Si queremos crecer y vivir mejor debemos ser más productivos

Actualizado: 29 sept 2021

Gildardo Cilia, Alberto Equihua, Guillermo Saldaña y Eduardo Esquivel


El que quiera azul celeste,

que le cueste…


Así expresamos popularmente que para tener y disfrutar lo que deseamos exige un esfuerzo previo para obtenerlo. El principio aplica también económicamente para México. Más allá de la discusión sobre nuestras aspiraciones como personas y el significado de la felicidad en la vida, hecho insoslayable es que una vida digna exige contar con satisfactores materiales. Y no se trata de lujos. La satisfacción de necesidades básicas sólo es posible cuando tenemos acceso a alimentos, vestido, alojamiento, infraestructura, servicios educativos y de salud. Todo lo cual tiene que se producido. Cuando esa producción es insuficiente en la sociedad, la consecuencia es que quedarán personas con necesidades insatisfechas. Como no hay forma de imponer “justamente” carencias, el resultado es la discriminación, la marginación y hasta en buena medida la corrupción. Por eso el gran reto es alcanzar un estado de abundancia, no para que todos vivan con una riqueza incuantificable, sino para tener lo necesario y llevar una vida digna y con certidumbre. La base material para eso es la producción. Y su volumen depende de nuestra capacidad para generarla, lo que se denomina productividad. Alcanzar ese grado de abundancia material al que nos referimos depende directamente de nuestra productividad como sociedad.


PIB per cápita


Llaman la atención algunas cifras positivas de la economía mexicana. Entre las últimas destaca la señalada por Julio A. Santaella, presidente de la Junta de Gobierno del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), quien reportó que el Producto Interno Bruto (PIB) en el segundo trimestre de 2021 ascendió a $17.97 billones, a pesos de 2013, y que el mismo fue similar al del cuarto trimestre de 2016 y está por debajo sólo en 3.3% con respecto al máximo histórico observado en el tercer trimestre de 2018. Esto es, la actividad económica ha recuperado el nivel observado antes de la pandemia.


El rebote de la economía ha incidido favorablemente en la relación existente entre el PIB con la población del país; por lo que el ingreso per cápita ha aumentado en mil 603 dólares, al pasar de 8 mil 293 dólares en el segundo trimestre de 2020 a 9 mil 896 dólares en el de 2021; es decir, hay un incremento porcentual de 19.3%. La comparación es con respecto a junio de 2020, cuando el PIB del país disminuyó 18.7% anual debido a la suspensión de las actividades económicas no esenciales originada por el confinamiento de la población; además, el tipo de cambio a junio de 2020 rondaba en los 23 pesos, más alto en 15% con respecto al de junio de 2021.

No hay que olvidar que se están superando los estragos de una de las mayores crisis en la historia económica del mundo y que nuestra moneda ha tenido una recuperación admirable; empero, tampoco es bueno salirse del análisis detallado y sobre todo de largo plazo, que nos permita tener un diagnóstico adecuado para evitar que el optimismo se desborde. Lo que sigue es una estrategia de desarrollo que propicie la prosperidad de los mexicanos.


El ingreso per cápita en 2021 se ubica ligeramente por debajo del de 2019, cuando alcanzó la cifra de 9 mil 946 dólares, es decir, permanece dentro del rango observado en los últimos diez años y al igual que el PIB, sólo se ha recuperado la cifra que antes se tenía. La preocupación a partir de ahora debería ser el cómo darle celeridad a la generación de valor en la producción para ampliar los indicadores económicos por arriba de los máximos históricos observados. En un sentido superlativo esto significaría dignificar la posición que guarda el país en el concierto internacional, ya que nuestro PIB per cápita es severamente inferior al de nuestros socios comerciales e incluso con el observado en diferentes países de la región latinoamericana. El consuelo sería decir que el PIB per cápita de México es mayor que el de Argentina o Brasil, pero nos estaríamos comparando con países con graves problemas financieros y socioeconómicos. Además hay que recordar un principio válido de economía: “más es mejor”. La comparación hacia abajo no tiene mucho sentido.


