México y el Nuevo Gobierno de los Estados Unidos: Realidad y Espejismos

Actualizado: 21 de nov de 2020

Gildardo Cilia, Alberto Equihua, Guillermo Saldaña y Eduardo Esquivel


¿Un nuevo Escenario?


Dicen que Winston Churchill hizo el siguiente comentario: “Cuando le pido la opinión a cinco economistas sobre un determinado tema suelo recibir cinco respuestas diferentes, excepto si uno de los economistas es Keynes, entonces el número de respuestas es seis”.


La anécdota hablaría bien de Churchill, que al parecer buscaba allegarse de diferentes opiniones para encontrar la mejor solución; más cuando era necesario encontrar alternativas para afrontar las calamidades de una desastrosa guerra. Se vivía en uno de los periodos más convulsos en la historia de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial.


Contra lo que se podría suponer, la anécdota también hablaría bien de Keynes, de quienes todos reconocían su capacidad de ser flexible cuando debatía, lo que le permitía conceder parte de razón a los oponentes. La flexibilidad permite concebir soluciones distintas ante un mismo problema y vislumbrar eventos que pudieran modificar un entorno inicial. Analizar un problema para encontrar alternativas debería ser el ejercicio continuo de un economista. Keynes revolucionó el pensamiento económico, encontrando la forma de resolver la mayor crisis conocida en el mundo: la gran depresión de 1929. Nunca evitó la polémica en torno a la revolución que inició, con la gran virtud de que reconocía el talento que tenían otros economistas. Él le pidió a Piero Sraffa, en los años treinta del siglo pasado, que continuara el debate con los grandes exponentes de la escuela liberal austríaca.


El mundo cambia a partir de las circunstancias y los hombres que gobiernan deben de anticiparse a estas. Allegarse de información y de opiniones siempre debería ser importante, dentro de un enfoque previsor: más vale prevenir que lamentar dice el sabio adagio. Una visión estratégica obliga a plantearse escenarios, considerando – tal vez, en primer término – los más desfavorables.


Durante las dos últimas semanas, recurrentemente se ha hablado de un tema: ¿por qué no ha felicitado el presidente de México al que parece seguro ganador de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos: Joe Biden? Para luego proseguir con la siguiente interrogante: ¿cuándo lo va a hacer?


De ahí se han derivado diferentes versiones, la más recurrente es que el presidente López Obrador es trumpista. Destaca, en este sentido, la pregunta que le hizo el periodista Loret de Mola a Michele Manatt, asesora de Biden: ¿ustedes sienten que (el presidente López Obrador) votó por Trump? La asesora le contestó: “no, de ninguna forma, con gran capacidad logró la forma de negociar, comunicar y manejar al presidente Trump. Eso dice mucho del presidente López Obrador: una persona y un líder muy hábil”.


Nadie sabe cuándo va a felicitar el presidente López Obrador a Biden. Tal vez, cuando Trump admita su derrota electoral. Dicen que un instante puede transformarse en una eternidad, hay que pensar cuantas eternidades se podrían vivir en los 66 días que todavía le quedan como presidente a Donald Trump. En estos días adversos para él, no ha dejado de atizar su guerra comercial contra China y no debe olvidarse que la agenda bilateral entre Estados Unidos y México es continua y no carente de sobresaltos. Actuar con prudencia, pareciera ser lo más aconsejable.


De verdad, ¿alguien puede creer que el gobierno de México no previera como un escenario probable la derrota del presidente Trump? Con la experiencia política del presidente López Obrador y del canciller Ebrard esto resultaría imperdonable.


Más allá de este contexto, lo que realmente nos debe preocupar es que tanto puede modificar la agenda bilateral con Estados Unidos la estrategia económica del nuevo gobierno demócrata. Lo primero que hay que señalar es que irse hacia algún extremo es incorrecto; es decir, existe una natural tendencia política en Estados Unidos de situarse lo más posible en el punto medio de las orientaciones políticas. Se dice que la probable vicepresidenta Kamala Harris es una mujer progresista y con ciertas tendencias de izquierda, sin embargo, consideramos que ese viraje quedó anulado desde las elecciones primarias, cuando Bernie Sanders retiró su candidatura para ser el aspirante del partido demócrata.


La agenda política de los Estados Unidos siempre se va a orientar en torno al establishment. Bernie Sanders mantuvo en jaque a las pizarras bursátiles y nerviosos a los hombres de negocios durante los primeros cinco meses del año. Sus antecedentes biográficos alarmaban (y siguen alarmando): fue comunista, luego socialista y ahora socialdemócrata.


