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Chiautla y Tlanichiautla, origen y construcción espiritual. Capítulo 22

Actualizado: 9 jul

Gildardo Cilia López


Chiautla de Tapia, Puebla, entre 1930 y 1940 (Fotografía tomada del H. Ayuntamiento de Chiautla de Tapia)
Chiautla de Tapia, Puebla, entre 1930 y 1940 (Fotografía tomada del H. Ayuntamiento de Chiautla de Tapia)

“La revuelta es la violencia del pueblo; la rebelión, la sublevación solitaria o minoritaria; ambas son espontáneas y ciegas. La revolución es reflexión y espontaneidad… para que la revuelta cese de ser alboroto y ascienda a la historia propiamente dicha debe transformarse en revolución [...] para los revolucionarios el mal no reside en los excesos del orden constituido sino en el orden mismo” (Octavio Paz).


Los campesinos y peones se levantan


Sin el blindaje de la justicia la triada orden, paz y progreso se hizo imperfecta. Atrás de los indicadores económicos, lo que se tenía era un cascarón sin sustancia. A lo largo de los treinta años del porfiriato, la polaridad y la desigualdad incubó el malestar que dio origen a un movimiento social sin precedentes en la historia de México: la revolución de 1910.


La crisis tuvo una raíz profundamente social: había una masa social que parecía ir en contrasentido a las manecillas del progreso. Se había modificado el entorno económico, pero no la realidad social, caracterizada por una gran pobreza y marginación.


La modernidad mantuvo a millones de trabajadores en el rezago precapitalista al mantenerlos acasillados. Se piensa erróneamente que esto sólo acontecía en las haciendas; ¡no!, este esquema de explotación también se reproducía en otras industrias pujantes, como la minería y la textil. Las tiendas de raya se extendían de norte a sur, por eso resultan emblemáticas las huelgas de los trabajadores mineros de Cananea y de los trabajadores textileros de Rio Blanco.


Acasillamiento significa mantener “en casa” a la fuerza de trabajo mediante un circuito perverso: todos los costos por salario retornaban a los bolsillos de los patrones al controlar el consumo de los peones mediante tiendas que por supuesto eran de su propiedad. Esto ajustaba los ingresos reales de los peones, lo que los obligaba a endeudarse en la misma tienda, hasta generar salarios de miseria o de sobrevivencia. Lo más ruin es que las deudas que se hacían impagables se heredaban a los hijos, transmitiendo el acasillamiento a la siguiente generación.


Estamos hablando, en consecuencia, de un esquema de explotación retrogrado, con características feudales como bien los hizo notar Luis Cabrera en 1912 en el recinto de la Cámara de Diputados:


“El Peonismo, o sea la esclavitud de hecho, o servidumbre feudal … debe desterrarse por medio de leyes que aseguren la libertad del jornalero en la prestación de sus servicios … las leyes agrarias deben tender a librar a los pueblos de la condición de prisioneros en que se encuentran, encerrados y ahogados dentro de las grandes haciendas”. (1)


Cuando se habla de la caña de azúcar se tiende a pensar más en la producción primaria; en realidad es la materia prima que da origen a una alta gama de productos: azúcar, alcoholes, aguardientes y licores y otros subproductos industriales, como la melaza, la cachaza y el bagazo. Las haciendas azucareras se hicieron prósperas por la gran demanda de sus productos; lo que intensificaba no sólo el control sobre el peonaje, sino su presencia en los diferentes niveles del mercado interno. Incluso, se exportaba azúcar (aproximadamente el diez por ciento de la producción nacional) y alcohol de caña en granel y aguardiente a Estados Unidos y a otros países. Era, pues, una industria próspera que mantenía en condiciones de servidumbre a sus trabajadores.


La expansión de la producción azucarera y sus derivados exigía que el cultivo de la caña de azúcar se extendiera hacía tierras fértiles con abundante agua. Esto originaba, de por sí, una presión para los pueblos que sufrían de un continuo despojo de sus tierras mediante procesos legales amañados o invasiones violentas. Lo más grave es que las haciendas azucareras también se dedicaban a la cría de ganado, o bien, sus dueños poseían otras haciendas para ese fin; eso también propiciaba que se expropiaran terrenos con continua disponibilidad de agua, en donde se levantaba infraestructura para potreros y otros servicios (cercas, corrales y bodegas).


El contexto descrito indica que la revolución zapatista tuvo una esencia agraria, al sustentar su principal demanda en el reparto de tierras; pero también fue un movimiento libertario al disociar a miles de peones del Centro y del Sur del país de la servidumbre burda a la que estaban sometidos. Al ejército de Zapata se le denomino “Ejército Libertador del Sur”, definición que en este sentido resultaba del todo pertinente.


Hacienda azucarera de Atlihuayán, 1914, propiedad de la familia Landa y Escandón, donde trabajó Zapata (Fuente: Archivo histórico de la UNAM)
Hacienda azucarera de Atlihuayán, 1914, propiedad de la familia Landa y Escandón, donde trabajó Zapata (Fuente: Archivo histórico de la UNAM)

Revolución, sin duda


Llama la atención que los pueblos de Morelos y del Sur de Puebla no se hubieran levantado en armas el 20 de noviembre de 1910, tal como lo proclamaba el "Plan de San Luis" promulgado por Francisco I. Madero.


Emiliano Zapata Salazar desde 1905 había sido un defensor de la devolución de tierras a los pueblos por los cauces legales. En 1909 se dio cuenta de que esas gestiones sólo llevaban a la represión de las comunidades y al encarcelamiento y destierro de sus lideres sociales; que sólo le quedaba a los pueblos hacerse justicia por su propia mano. En 1910 llevó a cabo el reparto de las tierras ocupadas en forma arbitraria por las haciendas a los pueblos de Anenecuilco, Villa de Ayala y Moyotepec. Esto es, desde antes de que se generalizara el conflicto armado en todo el país, el movimiento zapatista tenía como su principal causa el reparto agrario.


