Los muros amorosos y el canto de la metamorfosis
- Gildardo Cilia López

- 16 jul
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 11 ago
Gildardo Cilia López

Un anciano joven, a los 88 años, decidió regresar a su tierra, Chiautla de Tapia, Puebla, con el propósito de vivir más con los latidos del alma. Hasta su último aliento amó a su tierra - para él sagrada - y a su gente que eran el emblema de lo que claramente nutrían los valores de su ser: dignidad, orgullo, esfuerzo y resistencia. La huellas de sus pasos con el tiempo se han borrado, pero queda de él - de mi padre - lo que espiritualmente se percibe en su casa:
Los muros amorosos
Golondrinas, eternas viajeras, que construyen sus nidos en los muros silentes de la casa de mi padre.
Ritos de esperanza, nada muere; quedarán en las paredes las huellas de su febril cortejo.
Desplegarán sus alas y se extrañarán los dulces trinos: esos tonos prodigiosos que crean un vals perfecto.
El verano se irá, cierto, pero no del todo; el nido quedará en espera de nuevos idilios; llegarán otra vez las aves peregrinas y entonarán ritualmente su melodía de fuego.
En los muros, los cantos del cortejo se tornarán en ecos fecundos: la vida no es más que una danza con acordes palpitantes; más allí, en donde todavía repica, sonoro, el tic tac amoroso del corazón de mi padre.

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En la Mixteca Baja, el pulso de la vida lo dicta las barrancas; ahí se aprecia cuando cede el estiaje, sobre las oquedades de las enormes rocas y la arena que recorren sus arterias, entre relieves portentosos, un evento único: el rito de la metamorfosis:
El rito de la metamorfosis
En la barranca se escucha un canto extraño. La estridencia es severa y continua, casi ensordecedora; no se escuchan otras voces, menos los bellos acordes de los cenzontles, de los canarios y de otras aves canoras que abundan entre las enramadas y los árboles caducifolios de la Mixteca Baja.
La lluvia nocturna ha potenciado la transformación de miles de renacuajos; ahora son seres que cuentan con pulmones para respirar, comer, saltar y entonar un canto monótono, sí, pero de vida: la admirable metamorfosis ha actuado, otra vez, para perpetuar su especie.
Las ranas han sido antes huevos y larvas; ahora en los charcos saltan vivaces y tienen que aprovechar cada instante para iniciar un nuevo ciclo de vida, que data de hace más de doscientos millones de años. Deben hacerlo sin perder un instante y sembrar un sinfín de racimos de huevos en los charcos, cubriéndolos con una espuma vital que los hace resistir las intensas sequías.
Ante un ciclo de vida tan complejo y ante los cambios drásticos de estos seres, pudiera ser que la percepción estética vaya más allá de lo que concebimos; nada más admirable que un ciclo que concluye con una forma de vida superior. Admiremos, pues, el rito de los charcos: seres adultos han perdido su cola, adquirido extremidades; y mudado su ser para reproducirse.
El canto de las ranas, cierto, no es bello, dista mucho de aquellas entonaciones que parecen divinas; pero es un canto de vida: es el clamor del fin y del principio de cambios profundos. Es el clamor de la metamorfosis.


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