El ingreso por persona en México es bajo y se encuentra estancado. Hay que elevarlo, pero nada podría cambiar estructuralmente, sino aumenta la productividad laboral. Se derivan diversos factores para tratar de corregir el deterioro de ambos conceptos (del ingreso y de la productividad). En primer término, se encuentra el dilucidar entre el origen y la causa, es decir: ¿las bajas remuneraciones salariales son reflejo de la baja productividad? o más bien, ¿la baja productividad es reflejo de las bajas remuneraciones salariales?


La masa salarial con respecto al PIB, según cifras del INEGI, en el segundo trimestre de 2021 ascendió a 5.1 billones de pesos, a precios de 2013, lo que representó 28.3% del PIB; mientras que las ganancias empresariales representaron 43.3% del PIB. El dato es pobre, si se considera que antes de 1995 las remuneraciones salariales representaban 34% del PIB. Hay otro fenómeno llama la atención: en los países desarrollados, cuya productividad es considerablemente más alta, la relación se invierte, es decir, los salarios representan más del 50% del PIB; en tanto que la contribución de las ganancias de las empresas muestran porcentajes inferiores a 50%.


Acorde con conceptos progresivos, desde 2018 dio inició en México un proceso de recuperación real de los salarios, particularmente del mínimo, mismo que no debe detenerse, a efecto de crear las condiciones idóneas para actuar sobre la productividad en dos sentidos: 1) generar estímulos en los ingresos para aumentar las bases efectivas para un mejor desarrollo laboral; y 2) hacer que las ganancias recaigan en la necesidad de ampliar los procesos de inversión con la introducción de bienes de capital y tecnología, más que con la existencia de bajos salarios. ¿Podríamos asegurar que el desarrollo de la productividad puede tener como punto de lanza el incremento salarial? Lo cierto es que la fórmula fue descrita por los economistas clásicos y en forma previa fue un mecanismo convertido en axioma por los socialistas utópicos; sin dejar de señalar que es una tendencia observada en el mundo en la época contemporánea. El efecto del cambio tecnológico significaría, por otra parte, superar la trampa de mantener utilidades sólo con bajos salarios; existiendo el corolario de que los ingresos reales se incrementarían a partir de la mayor aportación marginal del trabajo en la generación de valor económico.


El incremento de los salarios reales, en teoría, podría tener otros efectos virtuosos: la expansión del mercado interno, que correría a la par que el ensanchamiento del mercado externo propiciado por la liberalización de la economía y la integración comercial con Estados Unidos y Canadá (T-MEC); y una reestructuración de la economía a favor del sector formal. Este último fenómeno es de suma importancia. En México la población ocupada asciende a alrededor de 56.4 millones de personas, de los cuales 24.6 millones (43.6%) mantienen un empleo formal y 31.8 millones (56.4%) un empleo informal. Si se toma en cuenta el PIB a precios reales al segundo trimestre de 2021, esto implica que 13.9 billones fueron generados por el 43.6% de la población ocupada formal y 4 billones por el 56.4% de la informal; es decir, el trabajo formal contribuye 3.4 veces más en la generación del valor del PIB.


Con cierta desesperación se observa que la recuperación del empleo no implica un cambio en su estructura. ¿Cómo creer que alrededor de 32 millones de mexicanos espontáneamente pasarán del empleo informal al formal? Más bien, lo que se debe pensar es en el cómo hacerle para que en forma gradual y en el menor lapso posible exista una recomposición del mercado laboral. Nada podría hacerse si existe indiferencia en el trabajador al momento de decidir ocuparse en una unidad de trabajo informal o formal. Sin duda, lo que se requiere es consolidar los beneficios que genera el formar parte de la formalidad con salarios que sobrepasen claramente la línea del bienestar y con la dotación de servicios que den beneficios sustantivos en materia de salud, vivienda, pensiones para el retiro, entre otros.


