Malinali

Actualizado: abr 1


José Enrique Vidal Dzul Tuyub



El preticor me despertó y sentía la humedad de la lluvia, no sólo en el aire de igual forma en el cuerpo. Entre mis piernas me sentía húmeda y sospeché una coladera en el techo de la casa; un dolor en la cadera y la espalda me confirmó mi gran equivocación, mi niñez quedó ayer corriendo y jugando en la vera del río, y ahora me enfrentaré a mi realidad de estar ya lista para ser casada y tener hijos, como todas las mujeres de Oluta.


Mis padres siempre atentos; mi padre en los asuntos del cacicazgo, como las cosechas, las gallinas, llevar las tierras en paz con los otros pueblos y las disputas, resolverlas con las platicas entre los señores de la región y, últimamente, el incremento de los tributos con los Mexicas, que pedían más para construir más y más en Tenochtitlán, no solo sus templos para sus tributos a dioses, sino también de albañiles, lo que lastima a las familias de la región y no permite que nuestro pueblo se acrecenté.


En cambio, mi madre me enseñaba las destrezas de la masa, de la comida y las plantas, lo que me agrada, pero no me entretenía como las cosas de más allá del fogón de la casa, y a pesar de tener varias personas que ayudaban a tener todo en orden y en tiempo, eso no siempre terminaba bien, ya que mi madre me reprendía constantemente, por eso y muchas veces me sorprendió escuchando la platica de los señores con mi padre.


Como señor de Oluta y la región, mi padre siempre se opuso a los tributos, pero su posición con los pueblos mayas no se fortalecía y con los mexicas había un sometimiento, eso siempre le traía problemas, hasta que un día lo mandaron buscar y no supimos más de él. A mis pocos años he quedado huérfana de padre, y mi madre me informó que se casaría de nuevo para cuidar el señorío.


Ya no me permiten escuchar los acuerdos entre los señores de la región y eso me disgusta, mi madre acrecienta sus reconvenciones, es notorio que pronto seré hermana y seré feliz.


Mi hermano llegó con la temporada de cosecha, la emoción de todos de una buena temporada me llega con un alejamiento de mi madre y su ocupación y predilección a mi hermano y su nuevo esposo; me entristece que mi sentir es del vacío de mi padre, sus enseñanzas de cosas de la región, prefiero irme de acá por eso es mejor escapar.


Mi huida, digna de la incomodidad creada ante el nuevo señor de la región forjada por mi padre, terminó al ser capturada por un grupo que comerciaba desde obsidiana, tejidos y personas.


Tardé seis días en llegar al mercado; me siento ofuscada y asustada, de tener personas que me cuidaban y ayudaban en la casa de mis padres, y ahora estoy ofrecida a los señores mayas. Hay muchas cosas que no entiendo, una lengua distinta a la que sé... si no fuera por dos muchachas que igual que a mí, nos traen no tendría con quién hablar mi lengua.


Mi señor de Potonchán, no es malo como imaginaba, siendo yo de él una de sus preferencias, y sus buenos tratos a mí, con vestimenta y de oro que antes usaba, acá me tornaban jade y perlas, aprendí también del mejor cultivo de maíz y de comer muy bien el pescado, a entender la lengua de ellos y sus tratos distintos en la guerra, en sus rituales que he de decir son buenos; me asusta que sus propias gentes los donan en sus templos con vida y su propia sangre, siempre creo que algún día podría ser yo uno de esos regalos en algún templo. Acá hay mucha agua, abundancia de carne; se agradece a los dioses de la guerra y del viento.


A mis más de 16 años ya se de contar, de hablar mi lengua y la prestada en estos lares, conozco señores de la nueva región que me acoge, sin ser feliz me siento en paz, no se qué más esperar de esta forma de ver la vida de mi pueblo en contraste con la de los mayab, son distintas, aunque no se contraponen, a veces me confundo, no por no entenderlo más bien no comprendo por qué tiene que ser así, más bien aceptarlo.


Todo transcurría de cosecha a cosecha y ceremonia a ceremonia; supe que varios pueblos atacaron a unos hombres que llegaron en unas casas que vienen del mar, y sé que triunfaron porque la fiesta duro cinco soles y se contó que huyeron asustados de tantos pueblos que se juntaron a la lucha de su llegada; las sonrisas y festejos que permiten seguir disfrutando de nuestros cultivos, ríos y todas nuestras tierras eso me hace sentir bien.


