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México está entrampado productivamente. Para escapar necesita tecnología

Actualizado: 9 nov 2020

Por Alberto Equihua, Gildardo Cilia y Guillermo Saldaña

En efecto, la economía es una ciencia social. Cubre dos aspectos vitales que le dan ese carácter: el consumo y la producción. A partir de ello se desprenden y entretejen fenómenos y relaciones entre las personas que imponen retos a cada paso para la convivencia en comunidad. La condición orgánica de los humanos nos condena a consumir permanentemente. Que los elementos que necesitemos para satisfacer nuestras necesidades corpóreas sean limitados y escasos nos obliga primero a trabajar y después a encontrar fórmulas para repartirnos aquello que requerimos para satisfacernos orgánica y psiquicamente. En este contexto, el trabajo ocupa un lugar central en la vida económica y social de los humanos.

El trabajo permite recuperar y preparar recursos para poderlos consumir y satisfacer nuestras necesidades. Sin trabajo no puede haber producción ni consumo, lo que exige convenir acuerdos y organizarnos socialmente. Sólo así es que podemos alcanzar la productividad que hace falta para permitir la subsistencia y la satisfacción de poblaciones humanas, cada vez más numerosa y creciente. A la fecha, más de 7 mil millones de personas en el planeta.

En la mayor parte de la historia de la civilización humana la relación entre producción y consumo era notablemente directa, como lo ilustra la llamada “Trampa Malthusiana. Thomas Robert Malthus fue un economista y demógrafo británico que publicó en 1798 su obra “An essay on the principle of population”. Aquí estableció un principio en el devenir humano: la población tiende a crecer más rápidamente que la producción de alimentos, debido a la limitación de los recursos disponibles. De esta manera las sociedades estarían condenadas a vivir una pobreza progresiva.

De la genialidad de Malthus, se deriva el principio de que la producción disponible por persona crece por debajo de la capacidad de generar los bienes necesarios para su consumo; es decir que, dado un cierto estado del arte, el esfuerzo productivo adicional tiende a generar un resultado directamente proporcional, mientras que las personas se multiplican de manera más que proporcional. Así que la producción de bienes tiende a crecer aritméticamente, en tanto que la población que vive de esa producción, traducida en consumo, se multiplica geométricamente. A eso se le ha llamado la “trampa malthusiana”. De esta manera, Malthus explicaba en el siglo XVIII la pobreza y su tendencia a extenderse.

La humanidad tuvo que esperar hasta la primera revolución industrial para aparentemente romper globalmente la trampa. La introducción del vapor como fuente de fuerza y la mecanización de la producción permitió que la productividad se disociara de la fuerza del hombre y de los animales, y se multiplicará de manera exponencial. En la Ilustración 1 se observa el crecimiento acelerado del ingreso promedio en el siglo XIX. Una tendencia claramente revolucionaria a juzgar por el efecto adverso entre el consumo progresivo y la productividad insuficiente que se dio en toda la historia previa de la humanidad. Así, en la historia se demostró que saltos en el progreso tecnológico cambian radicalmente la productividad y la capacidad general de producción. A raíz de esa revolución industrial la restricción sobre el consumo se relajó y el crecimiento demográfico se pudo acelerar. Ya no le toco a Malthus analizarlo; pero la primera revolución industrial demostró en la modernidad el poder del ingenio humano para liberarse de restricciones económicas. Algo comparable a la invención de la agricultura y la vida sedentaria, varios milenios antes. Otro efecto de carácter más ideológico fue la percepción ―que entonces creímos fundada― de que nuestra civilización podría imponer sus términos al ambiente. Algo que apenas unos siglos después el planeta nos refutó enérgicamente.

¿El efecto malthusiano se ha dejado de cumplir en la historia contemporánea? Hoy la pregunta merece una respuesta relativizada. Claramente, como lo demuestra la Ilustración 1, los saltos tecnológicos relajan restricciones que pesan sobre la productividad y de ahí en la producción, el consumo para terminar en el nivel de vida. Por eso se puede hablar ahora de la 4ª revolución industrial, de la que esperamos potencialmente otro salto en la producción, el consumo, y el nivel de vida, análogo a los que la humanidad ya ha experimentado en tres ocasiones previas. Sin embargo, la trampa Malthusiana persiste entre saltos tecnológicos. Además, también afecta particularmente a las economías locales, en la medida en que se rezagan en incorporar los avances tecnológicos. De manera que, la trampa malthusiana sobrevive localmente en sociedades predominantemente agrícolas, con bajo desarrollo tecnológico, que en consecuencia viven en condiciones de pobreza incluso extrema. Así, la apreciación de Malthus continúa vigente en el mundo como otro aspecto de la desigualdad y el atraso.