La agenda con Sanders hubiera podido cambiar cualitativamente la relación bilateral porque, tal vez, se hubieran incluido temas de mayor calado para la integración regional: cuestiones laborales dentro de una agenda migratoria progresista; educación gratuita hasta las universidades, sin exclusión alguna; control de armas para frenar la violencia y apoyo mutuo; configuración de una frontera más humanitaria (sin muros) y políticas ambientales en un contexto de mutua responsabilidad.


El triunfo de Biden en las elecciones primarias - ante el riesgo Sanders - significó el resguardo del establishment. Se afirma que Biden se ubica dentro de la línea conservadora del partido demócrata. Ello permite suponer sólo que no habrá cambios radicales, pero poco se sabe cuáles son las líneas estratégicas que va a marcar el nuevo gobierno demócrata hacia México.


Los escenarios probables


El primer escenario sería que se va a mantener una relación bilateral sin grandes cambios; lo que significaría que continuaría una especie de trumpismo sin Trump. Esto no es descabellado, el discurso sobre política económica de Biden es cercano a Trump. Su postura con claros tintes proteccionistas llama a “traer a casa cadenas de suministro” y a intensificar la consolidación de la industria manufacturera en los Estados Unidos, reteniendo a millones de empleados. Esto es, coincidiría con la actual administración republicana de empujar hacia adentro a la economía norteamericana para recuperar ventajas que se habían perdido en el mercado internacional.


Analistas piensan que el discurso proteccionista sirvió para captar el voto electoral en Estados como Arizona, Wisconsin, Michigan, Georgia o Pensilvania; sin embargo, pareciera que los objetivos de ampliar las bases económicas endógenamente y de hacer sentir al pueblo norteamericano el orgullo de formar parte de la primera potencia económica del mundo permaneceran irreversiblemente. Más que el mercado internacional y las ventajas comparativas, lo que le interesaría a Biden sería reafirmar a Estados Unidos como el poder hegemónico del mundo, aun rompiendo con cadenas de valor internacionales.


De cumplirse con la plataforma económica propuesta por Biden no se eliminarían los aranceles impuestos a China, lo que daría continuidad a la necesidad de impulsar aceleradamente la integración regional. La guerra comercial tuvo un efecto secundario que benefició el comercio de bienes y servicios de México hacia Estados Unidos; hasta convertirlo en el primer socio comercial.


El segundo escenario estaría dado no por la ausencia absoluta del proteccionismo, sino por la conveniencia de Estados Unidos de negociar y recuperar la relación comercial con China, a efecto de hacer más eficiente la proveeduría y la cadena de suministros de algunas industrias estratégicas.


La visión es clara y tiene sentido: no se podría mantener ni escalar la guerra comercial a riesgo de reducir las potencialidades de expansión económica en el mundo. ¿Qué tanto beneficia a Estados Unidos mantener las barreras comerciales con China? ¿En qué ramas se daría la apertura y cuáles los límites? Esas serían las preguntas y desde luego, en la medida que se dieran las respuestas en el plano real se vería la incidencia en el volumen de negocios que mantiene México con la economía norteamericana.


¿Ante el escenario de reapertura comercial con China, podría modificar México su estrategia económica? Sería irrisorio pensar en el retorno al proteccionismo. El libre comercio es uno de los soportes de la estrategia económica que ha adoptado el país desde la década de los ochenta del siglo pasado.


Uno de los aspectos que más ha impulsado el actual gobierno es la integración regional. Ello en aras de ampliar la productividad, las cadenas de valor y la asimilación tecnológica; así como de incrementar los niveles de ocupación sobre bases sustentadas en un mejor perfil del mercado laboral. Más bien lo que debería decirse sería que el fin de la guerra comercial tendría como consecuencia la necesidad de avanzar en los niveles de productividad a efecto de poder ser más competitivos. El libre mercado en la visión actual del gobierno mexicano es inamovible. ¡No hay otra opción!


¿Continuará en el mismo sentido el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC)? Hasta ahora los expertos parecen coincidir que su instrumentación seguirá en curso. Se asegura que en la agenda de Biden no está el modificar el acuerdo. El reto para México, en aras del T-MEC, consiste en cumplir con el capítulo 23, relacionado con la mejora salarial y de las condiciones laborales; lo que estrictamente va a depender de la evolución de nuestra productividad. La observancia de esta prerrogativa es impostergable, de no hacerlo la vigencia del T-MEC sí se pondría en entredicho.


Planteados estos dos escenarios, habría que decir que existen aspectos puntuales de gran relevancia. Se esperan acciones alentadoras en cuanto a la política migratoria, entre ellas: mantener el programa DACA para los llamados dreamers; dar fin a las redadas a escuelas, iglesias, hospitales y centros de trabajo; y detener la separación de las familias migrantes. Ojalá y así sea.