Los tambores despertaron a nuestro pueblo, unos vigías anunciaron que han regresado las casas grandes que flotan del mar, y venían con unos animales que corrían y espantaban a todos, que de ellos lo hacían a su voluntad; unos tzimines más grandes, han pedido que a los otros señores trajeran mantas, maíz y otras cosas para pedir que se fueran. Los mensajeros han dicho a mi señor y demás, que estas gentes querían entrar a los pueblos, por lo que se pidió que de 17 pueblos trajeran sus hombres a dar lucha para alejar a estas gentes que querían de lo nuestro hacer de ellos.


Yo, Malinalli, me siento con miedo, asustada por lo que han dicho los hombres valientes de todos los pueblos, porque no sabemos qué pasará, solo me siento más confundida cuando me llaman para reunirme con mis tres compañeras de mi señor y 17 muchachas de los otros pueblos. Más carnes, mantas, oro y maíz, y nos pidieron ir para con aquellos que guerrearon con nuestros valientes; entre las muchachas el llanto prevalecía, les pido que no lloren que lo que somos es un sacrificio para el bienestar de hermanos, tíos y señores que nuestro deber es ser proveedoras de la paz de estos pueblos, lo que reconfortó ese trayecto.


Fuimos entregadas, junto a las providencias para aquellos señores, solo así nos dejaron para que ellos se fueran; me siento confundida; esos señores son normales igual que mi padre y tíos, solo que son como la sal, blancos, y de cabellos y ojos claros; nosotros, sin pelos en el cachete… y algo que más llama la atención no es sus mantas o sus cachetes con pelo, sino su olor muy malo que obliga a cerrar los ojos y mirarlos de lado.


Con más que miedo subimos a esas casas flotantes, haciéndonos ya bautizadas y dadas a cada uno a uno de esos señores; me propongo a fortalecer a mis compañeras de este nuevo camino a seguir con estos señores.


Empecé a saber a escuchar, primero como les llaman a sus animales, a sus caballos -que de demonios no tienen nada-, y a su dios cristo, y su medio de transporte, su barco -muy fácilmente-, porque lo mientan en cada momento de su día, como cosas que les importan mucho o son parte de sus vidas.


En ese viaje por el mar pude escuchar la explicación de que matar por complacer a los dioses que conocíamos era algo no oportuno, y que existe un solo dios que murió por todos, es algo extraño el saber que murió por nosotros a que nosotros debemos morir por los dioses. Las visiones de mi pueblo donde nací y del de donde me sacaron para estar con ellos, y el de ellos mismos, son diferentes, y es más cómodo creer en un solo dios que muere por nosotros. Sentí curiosidad de que Gerónimo quien hablaba y todos escuchaban siendo importante no tenía mujer de su propio servicio.


Fue en el desembarco que aproveché que Gerónimo hablaba como en mi segundo pueblo y entendí las palabras de ese libro que cuenta cosas de esa vida de dios; supe igual que Gerónimo fue preso y trabajó para unos señores -que ha de ser muchos días de a pie para llegar en Potonchán- y que contó de los príncipes de muy lejos, señores de muchos pueblos y hablaba de otros mundos que yo no sabia como comprender, que existían sin que se supiera de ellos, que existen muchos mundos de personas que buscan y encuentran muchos mundos y que el oro los atrae para hacer de sus bienes más abundantes, comprendí que eso atesoran en su búsqueda de riquezas.


No entendía la discusión que se generó cuando reunidos todos, el jefe llamado Cortés mandó golpear y ahorcar a otros tantos y hundir sus naves, hasta cuando Gerónimo me explicó que es que unos querían regresarse con otro señor y él lo evitó; le pregunté por qué entonces ellos matan a otros pueblos y su gente en nombre de su dios para tener riquezas, no me quiso contestar y se enemistó conmigo, cuando únicamente deseaba saber que sucedía.


Al paso de los días, veía que escribían en hojas cuanto pasaba y en ese momento llegaron personas con regalos de Moctezuma, mantas y alimentos a favor de los hombres de quienes somos; miro como anotan cuanto ven y supe que eran enviados a saber todo lo que ven, y noté que no sabían como hablar de sus cosas e intervine diciendo que ellos son enviados de Tenochtitlan, del gran señor de todos los pueblos, que muchos pueblos le daban de sí y que enviaba regalos para que se marcharan, esto he dicho a Gerónimo en mi segunda lengua ya que la primera si entendía lo que ellos decían. Esto fue confuso porque tendría no sólo que decir lo que decían ellos, también lo que comprendía pasaba con las intenciones de aquellos mensajeros.


Portocarrero, mi señor a quien fui entregada y a quien servía, siempre atento a mí, notó y orgullo sentía de la importancia de mi lengua que manejaba y de utilidad que soy para los suyos, lo que me daba seguridad.


