojó una tasa negativa de 3.1%.

  5. Si se analiza, con respecto a marzo de 2020, se concluye que el repunte de la actividad industrial obedece sustantivamente a la actividad manufacturera, ya que la minería y la industria de la construcción mantuvieron tasas negativas, de 2.1 y 5.6%, respectivamente.

La gráfica de INEGI sobre la actividad industrial revela fehacientemente, tanto el grave colapso, como el repunte de la actividad industrial del primer trimestre de 2020 al primer trimestre de 2021. El precipicio fue impresionante:

Por la normalización de la actividad económica, diversos analistas han señalado que el tan anhelado rebote económico se podría dar en abril. El Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE), que es el más oportuno para indicar el avance de la situación económica en el corto plazo, podría tener una variación anual de alrededor de 25%, tal vez el más alto en la historia económica del país. Se podría menospreciar el resultado en dos sentidos:

  • Primero, que se está comparando con respecto a abril de 2020, mes en el que inició la parálisis económica; y,

  • Segundo, que aún faltaría un tramo significativo en meses para alcanzar los niveles reales que tenía el PIB previo a la pandemia.

Es cierto, pero el aspecto positivo no es desdeñable: entre más alto sea este rebote y menos se retrase su impacto, se podrá aspirar a revertir con creces los efectos nocivos de la depresión económica. Naturalmente, las variaciones en las tasas de incremento tenderán a moderarse, pero lo significativo es que el efecto ponderado nos lleve a una tasa que permita reestablecer el empleo y alejarnos positivamente de la recesión.


Elementos favorables y desfavorables


Dos elementos resultan favorables para sostener el aliento económico en lo que resta del año. A diferencia de lo que se hace metodológicamente, es necesario, primero, referirnos al contexto interno y que tiene que ver con la política de disciplina fiscal y financiera; porque esta nos ha permitido:


1. No estrechar nuestro margen fiscal, a tal grado que se tenga que instrumentar en forma precipitada una reforma fiscal para ampliar los ingresos tributarios con el propósito de emprender una reconfiguración económica que permita pagar deudas y mantener la confianza externa y el grado de inversión. Nuestra calificación soberana dista mucho de ser “basura” y por el contrario, las temibles empresas calificadoras deberían de mejorarla a partir de las siguientes razones:

  • Se mantuvo en 2020 un superávit primario, de 0.1% con respecto al PIB y el balance a marzo sigue siendo positivo, alcanzando un monto de 54 mil millones de pesos.

  • No se recurrió al endeudamiento externo para contener la contracción económica o para distribuir apoyos o subsidios y al primer trimestre de 2021 se ha utilizado menos del 10% del techo autorizado. “Esto (señala la SHCP) ha permitido que el saldo de la deuda en su medida más amplia…respecto al PIB sea de 49.2%..., 3.1 puntos porcentuales menos al observado al cierre (de 2020)”.

  • Las reservas internacionales suman alrededor de 195 mil millones de dólares, cifra cercana a los máximos históricos.

  • Se mantiene una estrategia congruente con el libre mercado y el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá (T-MEC) es una herramienta para integrar a nuestra economía a la expansión económica y comercial regional en un plano ambicioso.

2. La economía de los principales países desarrollados, particularmente Estados Unidos, que es el que más nos interesa para los fines de crecimiento, empieza a tener un repunte importante; además, en ese país se ha programado un paquete fiscal de 5.9 billones de dólares para los próximos 8 años, para impulsar su infraestructura, ampliar estímulos y apoyar a las familias.


El gobierno mexicano nunca ha negado el aporte que genera la reactivación regional. Durante esta misma semana, el titular de la SHCP señaló que el “gobierno mexicano está enfocado en apalancar el tratado de libre comercio como fuerza principal de la economía postcovid”. Abundó de que estaba convencido de que “habrá una tendencia para reubicar las cadenas de valor”, que pudiera beneficiar a México; razón, por la cual, se está modernizado la infraestructura asociada al comercio exterior, como carreteras, puertos, aeropuertos y aduanas.


