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A los economistas de mi generación: ¿qué tan cerca estamos del fascismo?

Actualizado: 18 feb 2022

Gildardo Cilia López


Extraña condición la de una buena parte de los miembros de mi generación, tan alejada de la mano de Dios durante casi cuarenta años y ahora, tan afín a los gobiernos y a los partidos que la mantuvieron relegada profesionalmente. Con contadas excepciones, a pocos les fue bien: algunos con puestos de mandos medios en la burocracia estatal; otros con empleos de baja remuneración y perfil en los sectores público y privado; y los más, dedicados a labores distintas a las que indican la carrera. Se han olvidado de viejos agravios, hasta de frases insultantes, entre ellas, la de “se necesita economistas de la UNAM con bicicleta”.


Economistas de la UNAM que ahora tienen 50 años o más, defienden el pasado como si éste les hubiera sido favorable. Con una aparente educación crítica, poco les ha dolido los avatares del país: el empobrecimiento, la corrupción, la violencia; es decir los grandes flagelos que han puesto en entredicho nuestra continuidad histórica. Ahora se oponen al cambio, a la necesidad de remover lo caduco, lo incorrecto: lo que está podrido; en su espejismo se creen dialécticos, pero en el fondo su trayectoria de análisis es lineal, muy cercana al determinismo: a la necesidad de volver al pasado, como una imperiosa necesidad. Habló, desde luego, del contexto que les tocó vivir y que para las nuevas generaciones resulta insoportable.


Su conservadurismo no tiene límites y se dedican a crear chats, que se convierten en refugio para manifestar una visión conservadora, aún más, retrograda. Emisarios del pasado, sólo se sienten gustosos cuando algo parece retraer los cambios que posibilitan un México más justo y generoso. Se oponen al pueblo (de donde provienen casi todos) porque para ellos el pueblo “no es sabio”; es sólo una masa que sirve para fines políticos que deforman la “realidad perfecta”, que les tocó vivir. La masa social no debe moverse por estímulos y, por lo tanto, debe esperarse a los beneficios que trae consigo el “libre mercado”.


La percepción sobre la masa de pobres los lleva a una aberración: la pobreza es irremplazable porque posibilita el regreso al pasado que añoran. La masa social únicamente existe como capital político y en ese sentido, una sociedad pobre, sin aspiraciones y sin ningún tipo de beneficios, es lo que abona a esa regresión. ¡No conviene que salgan de la pobreza!


Sin identidad real (están contra los pobres, pero son pobres) los ideales se mueven en un terreno extraño, porque como economistas conciben la idealidad del mercado, aunque el mercado de trabajo los haya relegado a un lugar secundario, en muchos sentidos, marginal. Frente al mercado se encuentra un gobernante “populista” (el presidente López Obrador) que quiere la transformación del país, apoyando y apoyándose en los pobres. Desde su perspectiva, ello no debería ser así porque se distraen recursos que deberían impulsar la acumulación de capital que se requiere para ampliar las inversiones. La necesidad de recaudar más mediante una política fiscal progresiva y más exigible (pese a las condonaciones y exenciones multimillonarias del pasado) solamente significa “terrorismo"; porque la política fiscal debe servir para incentivar el crecimiento de la riqueza, no para compensar a los pobres por sus carencias.


También están alertas a los movimientos de las bolsas (incluso, desconociendo la naturaleza intrínseca de las variaciones) aun cuando nunca hayan invertido en esta y sólo tengan unos cuantos pesos en la bolsa de sus pantalones. Creen que el crecimiento bursátil es un indicio de salud económica, sin vislumbrar que puedan existir burbujas a punto de estallar.


Enemigos de todo lo que viene del gobierno, entran permanentemente en contradicciones. Uno de los vectores básicos del neoliberalismo es mantener finanzas públicas sanas; pues bien, en plena crisis pandémica le exigían al gobierno gastar más allá de sus posibilidades; sin importar, que ello significara un mayor endeudamiento, o que se recurriera al financiamiento directo del Banco de México; lo que hubiera comprometido el crecimiento futuro por el pago del servicio de la deuda y propiciado el arribo de un fenómeno inflacionario de proporciones incuantificables. En realidad, sólo los movió la campaña que se orquestó contra un gobierno austero, al que califican paradójicamente como “populista”. Visto así, quien será en los hechos populista, ¿el gobierno o los que presionaban para llevar al país al precipicio fiscal?


