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Vívidas ausencias

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PREFACIO

 

Cuando perdemos a un ser querido queda un vacío imposible de llenar, especialmente si su partida ocurre en el despunte de su juventud hermosa. Por ello, y en vísperas de ser anfitriones de nuestros difuntos, de nuestras catrinas y calaveras, he reflexionado acerca de la muerte como el umbral de otra vida, como la antesala de un “más allá” que no conocemos pero podemos imaginar.

 

Esperando no morir en el intento, pretendo incursionar en el mundo seductor de la poesía que hasta ahora había disfrutado solamente como lector, pues es un género literario apasionante donde se viven varias vidas, todas las vidas posibles, “…las vidas del poeta” como diría nuestro entrañable Neruda.

 

Pienso que la vida es un abigarrado mosaico de momentos y experiencias que la hacen bella y fascinante, pero también misteriosa y doliente, en suma, disfrutable y aleccionadora; por eso la escribo, por eso la amo profundamente. Y por eso también te comparto, querido lector, éstas VÍVIDAS AUSENCIAS que visualizo dentro de mi duelo, con la esperanza de que la vida continúe más allá del orto y del ocaso.

                                                                         

RF-Octubre 2025


“Si la muerte no fuera el preludio a otra vida,

 la vida presente sería una burla cruel.”

Gandhi

 

VÍVIDAS AUSENCIAS

 

Desde que te ausentaste supe que la vida es un suspiro, ráfaga de viento, caída de hoja; colección de sueños incumplidos como noches sin luna, como ríos que nunca llegaron al mar. Advertí que la vida es efímera y la existencia es fugaz.

 

Tu partida abrupta e inesperada fue golpe de martillo que sacudió mis pensamientos, mis creencias, agitando mis ideas como abejas en rededor de su panal; plumas al viento en hojarasca de otoño.

 

Bienvenida la muerte cuando se ha vivido con plenitud, pero tu impetuosa juventud no la merecía aún. A diario me duele tu ausencia y me muerde el desconsuelo.

 

Debo serenarme y esperar a que la última onda sobre el agua desaparezca y que la piedra arrojada sobre ella toque fondo. Urgen respuestas precisas y la calma necesaria para encontrarlas.

 

Observo la naturaleza y aprendo de ella. La semilla enterrada será el fruto de mañana y la mariposa de hoy fue el gusano de ayer. Nada nace para siempre y nada muere por siempre, la vida permanece o transmuta para volver a manifestarse.

 

El día no termina con el anochecer porque es luz y también sombra, un claroscuro, como la existencia misma. El sol más brillante no se extingue en el ocaso, sólo proyecta su luz en otra parte.

 

Cuando morimos, la tierra, el agua, el aire y el fuego absorben nuestros despojos y nos reintegran a la naturaleza, a otras etapas de la existencia. La ausencia es presencia transformada. La vida no concluye con la muerte.

 

Recuperada la calma y de vuelta a la serenidad, cuestiono lo que hace algunos años creía saber. ¿Es un suspiro la vida y es fugaz la existencia?  Me temo que no es así. Es un tino de sabiduría repensar las cosas y arribar en otros puertos.

 

Pero, ¿cómo serán las otras vidas, las otras etapas del ser y del existir si solamente conocemos las terrenas?

 

Pregunto al señor de la creación ¿A dónde van nuestros seres amados cuando se ausentan? ¿Al paraíso? ¿Y dónde está el paraíso? ¿En los anillos de Saturno o en las lunas de Júpiter? ¿En las encumbradas estrellas brillantes? ¿En las cimas de las montañas nevadas? ¿En la espesura de la selva? ¿En el horizonte marino? ¿En la quietud de un lago cristalino?

 

¿En dónde están nuestros seres queridos? ¿En el edén? ¿Y cómo es el edén? ¿Es parecido a la majestuosa y deslumbrante luna de octubre? ¿Al bosque austral? ¿A los oasis del Sahara? ¿A las islas griegas? ¿A las playas caribeñas? ¿A la Amazonia? ¿A los Grandes Lagos?

 

¿Podemos verlos? ¿Qué hacen? ¿Estarán despiertos al despuntar el alba y prestos para una serenata diurna? ¿Colorearán el crepúsculo? ¿Se deslizarán sobre el arco iris? ¿Se refrescarán en la lluvia que besa y humedece la tierra y harán figuras en la nieve y dunas en los desiertos?

 

¿Acaso podemos escucharlos en el canto del cenzontle? ¿En la risa de los niños? ¿En armonías de vientos, cuerdas y percusiones? ¿En los coros de los templos? ¿En las palabras de gratitud y humildad? ¿En el perdón?

 

¿A qué huelen? ¿Podemos reconocerlos en el sándalo, en el jazmín? ¿En la canela y también en la vainilla? ¿En la savia de hierba recién cortada y en el café que hierve? ¿Tal vez en la fruta descarnada?

 

¿A qué nos saben, qué gusto tienen? ¿Al agua fresca en un día soleado? ¿Al olivo y a la vid? ¿A la sal y al jengibre? ¿Al salmón y al cordero? ¿Acaso a leche quemada con miel?

 

¿Están muy cerca de nosotros? ¿En la proximidad de una caricia y en el preludio de un beso? ¿Notamos su presencia en los abrazos fraternos que nos dan nuestros amigos? ¿Cuando tendemos la mano en vez del puño? ¿Nos acompañan cuando oramos?

 

Pregunto al dios de Abraham y al de Mahoma, al divino Maestro de Pedro y al de Shariputra, y clamo por escuchar sus respuestas. Tal vez las conozca en algún sueño o tal vez nunca me sean reveladas.  Recurro entonces a mis pensamientos más profundos, más íntimos e inefables como la fe y la esperanza.

 

Presiento que nuestros amados y queridos muertos están en todos esos lugares, momentos y circunstancias en los que damos y recibimos amor, en los que contemplamos la belleza, sentimos la paz y atestiguamos la gloria de Dios aquí en la Tierra.

 

Por eso - querido ser mío - ya no me duele tu ausencia, aunque siga llorando tu partida.

 

 

                                                       Raúl Fernández


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