FRUTAS DIMINUTAS
- Gildardo Cilia López

- 9 feb
- 6 Min. de lectura
Raúl Fernández Pérez

PREFACIO
En el amor de pareja no hay verdades únicas ni soluciones mágicas para poder sentirlo a plenitud y disfrutarlo por una eternidad, pero sí generosos y avezados cómplices que pueden ayudarnos en el logro de tales propósitos, como el erotismo, la galantería y, por supuesto, el compromiso.
Un intenso goce en el lecho amatorio, aderezado con un trato mutuo de galante romanticismo y, ambos, apoyados en una relación de libertad y respeto entre los amantes en torno a sus personalidades intrínsecas, allanarán el camino del amor y la felicidad.
En FRUTAS DIMINUTAS se reconoce al amor como una fuerza omnímoda, creadora del universo y de la vida sobre la faz de la tierra. Entre los astros del firmamento y entre los propios elementos de la Madre Naturaleza tienen lugar relaciones amorosas capaces de dar vida y ejemplo a los seres humanos, al tiempo que nos recuerdan a diario que sin amor sobrevendría el caos, el infortunio y el fin de la especie humana.
Para amar hemos nacido. Amemos con la fuerza de la pasión, la delicadeza de la ternura y el compromiso fraterno, y así, ¡disfrutar el camino de la vida!
RF-Febrero 2026
“…yo te sabré besar, yo te sabré querer,
y yo haré palpitar todo tu ser.”
Agustín Lara
FRUTAS DIMINUTAS
Son las cinco de la tarde. Llueve copiosamente. Gruesas y virulentas gotas se reúnen con premura en agitadas charcas que al expandirse se derraman y convierten en ríos indomables, cuya fuerza y caudal precipitan desde lo más alto de las montañas, cerros y laderas, hacia la sedienta e insaciable llanura tropical. El agua en torrentes penetra la tierra y la desflora, traspasa sus poros y va descubriendo su intimidad oscura.

A través de la ventana contemplo el ritual amoroso de lo etéreo con lo terrenal, la copulación entre el cielo y la Madre Tierra que es posible gracias a la lluvia que la besa y humedece, baña y fecunda, cubriéndola toda de espejos cristalinos que ocultan pudorosamente la desnudez del suelo y reflejan con vanidad el éxtasis celestial.
Anoche, la Luna de la Cosecha anunciaba con su fulgor el fin del verano, las últimas horas de un verano muy ardiente y el más cálido en muchos años, tantos que un torrencial aguacero lo despide esta tarde con inusitado fervor. Se esperan más lluvias en los días por venir, pero la de hoy no la olvidaré jamás. El agua se agolpa violentamente en puertas y ventanas; los truenos, precedidos por relámpagos cegadores, simulan erupciones volcánicas; y las pocas casas de madera que circundan el área semejan navíos del siglo XV varados en medio de una tormenta oceánica. En el corazón de la selva peninsular la naturaleza se ostenta con toda su fuerza y crudeza, azota y destruye, limpia y renueva, muere para renacer.
Percibo olores pétreos en el ambiente húmedo, entremezclados con los frescos aromas de la vegetación exuberante. Esencias de arcilla y arena, de tierra y hierba mojadas, de frutas descarnadas y maderas de selva, despiertan todas ellas mis sentidos y recrean mi memoria al evocar tu recuerdo.
Observo a mi alrededor los muebles de la casa, las paredes impregnadas de tu perfume inagotable, las cosas que tocaste quizá por última vez, las copas vacías donde otrora saboreábamos el inicio de un encuentro. Ahora, me muerde tu ausencia, me duele la vida.
Empieza a oscurecer y la languidez de una vela recién encendida es incapaz de aclarar mi futuro. No logro escapar de la nostalgia y me sumerjo nuevamente en las profundidades de mis recuerdos libidos, de mi memoria lúdica, ansiosa, frenética, que reaviva la llama donde crepitan los besos, los abrazos, las caricias, los roces, los gemidos que regocijan y los gritos que liberan; donde se renueva el deseo y renace la querencia, el gusto, las ganas, la enjundia por cumplir el empecinado cometido de hacerte mía otra vez, ¡Mía por siempre y para siempre mía!
Añoro tu respiración, tus latidos, tus pies desnudos, el rocío de tus poros; las tardes de lluvia incesante cuando permanecíamos abrazados, fundidos, galopando en los caballos alados del gozo y del clímax, serpenteando las recónditas veredas del erotismo, de la pasión y de la inefable intimidad.
Sinfonía de labios entreabiertos, de lenguas que escudriñan irreverentes, pero cadenciosamente; de saliva que recorre, que lubrica, que unge; de manos audaces, prontas, dispuestas; con dedos que rozan, tocan, descubren; brazos que acercan, levantan, estrechan.