De entrada, el salario promedio en la economía formal debería distinguirse por ser sensiblemente más alto que el del sector informal. Eso pasa ahorita mismo, pero pocos lo saben porque no se da a conocer masivamente, al no tener capacidad el sector formal de competir en la absorción de la fuerza de trabajo. Mucho se tiene que hacer también en materia cultural y educativa, nuestra gente tiene que ponderar más la visión a futuro a la de simplemente sobrellevar el presente con sueldos de subsistencia.


La estrategia fiscal, por otra parte, debe ser más universal. Nadie podría sentirse satisfecho si los negocios informales, sobre todos los grandes, mantuvieran el privilegio de no pagar impuestos. La meta de inclusión debería ser permanente; al mismo tiempo, eso le exige al Estado la dotación de más y mejores servicios, a efecto de mantener en línea el efecto de la justa contraprestación. Ingresos y gastos deben concordar y ello conllevaría a ampliar la capacidad operativa y la infraestructura de las instituciones públicas orientadas a cubrir las prestaciones y la necesidad de servicios de los trabajadores.


El tener una economía en donde predomine la formalidad requiere de tiempo; sin embargo, hay una condición sine qua non: no se podría pensar en una economía volcada a la formalidad sin gobiernos honestos y transparentes. La confianza ciudadana es indispensable: sólo es dable que se acepte prescindir de parte de los ingresos, si se tiene un Estado que asigna esos recursos en forma eficiente y sin que existan actos que lleven a desviación de fondos. Sobre esta base, la sociedad también debe organizarse e irse preparando para ejercer por sí misma esquemas de contraloría.


La responsabilidad del Estado en materia de crecimiento económico se puede sintetizar en la orientación de los instrumentos con los que cuenta para crear valor. En el futuro todo depende de la consolidación de los procesos productivos formales y de actuar en contra de aquellos que depredan la formación de capital humano y el capital natural. Únicamente con una nueva recomposición del mercado laboral a favor de la economía formal, sustentada en una relación progresiva entre salarios y productividad, se podría aprovechar cabalmente el potencial productivo de una enorme fuerza laboral; misma que degrada su valor porque pese a que trabaja por muchas horas (muy por encima de los estándares internacionales) produce poco y se encuentra en el limbo de la subsistencia.


Las brechas de la productividad.


El diagnóstico convergente es que el modesto desempeño que ha tenido la economía mexicana obedece básicamente a la baja productividad. Muchas preguntas hay que responder, la primera sería: ¿cómo es posible que una economía volcada hacia el exterior, con sectores con mayor complejidad tecnológica, no haya tenido como efecto de arrastre una expansión productiva en el resto de las actividades económicas? Se podría resolver la duda si pensamos que en el país se desarrollaron en forma excluyente dos mundos: un sector exportador moderno integrado a la economía internacional y otro sustentado en procesos tecnológicos obsoletos y con un requerimiento intensivo de mano de obra, que no necesita para su operación de empleados con educación, capacitación o adiestramiento. Sin la conexión que dan los esquemas de abasto y proveeduría, la polaridad productiva se hizo creciente y la balanza del esfuerzo social se inclinó hacia actividades con poca aportación de valor económicos.


La exclusión de los mundos, al mismo tiempo llevó a la diferenciación productiva regional. Cuando nos referimos a México, siempre hablamos del Norte y del Sur, pero en realidad la mayor productividad se ha dado en aquellos estados en donde se concentran las actividades manufactureras, particularmente la industria automotriz: Aguascalientes, Querétaro, Coahuila o Puebla. Eso hace pensar que deban desarrollarse actividades en los Estados del Sur de México que generen más valor. La inversión en obras públicas, la conectividad y el surgimiento de corredores agrícolas e industriales se pueden convertir en una herramienta básica para la nivelación productiva interregional.