Muchos viven en los chats replicando el golpeteo que circula en los medios o en las redes sociales contra el gobierno: entre más intenso y duradero sea, pues, mejor. Como autómatas, seducidos por los “bots”, se suman a hashtags sin evaluar el contenido de los mismos; faltaba más, también se sumaron al último que significó una tendencia: “#TodosSomosLoret”. Muy lejos están de serlo, ellos no han ganado en toda su vida los 35 millones de pesos que ganó Loret de Mola en sólo un año y aunque suspiren, no tienen un departamento de lujo en Miami y sabrá Dios cuantas propiedades más; pero lo importante es que se olvidan que los montajes han afectado el derecho a la información veraz y a los derechos humanos de personas.


Así, se incorporan al mitin digital y se sienten (los que se creen más cultos) personajes de “Fuenteovejuna”, la gran obra de Lope de Vega y Carpio; como si Loret de Mola los redimiera o los representara por ser un paladín de la justicia o un mártir del periodismo. Bajo esta circunstancia, Loret habla por ellos, dada la impotencia que les deja su anonimato. ¡Ah!, pero como devotos no admiten la discrepancia: para los contrarios sólo existe la diatriba o el insulto fácil, nada que vaya en contra de su apasionada defensa a los opositores del gobierno. No sé trata, desde luego de no oponerse, pero una oposición valiosa es aquella que efectivamente propone; de no ser así, los chats sólo se llenan de propaganda que busca el descrédito presidencial.


Pese a su devoción, o tal vez, por ella, mis colegas no pueden hilar una narrativa histórica congruente. Víctimas de la realidad no encuentran referentes históricos que les permita reivindicar sus causas. No tienen el suficiente valor para identificarse (aunque en el fondo los admiren) con Salinas, Zedillo, Fox, Calderón o Peña. Deberían irse por el camino fácil y adherirse a la opinión del escritor peruano Vargas Llosa que encomia a Zedillo como el mandatario más grande del periodo neoliberal. ¿Qué lo impide? ¿Acaso en su recóndita conciencia quedan los destellos de los años de corrupción, violencia, pobreza o de desigualdad extrema?


Ese pasado tan reciente convierte la narrativa histórica en suplicio: ¿cómo reivindicar un pasado con resultados desastrosos? Ante esa angustia, se van más hacia atrás y ahí no hay mejor refugio que la pax porfiriana. Siguiendo la secuela de intelectuales - como Macario Schettino – se han ido a ese periodo remoto para hilvanar el origen del neoliberalismo: el orden, la paz y el progreso; que son la triada perfecta que conduce a la modernidad, a la productividad, a la competitividad y al libre mercado. Sobre ese mito fundacional muchos economistas concentran sus esperanzas porque es – según ellos – la única historia de éxito del país; sin importar la dislocación social que trajo consigo.


Entre el día y la noche – decía Borges – se encuentra la historia de la humanidad; así concluyen que la luz se encuentra en el porfiriato y la oscuridad en este “mesías de pobres”. Se crece - reiteran - de arriba hacia abajo y no de abajo hacia arriba; es decir, se crece concentrando la riqueza en los ricos y no distribuyéndola hacia los pobres. Abstraídos, no se han dado cuenta que en la historia de nuestro país, la riqueza ha caído a cuentagotas (ellos mismos sólo han recibido unas cuantas gotas) y que hoy como siempre somos el país de la desigualdad; o, el de la escandalosa riqueza y el de la muchedumbre pobre.


Sumidos en el rezago intelectual, muchos de mis colegas piensan que la verdad es inmutable; conversos a la predestinación atan el futuro al presente: el pobre seguirá siendo pobre. Se han olvidado que la economía es una ciencia social y que por lo tanto, juega en el curso de la historia tanto el esfuerzo individual como el quehacer colectivo. Se han olvidado que nuestra obligación como científicos sociales es contribuir con propuestas para posibilitar el progreso social y para ello se requiere de una imaginación que supere los conceptos y los principios convencionales; o de adaptarlos inteligentemente a una nueva realidad. Ahora mismo eso es lo que están haciendo muchos economistas para superar los problemas que aquejan a sus países o al mundo; mientras aquí mis viejos amigos - redentores del pasado - se acercan involuntariamente más al fascismo.




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