Actualmente, los economistas han tenido que reconocer que la producción no sólo puede ser un resultado del trabajo humano. También es necesario reconocer que los instrumentos, las herramientas y a partir del siglo XIX las máquinas tienen un efecto para nada despreciable en la producción. El capital se incorporó así definitivamente en la teoría como un factor de la producción junto con el trabajo y la tierra. Surgió así el optimismo, la humanidad no estaba condenada a la extinción y tampoco a la pobreza. Empero, la productividad diferenció las posibilidades de igualar el desarrollo: se demostró que en la práctica es posible elevar “a saltos cuánticos” la productividad por encima de las necesidades humanas. Pero es un resultado que beneficia en primer lugar a la sociedad que gesta el salto. De ahí sigue un proceso de difusión que la historia demuestra está lejos de ser completo. Así que en el siglo XXI todavía es posible encontrar sociedades y comunidades en prácticamente todos los estadios tecnológicos que ha conocido la humanidad. Cada cual atorada en una suerte de trampa Malthusiana, que espera a la incorporación de avances tecnológicos y conseguir una especie de micro salto local, que les permita relajar las restricciones que afectan su producción, consumo y finalmente nivel de vida.

México visto por Malthus

Actualmente en México la relación entre el trabajo y la producción se beneficia de la tecnificación y el perfeccionamiento de las técnicas de producción que se han registrado en el mundo desde el siglo XIX. Puede suponerse que como país vamos todavía en el tren del progreso, aunque sea en el cabús. Con asignaturas pendientes en regiones específicas del país. De manera que en general, la productividad que actualmente tiene el trabajo en México refleja ya el efecto acumulado de la tecnología disponible en el mundo y concretamente en el país.

Fuente: INEGI, Banco de Información Económica (BIE)

Quince años son los que se recuperan en la Ilustración 2. Veamos que en ese lapso el trabajador promedio contribuyó al PIB nacional con $393,000.00 al año y lo hizo con una regularidad notable, a juzgar por el casi perfecto índice de correlación de 0.9291, muy próximo a la unidad. Equivale esta producción a unos 8 salarios mínimos de 2020. Es la estabilidad que subraya este ejercicio estadístico lo que permite afirmar que estamos en una trampa Malthusiana. La productividad es persistentemente constante en el lapso analizado. De manera que la única manera de incrementar la producción, el ingreso y el consumo agregado es con más ocupación. Pero el comportamiento lineal casi perfecto de la relación no permite hablar de un incremento de la productividad. Por lo tanto, seguramente tampoco del ingreso ni del consumo per cápita. En esas condiciones, un aumento general del nivel de vida es más bien improbable. Atorados en esta trampa, la ocupación crece, pero el nivel de vida no. Resulta así una paradoja. El nivel de vida se estanca o incluso se deteriora, a pesar de que crece la ocupación. Puede concluirse entonces, que el desarrollo humano no descansa simplemente en el nivel de ocupación; es necesario incrementar la productividad.

México necesita salir de su trampa Malthusiana. Así que, además de la ocupación es necesario mejorar la productividad del trabajo. Con nuestros datos, eso tendría que traducirse en un aumento de lo que cada persona produce, de manera que supere la cota estimada de las 393 mil pesos anuales. La gráfica debería volverse más empinada, para denotar una productividad acrecentada.

La experiencia tendencial de la humanidad hasta el siglo XVIII demuestra que, para tener el efecto deseable, México requiere de una “revolución industrial” local, que le permita dar un “salto” tecnológico. La capacidad productiva de los mexicanos debe potenciarse con capital y técnicas. Algo que supone simultáneamente educación, formación y capacitación por un lado y por el otro, métodos productivos, equipo, tecnología, máquinas, etcétera. Algo que requiere el concurso de toda la sociedad; desde el individuo, hasta el gobierno, sin olvidar a las familias y a las empresas

Crear un puesto de trabajo exige un esfuerzo social importante. Las personas deben tener acceso a educación que los habilite, capacite y prepare para tener los conocimientos, capacidades, habilidades y actitudes que les permitan ser altamente productivos. En las empresas y organizaciones donde han de trabajar las personas, es necesario reunir los recursos y las condiciones que permitan el desempeño productivo máximo de los trabajadores. Hoy no sólo son equipos, máquinas, técnicas, entre otras condiciones, sino se requiere de espacios adecuados, dignos, limpios.

La pandemia, además, nos ha enseñado que los espacios laborales tienen que ser salubres y espaciosos, adecuados para minimizar las posibilidades de contagios. Una aproximación para observar empíricamente los recursos y esfuerzos que deben reunirse en un establecimiento productivo en un momento dado es la cuantificación de los activos fijos requeridos por persona empleada.

De acuerdo con el Censo Económico de 2019, en promedio en la economía mexicana, por cada persona ocupada hay una inversión hundida de $427,000.00 pesos. Esto es, la suma del valor monetario de todos los activos estacionados en la forma de terrenos, estructuras, máquinas, (activos fijos, en general) que son necesarios para la producción, pero no están disponibles para otros propósitos ni pueden convertirse rápida y fácilmente en dinero. Las unidades económicas más pequeñas, con hasta 10 personas reportaron activos fijos por $125,000.00 en promedio por cada persona empleada. En el otro extremo, las organizaciones con 251 empleados o más, el dato es 814,000.00 pesos, casi 7 veces más que sus homólogas más pequeñas. La diferencia refleja no solamente pocos o muchos recursos, sino también que las técnicas productivas y las tecnologías son necesariamente más simples en las empresas más pequeñas; de ahí el valor inferior. El contraste que existe entre los activos fijos de las empresas en sus diferentes escalas sugiere que aumentar la productividad del mexicano exige capitalizar a las empresas; más, mientras menor sea su escala.