Neoliberalismo: resistencia a morir

Por Tania Hernández Cervantes

En la experiencia reciente de América del sur, el paso de gobiernos de izquierda (p.ej. en Chile, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador) durante casi una década completa [i], no evitaron que, a la vuelta de gobiernos de derecha ―como está ocurriendo hoy en algunos de esos casos― el neoliberalismo recuperara todo su vigor; como si sus fundamentos hubieran permanecido muy poco alterados. ¿Qué hace al neoliberalismo tan resistente? Esta pregunta parece relevante para entender también el momento presente de México, donde se habla de su fin, pero que en los hechos se le ve mucha resistencia a morir. Reflexiono sobre esta pregunta acudiendo a la propia historia del neoliberalismo. Organizo la travesía hacia la respuesta partiendo de la idea de que, de acuerdo con su historia, el neoliberalismo es mucho más que un modelo económico; es también un programa político y filosófico con una idea de sociedad, eso sí: con un marcado énfasis en la economía. La congruencia entre su idea de sociedad y su modelo económico lo hizo sumamente fuerte. Por tanto, la alternativa, para que logre sustituirlo, tendría que ser pues congruente entre su visión política, su idea de sociedad y el modelo económico que representa.

Génesis ideológico

Las ideas neoliberales se confeccionaron en los años treinta, pero su implementación y auge ocurre hasta fines de los 70s en adelante. Nació en Austria, durante el periodo de entreguerras, como un proyecto intelectual que después se conocería como la Escuela Austriaca. Filosóficamente, se sentó sobre las bases del liberalismo y centrado en el individuo, pero se consolidó como programa intelectual, político y económico a partir de que se reunieran en París en 1938 sus ideólogos (Coloquio Lippmann). Ahí discutieron, entre muchas otras cosas, el nombre que darían a su corriente de pensamiento. María Eugenia Romero, en su libro Los orígenes del liberalismo en México[ii], nos cuenta las opciones que se barajearon en esa reunión para darle nombre, entre las cuales estuvieron “individualismo”, “liberalismo positivo”, “liberalismo de ala izquierdista”. Al final optaron por honrar su tradición liberal, pero añadiendo el prefijo neo para marcar que renovaban las ideas liberales, sobre todo en cuanto al papel del Estado en la economía. Todo el desarrollo teórico de esta corriente (entre los 30s-60s), ocurre mientras que en el mundo se experimentaba el auge del modelo de desarrollo nacionalista en los países en desarrollo, el keynesianismo era el mainstream o paradigma económico dominante y el mundo estaba dividido en los bloques socialista y capitalista.

Neoliberalismo como programa filosófico

En el núcleo de su sistema de ideas está el individuo, pero su supuesto es que los individuos son racionales y se guían de manera natural por el principio de máxima utilidad. A partir de tal suposición, los neoliberales edifican una idea de humanidad simplista y con supuestos poco comprobables. Es de notar que el plano desde el cual construyen su idea de individuo y humanidad es económico. Es decir, los individuos son racionales y maximizan su beneficio siguiendo las señales del mercado. Esas señales son los precios. El mercado es, desde luego, una idea abstracta, no un espacio físico predeterminado, pero donde convergen personas (productores y consumidores) y los bienes producidos; se reúnen ahí para el intercambio y satisfacción de las necesidades (vía oferta y demanda). El siguiente supuesto es que los precios se forman con base a las condiciones de elecciones libres de los individuos, la competencia y la propiedad privada. Cumpliéndose estas condiciones, el neoliberalismo espera que el resultado de los intercambios en el mercado consiga un equilibrio general de precios y, así, todos las personas felices y satisfechas. El modelo está cargado de suposiciones sin fundamento histórico.

