Tema de la Semana: Sacrificar la economía puede que ayude a controlar los daños sociales del covid19

Actualizado: 10 de ago de 2020

Pero no es seguro y podría comprometer gravemente el crecimiento y el desarrollo futuro


Coordinador: Guillermo Saldaña Caballero

Está claro. El coronavirus causó un apagón general de las actividades sociales y productivas en todos los rincones del planeta. Se bajó el switch de los circuitos económicos, con excepción de los financieros y algunos considerados como esenciales relacionados con alimentos, telecomunicaciones, seguridad, mensajería, medicamentos. Lo que se produjo fue una inmovilidad casi instantánea. Fue un apagón económico. (Martínez Leyva, Juan Eduardo. “La pandemia y la economía” en los Peripatéticos, de la Ekonosphera).

Parece increíble que la propagación de un microorganismo de 120 a 160 nanómetros tenga postrado al mundo. Un nanómetro equivale a una milmillonésima parte de un metro o a la millonésima parte de un milímetro. El enemigo no es un organismo vivo y necesita de las células de un huésped para reproducirse. El Covid-19 es invisible, pero puede ser letal, nada más apropiado que recurrir a la etimología: “virus significa veneno o sustancia nociva”. Los estragos de su esparcimiento son enormes: más de 18 millones de infectados y casi 700 mil fallecimientos en el planeta.

Sin una narrativa que lleve al optimismo, podemos señalar que las economías sólo volverán a “encenderse” (a funcionar a toda su capacidad) cuando se confirme y se tenga acceso a una vacuna o a un tratamiento. En tanto no suceda algo de eso, la pandemia seguirá generando preocupación, ansiedad y parálisis. Las sociedades no se podrán liberar del todo del miedo y continuará siendo necesario instrumentar políticas públicas de confinamiento.

El daño económico de quedarse en casa se hace evidente a la luz del siguiente dato: la economía mundial, según el Banco Mundial, se reducirá 5.2 % en 2020, lo que llevaría al planeta a la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial.

La caída del Producto Interno Bruto (PIB) en el segundo trimestre del año ya fue impactante: el de Estados Unidos se derrumbó a una tasa anualizada de 32.9%, la contracción más grave desde 1947; el de Alemania cayó 10.1%, la recesión más pronunciada desde 1945; en tanto que el PIB de México decreció 18.9%, la peor caída trimestral de la época contemporánea, mayor que la de 2008-2009 y que las vividas en los noventas. Según el INEGI, la caída nos sitúa en los niveles del PIB que tuvimos en 2009. (Santaella, Juli A. INEGI, 2020/07/24).

La pandemia ha planteado en el mundo un dilema. Para limitar el número de contagiados y sobre todo de defunciones, la población debe confinarse; lo que entorpece las actividades productivas. Muchas personas confrontan así la disyuntiva de evitar correr el riesgo de enfermar y en el extremo morir, o bien de arriesgarse para ganar el sustento cotidiano. Lo inédito de la situación es que no hay experiencias comparables o precedentes realmente útiles para tomar decisiones razonablemente fundamentadas. La incertidumbre es prácticamente completa. Ni siquiera es posible anticipar un plazo para que termine la emergencia sanitaria. La humanidad espera con ansiedad esa vacuna, un tratamiento eficaz y seguro o la llamada inmunidad de rebaño. Para colmo de males, se acumulan los casos de personas que vuelven a contraer el covid-19. Al parecer la resistencia al virus es temporal.

El dilema entre salud y economía ha sido afrontado con diferentes estrategias por los gobiernos del mundo, con resultados y efectos diferentes: se ha probado con diferentes dosis de aislamiento; se ha invertido en pruebas; continuamente hay conteos de infectados y fallecidos, siempre con la esperanza de aplanar la curva pandémica y también se han erogado cuantiosos recursos para amortiguar el desempleo y la ausencia de ingresos y ganancias. Parece que todo ha sido en vano, no se ha podido regresar a “la nueva normalidad” y el impacto económico ha afectado las finanzas de los países hasta hacerlos vulnerables.

En los Estados Unidos los apoyos económicos han sido los más importantes en su historia y en la del mundo. La inyección económica, a la fecha, suma 3 billones de dólares, incluyendo, entre otros conceptos: 250 mil millones para efectuar pagos con cheques directos de 1,200 dólares a ciudadanos con un ingreso menor a 75 mil dólares al año, añadiendo 500 por cada menor de 17 años; 350 mil millones a préstamos para pequeñas empresas; 250 mil millones para ampliar los beneficios por seguro de desempleo; 150 mil millones para apoyar a las autoridades locales y estatales; 130 mil millones para reforzar el sistema sanitario; 500 mil millones para empresas de sectores estratégicos como aerolíneas o el sector turístico. En un segundo paquete, se asignaron 484 mil millones de dólares más para préstamos a pequeñas empresas, agricultores y fondos de hospitales.

