Primero los pobres. ¡Sí! Pero ¿y qué hacemos con Pareto?

Actualizado: 24 de jul de 2020


Por Alberto Equihua



A pesar de que la equidad es un concepto frecuentemente citado por políticos y sociólogos, en realidad no figura entre las ideas que han merecido la atención de la teoría económica. El bienestar es la noción que reconocen y analizan explícitamente los teóricos de la economía, como propósito significativo de la actividad económica. En nuestra ciencia entendemos que producimos y distribuimos para vivir o estar bien; de ahí “bienestar”. Sin embargo, muchos desearían que la economía también tuviera algo robusto que decir respecto de la equidad. Que la elevara a un objetivo económico necesario o por lo menos deseable. No hay tal. Lo que no quiere decir que la ciencia económica no tenga nada decir sobre ella. Aunque no sean las buenas noticias que desearían muchos en la política y la sociología.

La teoría económica, por ejemplo, parte de que el consumo supone el uso de recursos para satisfacer las necesidades de las personas; por eso son útiles. El objeto de estudio de la economía comienza realmente con el análisis de esos recursos; cómo se distribuyen e intercambian. Es a partir de esa distribución y redistribución de los recursos mediante el intercambio que se establecerá finalmente una estructura (canasta) de consumo de las personas. La teoría del consumidor demuestra cómo el intercambio permite a los que lo practican, tener acceso a niveles de satisfacción o bienestar más altos. Es el efecto de desprenderse de lo que se tiene en abundancia y adquirir de lo que se carece o se tiene poco. Es un efecto verificable entre personas, comunidades e incluso entre economías enteras.

Quienes se permiten intercambiar recursos están mejor que quienes se condenan a vivir con lo que tienen. ¿Cuánto intercambio cabe esperar? El que agote el apetito por adquirir bienes o recursos de los que se tiene poco o por deshacerse de los que se tiene en abundancia. Llegado a ese punto, ¿cómo quedarían distribuidos los recursos de los que practican el intercambio? La economía no se interesa por esa pregunta. Podría ser una distribución equitativa. Pero tampoco importa si no lo es. En cualquier caso, lo destacable es que las personas disfrutarán la máxima satisfacción a la que pueden aspirar, dada la distribución original de los recursos. Es cierto que podría ser que estos pudieran estar equitativamente distribuidos al principio o al final. Pero serían sólo coincidencias casuales. Lo cierto es que el intercambio permite mejorar el bienestar; pero la equidad de la distribución de los recursos es irrelevante como parte del proceso y su resultado.

Según esta teoría, si se impone el objetivo del consumo equitativo, la medida necesaria de “política económica” sería provocar una situación “original”, un punto de partida tal, que a través del intercambio se llegara finalmente a la situación de satisfacción máxima con equidad. En la práctica, eso podría verse como una revolución ­­­―más o menos violenta― que reasigne los recursos a los ciudadanos, exactamente de tal forma que, una vez que se les permita practicar nuevamente el intercambio, terminen por alcanzar el equilibrio con una distribución equitativa de los recursos disponibles. Huelga decir las implicaciones que tiene esta perspectiva para esos “revolucionarios”, responsables de la política económica y para su capacidad de cálculo y planeación.

En la teoría del bienestar los economistas tampoco han encontrado lugar para la equidad. Ni como propósito deseable y menos como un resultado al que se llegue de alguna forma espontánea. Economistas como Vilfredo Pareto en el siglo XIX lejos de estudiar la equidad, prefirió razonar en términos del intercambio. Así es como Pareto llegó a sus propuestas de optimalidad. Pareto parte de la misma situación que la teoría del consumidor y del intercambio. Los individuos tienen cada uno, una dotación de recursos y pueden participar libremente en intercambios, lo que les da a todos y cada uno la posibilidad de mejorar su nivel de bienestar individual. Sigue Pareto que si en una situación S es posible que por lo menos un individuo puede mejorar sin que nadie empeore, entonces esa situación S sería “dominada” por la que se alcance una vez que ese individuo obtenga lo que le hacía falta para mejorar su situación. Después de una serie de intercambios, por lo menos a veces es posible llegar a una situación S* tal, en la que nadie puede mejorar su situación, sin que eso implique que alguien más tenga que empeorar. A una situación así, ahora la llamamos “óptimo de Pareto” en su honor.

En economía, los equilibrios suelen ser estados o situaciones en las que todo movimiento posterior cesa, debido a la ausencia de fuerzas o incentivos. La analogía usual es el dado que se detiene en una posición, después de rodar. El óptimo de Pareto puede ser un equilibrio, en el sentido de que, una vez alcanzado, ya no es posible mejorar la situación de nadie, sin que otro tenga que empeorar la suya. Por lo menos un político no tendría razón de peso para imponer la mejora de uno de los ciudadanos, a costa de que otro resulte perjudicado; a no ser que discrimine a unos ciudadanos en favor de otros.

