La Malintzin o el Eco de las Voces (*)

Actualizado: may 27

Gildardo Cilia López-Cruz


Códice Durán

-"Y como doña Marina fue tan excelente mujer y buena lengua, como adelante diré…-

E volviendo a nuestra materia, la doña Marina sabía la lengua de Guazacualco, que es la propia de México y sabía la de Tabasco…Sin doña Marina no podíamos entender la lengua de la Nueva España y México”…-

(Bernal Díaz del Castillo. “Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España”)


Prólogo


Malinalli, Marina, Malintzin y Malinche son los nombres de una mujer única en la historia de México y de la humanidad. Los nombres son trascendentes porque dan referencia de un personaje que vivió azarosamente, pero no a la deriva, porque fue capaz de cambiar el curso de su propia historia. No obstante, su trascendencia histórica adquiere un sentido negativo cuando asociamos el nombre de Malinche con la traición.


¿A quién traicionó? “Nadie puede saltar la historia”, todos, mujeres y hombres, viven de acuerdo con sus propias circunstancias. Malintzin fue una cautiva en su tierra y sirvió de intérprete a un hombre ambicioso de gloria y de riquezas. Ella también fue ambiciosa, se trata de una mujer desposeída que surgió de la humillación y de la postración; que creció a partir de su talento: fue una mujer de muchas voces, es decir, que conoció y aprendió distintas lenguas.


En un periodo brevísimo, al erigirse como traductora, se hizo dueña del contenido y del significado de las palabras de los diferentes idiomas que dominó. Fue una mujer que hizo fluir y le dio vida a las palabras que le dieron curso a nuestra historia.


El multilingüismo de la Malinalli, más que separación, es vínculo entre pueblos, entre visiones del mundo; también, lamentablemente, entre culturas confrontadas que llevaron a la dominación de una y al sometimiento de otra. Ella más que victimaria fue víctima, sin que esto sea una justificación histórica, que es del todo innecesaria.


La conquista se “constituyó en una violación”, fracturó el desarrollo de las culturas originarias, llevando a muchos pueblos al aislamiento, a la devastación y a la esclavitud. La Malintzin padeció las tres cosas: violación, devastación y esclavitud; ella es el origen de nuestro “laberinto histórico”.


La grandeza de Malinalli fue que supo aprovechar el don de las palabras para transformarse en la Malintzin; es decir en señora o en doña (el sufijo tzin en náhuatl tiene esa connotación de respeto). Esa condición respetable fue corta y transitoria; en ella, en sumo grado, se reprodujo en vida el ciclo de la historia: surgió casi de la nada; se convirtió en una mujer influyente y poderosa y decreció, hasta morir aislada y en el olvido.


Nosotros, los hombres actuales, somos más ingratos, la queremos desterrar, pero no podemos: llevamos su sangre, somos frutos de lo que ella inició, el mestizaje. Nuestras selvas, nuestros bosques, nuestros valles y nuestros cerros evocan los pasos de esa mujer: su silueta y su alma. ¡Nuestro México es mestizo!


Malintzín o el Eco de las Voces


Totomonaliztli


Sola y abandonada, con ampollas en todo mi cuerpo, sé que voy a morir. Contemplo vívidamente el pasado, empecé casi de la nada y ahora vuelvo a la nada; nadie se acerca, entiendo, soy parte de la peste.


Nueve años atrás, el Dios cristiano favoreció a los señores blancos: mostró su ira contra los pueblos de esta gran metrópoli. Después de la "Noche Triste", la estrella del Capitán General, Hernán Cortés, parecía opacarse; luego sorpresivamente la sombra de la muerte cubrió las casas, los caminos y las arterias de agua de México-Tenochtitlan.


Entre el séptimo y octavo mes de 1520, una enfermedad llamada totomonaliztli afligió a los hombres de México-Tenochtitlan, quedándose ellos sin su valeroso Huey-Tlatoani, Cuitláhuac. La algarabía de los españoles fue grande, mostrando mucho agradecimiento a su Dios Cristo. ¿Cómo un Dios bondadoso puede traer ese terrible mal?


La enfermedad de las ampollas - la misma que hoy padezco - cundió sobre miles de casas y diezmó en mucho a los valientes defensores de México-Tenochtitlan. Ellos, los hombres blancos, le echaron la culpa a un esclavo negro, dijeron que aun cuando se había convertido en hijo de Cristo, su alma no se limpiaba del todo por tener la piel oscura. Me di cuenta de que nos despreciaban; que el Dios único les da preferencia a los hombres blancos; que todos los demás somos indignos de compasión, que sólo merecemos el sufrimiento.


No dejo de pensar en lo que fui, me llega el fin de la vida a los 29 años; no estoy vieja, pero estoy casi ciega y la enfermedad avanza por todo mi cuerpo, hasta la nariz y la boca. Ojalá el ser divino sea misericordioso y pronto me recoja. ¿Por qué este cruel castigo?


