La Crisis, la Segunda gran Lectura Histórica: Keynes, Hayek y Friedman

Actualizado: 30 de dic de 2020


Gildardo Cilia López


Si viviera Keynes, qué diría si alguien exclamara: “nunca ha habido una crisis económica en el mundo como la actual, ni siquiera la Gran Depresión es comparable en su magnitud”. Bertrand Russell se refería así de Keynes: “Es la mente más aguda y clara que jamás conocí”, por lo que, para responder a esta aseveración, tal vez, únicamente narraría su vida.


John Maynard Keynes nació el 5 de junio de 1883 en Cambridge y murió el 21 de abril de 1946 en Sussex, Reino Unido. Su generación vivió entre el optimismo y el pesimismo y entre la angustia y la esperanza; los hombres que vivieron durante todo ese tiempo contemplaron como actos irracionales pusieron al borde de la extinción a la raza humana.


Durante su niñez y juventud, Keynes vivió en medio de un optimismo radiante. En el último tercio del siglo XIX se suscitó un largo ciclo de expansión económica sustentado en una revolución industrial que se soportaba en diferentes innovaciones en la industria química, la construcción naval, los tranvías metropolitanos, la extensión del sistema telefónico, el crecimiento sin precedente de la industria del acero y, sobre todo, de la energía eléctrica. Creció en un periodo que se concibe de ensueño, en la “belle époque”; también es testigo de una reconfiguración en los liderazgos económicos del mundo. El Reino Unido cede su lugar como primera potencia mundial ante el vertiginoso crecimiento de Estados Unidos y Alemania. En 1913, la economía norteamericana concentraba el 46% de la producción industrial, Alemania el 23.5%, en tanto que el Reino Unido aportaba el 19.5% (Hobsbawm, 1998).


En la segunda década del siglo XX da inició un conflicto mundial, alimentado por una radicalización del nacionalismo y el desarrollo exponencial de la industria armamentística. En un espejismo inaudito, cada una de las grandes potencias concebía que por su desarrollo tecnológico la victoria iba a ser rápida y a estar de su lado. El saldo del apocalipsis, después de 5 años de guerra, fue de 17 millones de muertos, sin contar las muertes indirectas por la hambruna y las enfermedades.


Keynes formó parte de la delegación que envía el Reino Unido para establecer los acuerdos de la postguerra. Desaprueba el Tratado de Versalles y publica “Las consecuencias económicas de la paz” (1919) donde advierte sobre los peligros que sobrevendrán al hacer recaer sobre Alemania los costos de la Gran Guerra. Pocos le hicieron caso, el tiempo le iba a dar la razón.


Después de la Gran Guerra, resurgió el optimismo. El crecimiento y la innovación en los sistemas de comunicación, en las industrias de bienes de consumo domésticos duraderos, automotriz, del entretenimiento y el surgimiento de la aeronáutica, ponían al mundo en un nuevo boom. El mundo vivía una nueva “belle époque”, pero inesperadamente hizo crac.


En economía, el optimismo desbordado es como el “canto de las sirenas”: los hombres se mueven hacía las voces seductoras, sólo para que, al llegar a ellas, sean devorados por seres horripilantes.


En los años veinte la prosperidad de la economía norteamericana hizo pensar que la felicidad podía ser eterna. El presidente Hebert Hoover declaró: “con la ayuda de Dios, no tardaremos en tener a la vista el día que la pobreza habrá desaparecido de la nación”. John Raskob, presidente del Comité Nacional Demócrata, escribió en agosto de 1929 para Ladies Home Journal el artículo “Todos debieran ser ricos”, con la siguiente receta: “Si un hombre ahorra 15 dólares a la semana y los invierte en buenas acciones ordinarias, al cabo de veinte años tendrá, por lo menos, 80,000 dólares, y sus inversiones le producirán un ingreso aproximado de 400 dólares al mes. Es decir, será rico”.


Pocos advirtieron que en la rotación del mundo económico había surgido un chipote, una burbuja especulativa, que crecía sin freno. Irvin Fisher proclamó meses o días antes del desastre bursátil: “los precios de las acciones han alcanzado lo que parece ser una meseta permanente”.