Cuerpos cálidos y vivos, ansiosos danzantes de los arpegios del amor; tus pechos redondos y gallardos coronados con frutas diminutas; tu talle breve y exquisito; tu espalda bronceada y espléndida que inicia en cuello de cisne y termina en médanos vibrantes de terciopelo y seda; tu vientre firme y terso, recamado de vellocino castaño, donde mis labios resbalan para abrevar en el venero de grana, convulso manantial que provoca tu entrega y desata mi voluptuosidad.
Ha dejado de llover. La noche es plena, húmeda, con algo de viento que disipará los últimos nubarrones y hará posible que luna y estrellas pronto puedan enseñorearse en la oscuridad. Se escucha el concierto que emiten las gotas que escurren de las hojas de los árboles, el canto de grillos y pájaros nocturnos, croar de ranas, gritos de saraguatos y el imponente rugido del jaguar. Mas de pronto, en breves pero intermitentes pausas, impera el silencio omnímodo que ensordece el alma.
Las siete campanadas del viejo reloj de pared me devuelven el presente y el futuro, no estás a mi lado y no sé qué voy a hacer con mi vida. Necesito embriagarme para soñar y trocar la luna vieja nostálgica por un nuevo sol esperanzador.
Al degustar el jugo de la vid, aspirar su aroma persuasivo y llenarme de él, frente a la copa de vino advierto diferentes tonalidades púrpuras que cuelgan del fino cristal, matices que evocan el rubor de tu inocencia primigenia y el intenso carmín de tus labios peregrinos. Empiezo a soñar, ya no estoy sólo, te tengo a mi lado.
Al despuntar el alba, que precede a la aurora rosácea, el sol va iluminando lentamente la Tierra, acariciándola suavemente, calentándola poco a poco a través de sus rayos que se filtran por todas partes y despiden vapores que humectan mi respiración y permean mi piel, sauna que inunda mi frente, mis párpados, mis labios, que ahoga mi cuello y me hace abrir los ojos para confirmar que no estás conmigo, que terminó el dulce sopor y empezará la amarga búsqueda, mi firme y obstinado propósito de volver a tenerte, aun sabiendo que ya te perdí.
Tu partida me ha dejado en un cruce de caminos, de sentidos opuestos que se debaten entre el recuerdo y el olvido, el deseo y la culpa, mi orgullo y tu perdón; pero con tu ausencia he aprendido lo que a tu lado ignoraba, que el amor se aprecia y aquilata con justeza cuando ya no se tiene, cuando se ha perdido, y yo te he perdido para siempre, aunque te siga buscando con tesón.
La pasión y el deseo son imprescindibles en un coctel amoroso, aunque no siempre capaces de preservar el elíxir a través del tiempo. Nos hicieron falta los finos ingredientes, la aceituna que bucea, la fruta que adorna, la escarcha que bordea el cáliz; ¡Me bebí tu amor de un sólo trago!
Solté al corcel de la pasión desenfrenada y su galope avasallante no permitió pausa ni tregua. Recorrí tu cuerpo no sé cuántas veces y nunca pude alcanzar tus sentimientos. Hice míos tu tiempo, tu espacio y tu voluntad, jamás entendí tu sonrisa y no conocí tus plegarias. Lamento no haberte prodigado los pequeños y maravillosos detalles que hacen grande la vida, el espíritu y la felicidad.
Abandono la selva, me dirijo a la costa más cercana en busca de otros aires que me hagan olvidarte. Horas más tarde empiezo a sentir la brisa tibia y salada, sorprendiéndome de pronto la inmensidad del mar, la majestuosidad del horizonte, la fastuosidad crepuscular. Se ha puesto el sol y la tarde es hermosa, reposada, toda la naturaleza aquí es grande y de inconmensurable belleza.

Camino por la playa dejando huellas en la arena, taciturno, embelesado por el paisaje circundante, cuando el aleteo de un colibrí dirige mi mirada hacia un árbol de uva de mar, cuyas frutas diminutas son embestidas una y otra vez por el fino pico de la frágil ave, que paladea el jugo agridulce como un hedonista sin par, y con tal vehemencia que una pequeñísima uva verde aguamarina cae sobre la arena; fruta minúscula, suculenta y descarnada, con olor a mar abierto y sabor a tierra fértil, que contiene en su pequeña redondez toda la sabia naturaleza creadora de vida y de disfrute. Naturalmente, me hizo recordarte, una vez más.


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