Dentro de su estructura filosófica, el neoliberalismo alude a principios supuestamente universales. Por ejemplo, que, por naturaleza, el ser humano es egoísta. Y bien, puede ser cierto, pero el problema es que ignoran muchos otros aspectos que forman al individuo. Se desprecia el análisis del origen cultural, geográfico, momento histórico donde se ubica el individuo. Tal como comenta Fernando Escalante en su libro Historia Mínima del Neoliberalismo [iii], aquí se plantea un individuo sin sentimientos, ni moral, ni historia; es algo así como un individuo extraviado. Lo que más les importa a los neoliberales es resaltar que es egoísta, peor aún, que nace egoísta. Eso sí, no falta nunca la referencia al gran Adam Smith para justificar semejante principio universal, su mano invisible y el principio de competitividad para respaldar la idea del egoísmo natural. Seguramente Smith patalea en su tumba, pues él era un moralista, economista político y ahora es el responsable de que se haya fundado toda una corriente con base a unos cuantos renglones de su monumental obra escrita.

Como es de notar, el horizonte filosófico neoliberal es bastante simplista. Su sistema de ideas se monta en universalismos lógicos, que inevitablemente caen en absolutismos absurdos. Pero con un poco de esfuerzo, quítesele unas cuantas capas de piel a su cuerpo de ideas y se llega a una osamenta articulada con obsesiones, fantasías, creencias llenas de prejuicios, y supuestos que frente al rasero de la historia caen con facilidad.

Neoliberalismo como Programa Político

El sistema filosófico neoliberal otorga cierta supremacía a la economía para entender el comportamiento social. Pero eso no es lo grave, sino el tipo de sistema económico tan simple que se imagina: neutral, imperturbable, al que hay que mantener alejado del plano político. Su supuesto, de que el libre mercado garantiza los intercambios entre individuos en términos de equidad, da a la economía de mercado un cierto rango sagrado, puro, que habrá que cuidar y mantenerla sobre todo apartada de los embates irracionales de la política. De hecho, para la escuela austriaca un régimen democrático ilimitado es incompatible con las libertades económicas. Es decir, según sus ideas, la democracia podía actuar como enemigo de la libertad del individuo para ejercer su racionalidad. Esa manera de separar la política de la economía por riesgo de contaminación de la primera hacia la segunda es una idea que hoy, tras casi cuarenta años de exposición a ideas neoliberales, parece ya hasta natural; tanto, que no nos sorprenda ver a antineoliberales defender con ahínco instituciones económicas de confección neoliberal, como por ejemplo el banco central autónomo. En realidad, tal separación no se cumple en ningún sistema económico, pero mucho menos en el neoliberal que nos ha hecho testigos de un apasionado maridaje entre élites económicas y políticas. Ahí está el triunfo político del neoliberalismo, en haber construido el potente mito de que solo la economía de libre mercado es neutral, apolítica y que funciona.

No sería descabellado decir que el neoliberalismo instauró una era política economicista, donde la perspectiva económica cuantitativista y marginalista explica derechos políticos, participación política y demás. Lo notamos en el vocabulario político dominante: se habla de consumidores más que de ciudadanos, de capital humano, en lugar de conocimiento social, de recursos naturales, en lugar de naturaleza. Los ciudadanos votan para comprar más y mejor. No importan los partidos, importa cuanta utilidad monetaria van a reportar, una vez estando en el poder, a sus clientes. Se busca conseguir una población apolitizada.

De alguna manera, se fue consiguiendo que se aceptara la creencia de que lo que importan son los deseos y preferencias del individuo, al margen de su historia y cultura, así como también la falsa idea de neutralidad de la economía. En los hechos, el periodo histórico neoliberal bien podría definirse como el tiempo del homo economicus, cuyo carácter es apolítico y ahistórico. Los políticos que se adhirieron a esta corriente ideológica moldearon instituciones, políticas públicas sociales y económicas teniendo por delante esa idea de humanidad. Pero desde luego, necesitaron intelectuales que les ayudaran a propagar los nuevos mitos sobre la política y la sociedad. Así tomaba forma una cultura política neoliberal.

Otra dimensión política importante del neoliberalismo es su comprensión sobre el papel y funcionamiento del Estado. Diferente a sus predecesores liberales, no quieren sacar al Estado del juego, sino darle el papel de quien le facilita al sector privado los recursos para engordar sin límites. Así aparece en los ejes político-económicos de la agenda neoliberal que Louis Baudin, presente en la reunión de 1938, resume y que la autora de Los orígenes del neoliberalismo en México, María Eugenia Romero, recupera de la siguiente manera:

  1. El nuevo liberalismo admite que sólo el mecanismo de los precios, funcionando en mercados libres, permite obtener una utilización óptima de los medios de producción y conducir a la satisfacción máxima de los deseos humanos.