Un párrafo del artículo tercero del Plan de San Luis hizo concebir esperanzas; parecía que la reivindicación histórica de los pueblos, por fin, estaba cerca:


“3°… Abusando de la ley de terrenos baldíos, numerosos pequeños propietarios, en su mayoría indígenas, han sido despojados de sus terrenos, por acuerdo de la Secretaría de Fomento, o por fallos de los tribunales de la República. Siendo de toda justicia restituir a sus antiguos poseedores los terrenos de que se les despojó de un modo tan arbitrario, se declaran sujetas a revisión tales disposiciones y fallos y se les exigirá a los que los adquirieron de un modo tan inmoral, o a sus herederos, que los restituyan a sus primitivos propietarios, a quienes pagarán también una indemnización por los perjuicios sufridos…"


Asumir la restitución significaba cambiar radicalmente la situación agraria en toda la República. En el Estado de Morelos nueve hacendados acaparaban 182 mil hectáreas (2), lo que equivalía a más de una tercera parte del territorio de esa entidad; además los hacendados concentraban el 86 por ciento de las tierras irrigadas, en tanto que una sola familia, la García Pimentel, acumulaba en su poder 68 mil hectáreas. Esta concentración se prolongaba hacia el corredor agroindustrial del Estado de Puebla: 10 o 12 haciendas azucareras de los distritos de Chiautla de Tapia e Izúcar de Matamoros poseían 123 mil hectáreas, superficie que representaba alrededor del veinticinco por ciento de esos territorios distritales. Todas estas tierras estaban magníficamente irrigadas por los afluentes del Balsas y diversas escorrentías naturales.


¿Por qué se contuvieron los pueblos de Morelos e iniciaron su revolución hasta el 11 de marzo de 1911, casi seis meses después de la convocatoria de Madero? El coronel zapatista Joaquín Páez López ofrece la siguiente versión:


(Zapata, en febrero de 1911, le había expresado a Modesto Rangel, un capitán revolucionario) “que no era conveniente precipitarse para comenzar la lucha armada, pues primero debería saberse por qué íbamos a pelear; que pronto regresaría Torres Burgos del norte y que si este señor traía de parte de don Francisco I. Madero ofrecimientos que convinieran al pueblo campesino, entonces sí ya sería tiempo de hacer lo que se pudiera, pues no sería patriótico ni razonable derramar sangre nada más para quitar al general Díaz y poner en su lugar a Madero, sino que era necesario que éste último señor estuviera dispuesto a devolver sus tierras a los pueblos y que, al implantarse un gobierno, se comprometiera a resolver el programa del campo en toda la República … que era muy bueno el sufragio efectivo y la no reelección, pero que antes que pensar en la política había que pensar en las tortillas de todos los mexicanos…” (3).


Pablo Torres Burgos es un personaje digno de estudio, pese a que se habla poco de él. Los relatos zapatistas refieren que a mediados de diciembre de 1910 en una reunión en la serranía de Morelos en la que asistieron el propio Torres Burgos, Emiliano Zapata, Margarito Martínez, Catarino Perdomo y Gabriel Tepepa, entre otros, se acordó enviarlo a San Antonio, Texas, con el propósito de mostrarle adhesión a Madero, aceptar su mando conforme al Plan de San Luis y recibir las instrucciones correspondientes para dar inicio a la revolución en el Sur.


Al regresar de Estados Unidos entre febrero y marzo de 1911, Torres Burgos le comunicó al pequeño núcleo de rebeldes que había platicado con Madero y que lo había designado como jefe de la revolución del Sur. Los ahí asistentes aceptaron de buen grado la jefatura de Torres Burgos, quedando como segundo al mando Emiliano Zapata. Algunos cronistas zapatistas niegan que haya habido tal reunión y designación, lo que significaría que Torres Burgos faltó a la verdad. Veamos.


Pablo Torres Burgos era un profesor rural y comerciante, además de ser un habilidoso trompetista. Su destreza musical le permitió dirigir a la orquesta de viento de Villa de Ayala. También era un político con cierta estatura intelectual e interesado en la lucha política, siendo el fundador de Club Liberal Melchor Ocampo, establecido en esa Villa en 1909. Este club apoyó la candidatura de Patricio Leyva para la gubernatura del Estado de Morelos; además de eso Torres Burgos, en lo personal, apoyó firmemente la restitución forzosa de tierras impulsada por Zapata.


Emiliano fue miembro del club liberal y mantenía una relación cordial con Torres Burgos, de modo que reconocía en él el liderazgo que le hacía falta al movimiento. Podía haber diferencias de caracteres, pero Zapata lo consideraba como un hombre valioso y sobre todo, de gran probidad.