Sin embargo, los anteriores gobiernos demócratas han sido poco amigables en su política migratoria, por no decir perniciosos. Te tienden una mano para pegarte con la otra. La deportación de migrantes fue cuantiosa en las administraciones de Barack Obama, en las que participó Biden: se expulsó al año a más de 380 mil migrantes. Número notoriamente superior a las deportaciones de Trump: 267 mil en 2019, el año más alto. La gran diferencia es que en el caso del gobierno republicano hubo un mayor foco de atención por el discurso xenófobo y antiinmigrante de Trump. ¿Habrá cambios con respecto a los migrantes? Las estadísticas nos hacen perder las ilusiones.


Los discursos en México, por su parte, con respecto al trabajo de nuestros connacionales en los Estados Unidos también tienen una fuerte carga demagógica. Sí, desde luego, les debemos agradecer por las remesas que envían para paliar las necesidades de millones de familias mexicanas, pero en realidad es vergonzoso pensar que ello se debe a la incapacidad del país para ofrecer trabajos dignos o bien remunerados. Sólo un dato: de 1990 a 2019 se estima que han emigrado alrededor de 8 millones de mexicanos. Los episodios han sido en muchos sentidos lamentables porque irrumpen con la cohesión de las familias y comunidades y como en todas las corrientes migratorias hay claras transgresiones a los derechos humanas. Revertir este flujo migratorio, que daña al tejido social, exige modificar las condiciones laborales deprimentes que imperan en el país.


Otro gran tema en la agenda bilateral es el de la seguridad. La frontera terrestre entre ambos países es de más 3000 kilómetros y la más transitada del mundo. También en esa frontera se registra el trasiego más importante de drogas. ¿Cómo se podría modificar la estrategia antidrogas? Lo primero que tendría que pasar sería que Estados Unidos admitiera que el problema está en su propio territorio por su alto consumo. Con el dedo índice los gobiernos norteamericanos han apuntado hacia otros lado, hacia México, empero, no advierten que el dedo pulgar está apuntando hacia su propio país.


Muchos piensan que la agenda bilateral en términos de seguridad se va a fortalecer. Que Biden sabe que México tiene la obligación de confrontar al crimen organizado y disminuir el tráfico de estupefacientes por su frontera, mientras que Estados Unidos debe detener el trasiego de armas y controlar las operaciones financieras ilícitas hacia México. Este análisis siempre queda corto, porque en dado caso tiene que ver con la contención de trasiegos; sin embargo, eluden el principal problema: ¿cómo actuar con respecto a ese mercado? Ningún gobierno, sea republicano o demócrata, quiere dar el siguiente gran paso: el aceptar, sí, que se trata de un mercado, que requiere a lo mejor de ciertas normas y regulaciones, pero que es el subterfugio el que genera su expansión a través de grandes dividendos. Difícil tema, pero con el nuevo gobierno demócrata parece que no va a haber grandes cambios.


Los expertos vislumbran que el mayor de los roces se pudiera dar en la "agenda verde". Se piensa que Biden a nivel internacional va a impulsar los temas relacionados con las energías renovables y el desarrollo sustentable o sostenible. Podrían existir algunos focos rojos respecto algunos de los grandes proyectos del actual gobierno, entre ellos el Tren Maya o la refinería de Dos Bocas. Desde luego, el gobierno mexicano debe demostrar que las inversiones tienen sentido y que previo a su instrumentación, se efectuaron los estudios de impacto ambiental; llegándose a la conclusión que no existen graves daños al capital natural en las obras mismas, además de que se están o se van a efectuar actividades de compensación.


En cuanto a la refinación de crudo es probable que existan observaciones, pero no existe mayor duda, hasta ahora no existen las condiciones para que con energías alternativas se mueva continuamente, es decir, sin ninguna interrupción, las actividades productivas del mundo. El petróleo sigue siendo estratégico y ningún país emergente – y tal vez, desarrollado – se podría sentir seguro sin tener cierto grado de soberanía energética, además de que resulta algo absurdo producir petróleo crudo sin refinarlo.


La generación de energía hidroeléctrica no choca con las políticas ambientalistas de Biden. Es decir, la generación de energía a partir de las corrientes de agua se considera limpia porque prácticamente no genera dióxido de carbono. Más allá de que algunos proyectos estratégicos pudieran ser criticables, el gobierno de México no ha asumido una estrategia antiambientalista, ni tampoco aboga por un desarrollo económico sin importar los costos ecológicos o ha asumido proyectos que depreden en forma abierta selvas o bosques. Muy lejos se está de Brasil, donde el presidente Bolsonaro mostró ya su contrariedad ante los claros objetivos ambientalistas del gobierno demócrata. Esto debe preocupar a toda la humanidad porque se trata de la Amazonia, el principal pulmón del mundo.