Pese a la expansión del sector exportador, diversos estudios demuestran que las horas empleadas en la producción manufacturera han disminuido comparativamente en relación con la que se utilizan en el sector servicios, particularmente el comercio. Este desplazamiento ha originado la distorsión del mercado laboral, ampliando el autoempleo; pero también ha reducido los tiempos de trabajo que socialmente se dedican a actividades que generan mayor valor agregado. No se trata ahora de asistir a laborar a talleres que maquilan o producen manufacturas, sino de que gran parte de la población se ocupa en puestos que llevan a cabo actividades comerciales a baja escala, generando un sesgo productivo de magnitudes inconcebibles y atrofiando el paisaje de las ciudades y aun de poblaciones con menor tamaño.


El tamaño de las empresas juega un papel relevante en materia de productividad. “En promedio, la productividad laboral de las empresas grandes manufactureras es 20% superior a la que presentan las microempresas, 7% por encima de las pequeñas y 5% mayor que las empresas medianas” (CEPAL. Productividad y Brechas Estructurales en México. Mayo 2016). También el estudio de la Comisión Económica para América Latina aclara que los giros amplían la brecha productiva. Citemos algunos ejemplos:


“En la industria alimentaria (fabricación de alimentos, bebidas y tabaco) las empresas grandes registran una productividad 180% mayor que las microempresas. En cambio, en la industria de la madera la productividad de las empresas grandes es solamente 26% superior a la de las microempresas.

Las clases de actividad económicas con alta intensidad exportadora (por ejemplo, fabricación de componentes electrónicos y de motores de combustión interna) son en promedio 84% más productivas que los que desarrollan una baja intensidad exportadora (elaboración de alimentos para animales)”.


La paradoja del crecimiento


Mucho se habla del crecimiento económico y sobre todo, de mantenerlo en un nivel cercano a 6% para garantizar el equilibrio del mercado laboral, a efecto de generar los empleos que la gente necesita. Sin embargo, el objetivo es paradójico si se considera que no podríamos generar un crecimiento económico alto y sostenido sin elevar considerablemente nuestros niveles de productividad; esto es, para alcanzar el equilibrio requerido en el mercado de trabajo, necesitamos además de generar más trabajo, ser más productivos.


La simple ocupación no es suficiente porque se mantiene la deficiencia de que el trabajo tenga poco peso específico en la generación de valor y de ahí nos movemos a un círculo perverso que lleva a bajas tasas de crecimiento, subocupación laboral, baja productividad y bajas remuneraciones. Nada se podría mover, en consecuencia, sino se actúa desde ahora sobre las dos condiciones que posibilitan la mayor productividad: 1) contar con mano de obra calificada y 2) generar procesos con cambio tecnológico. Sin avanzar en esas dos condiciones sólo tendríamos una economía atrofiada y con pobre desempeño; tal vez se podría estar cerca del pleno empleo, pero con valores modestos en el PIB y en el ingreso per cápita.


Hay que insistir en la necesidad de elevar la calificación de la fuerza de trabajo. Los datos indican que por hora trabajada, “los empleados con educación baja (hasta el nivel de primaria) sólo producen, en promedio, la mitad que los trabajadores con educación media, mientras que en promedio los trabajadores con educación alta son 20 veces más productivos”. (CEPAL).


El contexto puede generar cierto desánimo porque, en efecto, se requiere de tiempo para contar con una mano de obra calificada, acorde con el desarrollo tecnológico; sin embargo, la preparación generalizada debe asumirse como un reto a cumplir para esta y las subsecuentes generaciones de jóvenes. Desde ahora, lo que debe erradicarse es que trabajadores especializados o profesionistas, continúen desperdiciando sus conocimientos y capacidades empleándose en actividades informales y menos, que esta situación se presente en forma masiva. La crisis sanitaria nos enseñó que un número considerable de médicos y de otros profesionales del sector salud se encontraban subempleados o desempleados, cuando precisamente el país requiere subsanar el déficit de atención médica. Una verdadera aberración.


