Tema de la Semana: El agua se agota (parte II). Urge el plan para cuidarla


Coordinador: Guillermo Saldaña Caballero


La Poesía Épica

En la antigüedad los ríos eran seres venerados. Los concebían como un poder de la naturaleza, tenían vida propia y se lamentaban por los actos imprudentes de los hombres. Todos estos atributos los hacía seres respetables lo que propiciaba su culto: su divinización. En la Ilíada de Homero hay un claro ejemplo. En uno de los pasajes más profundos y bellos de la literatura universal, ante la ira de Aquiles, el Río Xanto toma desde lo profundo de sus cavernas una voz mortal y lo reconviene:

“¡Oh, hijo de Peleo, protegido por los Dioses! …Ya que Zeus ha abandonado al filo de tu acero a los míseros Troyanos, ¿por qué no los persigues lejos de mis riberas, allá por los dilatados campos?... ahora has llenado de cadáveres mi límpida corriente, y me impides, obstruido mi lecho, llevar al mar mi tributo”.

Las aguas de los ríos eran el mejor indicio de la fecundidad. Para los poetas de la edad heroica es sobre un lecho de aguas que surge el principio del todo: el origen de la vida y de todas las cosas. La unión de Océano con Tetis (la nodriza) es el agua fecundante de donde nacieron los tres mil ríos y las tres mil ninfas de los que habla la Teogonía de Hesíodo. La fecundidad se amplía hacia todo lo que tocan los ríos: son sus aguas las que le dan fertilidad a la tierra.

El culto a los ríos fecundadores se extendió hacia todo lo que surge y se relaciona con ellos: las riberas y los deltas; los árboles y los vergeles, que se transformaron en paraísos terrenales de tentación y de seducción. Los ríos se convirtieron en ejemplo simbólico de lo que transcurre en forma infinita y de lo que permanece. El influjo de los ríos inspiró el pensamiento abstracto y dio origen a las primeras creaciones filosóficas y poéticas. También se convirtieron en fuente de la narrativa histórica al ser testigos mudos del paso de las generaciones y de la contienda de las diferentes culturas que sobrevivían y luchaban por sus aguas.

Los ríos sirvieron como ritual para la purificación: sus aguas tenían que estar libres de contaminación y se requería que fueran cristalinas para sanar los cuerpos y, sobre todo, las almas. El poeta Hesíodo (siglo VIII o VII a. C.) expresa esa acción purificadora de los ríos de una manera elocuente: “No atraveséis jamás los ríos de corriente eterna sin pronunciar antes una invocación, fijando la vista en sus ondas; no lo atraveséis sin haber mojado vuestras manos en el cristal de sus aguas. Aquel que pasa un río sin purificar sus manos de la maldad que las mancha atrae sobre sí la cólera de los dioses, quienes le envían horribles castigos”.

El amor por los ríos de los hombres de la edad heroica griega no se circunscribía a los ríos que recorrían sus tierras, también se embelesaban por los ríos de otros países, cuyos márgenes eran conocidos por el natural espíritu aventurero de los hombres o porque su curso formaba parte del recorrido en el intercambio comercial. Así, divinizaron al Nilo, al Fasio, al Tíber y al mitológico Eridano (posiblemente el Po o el Ródano), entre otros ríos.

La veneración y respeto por los ríos se fue perdiendo con el paso del tiempo, las congregaciones humanas y las actividades antropogénicas fueron lamentablemente hiriendo la limpieza y el cauce de sus aguas. Contribuyeron en el atrofiamiento los desechos orgánicos, la basura y los vertidos de aguas con contenido fecal, así como las actividades agrícolas, ganaderas y progresivamente –en la medida que se dio– el desarrollo de las industrias. Los ríos sagrados se fueron contaminando al paso del tiempo, pero el daño que han sufrido en los últimos cien años es incomparable. Se estima que es mayor que el ocurrido en toda la historia previa de la humanidad.