Ahora pierdo mi voluntad, busco ocultar mi enfermedad con telas y harapos; mi confesor me ha dicho que soy víctima de la soberbia; que deseé prestigio y gloria y que me henchí de orgullo cuando se me dio el trato de gran señora. Los de mi raza todavía me nombran Malintzin. Además, reitera que soy mujer, que nací para la obediencia.


Ser virtuosa significa carecer de voluntad, satisfacer el capricho de los hombres y acatar sumisa sus órdenes. No puedo negarlo, fui una mujer ambiciosa, salí de la nada y mi voz sirvió de vínculo para que se entendieran grandes señores; llegué a ser la intérprete del Huey-Tlatoani Motecuhzoma Xocoyotzín con el capitán Hernán Cortés. También estuve ahí, cuando el joven Cuauhtémoc se rindió y dijo:


-“He luchado con todas mis fuerzas y ya no puedo más, toma ese puñal y sacrifícame”-


¡No!, no pedía la muerte, pedía morir en sacrificio. Ese tenía que ser su destino como valiente guerrero, regocijar, darle vida al sol con su sangre. Jerónimo de Aguilar, al reinterpretarme confundió sacrificio con la simple muerte.


Ahora soy nadie, vivo postrada y en el olvido; pero antes fui la mujer que dominaba las palabras: la que expresaba las pretensiones de poder y de lujuria de riqueza de unos; y la que narraba el asombro, el temor y el deseo de detener el avance de otros.


Mediaba entre la fe de dos culturas. La de la predestinación de los blancos, que linealmente creen que su destino divino es conquistar y dominar a los mexicas y a todos los pueblos del nuevo mundo, así les llaman a estas tierras. Los mexicas conciben que todo se renueva, que la fuerza de lo que se ve en el cielo se apaga; que hay que darle vitalidad al sol y que la grandeza es periódica, que nada se sostiene hasta el fin de los tiempos; por eso están atentos a todo, buscan señales en el cielo y en la tierra. Dicen que Motecuhzoma observó un enorme cometa y que aquí, en México-Tenochtitlan salía una mujer gritando, angustiada: “qué será de mis hijos", como si anunciara el fin de la grandeza mexica.


Yo creo que nada es circunstancial, que todo tiene una razón de ser; que hay que interpretar lo que nuestros sentidos perciben: he vivido siempre entre signos y presagios. ¡No!, no busco redimirme con Dios, la vida es transitoria y sé que todo destino está escrito. Todo se rige por el equilibrio: dañamos y nos dañan; vivimos entre el perdón y el pecado; entre las tentaciones materiales y el espíritu. Más que aliviar mis penas, ahora simplemente quiero descansar, cerrar los ojos y no volver a despertar.


-“Arrepiéntete de tus pecados, haz a un lado tu vanidad y soberbia, sólo así podrás disfrutar del reino de los cielos”, eso dice el clérigo-


Me arrepiento, sí, pero no puedo desterrar del todo a mis demonios; aún en la miseria humana, no dejo de sentir orgullo, luché contra ráfagas de viento y polvo, hasta llegar a ser la Malintzin.


Oluta


Nací en Oluta, cerca de un lugar al que llaman Coatzacoalcos; allí, “en donde se pierde la serpiente”. Mi padre era el cacique e imponía la voluntad de los señores mexicas. La gran metrópoli crecía y pedía tributos en especie: jade, obsidiana, piedras preciosas, maíz, cacao, pescado, aves y plumas preciosas y todo lo que ellos consideraban preciado. También exigía más contribución de mano de obra para construir los edificios y las grandes obras de México-Tenochtitlan. El tequitl era lo que más dolía porque separaba a las familias y causaba desolación. Nuestros hombres jóvenes se iban y rara vez regresaban.


Como toda mujer, gran parte del tiempo me la pasaba en el tlecuil, cortando y prendiendo leña, ayudando en la elaboración de platillos, haciendo aguas de maíz y cacao y sembrando y recolectando hierbas y frutos.


Frecuentemente me aburría y prefería estar cerca de mi padre; claro, agazapada, a riesgo de que pudiera sufrir maltratos de palabra o de golpes de mi madre. Me gustaba escuchar las conversaciones de mi padre; lo que más me llamaba la atención era cuando platicaba con unas personas que venían de más allá del límite sur de nuestras tierras, que poco se parecían a nosotros, con sus cabezas alargadas, sus tocados en el pelo y sus incrustaciones de jade o de piedras preciosas en los dientes; me imaginaba que querían parecerse a los jaguares. Hablaban otro idioma, yo apenas si podía percibir algunas palabras. Eran extraños a nuestras costumbres, por eso nosotros, los nahuas, les decimos simplemente chontales (extranjeros).