En el plano de la inversión habría que pensar que la mejor asignación de recursos depende de generar una nueva cultura empresarial sustentada en la generación de valor y no en la extracción de rentas, mismas que se ven favorecidas por el entorno de salarios bajos. Este nuevo enfoque sólo podría darse a partir de procesos que posibiliten el cambio tecnológico y ello requiere de estar acorde con los cambios productivos que ofrece el mercado y de contar con fondos suficientes para ello. La expansión del crédito para impulsar proyectos con potencial productivo juega un papel importante; así como nuestra capacidad de asociación y de participación productiva para configurar cadenas que posibiliten ampliar nuestra competitividad interna y en el entorno internacional.


¿Qué tanto resulta posible encadenar actividades menos productivas a las más productivas? Ello va a depender, primero, de conocer que es lo que se produce y cuáles son los insumos que requieren las empresas con mayor amplitud de producción. Sobre esta base es factible articular a las empresas para que actúen bajo esquemas de abasto y proveeduría con planes estratégicos integrados a la expansión de las empresas líderes; que a su vez deben hacer caso a las condiciones que prevalecen en el mercado internacional.


No se podría avanzar en materia de inversión sin generar sinergias entre los sectores público y privado. El Estado requiere de contar con una política económica orientada a crear valor y a generar el abasto suficiente y preferentemente a bajo costo de insumos estratégicos. Esto no significa actuar con pérdidas u otorgar subsidios - menos si estos son indiscriminados - sino operar eficientemente, reduciendo costos con las mejores opciones tecnológicas. De lo que se trata es de contar y de mantener resortes productivos que incidan en la generación de productos a bajo precio y tomando en cuenta nuestras ventajas comparativas. Mucho se ha discutido sobre el tema, pero los acontecimientos actuales nos han hecho entender que la inversión productiva del Estado es necesaria cuando se trata de productos y bienes estratégicos particularmente, los relacionados con la energía, que puedan estar sujetos a cambios bruscos por la volatilidad de los mercados o por la subsistencia de estructuras oligopólicas.


La inversión pública también debe incidir en el desarrollo regional, sobre todo, cuando se trata de zonas con rezagos productivos. Es obligación del Estado nivelar el grado de desarrollo entre las regiones del país y la visión estratégica debe conducir a generar efectos multiplicadores para la inversión privada y a generar cadenas de valor en las regiones.


El Estado debe fungir como un inductor de la inversión privada. La visión de poner frente a frente a los entes privados contra el público poco ayuda; lo que se requiere es la convergencia de proyectos. El enfoque estratégico debería ser el de la colaboración. En muchos sentidos surgen malos entendidos cuando se habla de los espacios de inversión, o se alerta para tratar de polarizar; sin tomar en cuenta que el relajamiento de la inversión privada en algunos sectores y regiones económicas, requiere de la pertinente inversión pública; que a su vez propicia la detonación de las inversiones privadas.


Desde luego que deben existir reglas claras para la inversión privada. Lo primero que debe quedar claro es que no se trata de suplir o de cambiar los papeles. El sector empresarial tiene una gran responsabilidad: dentro del engranaje social es el encargado de asumir riesgos con su capital para generar valor y crear empleos. La inversión fija bruta privada con respecto al PIB representa alrededor de 19% y la pública alrededor de 3%. Los cambios productivos que requiere el país serían, en consecuencia, inconcebibles sin la inversión privada; pero hay algo que nos debe preocupar tanto como el marco legal: la necesidad de corregir las distorsiones económicas para hacer fluir los recursos de inversión de las actividades menos productivas a las más productivas y elevar la productividad en general de las empresas. ¿Se puede alcanzar este propósito? Seguramente si. Pero exigirá de un uso más racional de los recursos, de contar con empresas con procesos tecnológicamente más avanzados y de más inversión por puesto de trabajo. Eso es lo que a partir de ahora debe intentarse, a riesgo de quedarnos en la situación en la que ahora nos encontramos de baja generación de valor y lento y pobre desempeño económico.