  2. Al Estado incumbe la responsabilidad de determinar el régimen jurídico que sirva de marco al libre desarrollo económico así concebido.

  3. Otros fines sociales pueden ser sustituidos para alcanzar los objetivos económicos enunciados antes.

  4. Una parte de la renta nacional puede ser, con esa finalidad, sustraída al consumo, con la condición de que esa transferencia se haga a plena luz y sea conscientemente consentida.

Con esta noción de relación economía y Estado, el neoliberalismo convierte al Estado, ese máximo cuerpo político de las naciones contemporáneas y máximo coordinador de la vida pública, en un simple agente de operaciones del sector empresarial. Algo así como su empleado.

Neoliberalismo como programa económico

Ahora paso al plano del programa económico, que será mucho más fácil de entender ―espero― con los antecedentes filosóficos e históricos. Primero, ¿cuál era el contexto en el que se implementa su programa? Fue en la década de los 70s, tiempo en que la condición un tanto desastrosa de la economía mundial brindó la oportunidad a los neoliberales para dar su diagnóstico. Había desempleo, inflación y corrupción. Esto aplicó tanto a Estados Unidos, como a México, Inglaterra y otros países. Se trataba de la decadencia de un orden mundial basado en el Estado del bienestar en los países primermundistas y un programa desarrollista para los del tercer mundo, donde el Estado tenía un papel esencial en el desarrollo económico. Ante la necesidad de alternativas económicas, los neoliberales se apresuraron a intervenir, además habían preparado el terreno en las décadas anteriores creando escuelas, universidades y un programa de propaganda intelectual poderoso. El arsenal estaba listo para el momento del ataque. En nuestro país, se habían preparado para ser el relevo del programa de la posrevolución, es decir, el programa Cardenista.

El diagnóstico fue más o menos así: El problema es el Estado desarrollista. Luego, la corrupción. La corrupción la veían hija del sector público porque dicho sector no se guía por los precios, mecanismo que para los neoliberales garantiza neutralidad y lleva al equilibrio económico y social. La respuesta entonces era un programa de austeridad pública; creación de mercados, por ejemplo, ceder los sectores estratégicos controlados por el Estado, como son el energético, bancario y otros, a manos privadas. Mientras tanto, el nuevo Estado neoliberal se encargaba de dar garantías legales y económicas a los privados. El corolario de todo esto es que llevaron con seriedad a la práctica la idea de sustituir el control público de las cuestiones públicas, por un control privado de los intereses públicos. Se crearon instituciones ad hoc a esa idea.

Ese diagnóstico se materializó en los ejes de la política económica, principalmente la fiscal y monetaria. Como sabemos, la política económica es un instrumento de Estado para conducir la economía y en su diseño se logra ver el cuerpo ideológico que tiene detrás. En las más de tres décadas de neoliberalismo se normalizó una política fiscal austera y la política monetaria pasó a ser controlada por un Banco Central autónomo. Como podemos ver, la arquitectura de la economía nunca es independiente de una visión política. Así se ve en el caso del neoliberalismo y muy concretamente en su política económica, que en realidad es espejo de su programa político y filosófico.

Al parecer, la armonía entre esas tres dimensiones ―económica, filosófica y política, le dio larga vida al neoliberalismo. No se habría sostenido por tanto tiempo teniendo, por el lado económico, un modelo desarrollista y por el lado político un Estado facilitador de los intereses del sector privado. Por incongruencia, habría fracasado. De la misma manera, a la alternativa al neoliberalismo no le será posible tener éxito con un régimen que desde lo político es antineoliberal, pero defiende y protege la permanencia de instituciones económicas neoliberales.

