Raíz de fuego. Chiautla de Tapia, 1912 (In memoriam)
- Gildardo Cilia López

- 29 ago
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Gildardo Cilia López

En 1912, sí que todo era distinto. El crispado viento de agosto parecía traer consigo otra vez el resonante clamor de la guerra. La tormenta se había estacionado desde hacía más de un año y su vórtice se había extendido a los pueblos de Morelos y a los pueblos de la Baja Mixteca.
En abril de 1911, Chiautla de Tapia se había estremecido por la turbulencia. El Jefe Político del pueblo, Ángel J. Andónegui, sin medir la magnitud de los acontecimientos, ni el ímpetu de las fuerzas zapatistas que arremetían, se negó a entregar la plaza, lo que le valió perder la vida; resquebrajándose, así, el régimen porfirista en el pueblo ancestral, símbolo del movimiento libertario de 1810 y de rebeldía a lo largo de todo el siglo XIX.
Después de tomar Chiautla, las huestes revolucionarias avanzaron hacia Chietla e Izúcar de Matamoros, para luego convertirse en un ejército temido y respetado en el Valle de Morelos y en los pueblos de Sur de Puebla; tal como había sucedido un siglo antes, en la segunda campaña del gran Morelos. La historia parecía repetirse.
Así dio inicio el vaivén de fuerzas antagónicas y el natural desasosiego que origina todo movimiento convulso. Sin ley y sin orden, se empezó a caminar sobre un terreno quebradizo. La justicia se hizo veleidosa, dependía del humor y de la conciencia de quien tomaba la plaza (zapatistas, huertistas o carrancistas); o de la querencia o malquerencia de falsos revolucionarios, facinerosos, que se arropaban con la bandera de uno u otro bando.
Zapata pronto se dio cuenta de la existencia de estos tránsfugas. Los repudiaba profundamente porque eran proclives al acto más vil de todos: la traición. Mantuvo ese sentimiento durante toda su etapa revolucionaria; lo reiteraba diciendo: “puedo perdonar todo, menos la traición”, paradójicamente fue asesinado por una traición.
La anarquía incontrolable amenazaba con arrasar todo, hasta con las raíces genealógicas del pueblo ancestral, como lo constata el incendio de la sede del Registro Civil, en 1913, que transformó en cenizas actas y demás documentos constitutivos de la población y de sus familias; quedando como única huella los registros parroquiales de la portentosa iglesia del pueblo.