Sobre la integridad política de Torres Burgos no debe quedar duda. El 11 de marzo de 1911, a las 19 horas, subió al kiosco de la plaza principal de la Villa de Ayala, para leer en voz alta el Plan de San Luis a los asistentes de los pueblos de San Miguel Anenecuilco, Tenextepango, Coahuixtla, Moyotepec y de la propia Villa. Después les explicó a los alzados y a los congregados el contenido y los alcances del Plan que encabezaba Madero, de la que surgieron varias arengas.  De esta forma, se escuchó por primera vez el grito: ¡Abajo las haciendas! ¡Arriba los pueblos! ¡Qué vivan los pueblos! Así nació también el Ejército Libertador del Sur. (4)


Después del levantamiento de Villa de Ayala, la vorágine incontrolable de la violencia hizo desertar a Torres Burgos. Algunos historiadores zapatistas hacen juicios lapidarios sobre su persona, entre ellos Baltazar Dromundo:


“Torres Burgos abundaba en ideas democráticas y era enemigo de toda violencia. Sus compañeros comenzaban a darse cuenta de que lo indispensable en el jefe no era ese inútil barniz cultural que tenía, sino que para hacer la Revolución eran de desearse otros valores: carácter, decisión, honradez, conciencia de clase, que Torres Burgos sólo en parte representaba”. (5)


Más que miedo, en Torres Burgos actuaba la conciencia y una moral a favor de la integridad de los pueblos. Reprobaba la actitud de algunos pronunciados como Gabriel Tepepa, un viejo combatiente del periodo de la Reforma que actuaba con saña, llevando a cabo saqueos y todo tipo de desmanes, incurriendo en actitudes criminales. Todo ello desvirtuaba los principios de justicia social que sustentaban el movimiento e iba a generar su desprestigio:


“Se recuerda que la moral de la que habló el General (Torres Burgos) decía lo siguiente, no al saqueo, no al robo, no a las violaciones, respeto a lo que no es nuestro para alcanzar más tarde el apoyo, no a la violación del hombre por el hombre; todos contra los porfiristas, pero jamás contra nuestra propia raza; abajo las haciendas pero jamás contra sus trabajadores ya que muchos de ellos son nuestros. (6)


El mando de Torres Burgos sólo duró dos semanas, cuando reprobó el saqueo e incendio de casas en los pueblos del Tlaquiltenango y Jojutla, plazas que habían sido tomadas entre el 23 y 24 de marzo sin un solo tiro. Este vandalismo - les reiteró a Zapata y a Tepepa - iba a acarrear la desaprobación de nuestra propia gente al movimiento; contestándole Zapata que no se podía hacer la revolución con “blancas palomas” (7). La discusión subió de tono, a tal punto que Torres Burgos renunció al movimiento, alegando que no quería ser responsable de abusos y crímenes a nombre de la revolución. El general Amador Acevedo narra este suceso de la siguiente forma:


“Ya cuando estábamos todos reunidos, nos llama el profesor Torres Burgos y dirigiéndose a Tepepa, nos dijo: <miren señores, en vista de que hoy somos unos cuantos y andamos mal todavía con el gobierno, ya no se respetan mis órdenes, pues el día de mañana que seamos un núcleo fuerte menos me respetarán, con ese motivo los dejo en libertad para que ustedes elijan al jefe que quieran, yo me separo de ustedes>. Todos estábamos a caballo. Después de decirnos estas palabras y de despedirse, dio media vuelta y se alejó en su caballo. Los únicos que lo siguieron fueron sus dos hijos; todos los demás nos quedamos asombrados”. (8)


Pablo Torres Burgos junto con sus hijos David y Alfonso y su asistente Jesús Barrera Cabezón partieron hacia Villa de Ayala, pernoctando en Rancho Viejo, ahí fueron sorprendidos y asesinados por fuerzas federales vilmente, sin juicio alguno. En cierta forma Zapata tenía razón, la revolución no se podía hacer con “blancas palomas”, menos en ese periodo en donde estratégicamente se tenían que tomar los pueblos para hacerse de efectivos, armas y municiones; sólo así podía hacer crecer la revolución armada. Tiempo después Zapata se dio cuenta de que la advertencia de Torres Burgos resultaba razonable y tomó conciencia de ello: “Si se cometen atropellos contra los pueblos, ¿de qué vamos a vivir?”. Las comunidades eran las verdaderos protectoras del Ejército Libertador del Sur, contaban con sus ojos y oídos para prevenirlos y con su silencio y discreción ante el acoso de un enemigo que se tornó cruel y despiadado.


Pablo Torres Burgos (Fototeca Nacional del INAH)
Pablo Torres Burgos (Fototeca Nacional del INAH)

El jefe Zapata y la toma de Chiautla


Un día después de la muerte de Torres Burgos, en una reunión que tuvo lugar en Jolalpan, Puebla, Zapata fue nombrado como jefe supremo del Ejército Libertador del Sur. Por común acuerdo también se le otorgaron el grado de coroneles a los catorce principales jefes del grupo, nueve eran del Estado de Morelos, cuatro del Estado de Puebla y uno del Estado de Guerrero. Entre los poblanos se encontraba Amador Acevedo, nacido en Huachinantla; quien ofreció interesante información en una entrevista realizada por Píndaro Urióstegui.


Surgen varias dudas que se tienen que descifrar sobre la toma de Chiautla. Acevedo aclara que en los primeros días de abril sitiaron Jonacatepec, pero que esa población estaba adecuadamente guarnecida, ya que había recibido refuerzos del ejército federal. Por tal motivo:


“Emiliano ordenó que mejor nos retiráramos, porque era inútil atacar ahí y nos retiramos a Tepalcingo, en donde acordó atacar a Chiautla donde tenía interés porque su jefe político intimidaba a toda la región, es más, yo fui el que insistí en que atacáramos a Chiautla” (9)


Antes de discernir sobre algunos aspectos de la toma de Chiautla, quiero reproducir la bella descripción que realiza el historiador Francisco López Bárcenas sobre la heroica y ancestral Villa de Chiautla de Tapia:


“Chiautla se localizaba al oeste de Acatlán. Gracias a la fertilidad de sus tierras y al río que circundaba la ciudad, en ella florecían hermosas huertas, propiedad de la gente acomodada del centro, las cuales producían exquisitas frutas. La calle principal, por donde se entraba al pueblo, era sumamente larga y desembocaba en el zócalo, en cuyo centro podía admirarse un kiosco y, a su alrededor, una banqueta de cemento, sobre la que había unas añejas bancas de fierro donde los paseantes podían descansar si ese era su deseo. La iglesia, con su frente de piedra labrada por manos indígenas, se ubicaba a un costado del palacio municipal, y cerca de éste, el mercado. En ese lugar, los domingos se organizaba un tianguis en el que la gente de las rancherías ofrecía en venta y trueque sus mercancías: naranjas traídas de Jolalpa y sandías de San Juan del Río (San Juan de los Ríos). El comercio de estas frutas era muy activo porque su abundancia las hacía sumamente baratas, lo que aprovechaban los habitantes de pueblos vecinos que las compraban para revender. Después del tianguis, por la tarde, en el kiosco tocaba una banda municipal, mientras las familias paseaban tranquilamente”. (10)


De esta descripción abundaría en lo siguiente: rodeadas por escurrimientos de agua que corren entre barrancas y riachuelos, en las pequeñas localidades de Tlaica y Chahuapa, en forma asombrosa se extienden terrenos fértiles. Ahí se pueden apreciar huertas con mangos y ciruelas criollos de gran dulzura, que después de varias centurias de adaptación se han vuelto propios de la región. No debo dejar pasar por alto que en febrero y marzo, cuando las ciruelas están verdes y recién brotando del árbol frutal, se prepara una salsa de ciruela agria, que es el complemento perfecto de los platillos tradicionales de la región. En las huertas también se cultivan hortalizas, entre ellas, la jícama de invierno, infaltable en los “aguinaldos” que se dan en las posadas ceremoniosas y festivas de Chiautla, que inician en diciembre y que se prolongan hasta el 2 de febrero, ya que hay “acostaditas” y “levantaditas” del 25 de diciembre hasta el día de la Candelaria. ¿Acaso al niño Dios no se le levantó del pesebre? Cerremos la descripción.


Huerta de Tlaica, Chiautla de Tapia, Pue., 2026  (Archivo fotográfico de GCL)
Huerta de Tlaica, Chiautla de Tapia, Pue., 2026 (Archivo fotográfico de GCL)

El primero dato para dilucidar es el número de efectivos con los que los zapatistas tomaron Chiautla. Algunas fuentes señalan que fueron entre ochocientas y novecientas personas; otras como la del coronel Octavio Magaña Cerda que publicó sus memorias en el periódico Universal a mitad del siglo pasado indican que fueron dos mil. Me parece importante esclarecer el contexto, tal como lo hace López Bárcenas:


“La rebelión crecía como hongos en tiempos de lluvia. Para principios de abril de ese año, Ángel Andonegui, el prefecto de Chiautla, envió un informe al general Porfirio Díaz hasta la ciudad de México en el que le comunicaba sobre la rebelión de Huehuetlán el Chico ... Es probable que cuando envió su informe no supiera que tropas rebeldes comandadas por el general Emiliano Zapata se dirigían por ese rumbo y que pronto llegarían hasta el lugar en donde él todavía oficiaba de autoridad local…


El 7 de abril, alrededor de doscientos cincuenta zapatistas comandados por Juan Sánchez sitiaron Chiautla por segunda ocasión en menos de una semana. Se trataba de una plaza importante que les interesaba dominar porque si lo lograban podrían establecer comunicación con los rebeldes de la montaña de Guerrero. El gobierno lo sabía, por eso ordenó al centenar de soldados de la federación que defendían la plaza que pusieran todo su esfuerzo en rechazar el ataque de los rebeldes. Así lo hicieron, y durante tres días rechazaron los asaltos de los zapatistas. En el tercer día de lucha, el general Emiliano Zapata se dio cuenta de que su ejército estaba sufriendo numerosas pérdidas y decidió apretar la presión sobre los federales que defendían la plaza. Para lograrlo envió mensajes a los pueblos pidiendo gente armada que se incorporara a la lucha”. (11)


Esto último parece contrastar con el contenido de las estrofas del cantor zapatista chiauteco, Félix Gil, que a continuación reproduzco:


"Año de mil novecientos

once, ya por el mes de abril,

entró Zapata a Chiautla

sin tirar un solo fúsil.

 

No hubo tiros ni cañones,

no sonó la metralla,

porque el jefe de la plaza

le entregó luego la plaza.

 

Se llamaba don Gonzalo

García el jefe militar,

al ver la gente de Zapata

mejor prefirió marchar".


Se narra que Juan Sánchez acompañó a Torres Burgos a El Paso o San Antonio, Texas, en su entrevista con Madero. Después de la muerte del maestro rural, permaneció leal a Zapata. Su mérito, más que como combatiente, fue que se constituyó como una figura clave para la sobrevivencia del movimiento zapatista, siendo un mensajero del jefe de la revolución suriana y llevando alimentos por los intricados senderos de las sierras de Puebla, Morelos y Guerrero, cuando el Ejército Libertador del Sur se dispersaba y Zapata se quedaba solo o con un puñado de hombres. La versión de López Bárcenas lleva a una interrogante: ¿por qué no dirigió Zapata la toma de la plaza de Chiautla? Otro punto queda en el limbo:  estos doscientos cincuenta efectivos estaban antes de la llegada de Zapata, o era el número total de combatientes del ejército del Sur.