De los 500 principales ríos del mundo, más de la mitad presentan una alta contaminación. En la lista de los ríos más contaminados del mundo se encuentran el “Salween” que recorre el Sureste Asiático; el “Danubio”, en Europa Central; el “de la Plata”, en América del Sur; el “Bravo”, en la frontera de Estados Unidos y México; el “Ganges”, en el Norte de la India; el “Indo”, en Paquistán; el “Nilo”, en África; el “Murray -Darling”, en Australia; el “Mekong”, en el Sureste asiático y el “Yangtsé”, en Asia. Es decir, en todos los continentes del planeta hay ríos con altos niveles de contaminación.

Los ríos que fueron fuente de riqueza y columna vertebral en el desarrollo de civilizaciones y de grandes asentamientos humanos, o aquellos que colindan con sitios con altas concentraciones industriales son, en efecto, los más dañados. Los ríos nacen de aguas limpias, sobre todo, cuando surgen de manantiales o de los deshielos de las grandes montañas y empiezan a ser impuros al tocar en su recorrido los asentamientos humanos y los parques industriales. Así, las arterías de agua van recibiendo descargas fecales; desechos industriales (cadmio, cobre, plomo, mercurio y zinc, entre otros); residuos y productos agroquímicos (pesticidas y fertilizantes) y hasta arsénico; poniendo en riesgo la vida de millones de personas y de la biodiversidad por la impureza, o más grave aún, por el envenenamiento de las aguas.

Es importante precisar que los ríos constituyen la principal fuente de agua potable de las poblaciones humanas y la contaminación limita su disponibilidad, en forma extraordinaria. El reto para el mundo entero es mayúsculo. La mala calidad del agua pone en riesgo la seguridad alimentaria, la nutrición y las oportunidades educativas y económicas para las familias pobres de todo el mundo. La podredumbre impera: más del 80% de las aguas residuales retornan al ecosistema sin ser tratadas o reutilizadas. Las estrategias de saneamiento de las aguas es una tarea inaplazable, a riesgo de recrudecer las condiciones actuales:

  • 2.1 billones de personas carecen de accesos a servicios de agua potable gestionados en forma segura (OMS/UNICEF, 2017)

  • 4.5 billones de personas carecen de servicios de saneamientos gestionados en forma segura (OMS/UNICEF, 2017).

  • 340 mil niños menores de cinco años mueren por enfermedades diarreicas (OMS/UNICEF, 2017).

  • Cuatro de cada 10 personas están severamente afectadas por la escasez de agua dulce (OMS).

Los Ríos de México

Los ríos y arroyos de México constituyen una red hidrográfica de 633 mil kilómetros de longitud. De esta red, destacan 51 ríos principales por los que fluye 87% del escurrimiento superficial y cuyas cuencas cubren 65% de la superficie territorial del país (Comisión Nacional del Agua, CONAGUA).

Vale la pena hacer un doble paréntesis. Los ríos se caracterizan por su longitud, su área drenada y su escurrimiento medio anual. En la mayoría de los ríos de México, el escurrimiento depende de la precipitación pluvial; de modo que los caudales crecen considerablemente en la temporada de lluvias. Grandes regiones del país se ven fuertemente afectadas por las sequías y algunos ríos y arroyos han disminuido su caudal, incluso se han desecado por la deforestación. El descuido o la omisión de políticas públicas para restaurar bosque y selvas, en consecuencia, es imperdonable.

En las cuencas ocurre el agua de diferentes formas y esta fluye hacia un punto de salida que puede ser el mar o un cuerpo interior (lagos o lagunas). La red hidrográfica converge, generalmente, hacia un río principal y provee de agua a los suelos, a la flora, a la fauna y a las poblaciones humanas. La cuenca hidrológica junto con los acuíferos (agua subterránea) conforman las unidades básicas de gestión del agua, y se requiere de su adecuada administración y distribución hacia todos los sectores económicos y sociales que conviven dentro de un espacio territorial.

Con el propósito de administrar las aguas nacionales, la CONAGUA ha definido 731 cuencas hidrológicas, de las cuales 104 presentan problemas de disponibilidad. Existen en estas 104 cuencas problemas por mala gestión de las aguas; es decir, sobreexplotación, sobre concesionamiento y contaminación.