La especulación se entronizaba por las expectativas que ofrecían las ganancias accionarias, sin que existiera una adecuada asociación con la economía real. Imperaban prácticas de “pump and dump”: había activos o empresas que ni siquiera tenían una estructura o un valor real. En octubre de 1929 la euforia llegó a su fin, millones de acciones en Wall Street se ofrecieron a bajo precio sin encontrar demanda. La burbuja se había pinchado.


El crac bursátil se extendió hacia todas los sectores y ramas económicas. Más grave aún: millones de personas quedaron arruinadas y limitaron su consumo; los inversionistas o a los que les quedaba algún capital se hicieron temerosos; la aversión al riesgo creció inusitadamente y las fuentes de crédito quedaron agotadas o resquebrajadas. La Gran Depresión abarcó un periodo de cinco años. Algunos autores señalan que la secuela fue aún más larga.


De 1929 a 1933 el ingreso nacional de los Estados Unidos disminuyó a una tasa promedio anual de 17.7%, entre estos años pasó de 87 a 39 mil millones de dólares (José Blanco, “Keynes el inmorible”, Nexos 1996). Uno de cada cuatro trabajadores se quedó sin empleo, esto es, 14 millones de trabajadores se quedaron en la calle sin ocupación. La pobreza ensombrecía a Estados Unidos y al mundo.


La Revolución Keynesiana


A diferencia de Marx, a Keynes si le interesaba salvar al capitalismo, creía en los ideales de libertad y progreso, más que en la igualdad que propugnaban las teorías socialistas. En 1933 le escribe al presidente Franklin Delano Roosevelt:

“Usted se enfrenta a una doble tarea: recuperación de la crisis y la aprobación de reformas económicas y sociales…El objetivo de la recuperación es incrementar el producto y el empleo…Las personas deben ser inducidas a gastar una mayor parte de su ingreso, o las empresas deben ser persuadidas, ya sea por una mayor confianza o por una menor tasa de interés, para contratar más personal y así crear más ingresos en manos de sus empleados. Alternativamente, (se deben) crear ingresos adicionales a través del gasto público”. (Y añade en la carta): “La prioridad está en otorgar crédito para el gasto bajo los auspicios del gobierno… yo colocaría el crédito barato y abundante, así como la reducción de la tasa de interés de largo plazo a través de la intervención de la Reserva Federal” (citas tomadas de Alejandro Nadal, “De Keynes a Roosevelt”, la Jornada 2 de enero, 2013).


El Keynes que aconsejaba a Roosevelt era un hombre que había madurado sus ideas sobre el proceso económico; dos años más tarde, el primero de junio de 1935, en una misiva que le manda a Bernard Shaw señala: “Creo estar escribiendo un libro sobre teoría económica que revolucionará en gran medida la manera en que el mundo piensa sobre los problemas económicos”. Keynes, en efecto, en 1936, publica, tal vez, la obra económica más influyente de todos los tiempos: “Teoría General del empleo, el interés y el dinero”.


Keynes desde los años veinte había roto con los fundamentos económicos de las escuelas clásica y neoclásica y con su maestro Alfred Marshall, el gran teórico de la escuela marginalista inglesa. Este proceso intelectual inicia en 1923 cuando escribe su “Tratado sobre la reforma monetaria” y cuando reflexiona sobre los eventos negativos que se van presentado en el Reino Unido, inclusive antes de la gran depresión. En 1924, Inglaterra tenía más de un millón de desempleados.


Toda teoría innovadora tiene que romper con la Ley de Say, es decir, debe demostrar que “la oferta no crea su propia demanda”. Keynes aborda así su ruptura: un hombre gasta parte de su ingreso y ahorra la otra y se concibe que todo lo que ahorra lo gasta y lo invierte, es decir, lo utiliza para su consumo o para generar riqueza. Parece que así es, pero existe una disociación: no todo lo que no se gasta en consumo (ahorro) se invierte. De no gastarse en inversión, se generaría una baja en los empleos y en los ingresos, dentro de un circuito perverso. Si todo cae, entonces, es necesario crear políticas compensatorias (anticíclicas) mediante la intervención estatal.