El historiador estadounidense David G. LaFrance ofrece una versión que concatena elementos dispersos. Señala que a partir del 5 de abril de 1911 “noventaicinco soldados federales mantuvieron a raya a una fuerza rebelde de doscientos cincuenta hombres, comandada, por Juan Sánchez, cuando atacaba Chiautla”; luego añade “que el pueblo cayó sin ofrecer resistencia, cuando las fuerzas atacantes sumaron entre dos mil y tres mil rebeldes”. (12)


Esta cita le da sentido a lo que refiere López Bárcenas, de que en virtud de la resistencia del ejército federal, Zapata solicitó el apoyo de Ambrosio Figueroa Mata que se había levantado en armas en Huitzuco, Guerrero, el 12 de febrero de 1911. Con diferentes excusas este no acudió con sus tropas levantadas; no está por demás decir que a partir de ese momento Emiliano concibió que tanto Ambrosio como su hermano Francisco eran hombres taimados, propensos a la traición; su desconfianza hacia ellos se tornó infinita. Los que si acudieron - señala López Bárcenas - fueron las gentes de los pueblos de los alrededores, es decir, de Tlancualpican, Huehuetlán el Chico, San Juan de los Ríos, Tulcingo de Valle, Chila de la Sal y San Juan Pilcaya; todas comunidades que formaban parte del Distrito de Chiautla de Tapia.


Con los refuerzos que acudieron al llamado de Zapata, el ejército del Sur se amplió en alrededor de dos mil combatientes; de modo que en Chiautla de Tapia la insurgencia se hizo respetable al adquirir un carácter popular. Con ese contingente ya no hubo forma de que los federales pudieran defender su posición. El Jefe Político Ángel J. Andónegui tuvo que ceder y el 11 de abril los zapatistas se hicieron de la plaza.


Esta narración concuerda con lo que le dijo Amador Acevedo a Urióstegui: “Nos quedamos unos días en Chiautla, de ahí salimos rumbo a Chietla, y seguimos a Matamoros en donde el gobierno, al saber que estábamos cerca trayendo más de mil ochocientos hombres, se fue replegando, dejándonos la ciudad. ... Así llegamos a Matamoros, rumbo a Puebla, claro que ya llevábamos mejores armas y mucho parque, pues le habíamos recogido muchas a Andónegui, el jefe político que fusilamos”. (13) 


La rebelión previa del pueblo de Huehuetlan el Chico y la adhesión de casi dos mil personas de los pueblos chiautecos selló el destino del Jefe Político Ángel J. Andónegui. El olinateco Juan Andreu Almazán, integrado al contingente zapatista, dialogó con él buscando llegar a un acuerdo. Andónegui pidió tiempo para pensar sobre las condiciones que le querían imponer; en realidad lo que quería era tiempo para preparar la retirada de las tropas federales que quedaban y huir.  El jefe político – según López Bárcenas – “intentó escapar por el rumbo de Cruz Verde, un lugar que se encontraba bien resguardado por el coronel Sabino P. Burgos, que se batió contra ellos; los apresó y los condujo ante los jefes de la rebelión”. (14) Justo después de su aprehensión la gente del pueblo de Huehuetlán el Chico se presentó en masa para acusar al jefe político de varios crímenes; entre ellos, la de tres jóvenes que se habían rebelado y a quienes se les había aplicado la “ley fuga”.


Este episodio histórico se recuerda todavía en Chiautla. Del Jefe Político Ángel J. Andónegui se dice efectivamente que era un hombre severo y exigente con la gente de la población. En la plaza cívica - como algo peculiar y típico - sobreviven las sillas entrelazadas con tiras de fierro, que durante su gestión se mandaron a instalar. Son sillas poco cómodas, que se calientan con el clima ardiente de la Baja Mixteca. Así se hicieron - según la narración del insigne profesor Arnulfo Domínguez Vergara - porque Andónegui no quería ver “huevones sentados en la plaza a plena luz del Sol”. 


También se habla de una muerte terriblemente cruel. Los zapatistas (tal vez los recién incorporados del pueblo de Huehuetlán el Chico) le navajearon los pies; en esas condiciones lo querían hacer caminar hasta Huehuetlán el Chico. Al llegar al paraje de Cruz Verde, a unos tres o cuatro kilómetros de Chiautla, les pidió misericordia a sus captores, suplicándoles que lo matarán de una buena vez. Y ahí lo fusilaron.


No me parece menor, el hecho de que Zapata haya liberado de la prisión de Chiautla a Jesús “El Tuerto” Morales, tal como lo refieren diferentes fuentes y el cantor de corridos chiauteco Félix Gil:


"Liberaron a los presos

que en la cárcel se encontraban,

entre ellos “El Tuerto” Morales

que con Zapata marchaba".


“El Tuerto” había firmado el 24 de marzo el acta constitutiva en el que se había nombrado a Zapata como jefe supremo y a él se le había designado como coronel del Ejército del Sur; de modo que entre esa fecha y el 5 de abril fue apresado en Chiautla. ¿Qué hacía en Chiautla? ¿Lo había enviado Zapata para incitar la rebelión en la Baja Mixteca poblana? Las interrogantes permanecerán irresolubles, no existe información o referencia alguna que permitan contestarlas.


Lo que resulta indudable es que este rebelde de Petlalcingo, Puebla, era uno de los hombres con malos antecedentes de los que Torres Burgos hablaba. “El Tuerto” Morales, según se dice, era un pendenciero que debía muchas vidas en varios pueblos de la Mixteca poblana; al liberarlo Emiliano lo convirtió casi en forma natural en el jefe zapatista de la región. Sin conciencia y sin escrúpulos a partir de ese momento cometió tropelías en los pueblos; hasta que Zapata lo llamó a cuentas en 1914 por volteársele a favor de Victoriano Huerta.  


