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Rocinante

Paulo Cilia Salazar


Rocinante, palafrén dignísimo a su amo un día inquirió:


¿Qué es lo que hace sentirme parte de ti? He nacido libre más hoy te sigo con gusto por doquier.


No soy yo querido amigo, -dijo el amo- Ha sido el amor que profesamos el uno para el otro. Por las batallas cuando ajusticiamos incautos mequetrefes, o rescatamos doncellas en penuria o asistencia. Por tu galope suave y quedo que nunca para. Y yo agradezco tu valentía, lealtad y gran probidad. Por eso eres tan bello y valioso como el sol. Y ninguna moneda valdría tu peso en oro.


¿Entonces, yo soy tuyo? –dijo el macilento rocín- ¡Todo lo contrario desacralizado insolente! Tú eres el más grande de todos los amigos y eso, tampoco hay poder humano que lo merque. Sólo Dios en su omnisciencia cambia el rumbo del universo. ¡Todos somos de Dios y por eso debemos ser felices!


Rocinante quedó meditabundo, pero con el corazón arrobado. Siguió su andanza mientras oía a su amo sisear:


... y mi corazón es de ella,

de mi amada Dulcinea.






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