Una versión muy simple llevaría a decir que “todo ahorro que no es invertido provoca una caída en la demanda global, como consecuencia las empresas acumulan stocks por encima de su nivel deseado, esto hace que baje la producción para liquidar esos stocks y que, por lo tanto, despidan trabajadores. De esta manera se entra en un nivel de producción más bajo y la desocupación aumenta” (Juan Carlos Cachanosky, “Crisis Económicas: Causas y Consecuencias”, 2011).


La producción de mercancías depende de la demanda y no de la propulsión de la oferta, porque ésta última estaría limitada por diferentes factores. De modo que lo que se debe evaluar son los componentes de la demanda agregada: el consumo y la inversión. El consumo es más estable, aun cuando la propensión a consumir no crece en la misma proporción que el incremento en el ingreso. La inversión por su parte es inestable, porque ello depende de las expectativas de los inversionistas y está condicionada por la incertidumbre.


El rompecabezas keynesiano se deriva de las decisiones de largo plazo, las que se relacionan con la producción de bienes de capital, cuyo retorno dependerá de la relación entre su precio de oferta y su rendimiento probable. A esta relación entre el rendimiento de la inversión y el costo de reposición del bien de capital, Keynes la denominó eficiencia marginal del capital. Se invertirá siempre y cuando esta eficiencia sea positiva, o más bien cuando la eficiencia marginal del capital (tasa de descuento) sea mayor a la tasa de interés del mercado, que es la tasa de referencia conocida. Una disminución de la tasa de interés alienta a la inversión al aumentar el diferencial a favor de la eficiencia marginal del capital; es decir, hacen aún más favorables las expectativas de los que invierten.


El grado de previsibilidad en el largo plazo siempre es complejo, lo único cierto dice Keynes es que “en el largo plazo todos estaremos muertos”; por lo tanto, las bases de conocimiento para establecer cálculos de rendimiento se sustentan siempre en la incertidumbre. Por ello, es importante el grado de confianza que ofrece el mercado: lo que efectivamente se puede vislumbrar en el corto plazo. Todo pasa por el estado de confianza, nadie va a invertir si lo que observa es desalentador.


Siguiendo a Keynes, el crac bursátil de octubre de 1929 tuvo como principal efecto minar la confianza de los inversionistas y de una amplia gama de la sociedad que participaba en ella. Todo se tornó en un escepticismo generalizado: la mejora constante en los negocios y la prosperidad colectiva sólo eran espejismos, mitos que se derrumbaron como un castillo de naipes.


Otra parte del enfoque keynesiano que interesa destacar es el relativo al mercado de trabajo: aun cuando el salario signifique un costo esto no lleva a una autorregulación; es decir, ello no significa que a menor salario se genere una mayor inversión, o viceversa. El nivel de inversión está determinado por la demanda agregada; de modo que los salarios bajos tienen un efecto contrario a la inversión por ser un factor de contracción de la demanda agregada.


Después de la gran depresión sobreviene la Segunda Guerra Mundial. El mundo vivió entre escombros, con un saldo de más de 50 millones de seres humanos muertos. Keynes y los hombres de esa época se estremecieron: con la fisión nuclear se había alcanzado el conocimiento tecnológico para destruir al mundo.


En plena conflagración mundial, en 1942, Keynes publica ¿Cómo pagar la guerra?, en donde considera que la guerra se tenía que financiar con más impuestos y menos endeudamiento, ya que este generaría una mayor inflación. Este es uno de los temas más importantes de nuestro tiempo. Más deuda significa presionar hacia arriba a la tasa de interés, siendo un factor de detonación del proceso inflacionario, también erosiona la capacidad fiscal del Estado. Los clásicos y los marxistas dirían que todo aumento en el costo de la deuda (interna o externa) significa sacrificar cada año una porción importante del esfuerzo productivo social para pagar intereses, es decir, desperdiciarlo.


Hayek y las decisione