Sobre la actitud alevosa del “Tuerto”, hay una referencia de Juan Andreu Almazan cuando se dirigió hacia los pueblos de Huamuxtitlán y Tlapa, con el propósito de erigirse como jefe de la revolución del Estado de Guerrero:


“Contando ya con seiscientos hombres… nos movimos hacia Acaxtlahuacán y de allí penetramos a Guerrero por Xochihuehuetlán, para seguir a Huamuxtitlán. El tuerto Morales se nos había incorporado y tenía mando sobre bastantes elementos a los que les aconsejaba, como la cosa más natural del mundo, saquear la tienda de los españoles de esta última población…


Cuando llegamos Zapata y yo con el resto de la fuerza, el orden se mantuvo inalterable, pero Morales y otros empezaron a murmurar que yo era defensor de los gachupines porque me tenían comprado. Con la rabia consiguiente manifesté a Zapata la necesidad de reprimir las ansías y los enredos de algunos bandoleros que se habían incorporado y que a él, más que a nadie comprometían y desprestigiaban” (15)


El daño reputacional se hacía irreversible con estos bandoleros arropados en la bandera zapatista. Como en Chiautla, en abril de 1911, en Guerrero también se dijo que Zapata y Almazán habían aparecido en Huamuxtitlán cometiendo atroces depredaciones. No dudo que la gente de los pueblos de Chiautla, sobre todo de Huehuetlán el Chico, hayan sacrificado a Andónegui, eso por la forma en que concebían la justicia comunitaria; pero creo que ellos no fueron los que saquearon las tiendas del centro de la Villa de Chiautla, que ahí más bien obraron los alzados que pertenecían a los contingentes de Tepepa y Morales.


Jesús "El Tuerto" Morales y el gobernador de Morelos, Juvencio Robles, rindiéndose al gobierno huertista, abril de 1913 (Fuente INAH)
Jesús "El Tuerto" Morales y el gobernador de Morelos, Juvencio Robles, rindiéndose al gobierno huertista, abril de 1913 (Fuente INAH)

La prensa en México: revolución o revuelta


Una de las principales causas que desencadenaron la revolución política de 1910, fue sin duda la precaria condición en que vivían los trabajadores del campo. Esa verdad irrebatible, no hizo eco en el análisis de la prensa escrita asociada y comprometida con el régimen, que identificada política e ideológicamente con éste, sólo concibió a la insurrección zapatista, como una revuelta más: eran en esencia unos revoltosos, que actuaban en contra de los principios vertebrales que le daban vigencia y continuidad al desarrollo del país; es decir, eran simplemente unos enemigos sociales del orden, de la paz y del progreso.


El periódico “El Imparcial” le dio a la subversión una connotación delictiva, de bandidos peligrosos, que no tenían otro fin que saquear las haciendas y atacar la seguridad de los pueblos y las familias; que los zapatistas no eran más que facinerosos que cometían todo tipo de tropelías, tal como había acontecido durante gran parte del siglo XIX. Con guion en mano, no hubo siquiera la intención de conocer las causas que explicaban los brotes de un estallido que había iniciado en el Estado de Morelos y que se extendía rápidamente hacia la Baja Mixteca y a la región de la Montaña del Estado de Guerrero. Se escribía superficialmente sin conocer las luchas históricas de los pueblos de estas regiones.


Zapata tomó Chiautla el 11 de abril de 1911 y el día 14 “El Imparcial”, convirtió este suceso en una de sus noticias principales:


“De fuente oficial ha quedado definitivamente confirmado la toma de Chiautla por seiscientos sediciosos salvajes que asaltaron y tomaron (…) la plaza de Chiautla, fusilado detrás del templo parroquial el jefe político señor Andónegui. El señor Jefe Político Andónegui paseado por hordas primitivas a través de las calles de la población y a las tres de la tarde fue pasado por la armas, quedando tirado su cuerpo (…) Combatió con rara heroicidad alentando a los suyos durante la refriega, hasta el último cartucho (…) Los rebeldes entraron en masa y los establecimientos comerciales los saquearon completamente y quemaron los documentos de la tesorería. Se asegura que la resistencia de los moradores fue heroica”. (16)


“El Imparcial” había iniciado una guerra mediática, convirtiendo a Zapata en el “Atila del Sur”, mote que plasmó en su primera página el 20 de junio de 1911. La prensa porfirista o aquella que procedía de un liberalismo arranciado no dejaba de estigmatizarlo, calificándolo como un bandolero cobarde. “El Mundo Ilustrado” le daba a Zapata el grado de jefe de gavilla y a sus tropas las calificaba como simples hordas. Sólo el semanario "Regeneración" salió en la defensa del movimiento libertador del Sur, anarquistas y magonistas pronto se acercaron o se adhirieron a Zapata. Cito algunos nombres: Antonio Díaz Soto y Gama, Magdaleno Contreras, Antonio de Pío Araujo, Jenaro Amezcua, Maurilio Mejía, Luis Méndez, Antonio Barrios, Manuel Rangel y Octavio Paz Solorzano. Para Ricardo Flores Magón, Zapata representaba la verdadera oposición contra Madero y Huerta, aunque desde su enfoque anarquista no era lo suficientemente revolucionario.


El semanario "Regeneración", en su número 36, del 6 de mayo de 1911, haciendo una recopilación de los acontecimientos rebeldes en todo el país, publicó lo siguiente:


Los insurrectos que tomaron Chiautla y Matamoros, destacaron una gruesa columna contra Acatlán, que tomaron sin resistencia. Estos insurrectos eran menos de cien hace pocas semanas y actualmente llega su número a más de trescientos, y ya han tomado infinidad de ranchos y poblaciones pequeñas… "


El mismo semanario, en su número 37, del 18 de mayo de 1911, con mayor acopio de información, hizo la siguiente reseña:


“Los 1700 insurgentes que tomaron Chiautla, le perdonaron la vida a todos los esbirros de la población excepto a uno: Andónegui. Ese individuo fue fusilado por haber mandado asesinar anteriormente a gente pacífica que no cometió más delito que simpatizar con la revolución. Dueños de la situación, los mismos rebeldes continúan ocupando Chietla sin que los federales se atrevan a ir a correr el riesgo de que les pase lo que a Andónegui”.


