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Mi muy querido viejo mar

Raúl Fernández Pérez

Raúl Fernández Pérez
Raúl Fernández Pérez

Prefacio

 

Haber nacido a la orilla del mar, en mi querido San Francisco de Campeche, me animó a escribir este poema que entremezcla memorias y experiencias con sueños y deseos, remembranzas que se traducen en un reconocimiento para todos los pueblos costeros que han sufrido la contaminación de sus aguas, impactado su economía y trastocado su vida y costumbres.

 

Especialmente, se trata de un merecido homenaje a un peculiar elemento de la naturaleza que, al extenderse sobre la mayor superficie de nuestro globo terráqueo, nos ofrece vida y belleza, además de una leal permanencia, mantenida a toda costa durante miles de años para un sinnúmero de generaciones que se han beneficiado con la magna presencia del mar, de nuestro mar, de Mi muy querido viejo mar.

 

Hoy te recuerdo, te escribo y te saludo, viejo amigo, estrechando “tus manos que son olas rompiéndose entre rocas y arena” para también brindar contigo de cuerpo entero con ese “blanco y espumoso de burbujas radiantes que pulen y abrillantan, una y otra vez, tu arenosa orilla de color champagne.”


 

Mi muy querido viejo mar

 

Es mediodía, el intenso sol cenital ha borrado todas las sombras para caer a plomo sobre la tierra. De mi frente brotan serpentinas de sudor que resbalan frenéticas por todo mi rostro, y mi cuerpo se inunda como si fuera una presa desbordada. La brisa calurosa y salina me acaricia compasivamente, y aunque es incapaz de refrescarme, su sola presencia anuncia ya tu cercanía, confirmándose el próximo encuentro entre nosotros que será tan cálido y amistoso como siempre, pero ahora más entrañable que nunca pues han transcurrido cuatro décadas desde la última vez que nos vimos.

 

Varios amigos en común, como las gaviotas y los pelícanos, presumen con su desperdigado vuelo mi llegada y con regocijo concitan a las disciplinadas golondrinas a sumarse al ritual de bienvenida, para que sus marciales figuras acrobáticas realcen el pase de revista del migrante que se reencuentra con su añejo y fraterno camarada, tan vivo y ondulante, de colores y tonalidades variopintas, unas veces embravecido y corajudo, otras tantas tranquilo y sereno, pero siempre en el mismo lugar donde me espera y prodiga lealtad, vida y belleza. Mi muy querido viejo mar.


 

Acelero mi paso entre la maleza esquivando espinosos arbustos, para después caminar sobre veredas pedregosas parecidas a ríos secos que queman sin llamas mis cansados y adoloridos pies, hasta llegar a la última ladera que nos separa, donde me detengo para apreciar tu inmensidad y levantar mis manos para abrazarte con la fuerza de un corazón delirante, agradecido, emocionado.

 

Extasiado, contemplo la majestuosidad de tu horizonte, línea perfecta que la naturaleza ha dibujado para unirte con el cielo, confirmando así tu grandeza; pero también para separarte de él y permitirle a la Madre Tierra el honor y la gloria de tenerte entre nosotros.

 

Disfruto, a la distancia, el azul profundo de tu piel brillante que cubre y protege celosamente todas las riquezas que cohabitan en tu lecho, especies vivas disímbolas que se refugian en arrecifes rocosos y de coral, flora y fauna marina diversa que al bañarse de sol matizan tu color a lo largo del día, ofreciendo una gama cromática capaz de asombrar al más avezado paisajista; embarcaciones hundidas de todas las eras y de recónditos lugares, invaluables tesoros, vistosos abalorios, esqueletos humanos y animales, secretos, misterios y maravillas que guardas en tu cofre sin cerrojos; y donde dolorosamente también guardas, sin desearlo, los deshechos y despojos de una humanidad consumista, ingrata e indolente.

 

Has notado mi presencia y por ello extiendes aún más tus manos para saludarme, tus manos que son olas rompiéndose entre rocas y arena, dispuestas al saludo, al abrazo y al brindis corpóreo, con el blanco y espumoso de burbujas radiantes que pulen y abrillantan, una y otra vez, tu arenosa orilla de color champagne.

 

Desciendo por la ladera hacia la playa para bañarme en tu agua fresca y salada, en el camino observo el viejo muelle de madera, carcomido por décadas de abandono y olvido, donde siendo niño acudía con mis hermanos para ver zarpar los cayucos de pesca ribereña y las pequeñas lanchas que se alquilaban para paseos turísticos. Nada de eso existe ya, somos un pueblo de migrantes que salimos en busca de prosperidad hacia frías y lejanas tierras, después del derrame de petróleo que como un cáncer invasivo permeó hasta lo más profundo y lejano de tu lecho marino.

 

Cuarenta años después de aquella tragedia aún pueden verse, ocasionalmente, manchas de aceite viscoso y brea, como huellas imborrables de lo que cambió el destino de todo un pueblo y la vocación de una región entera.

 

Por eso regreso avergonzado, para pedirte perdón y ya nunca más separarnos, para cuidar de ti y agradecerte, en mi vejez serena, la inolvidable infancia que me brindaste cuando enjuagaba estrellitas anaranjadas, pitaba con caracolas marinas, jugaba con caballitos de cola enroscada y correteaba cangrejos de retadores ojos erectos; y donde también, siendo ya un joven, pude descubrir el amor sobre tu orilla plateada por la luna.

 

Como un viejo amigo te brindaré compañía, afecto y cuidados. Vendré los sábados por la mañana para recorrer con mis nietos tu orilla ondulante, en busca de conchas y cauríes multicolores para apreciar su belleza y preservarlos en su hábitat; retirar el sargazo de la playa y limpiarla de inorgánicos desechos.

 

Los domingos por la tarde regresaré con mi mujer amada para recitarte poemas y admirar la puesta de un sol sereno que se baña y refresca en tus aguas, después de haber cumplido cabalmente su extensa jornada de trabajo, que se sumerge y ausenta para irradiar su luz en otras partes de tu vasto cuerpo, y se despide como el gran y espléndido rey que es, obsequiándonos su fastuosidad crepuscular para la fascinación y deleite de todos sus súbditos.


 

Entre semana me acompañarán viejos amigos de la infancia, a quienes la brisa enreda sus ralas cabelleras nevadas y la memoria les traiciona, de vez en cuando como a mí, para hacer más exageradas y fascinantes las peculiares anécdotas y aventuras de otros tiempos. Así somos los viejos de la costa y la playa, y así queremos seguir siendo, al contar y cantar, bajo el reflejo de la luna, nuestras historias de amor y dolor, tristeza y alegría, cuentos y fantasías, acompasadas por el rumor del mar.

 

Si la vida me alcanza, promoveré la construcción de un nuevo muelle, de piedra y acero, que nos devuelva la vocación que siempre tuvimos y reavive el orgullo y la identidad de nuestro pequeño y maravilloso pueblo. Invitando a los que se han ido a que regresen, con la frente en alto y las esperanzas renovadas, a nuestra tierra, a nuestro cielo, a nuestra agua, a mi muy querido viejo mar.

  

Seguiré cuidando de ti hasta el fin de mis días, cuando ufano en mi último suspiro, recuerde que nuestras vidas dieron un giro, retornando el amor y la alegría.

 

Y aunque estos veneros de petróleo, quiso el diablo poner en el lugar equivocado, como así pensaba el bardo Ramón López Velarde, Dios los ha retirado sin alarde, devolviéndole la vida a su pueblo tan amado.

 

Gracias por siempre, viejo amigo, mi muy querido viejo mar.


 

 

 

 

 

 
 
 

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