Bien analizado, el programa neoliberal es simplista en su fundamento científico y de resultados sociales atroces, pero hay consistencia entre sus objetivos económicos y políticos. Los neoliberales jamás prometieron reducir la pobreza. Tal como se señaló arriba, en su programa económico-político dejaron en claro su falta de compromiso con los fines sociales, pues para ellos esos fines pueden ser sustituidos para alcanzar los objetivos económicos. Prometieron supuestos de competencia perfecta, mercado libre y hasta sugirieron que la democracia podría ser enemiga de las libertades económicas. No hay contradicción entre sus objetivos económicos y políticos. Quizá lo que no lo deja morir es que las posiciones que se autodenominan antineoliberales, tienen todavía que lograr lo que el neoliberalismo si logró, correspondencia entre modelo económico y visión política.

No sólo antineoliberal, sino una idea de sociedad.

Desde luego, las alternativas al neoliberalismo han circulado desde hace muchos años. Tal como en los 70s, tenemos un panorama económico mundial sombrío, desempleo y desigualdad, que se ha agravado a la luz de la pandemia. En América Latina, y en México en particular, atraviesa una crisis económica de grandes proporciones. El PIB caerá alrededor ―un poco más, un poco menos― del 10% en casi todos los casos.

Sin embargo, el crecimiento económico no resuelve por sí solo los problemas sociales estructurales de desarrollo. No olvidemos que el tema del crecimiento ha sido una obsesión neoliberal, pero no resuelve el problema de la necesaria distribución del ingreso y la desigualdad en la región. Ciertamente con el crecimiento aumenta el tamaño del pastel y con ello las proporciones que le corresponden a los participantes de la economía. Los pobres podrían tener un poquito más y estar un poquito más contentos, pero en realidad no cambia la lógica de la distribución. Es como comer un poquito más de un pastel del mismo sabor.

Lo que sigue después del neoliberalismo tendrá que contrastar con la visión de sociedad individualista, apolítica y economicista actual. Su arquitectura económica deberá considerar los cada vez más evidentes límites al crecimiento económico desde una perspectiva ambiental y ecológica, y centrarse en la distribución. Considerar, por ejemplo, el enfoque de economía en estado estacionario o crecimiento cero, propuesta por Herman Daly [iv], y que se centra en la redistribución más que en la expansión económica. Desde luego, es bastante impopular sugerir un crecimiento estacionario porque se ha llegado a divinizar el crecimiento como el signo sine qua non de salud económica.

Una economía de crecimiento estacionario se opone a una sociedad individualista y apolítica por lo siguiente: Un sistema de crecimiento ilimitado está organizado en función de la acumulación y ganancias, no de necesidades sociales. Su contraparte es el consumo ilimitado; crea y promueve el individualismo vía el consumismo. Pero si partimos de la finitud de la base biofísica, no puede sostenerse la producción ni el consumo sin límites. Además, teniendo en el centro de atención la redistribución de la riqueza, el tema se vuelve obligadamente político, porque habrá que discutir principios de distribución con equidad y desmantelar el sistema de privilegios concentrado en unos cuantos.

Hasta aquí sólo un esbozo, aún no exhaustivo, de algunas ideas que podrían ser congruentes entre una forma de sociedad y un programa económico.

[i] Los gobiernos autodenominados de izquierda en la experiencia reciente de América del sur fueron los siguientes: Chile: Michelle Bachelet, 2006-2018; Brasil: Lula Da Silva (2003-2010) y Dilma Rousseff (2011-2016); Ecuador: Rafael Correa (2007-2017); Argentina: Cristina Fernández Kirchner (2007-2015), Bolivia: Evo Morales (2006-2019); Venezuela (2002-a la fecha). Es de destacar que, en dos de estos países, Brasil y Bolivia, el regreso de la derecha estuvo mediado por los llamados golpes de estado blandos (soft coup d´etat).

[ii] Romero, Ma. Eugenia (2016). Los orígenes del neoliberalismo, Ciudad de México: FCE.

[iii] Escalante, Fernando (2015). Historia mínima del neoliberalismo. Ciudad de México: El Colegio de México.

[iv] Daly, Herman (1991). Steady-State Economics. Washington: Island Press.


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