Visto nuestro espacio fiscal, con las finanzas públicas sanas y la política de libre comercio, sería inaudito descalificar a México como una de las economías emergentes con mayor solidez para emprender el crecimiento económico. Claramente, estos son elementos que sustentan el crecimiento sólido durante 2021. Las perspectivas son favorables, incluso se han mejorado los pronósticos sobre la evolución de la economía mexicana para este año:

Desde luego existen elementos adversos que pueden modificar el pronóstico de crecimiento económico de abril a diciembre, que según estimaciones de organismos internacionales y nacionales podría llevar a un incremento anual de 4.5 a 5.3%. Basta con mencionar algunos de ellos:

  1. El escenario de un ambiente inflacionario que reduciría en términos reales el incremento del PIB y que podría conducir a una política monetaria restrictiva (incrementos en las tasas de interés), potencialmente contraria a los fines de crecimiento. Hasta ahora la FED, en Estados Unidos, y el Banco de México han mantenido una estrategia de cautela, y en el caso nuestro recién esta semana se tomó la decisión de mantener la tasa de interés objetivo en 4%

  2. La posibilidad de que escale el conflicto en la Franja de Gaza, entre Israel y Hamás, que podría llevar a un incremento del precio del petróleo y sus derivados. Estos productos tienen un carácter estratégico y pueden afectar tanto el nivel de actividad económica como los índices inflacionarios. La prueba de la volatilidad es que en abril y mayo de 2020 los precios del crudo se situaron en “0”, incluso las cotizaciones llegaron a ser negativas; ahora se sitúa en alrededor de 65 dólares por barril. Sería muy dañino para un país como México, importador de gasolinas, que los precios se elevarán por conflictos en el Medio Oriente por encima del nivel previsto de 60 dólares; porque llevaría a una importante sangría de subsidios para mantener los precios de los petrolíferos en niveles razonables y así evitar una escalada de precios sumamente riesgosa.

  3. En el plano interno, sería negativo que la polarización política, acendrada por el proceso electoral, llevará a un recrudecimiento del conflicto entre el gobierno y los poseedores de capital, que condujera a una retracción mayor de la inversión. Las opciones que ofrece el mercado en términos de la expansión del mercado interno y la apertura comercial son alicientes para la inversión, pero el ambiente político con ánimos caldeados pudiera contravenir lo que el mercado empieza a ofrecer en materia de integración comercial.

  4. Existen entornos políticos nacionales, regionales o locales que pueden llevar a conflictos políticos que vulneren la confianza de los inversionistas, entre ellos el que se registra por actos indebidos de campaña en Nuevo León, una de las principales entidades industriales del país (contribuye con 7.5% del PIB). El accidente del Metro podría también deteriorar la hasta ahora buena relación del Gobierno Federal con Carso, el principal grupo empresarial del país; y en el mismo sentido preocupa la violencia en las elecciones, con su expresión más deplorable y reciente en el asesinato del candidato a la alcaldía de Cajeme del partido Movimiento Ciudadano, Abel Murrieta. Aun así, en ningún sentido, la conveniencia política o económica puede vulnerar el estado de derecho o la impartición de justicia, porque ello debilitaría ante los ojos de la sociedad a las instituciones; lo que seguramente ampliaría la conflictividad social y reduciría la capacidad del gobierno como interlocutor para darle una solución pacífica a las desavenencias sociales y políticas.

La distribución del poder


No hay nada más incorrecto que negar la historia, tratando de revestirla con cuestiones inciertas. El México moderno surgió del constitucionalismo social, sustentado en un conjunto de prerrogativas fundamentales a favor de las clases sociales desfavorecidas. Nuestra constitución no se articuló al capital, sino a la necesidad ingente de generar el equilibrio social atendiendo tres aspectos fundamentales: educación, tierra y trabajo.


Tiempo después llegaron los acuerdos entre el gobierno y las organizaciones de los trabajadores y las de los empresarios. Era inútil pensar que no se vivía en un sistema capitalista, pero ello exigía al menos teóricamente la distribución de la riqueza y el poder. El acuerdo implícito sobrevivió durante muchas décadas, llevando progresivamente a estados de bienestar y haciendo surgir a las clases medias. Estábamos, en efecto, en un mundo más equilibrado entre el capital y el trabajo; lo que moderaba, por un lado, las utilidades y por el otro, hacía razonable las remuneraciones salariales. Ningún gobierno postrevolucionario hasta la década de los sesenta del siglo pasado sea Calles, Cárdenas, Ruiz Cortines o López Mateos, por citar algunos y por disímbolos que parezcan, hubiera jamás pensado que se viviría con una acumulación excesiva de la riqueza y con un notable deterioro de las condiciones de vida de las grandes masas sociales del país.