En México 69% del escurrimiento natural se concentra en 12 cuencas: las de los ríos Balsas, Santiago, Verde, Ometepec, Fuerte, Grijalva-Usumacinta, Papaloapan, Coatzacoalcos, Pánuco, Tecolutla, Bravo y Tonalá. Es evidente que la abundancia de aguas se concentra en el Centro y Sur del país. En contraste, existe un menor escurrimiento en el Norte; es decir, el área drenada por esas corrientes abarca el 38% de la superficie continental de la República Mexicana. Lo que significa que 62% del territorio nacional únicamente dispone de 31% del escurrimiento natural de las cuencas.

Además de los ríos, México cuenta con 7 lagos principales (Chapala, Cuitzeo, Pátzcuaro, Yuriria, Catemaco, Dr. Nabor Carrillo y Tequesquitengo), que cubren un área total de 1,692 kilómetros cuadrados y cuentan con un volumen de 10,402 millones de metros cúbicos (m3) de agua. El más grande es Chapala, que constituye una de las fuentes de abastecimiento de la Zona Metropolitana de Guadalajara.

México, claramente, no es un país de lagos y resulta muy cuestionable la construcción de obras en perjuicio de los cuerpos de agua. El pretendido Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México sobre los sedimentos de lo que fue el Lago de Texcoco iba a afectar al Lago Nabor Carrillo, localizado a una distancia entre 2 o 4 kilómetros de las pistas. La construcción de este aeropuerto hubiera incidido en el deterioro y probable desecación de una cuenca de 10 kilómetros cuadrados y en la infiltración de aguas residuales. Además del impacto negativo sobre la biodiversidad, particularmente, sobre las aves nativas y migratorias y en general, sobre los servicios ecosistémicos. La pérdida del lago Nabor Carrillo hubiera generado un daño ambiental irreversible e incompensable.

Debe recordarse que las cuencas hidrológicas además se agrupan en 37 regiones hidrológicas y estas a su vez, en 13 regiones hidrológicas administrativas (RHA) y que el estrés hídrico cuantitativamente se da cuando el nivel per cápita del agua renovable es inferior a 1 700 m3 al año. Conforme a cifras de CONAGUA de 2015 cuatro RHA se encuentran en estrés: “Aguas del Valle de México” con 150 m3, “Río Bravo” con1,014 m3, “Península de Baja California” con 1,135 m3 y “Lerma-Santiago-Pacifico” con 1469 m3. En esas RHA existen grandes concentraciones humanas, industrias y amplias extensiones de zonas agrícolas y pecuarias; pero debe alarmar más que en ellas viven alrededor de 50 millones de personas. Esto es, 40% de la población del país vive en regiones con estrés hídrico, situación que es claramente alarmante.

El problema no concluye en el estrés, de acuerdo con la CONAGUA 6 de cada 10 de los principales ríos se encuentran contaminados, entre estos figuran el Balsas, Santiago, Pánuco, Grijalva, Papaloapan, Coatzacoalcos y el Tonalá. Las cifras de la CONAGUA en materia de contaminación llevan inevitablemente al escepticismo:

  • Más de 70% de los ríos, lagos y presas están con algún grado de contaminación.

  • La disponibilidad de agua renovable per cápita se redujo en 2015 a 3,338 m3/hab/año, cuando en 1950 era de 18,035 m3/hab/año.

  • 54% de las aguas negras se descargan en ríos o arroyos.

  • Sólo se sanean 35.36% de aguas residuales.

Desde luego, la contaminación del agua reduce el volumen disponible para uso y consumo humano, así como para el correcto funcionamiento de diversos ecosistemas. La contaminación proviene básicamente de las descargas de aguas residuales, que incorporan al agua materia fecal, microorganismos, productos químicos, residuos industriales y de otros tipos. Las descargas pueden clasificarse en municipales y en no municipales: las primeras son generadas por los núcleos de población y se colectan en los alcantarillados urbanos y rurales; las segundas son las que vierten directamente las actividades antropogénicas (la agricultura y la industria) a los cuerpos de agua. “Cada segundo se genera 443.76 m3/seg de aguas residuales, de las cuales 51% corresponden al uso público urbano y 49% son de origen industrial” (CONAGUA).