El apoyo monumental poco sirvió en términos económicos. La economía norteamericana decreció en 32.9% en el segundo trimestre del año. Se estima que, durante el presente ejercicio fiscal, el déficit del gobierno representará 23.8% del PIB estadounidense.

Los apoyos continuarán y se prevé que se anuncie en agosto un nuevo paquete de 1 billón de dólares, que incluye asistencia para los empleados y pago a las empresas para que puedan retener a sus trabajadores. No deja de sorprender que ahora la discusión se centre en el pago a los desempleados. Los republicanos señalan que la retribución actual de 600 dólares semanales supera lo que muchas personas recibían cuando estaban ocupadas; lo que significa un desestimulo para regresar a los puestos de trabajo, por lo que proponen que el estímulo no sea mayor a 70% del salario que percibían al quedar desempleados. Resulta así, que los estímulos significan ahora no sólo una carga fiscal, sino un instrumento que actúa contra el empleo y la productividad.

En la economía alemana también se han inyectado significativos recursos, alrededor de 950 mil millones de dólares (a junio) para paliar los estragos de la crisis pandémica. Sin embargo, al igual que en Estados Unidos, la inyección poco sirvió para detener la caída del PIB.

La comparación de México con países como Estados Unidos y Alemania no es realmente admisible. Estas economías cuentan con un potencial económico y con recursos abrumadoramente superiores. Un análisis más correcto tendría comparar a México con las tres economías emergentes relevantes de Latinoamérica: Chile, Brasil y Argentina.

América Latina

Los datos para América Latina son preocupantes. Según la “Comisión Económica para América Latina y el Caribe” (CEPAL), como resultado de la crisis pandémica, se prevé para la región lo siguiente:

  1. Una caída de 9,1% del PIB, que regresaría a este indicador a los niveles existentes en 2010.

  2. La tasa de pobreza subirá en 7 puntos porcentuales más y se situará en 37.3%, lo que significará que habrá en total 231 millones de personas en esa condición

  3. La pobreza extrema se elevará en 4.5 puntos porcentuales, para situarse en 15.5% de la población. Es decir, se sumarán en este año 96 millones de personas que no podrán siquiera adquirir la canasta básica.

  4. Se calcula que el desempleo en la región subirá de 8.1% en 2019 al 13.5%; lo que significa que el número de personas sin trabajo se elevará a 44 millones.

La crisis pandémica develó muchos problemas estructurales en la región, entre ellos, las debilidades de los sistemas sanitarios, que se encuentran fragmentados o segmentados; la vulnerabilidad de los sistemas de salud que inciden en un rápido colapso de los servicios médicos y hospitalarios; la fragilidad de ingresos que puede llevar a una crisis alimentaria; la necesidad de erogar cuantiosos recursos fiscales por la existencia de numerosas personas en situación vulnerable (personas mayores, mujeres, pueblos indígenas y afrodescendientes, entre otros). Ante esta situación, la CEPAL llamó a invertir 6% del PIB en el rubro sanitario, bajo dos premisas sustantivas: 1) que los servicios de salud son “la infraestructura básica de la vida y sin ella no se puede hablar de desarrollo económico ni social; y 2) que el sector salud tiene una gran cantidad de encadenamientos productivos, por lo tanto, “Es un generador de empleos y de inversiones de gran peso para generar crecimiento” (Noticias ONU, julio 30 de 2020).

Chile

Chile es la economía latinoamericana mejor evaluada desde hace muchos años. Al inició de la crisis pandémica se estimaba que iba a registrar una de las menores caídas del PIB en América Latina. El Banco Central chileno pronosticó una variación de -2%, la CEPAL de -4%, el Banco Mundial de -4.3%, el Fondo Monetario Internacional (FMI) de -4.5 y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) de -5.6%.

La actividad económica avanzaba favorablemente en el primer bimestre del año, hasta alcanzar en febrero un incremento de 2.7%; esto, luego de haber superado la caída originada por el estallido social en octubre y noviembre de 2019 (-3,4% y -4%, respectivamente). En el mes de marzo, como en casi todos los países del mundo, la actividad económica prácticamente se detuvo.

La economía chilena había alcanzado tasas de crecimiento relevantes, mayores a 5% y en la crisis hipotecaria apenas si había tenido una contracción de 1.6%. En los últimos 5 años, sin embargo, las tasas de incremento habían sido más bien mediocres, obteniendo su mejor resultado en 2018, con un porcentaje de 3.9%. Todo ello, en medio de una relativa estabilidad macroeconómica, con tasas de inflación menores a 3% de 2016 a 2019, después de que en 2015 la inflación anual había sido de 4.38%.