La ruptura progresiva de pactos, casi silenciosa, a partir de los años ochenta del siglo XX, no sólo deterioró el salario, sino impactó negativamente a las dos condiciones básicas que alentaban el crecimiento económico: el mercado interno y la productividad laboral. Era paradójico porque teóricamente se entendía que la liberación del mercado y la apertura de la economía iban a elevar nuestros niveles de competitividad, pero lo cierto es que el deterioro salarial contuvo esa posibilidad. No sé entendió que la pobreza y el empobrecimiento son antagónicos a las potencialidades del trabajo. Ahora ya lo sabemos.


Nos habíamos enfocado a la idea de que el crecimiento depende básicamente de la inversión, por lo tanto, se había privilegiado la acumulación de capital. Sin entender que la distribución de la riqueza es el elemento nodal para tener un amplio mercado y posibilitar un crecimiento sostenido. En la medida que se han contraído los salarios y en general, los ingresos de las clases medias, las tasas de crecimiento consecutivamente se han hecho más mediocres.


México difícilmente podría crecer y tal vez, vivir en paz, sin esa redistribución de poderes y reconstitución de las bases sociales que le pueden dar sustento económico en el largo plazo. La base de la pluralidad democrática que obliga al consenso tampoco podría existir sin el desarrollo de una clase obrera participativa y con capacidad de incidir en la solución de los grandes problemas que nos aquejan; es decir, no podríamos tener futuro sin la presencia consolidada del sector obrero que permita un mayor equilibrio entre trabajo y capital, tal como evolucionó inicialmente nuestro sistema económico.


El capitalismo debe madurar, no a partir de la confrontación sino del consenso. La flexibilidad es importante y en ello juega un papel importante la posición de los que detentan el capital. Se trata de que inviertan sobre bases distintas, a partir del principio de la rentabilidad productiva. México requiere de inversiones, pero es importante articularlas a la competitividad y a la expansión comercial.


No sé podría crecer sin la inversión privada, actualmente contribuye con alrededor de 90% del total, pero se debe entender que los márgenes de ganancia no deben provenir de salarios achicados o de subsidios del gobierno; sino de su propio potencial productivo y su capacidad de innovación e integración a las cadenas de valor. La expansión postpandémica ofrece amplias perspectivas, pero serían limitadas si las mismas no se sustentan en una creciente productividad, que va más allá del simple análisis de costos primarios.


El Estado no sólo es el gobierno, también es el pueblo, la sociedad; por ello es necesario dimensionarlo a partir de su atributo distributivo y participativo. Nuestros gobiernos nunca más deben responder a intereses de elites o de grupos hegemónicos de interés, que se imponen para ser beneficiarias en la adjudicación de ingresos colectivos o a concentrar el poder económico mediante dádivas, estímulos o subsidios, o apropiarse ilegítimamente de rentas económicas. El Estado debe procurar el equilibrio económico; propiciar la acumulación sólo genera resentimiento social y hace endeble a futuro cualquier posibilidad de crecimiento y desarrollo sostenible.


Pero no sólo eso, en el futuro y ello lo exige el desarrollo de la humanidad, el Estado, además de mediar, debe ser un promotor de valores, mismos que son los fundamentos que dan cabida al acuerdo social. Cito algunos de ellos: tolerancia, no violencia, debate libre, aceptación de la pluralidad, búsqueda de consensos y armonía social.


Se puede debatir mucho sobre lo que requiere un país tan complejo como México. Pero debemos empezar por superar nuestras notorias debilidades y todo debe comenzar con la distribución de la riqueza y el poder, no para limitar la inversión sino para expandirla a partir del consumo y el ingreso de una población que no puede permanecer empobrecida.


Dicen que toda crisis obliga a la superación. Podemos ser pesimistas y decir que nada va a cambiar, eso sería muy triste. Retomemos a Gramsci que concebía a la sociedad civil como un baluarte para contener las irrupciones catastróficas de los ciclos económicos. Si hubo parálisis ahora nos tenemos que mover para levantarnos. Debemos entender que el futuro depende cada vez más de nosotros: la sociedad. Somos la parte más viva del Estado: los que hacemos la historia. Es en la sociedad donde reside la voluntad de cambio y superación. Algo que debe ser animado desde todas las posiciones.


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