Ya en la Vera Cruz, que se fundó y donde no sabía qué pasaría después, es que llegaron otros hombres que buscaban cómo hablar con quien he llevado con el principal de los señores que se llama Cortés, y junto con Gerónimo le comenté que los que llegaron dicen venir de los Totonacas, más ahí donde está su cacique Gordo, quien desea verlos e invita a visitarlo.


En ese nivel de mi vida, con menos de 20 años, entiendo que hay cosas que son útiles para los demás, y ahora en vez de mi primer pueblo donde nací que no les parecía que hablara, aquí me piden que escuche bien y hable mucho.


Ante el señor gordo noté que no se encuentra cómodo en hablar conmigo; al inicio se resistió, pero le dije que si quería que le dijera a mi señor lo que él quería decir tenía que ser a través de mí; es cuando comprendí el poder de las palabras de mí hacía Gerónimo y de él a mi señor principal, y viceversa. Pero sabia que Gerónimo sólo decía lo básico, no los contextos reales, por ejemplo la desesperación y molestia generada del Señor Gordo que estaba cansado de los tributos altos y la petición de más trabajadores para Tenochtitlan, que no estaba dispuesto a seguir, y que mi señor estaba dispuesto a luchar en nombre de sus príncipes de lejos para apoyarlos y librarlos a cambio de que se dieran a él, para tener más de ellos, que necesitaba alimentos y guerreros para esa campaña de liberación de los Tenochcas.


El señor Gordo dio palabra de que se unirían a su campaña y combatirían para librarse de los Tenochcas que los oprimían con peticiones de más tributos y más hombres, que era insostenible esa relación, y para sellar el acuerdo como asunto de estado, amarró el acuerdo entregando a la princesa del pueblo, su hija, a la comitiva, y a otras mujeres con mucha comida que abundaba en esas tierras.


Ha sido esa noche que la princesa de los totonacas fue entregada a mi señor Alonso, que se la llevó consigo a su campamento como niño a conocerla y hacerse de ella, por lo que yo sin saber qué pasaría conmigo, quedé tranquila hablando con Gerónimo de esas vidas, de su dios que entendía un poco más.


Fue a media noche que por mí fueron a hablar y a pedir que me buscaba el Señor principal; creí que era mi trabajo de lenguas que se requería, fuimos ambos con Gerónimo a saber qué útiles somos; sin embargo fue reprendido Gerónimo porque sólo han pedido mi presencia ante el Señor Principal, así llamado por todos, Cortés.


Ya a solas, me ha dicho que le intrigaba cómo es que, en este mundo, y por lo que sabía de Gerónimo, mi camino recorrido desde la casa de mis padres y de Potonchán, ha sido lo que forjara -como la espada su carácter y fuerte como un caballo ha sido su trabajo-, en tan poco tiempo a saber la lengua traída del otro lado del mar, que sabía que algunas cosas que ya entendía, de la lengua entre Gerónimo y él, y sólo sonreí de que fácil no es, pero hablar con Gerónimo ayudaba mucho.


No más palabras siguieron, el Señor principal pidió que de hoy en adelante sea yo quien esté con él para su servicio, y saber más de cómo los pueblos organizan sus servicios hacia ellos, y cómo el ejército puede de hoy en adelante seguir con los menesteres del propio camino. Que él me pedía como su señor, de ahí en adelante por las noches, más que con el otro señor, antes de dormir servía a mi señor como mujer casada de él.


A partir de ahí, mucho trabajo de organización de avanzar en ese pueblo que muchos hablan y dicen de él que es de poder de Moctezuma, de que es todo la casa de dioses, pero que se hace de sufrimiento de otros pueblos y casas solas por llevarse para sí hombres y mujeres, y tributo para construirlo; el Señor Gordo mandó avisar a otros tantos pueblos para preparar hombres y pertrechos para la llegada de sus libertadores de esa opresión que tenían cada vez mas difícil de cumplir unas cosechas, que antes no les fue muy bien para cumplir, y muchas amenazas existían de mandar por los señores que no cumplían con los pedimentos.


Rumbo a Tenochtitlán, para encontrar la casa del Señor Moctezuma, por muchas veras o por todas se llegaba ahí. Todos los pueblos tributaban a ellos menos los de Tlaxcala, que se hablaba de grandes guerreros, mismos que debíamos alianzar para nuestro cometido; en los pueblos ya nos esperaban con la esperanza de liberarlos de los mexicas, que pedían hombres para sacrificios y para construir y cada vez más fuerte solicitaban más tributo para sostener el señorío, ya los caciques de los pueblos hablaban conmigo y me llamaban Malintzín, ya obtuve un estatus de gran señora, se sentía extraño después de ser sirviente de señores mayas ahora tenía personas que colaboraban en mi bienestar, y siempre en los pueblos es a mí a quien buscaban, unos para entregarme víveres para los guerreros y otros para informar que ya no tributaban a el gran Moctezuma con la esperanza de que los liberáramos de ellos.