La visión menos pesimista sobre la economía chilena se soportaba (así lo señalaba Nora Lustig) en la existencia de una deuda pública baja en relación con el PIB, que en el caso de Chile se situaba en 27.7%. Esta posición de su deuda permitía un mayor margen de maniobra para afrontar el “freno” económico. (BBC News Mundo, 28 de abril 2020)

El primer “Plan de Emergencia Económica” del 19 de marzo fue por 11,750 millones de dólares (4.7% de su PIB) y se sustentó en tres grandes líneas: a) protección al empleo; b) inyección de liquidez a todas las empresas de todos los tamaños y c) apoyo a los ingresos familiares. Posteriormente, en abril, se presentó un segundo paquete con un fondo de 2,000 millones de dólares destinado a la protección de ingresos de trabajadores más vulnerables (informales sin contrato). Dentro del plan de emergencia, asimismo, se instauró un plan de hasta 3,000 millones de dólares para aumentar las garantías estatales.

Tres medidas resultan interesantes de resaltar: la Ley de Protección del Empleo, que le permiten a alrededor de 4.5 millones de trabajadores mantener la relación laboral con sus empleadores y tener acceso al Seguro de Cesantía, aunque no fueran formalmente despedidos; el establecimiento de medidas tributarias para las empresas, entre ellas, la suspensión por tres meses del pago del impuesto sobre la renta y la postergación para las Pymes del pago del IVA por 3 meses con tasa “0” y del impuesto sobre la renta hasta julio; y la reducción de la tasa de interés a un histórico 0,5%, como una manera de despresurizar el costo financiero para las personas, las empresas y el mismo Estado. En junio se volvió a crear un fondo especial de 12 mil millones de dólares, a efecto reactivar la economía, muy golpeada por la crisis sanitaria y ayudar a las familias que más han sufrido por la pandemia.

Los resultados no han sido los deseables, las autoridades fiscales y monetarias del gobierno chileno ampliaron el pronóstico de caída de 2 a 6.5% en 2020, FMI de 4.5% a 7.5% y CEPAL la ubica en 7.9%, 3.9 puntos porcentuales más con respecto a su proyección inicial. La tasa de crecimiento proyectada sería la más baja desde 1983; pero también pone a las finanzas públicas en una posición endeble: el déficit fiscal alcanzará 9.6% del PIB, el mayor registrado desde 1973, como consecuencia de la disminución de ingresos y de la expansión del gasto por los programas emergentes; en tanto que la deuda pública se ubicará en 34.8% del PIB. La síntesis sobre la situación de la economía chilena y el efecto de su programa de rescate es breve: recesión profunda con deterioro en sus finanzas públicas.

Brasil

El gobierno y el banco central brasileño han ido sucesivamente reduciendo su pronóstico de crecimiento, de un 0% inicial a -4.7% en mayo y a -6.4% en junio. El FMI en abril auguraba una contracción de 5.3%, pero en julio los malos augurios lo llevaron a un pronóstico de -9.1%. En el mismo sentido CEPAL aumentó su estimación negativa, de 5.2% a 9.2%.

Aun cuando parezca inconcebible, la tasa proyectada por el banco central brasileño (-6.4%), resulta dramática porque no existe un registro negativo de esa magnitud, si se llevan las estadísticas hasta el año de 1970. Se dice que es la tasa más desfavorable desde 1901. Sin embargo, la tasa de incremento anual desde hace cinco años ha sido baja. Se registró en promedio una contracción de 0.66% durante el periodo 2015 a 2109.

La inflación de 2010 a 2019 ha sido relativamente alta, con una tasa de 5.85%, en promedio. Alcanzó su máximo en 2015, con 10.67% y su mínimo en 2017 con 2.95%. En 2019 la tasa inflacionaria fue de 4.31%.

Brasil era una de las economías menos preparadas para enfrentar la crisis pandémica, al tomar en cuenta el índice de deuda pública en relación con el PIB. De acuerdo con el Ministerio de Economía, la deuda bruta como proporción al PIB en diciembre de 2019 fue de 75.8%.

La limitante de la deuda hacia inviable que Brasil pudiera llevar a cabo una estrategia agresiva para afrontar el apagón económico. No fue así, en abril el presidente Bolsonaro instrumentó una estrategia con un fondo por 38 mil millones de dólares con las siguientes directrices: 18 mil millones para 54 millones de trabajadores informales (alrededor del 35% de la PEA del Brasil) y 20 mil millones para el mantenimiento del empleo. Se abrió la posibilidad de que las empresas pudieran reducir el salario hasta en 70% al mes y que el Estado brasileño se hiciera cargo de sufragar la diferencia.

Adicionalmente, el gobierno ofreció 6 mil millones de dólares en créditos a las empresas para que estas pudieran pagar sueldos y anunció transferencias por 3 mil millones a los gobiernos estatales y municipales para apoyar la contención de la pandemia en sus territorios.

Los estragos en las finanzas públicas fueron evidentes: el déficit en sus cuentas públicas de enero a mayo se situó en 12.6% del PIB; el déficit primario en 7.41% del PIB; y la deuda pública se situó en 81.9% del PIB, 2 puntos porcentuales más que en abril. Según pronósticos efectuados en julio, el gobierno brasileño prevé que la deuda bruta alcanzará el 98.2% del PIB al finalizar 2020, esto es, 22.4 puntos porcentuales más en comparación con diciembre de 2019 (75.8% del PIB).