Para nuestros fines analíticos aquí, es posible plantear que las situaciones económicas que observamos típicamente se encuentran en la vecindad de algún equilibrio. Como los precios y las cantidades de un mercado o también el nivel de bienestar alcanzado por una sociedad. Si admitimos esa posibilidad, entonces podríamos decir que lo que vemos es aproximadamente un óptimo de Pareto. De manera que aún en México podríamos afirmar tenemos algo cercano al mejor nivel de bienestar, dadas nuestras condiciones específicas, que incluyen una distribución claramente inequitativa de los recursos y del ingreso. El índice de Gini de 4.8 nos pone a la mita de le equidad y la inequidad posible del ingreso. No obstante, según lo expuesto, no hay razones económicas teóricas para esperar que reducir esa inequidad elevará nuestro bienestar. En todo caso cabe esperar más bien que lo empeoraría, en la medida de que podemos estar en un óptimo de Pareto o en su vecindad. Por supuesto para sostener una perspectiva así, estamos obligados a aceptar que se reúnen todas las condiciones que hacen posible el intercambio que permite a los individuos escalar en el bienestar, sin perjudicar a sus conciudadanos. Por ejemplo, libertad, información perfecta, asignación óptima de los recursos en la producción, etc.

En términos de política económica, la equidad no califica para ser un objetivo. De manera que las medidas redistributivas en principio tampoco se pueden fundamentar en la teoría económica. Excepto en la medida en que haya oportunidades para mejorar el bienestar de alguien sin empeorar el de nadie más. La distribución de recursos nuevos, riqueza recién creada, podría ciertamente generar oportunidades para mejorar el bienestar de unos sin afectar a otros. De manera que la aplicación de medidas redistributivas puede tener sentido económico aplicado a corrientes de riqueza nueva (¿ingreso?); pero no a los recursos ya asignados. Y eso, sujeto siempre al criterio de pasar a situaciones dominantes a la Pareto. Es importante subrayarlo, porque parte de la riqueza nueva es necesaria para mantener el status quo de cada individuo y poder mantener la situación óptima general. De manera que no todo el ingreso generado puede estar disponible para mejorar la situación de algún grupo.

De la discusión precedente podrían desprenderse conclusiones como las siguientes:

  1. Como objetivo, la distribución equitativa de los recursos en una sociedad carece de justificación posible en la teoría económica, más que como un caso excepcional improbable y posiblemente efímero

  2. El óptimo de Pareto describe una situación social y económica de equilibrio, en la que, dada la distribución correspondiente de recursos, los individuos no se sienten incentivados a buscar un incremento de su bienestar, por lo menos por la vía del intercambio. Si hay algo que, en todo caso, un responsable de la política económica podría buscar, sería llevar a sus gobernados a un óptimo de Pareto

  3. La redistribución de la riqueza existente como fórmula para alcanzar la distribución equitativa de los recursos en la sociedad conduciría más fácilmente a un estado peor de los individuos que a una óptima o por lo menos a una situación dominante según las definiciones de Pareto

  4. El ingreso como riqueza recién creada puede asignarse discrecionalmente para favorecer a ciertos grupos. Pero antes deben haberse repuesto los recursos de todos, de manera que el status quo del bienestar pueda mantenerse. El excedente que pudiera haber a partir de ahí sería el que podría reasignarse de manera compatible a la optimalidad de Pareto

  5. Proceder totalmente con desprecio de los postulados de Pareto, permite anticipar efectos contraproducentes en toda la economía. Quienes resulten obligados a aceptar pérdidas en su nivel de bienestar al expropiarles una parte suficiente del ingreso que han generado y hacerles perder bienestar, tendrían en adelante menos incentivo para producir e innovar y en cambio estarían motivados para resistir y revelarse. Neutralizar un resultado así exigiría simultáneamente suponer que los que resulten beneficiados con la distribución impuesta compensan la productividad y la innovatividad de los perdedores y que las probables movilizaciones de oposición y resistencia sean eficazmente reprimidas

Como corolario y con el caso mexicano a la vista podría agregarse:

  1. El eslogan de campaña de “por el bien de todos, primero los pobres”, sin duda tiene una corrección política casi irrebatible. Como principio de política económica, sin embargo, tiene límites claros a partir de la optimalidad de Pareto. Dicho con brevedad, la reasignación arbitraria del ingreso a los grupos considerados pobres tiene como límite no deteriorar el bienestar de nadie. Es decir, no puede ser que alguien quede peor a consecuencia de la reasignación.

  2. Reasignar arbitrariamente recursos a los grupos considerados pobres seguramente es una política sujeta a los rendimientos marginales decrecientes. Es decir, que cada vez será más difícil mejorar el bienestar de algunos, sujeto a la “restricción” de no empeorar el de nadie más. La manera de evitar esta “trampa” supondría que la reasignación es “productiva”. Es decir, que los grupos favorecidos por la política, además de su bienestar mejorado, también pueden contribuir proporcionalmente más a la creación de riqueza

  3. Por la misma moneda, queda en duda si la redistribución puede ser sostenible o no. Aplica el mismo supuesto. Para ser sostenible es necesario que los beneficiarios de la distribución ganen no solo en bienestar, sino que también se vuelvan más productivos e innovadores. De lo contrario, el sistema tendería a entrar en una dinámica de degradación y contracción

  4. La idea de avanzar en la redistribución de la riqueza que ya se ha planteado explícitamente en una iniciativa partidista (Morena, mayo de 2020) tendría que tomar muy en cuenta los conceptos ya capturados en la teoría del bienestar, particularmente las ideas de Pareto. Como suele suceder en la economía, simplemente la expectativa de un evento en el futuro es capaz de desencadenar el movimiento de los engranajes económicos. Las movilizaciones de grupos contra el gobierno actual, con un nivel de vida medio o alto podrían explicarse como la reacción anticipada de esos grupos, ante la expectativa de ver disminuido su bienestar. ¿Habrán perdido ya incentivos para producir e innovar, por lo menos a favor de la economía mexicana?

  5. La economía es demasiado importante, como para desoír lo que la teoría económica tiene que decir.


Junio 2020


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