Yo, Malintzín, con muchas mantas de buenas hechuras, con algunas joyas que me obsequiaba mi señor, aprendiendo todos los días la lengua nueva que llegó de donde sale el sol, movido por las olas, me siento fuerte, útil entendiendo de números, de escribir y de hablar como ninguno conocido en estos pueblos que rodean la gran Tenochtitlan. Ya convencida de que tantos muertos no es algo bueno a nombre de los dioses, y que arrebatar a sus hombres de los pueblos en gran número no les hace bien; siempre atenta y entendiendo el parecer de los caciques que hablaban y se quejaban de la vida mala que llevaban ante lo que consideran abusos de los mexicas.


Llegamos a los señoríos de Tlaxcala, seis meses después de salir de Potonchán, donde había grandes guerreros que no estaban sometidos a Moctezuma, una condición que puede favorecer nuestra empresa.


Ya con la alianza, provisiones, guerreros y ser como iguales lo que se logró con grandes pláticas para entender y acordar cómo trabajar juntos, a diferencia de los totonacas ellos acuerdan como aliados no solamente sumados a las guerras, decididos a seguir adelante y cercanos a las tierras de Moctezuma, con un solo ejercito también comandados como capitanes los Tlaxcaltecas con sus guerreros.


Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopan tienen una alianza muy grande bajo la fuerza de los Tenochtitlan con Moctezuma como triple alianza; es una situación que complicaba el llegar con guerra, antes pasaríamos a Cholula, donde son amigos de los de Moctezuma, a que tengamos alimentos y saber si se suman a la guerra. Es ahí que por gran fortuna para nosotros y los guerreros que me seguían junto con mi señor, que he escuchado en muy baja voz de una señora del mercado, que insistía en que fuera con ella, pensando que yo era sometida a los señores, me decía que escapara y que ella me casaría con su hijo; me mostré interesada y es cuando me dijo que los dejara ya porque había un plan militar, con caminos tapados y zanjas con estacas para los caballos que acabarían con los señores de lejos y los Tlaxcaltecas enemigos de su pueblo, dije que iría por mis mantas y mis joyas para irme con ella, sin embargo a mi señor le expliqué que había un ataque listo para acabar con todos, Totonacas, Tlaxcaltecas y que o nos huíamos o atacamos primero.


Los capitanes decididos a enfrentarlos atacaron primero; gran batalla donde murieron guerreros de Tlaxcala y Totonacas y señores del oriente, pero la sorpresa ayudó al triunfo de nuestra fuerza organizada por todos; esa lucha era de ellos o de nosotros, no había más, o detenernos muertos o caminar victoriosos sobre ellos ya muertos; en nombre de muchos pueblos inconformes continuamos rumbo al gran lugar de Moctezuma, la gran Tenochtitlan.


Pienso que esas luchas grandes que se supieron por todos lados, esos pueblos que se sumaban y su caminar grande, seguro permitió una llegada en paz no en guerra, reunidos ante el gran señor Moctezuma.


Le digo, gran señor, ellos desean que usted siendo el gran jefe, no presente batalla; estos señores piden adoren a su dios y reconozcan a sus príncipes, a lo que me dijo que cómo me atrevía a hablarle a él siendo un gran Tlatoani, a lo que le dije que no era posible hablar directo con ellos por las lenguas; ya tranquilo dijo que éramos bienvenidos, que el ejército tendría resguardo y alimento, y que los principales se quedaran con él, en tanto hablaban más adelante.


En mi vida he conocido de lenguas muchas, de números tantos, de regiones y pueblos, de grandes ríos, montañas y mares, yo malina, ahora Malintzín, conocido el mundo de Oluta la lengua de mi nacimiento, de Xicalango donde mi vida pudo tener caminos varios acabó en Potonchán, donde hay otro mundo y dioses, donde los hombres de acá y de oriente no dan valor a la mujer, sin embargo, a mi me presentan loas, y los pueblos de acá cantos al camino y el título de gran señora. Mi vida -que con mis lenguas, evitó tantos muertos, avasallamientos, en paz, la libertad de los pueblos cansados de tanto tributo y tantos hombres y jóvenes entregados, yo mujer simple y vana-, trazó un camino distinto a mi destino.


Nota:


Primera parte. Esta aportación pretende únicamente expresar el papel que vivió esta persona, llamada Malintzin, que como en todos los procesos de libertad o conquista, y en el proceso de independencia le llaman Malinche, y que injustamente la asocian a la traición, cuando no es así.





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