Portada de "El Imparcial", 20 de junio de 1911
Portada de "El Imparcial", 20 de junio de 1911

Andónegui, juicio y sentencia


Más allá de los planteamientos de la prensa, conviene reproducir lo que se narra en el texto “La revolución mexicana a través de sus documentos”:


“El jefe Andoney (Andónegui)… por cerca de veinte años había sido el amo de la región. Todos los negocios administrativos y políticos de Chiautla estaban en sus manos. No existía asunto mercantil en el que no estuviera interesado; y sobre este jefe político recaían muchos odios.


A mediados de marzo…hizo aprehender a tres personas de Chiautla y a otras tantas de Huehuetlán…(que) fueron conducidos a Puebla, sin que de ellos se hubiera vuelto a tener noticias.


Eso no hizo más que exacerbar los ánimos; y así al tenerse informes de que los maderistas avanzaban hacía Chiautla, jóvenes y no jóvenes abandonaron a la población para unirse a las fuerzas de Zapata.


Andoney procedió a organizar la defensa. Con los policías, los rurales, los empleados público y algunos parientes y amigos … junto ochenta y cinco hombres, al mismo tiempo que advertía a la autoridad militar de Puebla sobre el peligro en que se encontraba, con mucha agilidad levantó parapetos en las calles, estableciendo su cuartel general (en el) templo de Chiautla.


Andoney se mostró valiente… y después de dos horas de combate, ante la superioridad numérica de sus enemigos se replegó a su cuartel en el templo.


Antes (Andónegui) había capturado a tres muchachos de Chiautla que seguramente estaban comprometidos con los atacantes; y conduciéndolos al atrio de la iglesia, los fusiló.


Defendiéndose Andoney con gran vigor; pero al cabo de cuatro horas de pelea, viéndose rodeado por tantas partes, y no sin haber perdido mucha gente, optó por rendirse.


Quedó preso…tanto eran los odios, que lo mismo las fuerzas triunfadoras que el vecindario, pedían a gritos que se le pasarán por las armas.


Quiso, sin embargo, el coronel Zapata, obrar con prudencia, ajustándose a lo que establecía el Plan de San Luis, y ordenó que Andoney fuese llevado a un consejo de Guerra acusado de haberse puesto fuera de la ley.


Le preguntaron que había hecho con los ciudadanos que había mandado a Puebla, a la cual…contestó que estaban presos en la penitenciaria del Estado; pero en ese momento aparecieron varias mujeres enseñando la ropa de unos de los remitidos a Puebla y que habían encontrado en el camino, asegurando que los cadáveres de los maderistas habían sido devorados por los animales.


En el consejo de guerra, Andoney dijo que nunca había obrado por su cuenta, que sólo era un servidor del “supremo gobierno”; que su única misión había consistido en cuidar el orden público y que no se hacía responsable de las órdenes dadas por el gobierno del Estado.


“Dispongan de mí que ya he gozado mucho del gobierno”.…Así fue como firmó su sentencia de muerte.


A consecuencia del acuerdo del consejo de guerra, fue levantada un acta de sentencia de muerte, de fecha 11 de abril de 1911; siendo la única que se conoce firmada por Zapata, que en su parte sustantiva señala:


“En virtud de los hechos efectuados por el reo…y que conforme al Plan de San Luis, del 5 de octubre de 1910, ponen fuera de la ley a los que lo consuma, como son, asesinatos de más de veinte ciudadanos honrados y pacíficos en diferentes fechas y lugares del Distrito, se le condena a muerte… (Rubrican al final del acta: Coronel Emiliano Zapata, Juan Andreu Almazán y Margarito Martínez)”. (17)


Tres conclusiones


1.   En efecto, al principio era difícil saber si el movimiento zapatista iba más allá de lo que parecía ataques de bandoleros. El mismo Andreu Almazán, arrepentido de su aventura “huertista”, le solicitó a Zapata, en septiembre de 1914, su perdón y que le brindara protección contra Francisco Villa, a quien había combatido en el Norte de país, señalándole:


“Cuando decían que usted era bandolero, entonces, yo fui el único que lo defendió en todas partes y siendo como era, el consentido de la familia Madero, preferí perder todas las comodidades que mi situación me proporcionaba, por defender a usted, porque siempre he experimentado un impulso irresistible por defender al débil y porque lo quería a usted como a un hermano”. (18)

 

A Andreu Almazán hay que creerle poco o nada, su historia parece más la de un oportunista, que mudaba de un bando a otro cuando más le convenía. En su etapa huertista, el 31 de marzo de 1913, firmó una proclama contra Zapata de la que se distinguen tres párrafos:


“No vacilen. El zapatismo es la bandera de los bandidos, la bandera de los que matan, de los que roban, de los que saquean. Es la bandera negra que necesita exterminio completo y que no debe flamear ya en ninguna parte porque es una vergüenza y una amenaza para nuestra patria.


El levantamiento zapatista no persigue ideales: lo han probado todos sus repugnantes hechos, todas sus indignas acciones.


Los invitamos, surianos, a formar un cuerpo de voluntarios para combatir al zapatismo…” (19)


¿Por qué le perdonó Zapata la vida a Andreu Almazán cuando lo tuvo en sus manos en la Ciudad de México, además de protegerlo de Villa? Nunca lo sabremos.