La turbulencia afectaba a todos, particularmente a una persona que en 1912 contaba con 23 de edad, de nombre José Marcos Victoria Cilia Méndez (“Vito”). A instancias de su madre, Cristina Méndez Bernabé, él había iniciado una nueva etapa cultural en su familia; lo habían excluido de las labores del campo, para que emprendiendo otras actividades tuviera una vida distinta. En un acto de emancipación, Cristina forjó un nuevo destino:
“Ahora sí, dijo Pablo (su padre) en esta siembra me voy a llevar a Victorio para que se haga cargo de algunas labores y de esa manera sepa labrar la tierra.
¡No! -contestó Cristina – “Vito” no irá a trabajar contigo en el campo. No adviertes que por la ignorancia en que nos encontramos vivimos en una angustia lamentable y que de otra manera, sabiendo tu leer y escribir en grado superior a como sabes, podrías desempeñar un empleo de dependiente sin tener que matarte en el surco y expuesto a los vaivenes del tiempo que es lo que determina las buenas o malas cosechas y cuando el temporal es adverso, ya ves la penas que pasamos para subsistir. No Pablito, tú te enojarás o tal vez me maltrataras, pero no voy a permitir que nuestro hijo tenga la misma vida de sufrimiento que nosotros. Ya le hablé a don Elpidio, el maestro de la escuela, para que aprenda a leer y escribir perfectamente y pueda conseguir empleo en la Presidencia Municipal, aunque sea de mozo o de lo que Dios diga, pero que ya no tenga nuestra misma vida de sufrimientos.
Y él – Pablo - derrotado ante tan contundentes razonamientos, le contestó: “Bueno, si tú quieres que nuestro hijo sea “cagatintas”, ni modo, será un mandato que cuando se sienta grande nos abandonará y tal vez se vaya lejos de aquí y lo perderemos
No importa -respondió Cristina - si es para bien de él”. (Notas biográfica de Eustolio Cilia Flores)
La trascendencia del cambio ha sido indiscutible en el derrotero de la familia, si se toma en cuenta que a partir de “Vito” todos sus descendientes han sustentado principalmente su vida en el desarrollo del conocimiento de alguna ciencia, empresa, arte u oficio y no en los trabajos de labranza como lo habían hecho sus ancestros.
No es por menospreciar las labores del campo, sin embargo, hay que reconocer que en esa época y en esa región, éstas se desarrollaban mediante usos y costumbres y a partir de la experiencia empírica. Por ello, no era necesario siquiera saber leer y escribir. Quien se dedicaba a realizar actividades distintas a las de la labranza, socialmente era menospreciado y se le aplicaba el curioso mote de “cagatintas”.
“Vito” de iniciarse como un joven mozo, había avanzado insospechadamente y en 1912 ya descollaba por su carrera administrativa, jurídica y política. No era el tipo de hombre capaz de adentrarse al espiral de violencia, en él obraba primero la razón. Se decía de él que era:
“Franco, leal, pacífico, reposado, exento de odio; siempre un hombre íntegro, amante de la verdad; conocía los mandamientos divinos y era un ferviente admirador de la ciencia del derecho jurídico” (Eustolio Cilia Flores)
Dicen que Dios da el don, pero el hombre es quien lo cultiva. En su vida “Vito” se dedicó a dignificar su inteligencia: su portentoso talento. Autodidacto por antonomasia, destacó en todo lo que se proponía:
En el ejercicio del Derecho, su desempeño fue notable: primero amanuense, luego Ministerio Público y finalmente Juez del Distrito de Chiautla. Fue un eminente abogado en la región.
Era músico de “nota” y dominaba varios instrumentos: el clarinete, el violín, la guitarra, la mandolina y prácticamente tocaba cualquier otro instrumento de cuerda.
En la empresa ferrocarrilera realizó diferentes actividades administrativas, en las oficinas y en el carro de express. Su inteligencia innata le permitió descifrar el código Morse, necesario para operar el telégrafo.
¡No!, no podía enfrentar con el uso de las armas este periodo aciago; tuvo que hacer uso de su inteligencia para lograr que él y su familia capotearan la tempestad. La que si estaba preparada para arremeter contra el vendaval, era su esposa, 3 años menor que él (20 años), María Gabina Gregoria Flores Sánchez (“Gabi”), con la que contrajo nupcias el 2 de mayo de 1906. Sus mismos orígenes así lo delatan. Ella creció en una estancia del Estado de Guerrero: “Paredones”, aun cuando fue bautizada en la Parroquia de San Agustín de Chiautla de Tapia, Puebla.
Aun cuando las estancias existían desde la época prehispánica, con el tiempo también fueron fundadas por familias criollas y mestizas, que además del sustento buscaban alejarse de los cacicazgos que existían en los centros congregacionales; de modo que en esos reductos defendían hasta con el último halito de vida lo que consideraban propio. Fueron esas familias las que hicieron bravías a las tierras de la Sierra de Guerrero y de la Mixteca Baja; asumían cualquier sacrificio antes de ver conculcado sus derechos.
De “Gabi” se decía que era de color claro, alta, fuerte y guapa, además de ser decidida y valiente; a tal punto que en más de una ocasión se interpuso entre “Vito” y quienes criminalmente lo querían agredir, por venganzas insanas, malos entendidos, o simplemente porque no era de su “parecer”.
También era tenaz e inteligente:
“Para salir de la ignorancia en que se encontraba, por sí misma, con gran entusiasmo y dedicación inició su capacitación, habiendo obtenido en un periodo breve avances extraordinarios, dominando no solamente la lectura y la escritura, sino que también aprendió a escribir a máquina, confeccionaba prendas de vestir en la máquina de coser, preparaba sabrosos guisados propios de la clase media y elaboraba bonitos bordados” (Notas biográficas de Sabino Cilia Flores).
“Vito” y “Gabi” habían procreado, en 1907, a José Eustolio Victoria Cilia Flores (“Tollo”). Él era un niño apacible, aun cuando se dice que el mismísimo Dios de la Guerra se ponía de pie y huía si lo hacían enojar. Como todo niño apacible, era un observador acucioso y fue testigo asombroso tanto del periodo aciago, como de la etapa de transición y refundación cultural de la familia.
En 1912, “Tollo” tenía 5 años. A lo largo de su vida conservó una prodigiosa memoria, por lo que recordaba con inusitada lucidez los sucesos casi desde su primera infancia. Él es quien relata la siguiente anécdota:
"La revolución cobraba ímpetu y a principios de 1912, cuando los “miedos” volvieron arreciar mi padre me dijo: ven, hijo, me vas ayudar en un trabajito, quehacer que consistió en escarbar la tierra al pie de un tlahuitole, para enterrar la máquina de coser de mi madre, que le había comprado mi padre por esos meses. A los pocos días arribaron los federales, con uniformes de pantalón plomo y camisas entre solferinas y rojas. Se posesionaron de la iglesia y era un bonito espectáculo, verlos sentados, como a las siete de la mañana, en las bardas que circundan a la iglesia y en los altos de la misma. En este ínterin, vino a este mundo mi hermano Sabino, o sea, el 29 de agosto de 1912, en la casa donde vivía mi abuelo, al oriente de la iglesia, junto al cerrito de San José. Esto fue un acontecimiento que llenó de alegría a la numerosa familia, pues para entonces estaban con mis personajes ya descritos, mi tío Jesús, mi tía Francisca y Eufrosina la esposa de mi tío Jesús, quienes celebraron el advenimiento del nuevo ser. En eso estábamos, cuando se propaló el rumor de que ya venían los zapatistas, que habían pedido la plaza de Chiautla al Comandante de los Colorados”.