Más allá del volumen de la inversión


Los economistas tendemos a conceder un significado desmesurado a los agregados llamados “macro”. ¿Queremos más producción, empleo y crecimiento? Hay que invertir. ¿Queremos más desarrollo y nivel de vida? Hay que crecer e invertir más. Y es correcto. Sin embargo, un análisis un poco más detallado revela que si simplemente agregamos billetes a la inversión suficientes para crear un empleo adicional, lo que conseguiremos es un incremento constante del producto. De hecho, poco menos de 400 mil pesos trimestrales en promedio por cada trabajador ocupado adicional. Obsérvese la siguiente gráfica y la igualdad. En ella “y” representa el producto (indicado por el PIB) y “x” el empleo.


Con los datos a la mano, este análisis estadístico simple es suficiente para subrayar la relación estrecha evidente a simple vista con los datos graficados. El índice de determinación (r2) notablemente cercano a la unidad confirma la alta correlación. De manera que se puede concluir que en México el PIB crece en proporción directísima del empleo. Para ser precisos y en promedio, el indicador de la producción (PIB) se mantiene en 393 mil pesos al trimestre por cada trabajador ocupado. Se trata de un indicador simple de productividad. Pero lo que llama la atención es que es notablemente constante en los 15 años analizados, tal como lo sugiere la concentración de los puntos alrededor de la recta estimada.


Esta situación en la teoría económica es compatible con la que se ha denominado “la trampa malthusiana”. La producción crece solo en la proporción que lo permite el empleo y su productividad. En consecuencia, no hay espacio en la producción para mejorar realmente el nivel de vida. Sobre todo, si consideramos que de por sí, cada trabajador ya tiene un círculo cercano al que también debe proveer. De manera que lo que produce lo comparte. La única opción que queda para mejorar el nivel de vida es reducir ese círculo de personas dependientes. De ahí vinieron en su momento las políticas para reducir el crecimiento poblacional.


Para alcanzar incrementos en el nivel de consumo y de vida, necesitaríamos ver que las personas ocupadas contribuyan de manera creciente al PIB. La gráfica anterior tendría que curvarse hacia arriba. Otra consecuencia de una productividad estancada es que mantener una parte improductiva de la población (niños antes de activarse económicamente y adultos en retiro) obliga a reducir el nivel de vida general; porque el producto de trabajadores con una productividad constante se tiene que distribuir entre más personas.


En suma. Si México quiere mejorar el nivel de vida de su población es necesario superar la trampa malthusiana. Económicamente significa elevar la productividad de los factores de la producción. Particularmente del trabajo. Históricamente, desde la primera revolución industrial, eso es lo que ha provocado el avance tecnológico y la capacitación del trabajo, con sus saltos “cuánticos”. De aquí que ahora se hable ya de la 4ª revolución industrial.


La estrategia general de desarrollo de nuestro país pasa así, necesariamente por elevar la productividad del trabajo. Algo que exige tanto la formación y capacitación de las personas, como la tecnificación y adopción de mejores sistemas productivos en la empresa. Es lo único que nos permitirá “doblar” hacia arriba la curva de la productividad (ilustrada antes). No hay vuelta de hoja; este es el prerrequisito para elevar el nivel de vida posible en el país. Avanzar en esa dirección requiere, además, de una cultura empresarial y laboral que supere la confrontación que nos ancla a una situación de “suma cero”. Porque los factores de la producción deben actuar y desarrollarse coordinadamente. Eso también supone una distribución justa de los incrementos de la productividad. A la postre, lo que vale es que en situaciones de “ganar-ganar” las partes pueden crear sinergias y círculos virtuosos de desarrollo y progreso. ¿Tendremos en México la fuerza y el valor; pero, sobre todo, el talento para doblar la curva de la productividad.

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