Esto no obsta para decir que el gobierno de México debiera ser más contundente en sus políticas ambientales; es decir, aun cuando pueda superar los escollos diplomáticos en la relación bilateral respecto al medio ambiente, sigue quedando corto y su programa “sembrando vida" es notablemente insuficiente.


Es precisamente en la agenda ambiental donde se podrían lograr grandes avances en la relación entre Estados Unidos y México. La vocación a favor del capital natural de Biden dará inició cuando firme de nueva cuenta los acuerdos de Paris. Es en ese contexto que ambos países deben trabajar conjuntamente en la limpieza de los ríos y cuencas hidrográficas afectadas por la relación comercial y el desarrollo urbano e industrial en ambas partes de la frontera. El "Bravo" es el cuarto o quinto río más contaminado del mundo; de modo, que el buen juez por su casa empieza. También nuestro gobierno tendría que destinar importantes recursos para sanear esta enorme cuenca, en donde en muchas de las zonas existe estrés hídrico. Se avanzaría mucho, si en vez de levantar un muro, hubiese conciencia para detener el daño ambiental.


Las recomendaciones


No obstante de que llevamos 20 años de alternancia democrática, nuestra visión del mundo sigue siendo caudillista. Le damos gran importancia a la figura presidencial, pero poco caso hacemos de la vida parlamentaria de los países: los congresos son verdaderos contrapesos del poder político. La misión diplomática no puede concentrarse únicamente en convencer al presidente de los Estados Unidos, sino se debe ampliar la gestión hacia los congresistas estadounidenses. Son ellos, los que por lo general terminan dictando la agenda en la relación bilateral.


La integración regional y la existencia de problemas comunes obligan a generar una agenda amplia, particularmente en aquellos Estados de la Unión Americana en donde es necesaria emprender la colaboración conjunta. En el mismo sentido, es indispensable convencer a los congresistas estadounidenses que el desarrollo mutuo le conviene a las dos partes, que es una forma de ganar sin que nadie pierda; además de consolidar los nexos para afrontar retos futuros. Vaya que hay temas comunes y en el que es indispensable plantarse en nuestras prerrogativas: cumplimiento del T-MEC; desactivación de aranceles y de barreras comerciales; política migratoria flexible; coordinación mutua para combatir flagelos relacionados con el narcotráfico y la corrupción; regulación estricta de la venta de armas en la frontera; limpieza del medio ambiente y de las cuencas hidrológicas, entre otros.


En esa obnubilación de separar el mundo entre liberales y conservadores, nos hemos olvidado de definir cuál debería ser la actitud coincidente de todos los actores sociales, económicos o políticos del país. No sé puede ver el país sólo a partir de la configuración de intereses, ni de simpatías ideológicas. El límite siempre va a estar dado por un término que parece estar en desuso: el interés nacional.


La lectura histórica debería romper con el maniqueísmo y reconocer los méritos de quienes han forjado la historia del país. Muchos ignoran la frase de un general patriota que, ante la intervención francesa, la enunció como un lema para hacer prevalecer la conciencia nacional: “primero patria antes que partido". La biografía del General Miguel Negrete es poco conocida: héroe de la batalla del 5 de mayo y más tarde combatiente de Benito Juárez y Porfirio Díaz. Esto último, sobre todo, retar a Juárez, lo ha borrado casi de los libros de historia, teniendo una biografía política interesantísima: primero conservador, luego liberal, para mudar sus convicciones ya en una edad madura a una ideología de avanzada, casi incomprensible en la segunda mitad del siglo XIX: el anarquismo.


La polaridad interna no debe afectar la relación con Estados Unidos. Es cierto que cada quien tiene derecho a expresar libremente sus ideas, pero carece de sentido actuar queriendo sembrar dudas o tratando de generar enconos hacia el país. Es factible que no se tenga el mejor de los gobiernos, pero no se vale calificarlo como trumpista, sólo por la intención de hacerle daño; hay que pensar también que ello lo podrían resentir millones de mexicanos. La democracia expresa la voluntad de las mayorías y se es ajeno a ella si lo que se intenta es descarrilarla, más aún si se trata de hacerlo desde afuera.


La democracia más que una forma de gobierno es un sistema de vida, en donde la acción conjunta es indispensable para beneficiar a todos. Se trata de ir hacia adelante no de regresar a la conspiración que daña: la que trata de romper la continuidad histórica. El tiempo de cambio político lo determinan las urnas, por lo pronto hay que coincidir en la necesidad de preservar el interés del país y pensar en nuestra gente, más en los que resienten día tras día los términos de nuestra relación bilateral. Hay que reflexionar en el contexto en donde nuestras diferencias deben pasar a un segundo plano.



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