A efecto de aclarar en forma contundente la información sobre aguas residuales, es importante señalar que cada segundo se vierte a las redes de descarga y cuerpos de agua 88.6 m3 de aguas contaminadas sin tratamiento alguno; y que cada litro de agua residual contamina aproximadamente ocho litros de agua dulce (FEA, 2006), lo que por el efecto multiplicador lleva a un resultado preocupante: 708.8 m3 de agua por segundo dejan de ser disponible para uso humano.

¿Qué arrastran y llevan nuestros ríos? Según sea el caso, desechos cloacales, agentes infecciosos que provocan cólera o disentería; productos químicos cada vez más numerosos y de moléculas complejas, incluyendo fertilizantes y pesticidas; desechos y filtraciones de hidrocarburos; sustancias tensoactivas provenientes de los detergentes y jabones; desechos y tintes de la industria textil; productos derivados de la refinación y de la explotación minera. Los ríos también tienen cierto grado de envenenamiento, sobre sus aguas fluyen metales pesados como arsénico, cadmio, cianuro, cobre, cromo, mercurio, níquel, plomo y zinc.

Aun cuando el Río Bravo es considerado como uno de los más contaminados del mundo, existen conforme a las mediciones de calidad del agua de CONAGUA, casos que resultan lamentablemente más graves. Conviene identificarlos aquí:

Río Atoyac

El Río Atoyac es el nombre con el que se conoce al Río Balsas en su paso por Puebla y Tlaxcala. La contaminación de este río afecta a 22 municipio del Estado de Puebla y 28 municipios de Tlaxcala. Se estima que la población afectada por la mala condición del río asciende a 3 millones de personas, es decir, el 40% de la población de esas entidades. Los niveles de afectación son graves y continúan agravándose: se calcula que las aguas del río contienen al menos 25 sustancias nocivas, siendo un foco de infección para enfermedades como hepatitis, cáncer y cólera.

Entre las causas de contaminación se encuentran las descargas de compañías textiles, alimenticias, químicas y petroquímicas, de bebidas, metalmecánicas, automotrices y de autopartes y productoras de papel; además que a unos pocos kilómetros de su origen (la Sierra Nevada) da inicio una grave afectación por aguas residuales.

La Cuenca Alta del Río Lerma

La cuenca Alta del Río Lerma se localiza en el Estado de México y comprende aproximadamente 50 kilómetros desde los manantiales de Almoloya del Río (el nacimiento del río) hasta 9 km aguas abajo de la presa José Antonio Alzate. Es una región con importantes niveles de producción agrícola y un acelerado crecimiento industrial; lo que ha derivado en una grave contaminación de sus cuerpos de agua superficiales. Las aguas residuales provienen aproximadamente de 2,500 industrias y de casi 30 municipios y la población afectada asciende a 2.7 millones de personas

En relación con la distribución y comportamiento de metales pesados, se ha podido determinar cromo en sedimento, azufre, vanadio, cobre y plomo, así como calcio, titanio y zinc. La degradación es enorme, a tal punto que los ambientalistas describen a este cuerpo de agua como una “cloaca enorme y maloliente y sin posibilidades de sanear”.

Río Grande de Santiago

El Río Grande de Santiago nace en Ocotlán, en la Ribera Oriental del Lago de Chapala y discurre por los Estados de Jalisco y Zacatecas. La cuenca abarca seis entidades: Aguascalientes, Durango, Guanajuato, Jalisco, Nayarit y en esa región habitan más de 7.5 millones de personas. El río recibe descargas de más de 300 industrias del corredor Ocotlán-El Salto. Los principales giros de las industrias son metalmecánica, metalurgia, química-farmacéutica, electrónica, automotriz, alimentos y bebidas. El Instituto Mexicano de Tecnología del Agua encontró en el río un total de 1,090 sustancias tóxicas, reportándose descargas de níq