2.   Como se ha expresado a lo largo de este texto, la revolución del Sur se "prendió" en Chiautla de Tapia, adquiriendo el Ejército Libertador del Sur una dimensión respetable; pero hay más, durante 1911 y 1912 la Baja Mixteca chiauteca se convirtió en el centro de gravedad de la revolución del Sur.

 

3.   En términos de fechas, se tendría que aclarar que aun cuando la toma de Chiautla dio inicio el 5 de abril, esta se consumó el 11 de abril de 1911, tal como lo constata el acta en el que se sentenció al Jefe Político Ángel J. Andónegui. Esto mueve también la toma pacífica de Izúcar de Matamoros del 7 al 17 de abril, tal como lo señala Gildardo Magaña, siendo de un solo día. El 18 de abril las fuerzas federales a cargo del coronel Aureliano Blanquet retomaron la plaza, sin que los zapatistas las hubieran enfrentado.

 

Como un dato curioso habría que señalar que los días 12, 13 y 14 de abril de 1911 correspondieron a los días venerados de semana santa; donde la comunidad hace un conjunto de procesiones con cánticos conmovedores. Esto hace convincente lo que afirma Amador Acevedo, que durante algunos días se dedicaron a descansar en Chiautla. Seguramente la gente del pueblo (incluyendo a los nuevos zapatistas) se dedicó a cumplir con sus tradiciones devotas que datan de los siglos de la Colonia.

 

La fecha de rendición de la plaza, conforme al acta de sentencia de Andónegui, hace improbable que la toma de la plaza hubiese sido el 15 de abril, tal como lo señala Pablo Moctezuma Barragán, aunque por la proximidad de fechas e interponiéndose los días santos, si resulta probable que desde la toma de Chiautla, “antes de atacar al enemigo, Zapata le dijera a sus soldados: ¡Vamos a darles su gloria!”. (20)


Todo estaba por cambiar, la percepción sobre Zapata adquirió una nueva dimensión histórica con el Plan de Ayala, promulgado el 28 de noviembre de 1911 y publicado el 15 de diciembre de ese mismo año en “El Diario del Hogar”. Ahí se puso en claro que la causa que se abanderaba era sustantiva y revolucionaria: la de la justicia de los pueblos; es decir, la de la justicia agraria.


Juan Andreu Almazán al servicio de Victoriano Huerta (De izquierda a derecha, Jacobo Harrotian, Victoriano Huerta y Juan Andreu Almazán. Fuente fototeca INAH)
Juan Andreu Almazán al servicio de Victoriano Huerta (De izquierda a derecha, Jacobo Harrotian, Victoriano Huerta y Juan Andreu Almazán. Fuente fototeca INAH)

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(1)         Luis Cabrera. “Discurso y proyecto de ley, 3 de diciembre de 1912” en Silva Herzog, Jesús, La cuestión de la tierra, tomo II, Instituto Mexicano de Investigaciones Económicas, México, 1961, p. 281

(2)         Carlos Tello. “La tenencia de la tierra en México”. UNAM, 1968, p. 13. Los otros datos se obtuvieron de varias fuentes.

(3)         Cita tomada de Antonio Díaz Soto y Gama. “La revolución agraria del sur y Emiliano Zapata su caudillo, Colección clásicos del zapatismo”, INHERM, 2019, p. 120.

(4)         Referencia tomada de Berenice Aracelí Granados Vásquez. “La configuración del héroe en el imaginario popular: Emiliano Zapata en la tradición oral morelense”. Tesis UNAM. Facultad de Filosofía y Letras, p. 85

(5)         Baltazar Dromundo. “Emiliano Zapata, Biografía”. Colección clásicos del zapatismo, INHERM, 2019, p. 65.

(6)         Testimonio oral de los descendientes de los revolucionarios de Villa de Ayala, reproducidos por diferentes instituciones del Gobierno del Estado de Morelos.

(7)         Alfonso Taracena. “La Verdadera Revolución Mexicana”. Ed. Porrúa. México 1991. pp. 317 y 318.

(8)         Píndaro Urióstegui Miranda. “Testimonio del proceso revolucionario de México”. Talleres de Agrin, México, 1970, p. 30.

(9)         Ibidem, p. 31.

(10)      Francisco López Bárcenas. “Los orígenes del zapatismo de la mixteca, Magonismo y maderismo entre los pueblos (1900-1911). El Colegio de San Luis. Colección Investigación, 2023, pp. 41 y 42.

(11)      Ibidem, p. 130.

(12)      Citas tomadas de Miguel Alejandro Pérez Alvarado. “Formación y desarrollo del zapatismo en Puebla (1910-1914)”. Tesis UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, Colegio de Historia, p. 66.

(13)      Píndaro Urióstegui. Op. Cit., p. 31.

(14)      Francisco López Bárcenas. Op. Cit. p. 133.

(15)      Guillermo Samperio. “Almazán, el único general revolucionario”. Editorial Lectorum, 2022, pp. 65 y 66.

(16)      Miguel Eduardo Galicia López. “El movimiento zapatista en el contexto sociopolítico mexicano de 1911, a través de la prensa”. Tesis de Maestría. Universidad Autónoma Metropolitana. Unidad Iztapalapa, p. 89.

(17)      La revolución mexicana a través de sus documentos III. UNAM, México 1987, pp. 85,86 y 87.

(18)      Guillermo Samperio. Op. Cit. 163

(19)      Ibidem, p. 144,

(20)      Pablo Moctezuma Barragán. Vida y lucha de Emiliano Zapata, vigencia histórica del héroe mexicano”. Fundación editorial El Perro y la rana, 2023, p. 43.

 

 
 
 

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