Dios en sus infinitos designios desde su primer aliento escrituró el destino del nuevo ser. Por el día de su nacimiento, le pusieron por nombre Sabino, en su acta bautismal lo registraron como José Sabino de Jesús Cilia Flores.
El nombre es emblemático a su persona. El Sabino es un árbol ejemplar, cuya naturaleza evoca crecimiento, fecundidad, fortaleza, longevidad, cobijo y protección. Así, el día de su nacimiento creó una metáfora de vida, una verdadera analogía y es que el “El Sabino extiende sus raíces sobre los mantos acuíferos para extraer la vital esencia que le da la vida”.
Desde la infancia “Vito” y el primogénito “Tollo”, le dispensaron un extraño respeto a Sabino. Sin duda ponderaban su inteligencia, pero el talento de ellos era equiparable: parecía que, como Atenea, hubiesen surgido de la mismísima cabeza de Zeus.
¿Qué factor, entonces, hizo que fuese tan respetado y ponderado por su padre y su hermano mayor? Tal vez concebían que en él corrían - más que nadie - las raíces de fuego de su madre: el carácter indomable y la inquebrantable fortaleza ante la adversidad.
Dios culminó su obra, dotándole de un espíritu peregrino. Y es que únicamente quien camina es distinto ¡Quién recorre más conoce! Sólo somos héroes cuando desciframos laberintos, cuando ante circunstancias difíciles y en tierra ajena se aguza nuestro ingenio para alcanzar más y mejores objetivos. El Quijote muere cuando aquietado por una promesa de caballero, ya no puede hacer uso del ingenio que le daba su condición de hombre andante.
Sabino hace uso de su fértil imaginación e inicia la narración de su gesta dentro de un contexto dual: por una parte, el movimiento vital de quien se concibe como un caminante en el mundo; por otra parte, la quietud que se añora, la que da el regazo de los brazos de una madre. Cito lo que escribe con su pulso de hombre peregrino:
“Mi papá dispuso que nos fuéramos a vivir a la Villa de Chietla, en donde se pensó que habría más garantías y seguridades humanas. En esa época solamente se contaba con el servicio del Ferrocarril Interoceánico cuya ruta era Puebla, Cholula, Atlixco, Matamoros, Atencingo, Tlancualpican y viceversa; pero por los trastornos ocasionados por la misma revolución, no eran normales las salidas de los trenes, por lo que el viaje a Chietla se hizo por caminos de herradura, unos montados en burro y otros caminando a pie. Bueno, a mí me llevaba en brazos mi mamacita Gabina, pues yo tenía apenas unos meses de edad”.
¿Los pasos del hombre no son acaso origen, huella y destino?


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