Morelos, el Congreso y el fin de la Insurgencia en la Baja Mixteca

Actualizado: sep 19

Gildardo Cilia López-Cruz


Vista panorámica de Chiautla de Tapia (antes Chiautla de la Sal)

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“Porque los héroes no mueren, los héroes no duermen, los héroes no reposan: los héroes van y vuelven sobre la tierra hasta que sus sueños no se cumplen, hasta que sus obras no acaban de realizarse” (Andrés Henestrosa).

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El gran Morelos

Morelos decide honrar a sus principios, sin importar que en ello le fuese la vida. Más que un líder de la insurgencia, él era un hombre preparado para la paz; para encauzar a la patria hacía un destino más humano. Más justo.


Concibe al movimiento armado como algo transitorio, más importante era proteger y consolidar la existencia de un Congreso que posibilitara la construcción de un país sustentado en leyes justas. El 14 de septiembre de 1813, en Chilpancingo, expresó al Congreso del Anáhuac, en sus Sentimientos de la Nación, su aspiración por esa noble causa:


“Que como la buena Ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deberán ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto.”


Debe hacerse especial énfasis en algo que debería derivar en un axioma, pero que no necesariamente es así: la ley no siempre lleva a un régimen de equidad o justicia; por eso este punto es crucial en la historia política de México, porque Morelos previene y orienta al cuerpo legislativo: “Como la buen ley es superior a todo hombre”, por consiguiente, tendría que servir para alcanzar un régimen permanente de justicia y equidad. Morelos es un revolucionario, su conocimiento profundo de la patria, le hacen concebir una idea visionaria: el de la justicia social, que se plasma como una prerrogativa inaplazable 104 años después, en la Constitución de 1917.


En ese afán de alcanzar la paz, de construir los cimientos de una nueva patria, decide eclipsar su genio militar. En los últimos meses de 1813 se enfila hacia Valladolid (hoy Morelía), con la idea de avanzar luego hacia la Ciudad de México, para concluir de una vez por todas con la lucha armada. Así, entre el 23 o 24 de diciembre, con una tropa de 5,600 hombres se enfrenta al ejército realista en las Lomas de Santa María, sufriendo una lamentable derrota, que significó el declive irreversible del movimiento insurgente.


Morelos es derrotado en las ricas planicies de la Mesa Central. Al abandonar las vertientes abruptas del Sur y de las mixtecas había perdido el medio físico que le posibilitaba arremeter y replegarse hacia los relieves que lo hacían infranqueable; en esos terrenos que le permitían movilizarse en un laberinto de caminos entre pueblos, rancherías y estancias, de los que aparecía y desaparecía repentinamente. En ese espacio geográfico en el que era el “Rayo del Sur”.


 Barranca de Chiautla de Tapia

Después de Valladolid, siguió la batalla de Puruarán, el 5 de enero de 1814, en donde Morelos perdió a uno de sus invaluables hombres: Mariano Matamoros. Se había quedado sin uno de sus brazos; el otro: Hermenegildo Galeana, lo perdió en Coyuca de Benítez, el 27 de junio de 1814.


La grandeza de un hombre no se forja en el éxito, ni en la adversidad: se forja en la nobleza de su causa. Morelos en los últimos meses de 1815 decide resguardar y escoltar al Congreso en su traslado de Michoacán a Tehuacán, siguiendo los márgenes del Río Balsas y decide ofrendar su vida: se enfrenta con una tropa diezmada – casi en inanición - a los realistas en Temalaca, Puebla, el 5 de noviembre de 1815:


“Allí (en Tenango) los nativos les informaron que Morelos estaba en Temalaca; durante la noche de este día, los realistas al mando de los Coroneles de la Concha y Villasana, cruzaron el rio y por la mañana del día 5 ya estaban allí. La batalla era ineludible. Superado en número y en elementos de guerra, Morelos presenta batalla. Pero antes ordena, que todos los integrantes del Congreso, y del Tribunal de Justicia, y del Consejo de Gobierno marcharan con rapidez para ponerse fuera del alcance del enemigo. Los Insurgentes sucumbieron ante dos cargas de los realistas. En un momento dado de la Batalla, se encontraron Morelos y Nicolás Bravo, el cual quería luchar hasta el fin y morir en la pelea. <No, - le contesto Morelos - vaya usted a escoltar al Congreso, que si yo perezco poco importa>"1. Esa acción arrojada le posibilita al Congreso huir hacia Tehuacán por los intricados caminos y brechas de la mixteca.


¿Por qué protegió Morelos a un Congreso débil, a un cuerpo de hombres que pocos obedecían, que era corto en sus acciones, indiscreto y en el que existía incluso algunos que eran propensos a la traición? Cito el texto de 1824 del escritor angloamericano William Davis Robinson:


Después de la toma de Oaxaca el ejército de Morelos aumentó considerablemente; con todo esto, le fue imposible dar un golpe decisivo; ya en fin por los extraños y absurdos decretos de un cuerpo legislativo desnudo de experiencia y de hábito de mando. Apenas formulaba Morelos, de acuerdo con los jefes principales de su ejército, el plan de alguna operación militar, este plan era asunto de discusión en el Congreso mexicano, paralizándose así por la dilación y llegando a noticias del enemigo2


Debe decirse que para Morelos el Congreso era por sí mismo - por su simple existencia - la máxima representación de la patria. El 22 de octubre de 1814, el Congreso había promulgado el “Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana”; lo que dotó al movimiento insurgente de un contenido político sustantivo y claro: el de la constitución de un país independiente, sustentado no en un Estado absolutista, sino en un régimen republicano, bajo el principio de la igualdad de los hombres ante la Ley. Al enfrentarse a los realistas en Temalaca, bien sabía que su fin estaba cerca; pero decide honrar la palabra ofrendada al Congreso: él se había definido a sí mismo como un “Siervo de la Nación”, sin importar que en ello fuese su sacrificio y muerte.


Si bien el Decreto distaba de los anhelos de Morelos en materia de justicia social, sentó las bases constitutivas de lo que hoy concebimos como el Estado mexicano, porque en él se establecieron, entre otros artículos: la vigencia de un régimen republicano con la facultad de dictar leyes y establecer la forma de gobierno que más convenga al país; el concepto de soberanía que reside originalmente en el pueblo; la división de los poderes: legislativo, ejecutivo y judicial; la condición de los hombres como ciudadanos y la igualdad de la ley para todos.

El “Rayo del Sur” fue doblegado: el héroe fue victimado en San Cristóbal Ecatepec, el 22 de diciembre de 1815. Corrió con la misma suerte de lo que se ha fijado en nuestra historia como una verdad lamentable: nuestros mejores hombres mueren sin culminar sus obras; no sobreviven para encauzar con la fuerza de sus convicciones el destino de la patria: son héroes - como dice Henestrosa - que no duermen3 y (añadiría) son mártires que deberían agobiar nuestras conciencias porque sus sueños no acaban de cumplirse; porque en los hechos – en muchos sentidos - nos hemos desviado del rumbo de sus ideas sustantivas.


La destrucción de la resistencia


Resulta muy importante reproducir la opinión crítica de William Davis Robinson, quien sin dejar de ponderar la figura de Morelos, menciona lo que considera sus principales errores estratégicos:


"Si Morelos hubiera concentrado sus fuerzas en la provincia de Oaxaca y fortificado los pasos importantes de las montañas de la Mixteca, que constituyen la llave de aquel país; si hubiera tratado de conservar la importantes plaza de Acapulco y de abrir los puertos de Oaxaca al comercio extranjero; si hubiera enviado una división a la parte oriental de la provincia de Veracruz para apoderarse del país que rodea el golfo de México, particularmente el hermoso puerto de Coatzacoalcos, promoviendo el tráfico con los Estados Unido de América y con las colonias inglesas, para proporcionarse por este medio armas, municiones y uniformes, entonces seguramente la revolución de México hubiera tomado otro aspecto, y según todas las probabilidades humanas su triunfo hubiera sido seguro4.


¿Cuáles son esos pasos importantes, que constituyen la llave de México? Sin duda son los caminos y brechas, que en el caso de Chiautla, permitían el flujo de tropas, armas y mercancías hacía diferentes puntos: hacia los pueblos de Guerrero; hacía los pueblos del Sur de Morelos y el Centro de México (hacia las ciudades de Puebla y México); hacia los demás pueblos de la mixteca, Oaxaca y el Golfo de México; es decir, las rutas alternas que permitían el tránsito del Pacífico al Golfo de México, sin seguir la ruta principal de enlace, que tocaba, entre otras, las localidades importantes de Chilpancingo, Iguala, Cuernavaca, la Ciudad de México, Puebla, Orizaba, Jalapa y Veracruz.


Después de las batallas de Valladolid y Puruarán, todo se hizo vulnerable, el movimiento insurgente perdió cohesión y las tropas ubicadas en los puntos estratégicos de la mixteca quedaron aisladas y endebles ante el avance de las fuerzas realistas: “Derrotado Morelos, el Sur fue invadido por diversos puntos, forzados los vados del río Mexcala”5. Así, de una forma acelerada, dio inicio el fin de la insurgencia en Chiautla y la Baja Mixteca: la región que fue bastión de la insurgencia entre 1811 y 1813 y que fue la punta de lanza de Morelos en su avance hacía Oaxaca, en su tercera campaña, la más exitosa de todas.


Iglesia de Santa María de la Asunción, Chiautla de Tapia

¿Cómo fue la debacle?